Una noche punk (fragmento del diario del noescritor del barrio Rivadavia)


14 de abril, era de noche…

Me despedí de Despedidas, el último artefacto literario de Julian Barnes con el que decidió despedirse de la escritura. De acá en más le puedo creer o no, o simplemente seguir utilizándolo cuando lo necesite, volviendo sobre alguno de sus libros que tengo en mi biblioteca y que ni a palos son todos los que publicó, obviamente, son apenas cuatro o cinco, por lo cual como me faltan un montón de alguna manera es como si recién estuviese empezando a escribir, al menos para mi. Pero para él, definitivamente – según declara por escrito – sí es el final. Y me quiero quedar con la siguiente frase suya que dice haber sacado de alguien más: “La felicidad no me hace feliz”. Gran frase que atribuye a una amiga suya que , luego de reencontrarse con su viejo amor, y después de concretar matrimonio tardío, se da cuenta de que eso que dicen llamar felicidad a ella no le produce el ser feliz, o al menos es lo que interpreto. Entonces en la madrugada del domingo veo el recital de The Strokes y su líder – otro Julian- Casablancas parece estar interpretando a la perfección lo que refiere Barnes. Resulta que su banda sacó nuevo disco y salió al ruedo nuevamente, y como principal presentación salieron a escena en el festival Caochella, que hoy por hoy es el más famoso del mundo. Para colmo aparecen como uno de los grandes números, solo por debajo de quien cierra la jornada del sábado, un tal Justin “baby baby” Bieber. Y Julian – Casablancas- no puede más de fastidio, no logra asimilar estar cantando para dejarle el escenario al joven canadiense que hace una música que mejor callar… El Julián de los Strokes no puede disfrutar su gran momento, eso que para el resto de los humanos sería felicidad pura, el hecho de estar con tu banda tocando en el escenario más importante del mundo para él es una cagada, tanto que no logra entablar una relación al menos pasable con las miles de personas que lo alientan desde el público o desde la transmisión por Chotube. “Es que la felicidad no me hace feliz”, propondría la amiga de Julian Barnes. ¿Entonces qué es lo que te hace feliz si no es la felicidad? Inconfesable. 

No me animaría a exponer las cosas que me hacen feliz y que nada tienen que ver con lo que convencionalmente asociamos a la felicidad, pero es un buen tópico para probable historia que nunca voy a escribir. Felicidad, tal vez, haya experimentado el domingo en el medio del  pogo en el recital de PIL, la banda del más mejor de los Pistols, que pasó por Mar del Plata. Manera extraña de sentir felicidad, chocando mi cuerpo contra los cuerpos esculturales de un puñado de jóvenes, transpirando y siendo pisado hasta perder las zapatillas, que por suerte encontré al final y que sé muy bien que voy a tener que lavar o tirar el lunes. Y también sé perfectamente que los dolores corporales de tanto pogo me van a complicar la semana de trabajo entera. Conclusión: ya no soy joven. A lo mejor, tampoco es que sea tan viejo, Johnny Rotten tiene setenta y sigue de gira, está ahí parado estoicamente en el escenario, pegando unos gritos potentes como si fuera un soprano del punk, tomando su whiskey escocés y largando escupitajos como si tuviese una manguera de bombero conectada a las vías respiratorias. Ser feliz sin perseguir la felicidad, porque hace horas que no como y solamente tengo cerveza en la panza, y sin embargo salto para un lado y para el otro y me choco con otros cuerpos, y perdón porque casi me llevo puesto al futuro más prometedor del punkrockpostpunkocomomierdaloquieranllamar. Es que en un momento me empujaron fulero y fui a dar derechito contra una de las integrantes de Buenos Vampiros. Pero quédense tranquilos, frené a tiempo y el impacto resultó muy mínimo. Mala mía, ya no estoy en edad, hubiese sido un papelón lesionar a una artista joven y prometedora, todo lo que yo no soy. Me toca la parte del ex joven, nuevo viejo y falso prometedor. La felicidad y sus caprichos. La salida de Brewhouse es una cagada tanto como la entrada, pero a mis camaradas de recitales se les ocurre pedir un auto desde aplicación, y al final no me acuerdo cuál fue, si Cabify, Didi o Uber o Remicoop, lo que me acuerdo es que era una Surán con patente terminada en 237, ¿o era 238? La felicidad es poder, todavía, recordar algunos buenos momentos, como ese sonido que plantó John Lydon junto a sus camaradas de banda, toda gente vieja que viene sonando muy bien, y que menos mal que se pasaron por visita en mi ciudad. Lo bueno de llegar en un bondi a ver a una pieza casi de museo de la música del siglo 20, el siglo que más y mejor habité, y que más y mejor sonó. Sobre la lista de temas hay una impresa que se llevó el camarada Wally, y que queda en su museo histórico de “trofeos” de recitales, tiene unos cuantos y muy buenos e irrepetibles, tanto como la otra camarada, su hermana Marce, pero ella es más de bailar y poguear, los tesoros se los olvida o los lleva en el cuerpo. Hablando –escribiendo- sobre eso, lo feliz no es tanto la felicidad, sino el soltar un poco el cuerpo, aunque la consecuencia sea este dolor que me está matando ahora mientras escribo. ¿De verdad tenía que salir a chocar gente justo con el brazo izquierdo? ¿Por qué no me curaron de zurdera cuando todavía era interpretada como una enfermedad? Supongo que eso de la felicidad no está nada claro, y que cada quien maneja lo suyo como le viene en ganas, o como puede. Sé que hoy lunes mis camaradas estarán tratando esas partes del cuerpo que son las marcas de su felicidad. Los pienso felices, aunque el dolor mitigue sus buenos recuerdos de un domingo punk, muy punk, que quedará en nuestra memoria. 

*****La lista del museo Wally, en el corazón del barrio Rivadavia, tiene la particularidad de que no fue respetada al 100%, hubo modificaciones / adaptaciones que la banda decidió sobre la marcha. Quienes estuvimos esa noche sabremos cuáles temas sí se tocaron y cuáles no, quienes no estuvieron pueden intentar adivinar o armarse una lista de reproducción igual para simular tamaño recital de PIL:

Si alguien estuvo esa noche, por favor, escríbanme su experiencia que vale más que el petróleo. Comparto una foto más, todas gentileza del único e inigualable Wally:

************humildemente, Juan***************hoy más expuesto que de costumbre**********

Declaración de los detectives de Sonora (Detectives del Rivadavia, capítulo 21)



No mames, buey,

estamos un poco cansados

de que te lo pases llorando

como si la cosa pudiese

haber transcurrido de otra forma,

pinche Comisario

la verdad es que hiciste una

de esas ¡cabrón!

que ni el mismísimo

Emiliano Zapata hubiese hecho,

y todo porque tal vez

no dormiste bien

la noche anterior,

porque no tienes sexo

hace cuanto, buey,

eres una pobre alma

sin redención

y te la cargas contra la Virgencita

¿y qué cosa tiene que ver con ella?

tus demonios son los que te cogen,

cabronazo,

deberías lavarte la sucia boca

esa que tienes

antes de hacer pendejadas

como la de apuntar a la sien

a la Madre de la Sangra,

la redentora y misericordiosa

que nos ayuda a cargar

con toda esa pinche mierda

que tenemos que cargar

por no haber nacido

del vientre de la madre

del General Imperial ese,

pinche General impoluto

y cabronazo que salta

todos los días sobre

su sable de la justicia

para regalarse una ropa

más de héroe de ocasión

y dejarnos a los demás

cabrones fuera de la historia,

esa Historia que el cabrón

escribe siempre con mayúsculas

para demostrarnos que es bien padrote,

un pinche y condenado padrote

que se sacrifica por el bien

de la mierda que nosotros

nos quedamos a custodiar

el resto de los días

en el condenado desierto,

soportando el calor

y a esos pinches escorpiones

que serían como la redención,

los fantasmas de nuestras muertes injustas,

pero ni siquiera eso

porque no nos matan nunca,

como a ti cabrón,

Comisarios / detectives

condenados sin condecoración,

olvidados en el sótano

de sociedades infectas

que acaban todos los días

perdonándose en nombre

de cosas que no pueden nombrar

porque si lo hacen

no queda una pinche mierda,

Comisario del sur

con el corazón de un desierto,

 ni lo sueñes cabrón,

jamás moveríamos un dedo

por sanar tus muertes,

no llenaríamos tus altares

con tequila barato

en nombre de una tarde

que no supiste poner la firma

y mirar para otro lado,

cabrón,

las cosas funcionan por algo

y ya creo que lo sabes,

y si más o menos llegamos

al fin de semana

y llenamos nuestros vasos

con algún agua ardiente

y comemos unas enchiladas,

pinche buey,

no cargues las armas

para hacer tronar

un escarmiento a destiempo,

porque ¿cómo era eso

del pinche aleteo

de la pinche mariposa?

como quieras, buey,

ahora ya ni tiempo

nos has dejado,

se empiezan a romper

los cristales del desierto,

y puede ser o arena o sangre

pero lo que no puede

es ese desenlace

que te imaginaste,

cabrón,

uno en el que se te perdonan

los pecados por enterito,

ni lo sueñes,

ni te humilles más,

siéntate si puedes,

buey,

y recibe lo que te toque,

agacha la cabeza

como cualquier hijo

de la Malinche,

y acepta la condena

que ya recayó sobre

todos nosotros,

ni una pizca de redención,

siempre mirando la frontera,

siempre deseando el final,

pinche final

que nunca llega.


*********me pasa que cuando hablan los detectives de Sonora, solamente se me viene a la cabeza Molotov:

*****************************humildemente, siempre soñando equivocadamente, Juan**************aguardando una señal que no sea tan chota***********


Declaración del General del Imperio (Detectives del Rivadavia, capítulo 20)


Ningún mal es necesario. Si aparece el mal en las almas de los condenados, la de todos nosotros, queda habilitado el proceso del final a mano propia, con la espada sagrada de la justicia, avalando la existencia de cada uno de los seres que habitamos el mundo, Ciudad Prohibida no tolera la deshonra, no hay nada más humillante que matar a sangre fría, a traición, mancillar las pocas instituciones que existen en cada generación, todo lo que atente contra la norma debe ser eliminado, especialmente si es uno mismo quien comete el crimen, no hay ser vivo que escape a la lógica, si alguna fuerza superior que no seremos capaces de entender nos dio la capacidad de razonar, nos regaló el don del pensamiento, no podemos actuar como moscas, debemos esforzar nuestro cuerpo y nuestro espíritu hasta alcanzar algo cercano a la claridad mental, dejar nuestro cuerpo liberado de impunidades y saltar sobre la espada de la justicia, ese trozo de metal frío que es nuestra herramienta para sostener el balance en nuestras sociedades, y mire que han pasado siglos pero seguimos existiendo y si seguimos existiendo es justamente porque tenemos noción de lo que es justo y lo que no, Comisario, en mis tiempos tuve que tomar decisiones más difíciles que la suya, nunca me permití la duda porque era el General y todos los ojos de mis subordinados estaban concentrados en mi accionar, la justicia me acompañaba todo el tiempo y yo debía responder a su demanda y si la demanda era mi vida así tenía que ser, cualquier decisión en mi favor reduciría mi existencia a la condición de roedor, de cucaracha, y para peor generaría el descontrol moral que necesita cada tiempo en la Historia para torcerse, ¿o por qué piensa que existen las guerras y las grandes matanzas? justamente porque alguien perdió la noción de lo justo, porque toda una civilización cayó una tarde en la que un insignificante ser humano se olvidó del don preciado, luego de eso queda la muerte lenta pero sin interrupciones de toda una manera de ser de la humanidad, y fíjese lo que quedó de todo eso, fíjese lo que es el mundo en su actualidad, fíjese cómo está el jardín de Ciudad Prohibida y sus cerezos florecidos todo el año para que una muchedumbre de sufrientes saquen horripilantes fotos de cosas que no tienen espíritu, porque yo como General del Imperio me maté por justicia pero los que me siguieron deshonraron esa y toda la Historia, entonces hoy es imposible que la justicia llegue, hoy la carne y el espíritu son débiles y se tientan con la corrupción, caen en la muerte y se regocijan en el sufrimiento ajeno, escapando sin mirar hacia adelante, hacia un goce que no tiene límites y que acaba con todo lo que se encuentra en su camino, Comisario, su muerte era la primera, Comisario, culpable por no haber mirado donde debía mirar, su reacción infundada es un reflejo tardío de lo que pensó podía ser justicia y no fue más que un intento suyo de salvarse sin mirar, se tiró hacia adelante, hacia un futuro en el que se imaginó amparado por esa Virgen occidental que tanto  veneran, no la buscó para terminar con su sufrimiento, la buscó para justificar su racha de violencia, la buscó para compartirle la sangre ajena arrebatada a traición, Comisario usted es un cobarde más que juega al detective, usted busca la justicia cuando la justicia ya no es posible, usted es el último eslabón de todo lo que se corrompió luego de que los cerezos florecidos latieran por última vez, usted es el complemento de una historia de injusticia y horror que viene escribiendo con sus lágrimas de sangre la Virgen de los muertos, la Virgen que lo utiliza primero para que usted la utilice después y juntos se regodeen en una sola misericordia, ese sentimiento superfluo que inventaron para borrar la moral y la justicia, con la misericordia crearon el negocio perfecto, con la misericordia llegan al perdón de sus errores, al perdón de todas sus aberraciones, así dejan la hoja en blanco y vuelven a escribir más historias de injusticia, los mejores escritores que ahora están sentados mirándolo a los ojos, Comisario, invitándolo a la misericordia, poniéndole a disposición una novela negra más, y que se olviden los hechos como sucedieron, que se escondan debajo de la alfombra de una tarde más en Ciudad Prohibida, donde miles de personas se toman fotos sobre los cadáveres de los últimos seres humanos dignos que existieron miles de años atrás, visitar sin sentir latidos, pedir una pizza para comer debajo del cerezo florecido con la sangre de mi cuerpo, sangre que es una muzzarella mal procesada, cuerpos degradados de una especie que supo defender la ética y la moral hasta que un día se empezaron a dedicar a su derrumbe, a la destrucción de la civilización entera, llevarla hasta el estado actual en una mesa dentro del salón de usos múltiples de una comisaría que jamás vio un solo acto de justicia y que nunca lo verá, y que será debidamente defendida por el juez que toque en sorteo arreglado, palabras oficiales escritas sobre un papel que es el mismo que utilizaron los antiguos poetas de mi pueblo, pero ellos escribían con pasión sus mentiras, ahora las historias que se redactan tienen solo la intención de inventar excusas, misericordia, para defender la deshonra y poder seguir adelante con la extinción de la especie humana, hundir en la más vil de las vergüenzas a quienes dimos nuestras vidas por la justicia, entonces no crea que su trabajo ha terminado, le quedan los años más importantes, los años de la redención, los años del silencio y la meditación, la preparación del acto final, y habrá que ver si está a la altura de la Historia, o si simplemente se dedica a dejar pasar toda la impunidad por debajo del puente del arroyo la Tapera, como todas las tardes de su inefable existencia.


********El personaje del lienzo es el emperador chino Chongzhen, un hombre que dicen que fue bastante honorable pero muy débil y dubitativo, en un momento complejo del Imperio. Fue traicionado por sus generales más leales y tuvo que rendirse ante la invasión de los manchúes. En sus últimas horas ayudó a escapar a dos de sus hijos, persuadió al resto de su familia a que se suicidara y terminó haciendo lo propio ahorcándose. Dejó un mensaje final que pudo escribir con trozos de su ropa: 

"Yo, débil y poco virtuoso, he ofendido al Cielo; los rebeldes han capturado la capital porque mis ministros me han engañado. Muero avergonzado de encontrarme con mis antepasados. [...] Dejo a los rebeldes los pedazos de mi cuerpo, pero ¡no les permitáis hacer daño a mi pueblo!"

***********************************************************************************************humildemente, Juan**********************hoy sin música pero con frase final


Esta ciudad me la cambiaron (para Hugo, presente siempre)



Desde el primero hasta el último

de los días

que camino buscando huellas

vacías de presente y sin futuro,

con rastros de pasado despojado,

tarea para resolver

en tiempo de fábrica

sobre un diván vacío,

eso de buscar respuestas

fantasías consoladoras

para evitar el clona

y por ahí lograr dormir

una noche entera de un tirón

¿para qué?

Dejar tranquilas 

a las dos o tres personas

que preguntan ¿cómo andás?

mirando una pantalla de celular;

y sí, y no,

caminamos las mismas calles

del Jorge Newbery

y no parecemos tan distintos,

pero no nos encontramos

en ninguna historia,

porque la última la esquivé,

todavía no pude,

tengo varios epílogos

por escribir,

más todo ese pasado que dejaste

como rastro sin cuerpo,

el estigma de los ausentes-presentes,

es la misma ciudad

sí, y también no,

somos y también no somos

nos bañamos en el mismo mar

en cualquier punto:

Camet, Consti, La Perla, La Popu,

con la esperanza

de encontrarnos

en una de ciencia ficción,

un futuro para siempre distópico

en donde nuestros sueños

terminan por mal interpretarse,

y otra vez es medianoche

de marzo,

y la Historia hace pelota

nuestras calles / nuestros cuerpos;

vuelvo a escribir este

mismo epílogo,

tus huellas no aparecen

y el barrio no es

lo que imaginaba,

hoy seguro que marcho

por esos lugares de siempre

y me va a doler la panza

y alguna lágrima se escapará,

la sensación de que conocimos

muy bien esta ciudad,

la sensación de que

a esta ciudad

me la cambiaron.


Declaración del abogado (Detectives del Rivadavia, capítulo 19)


Es bueno hacer catarsis, no lo dude querido Comisario. Es bueno estar preparado para lo peor. Es bueno afrontar las consecuencias de cada acto injusto que se haya cometido contra una cosa o tercero. Es bueno operar desde las sombras para salvar a los que merecen ser salvados…como a usted, querido Comisario. En nuestro trabajo hay que mantener las apariencias casi todo el tiempo. En verdad, en eso es igual a cualquier otra labor humana. Pero este instante nos sirve para reflexionar, pensar entre todos cuál es el camino correcto a seguir. Ponernos de acuerdo, querido Comisario. Yo lo conozco y sé muy bien el trabajo que se viene haciendo en esta bendita comisaría del barrio Rivadavia. Una de las peores seccionales de la zona, pero por culpa del contexto, que es en definitiva lo que nos condena siempre. Puede sonar determinista lo que les digo, Comisario, enviados del Ministerio, pero sabemos muy bien que la realidad no tiene mayor encanto que ese. Determinismo y punto final. Sé muy bien que en otro contexto, distinto sería su accionar y el de sus subordinados. Sé de las horas mal pagas, los problemas edilicios de la Comisaría que te tocó en condena, conozco muy bien la escasa preparación del personal y la nula capacitación ofrecida este último tiempo, sé de la falta de recursos y material y de que el barrio está cada vez peor. Claro, el narcotráfico y lo que lo rodea, sí. Los quioscos, las bandas, la violencia en las calles, nada nuevo bajo el puente del arroyo La Tapera. ¿Les conté de la vez que me caí en ese arroyo inmundo? Eran otros tiempos, el barrio era diferente, la gente era distinta, no había tanta violencia, tanta prensa para la violencia, tanto cine para la violencia. En algún punto, todos somos culpables e inocentes a la vez. ¿Parece contradictorio? Es contradictorio, querido Comisario. Por eso le ruego que no se condene tan precipitadamente, porque puede ser que lo necesitemos para construir un futuro….¿cómo decirle en términos verosímiles, posibles?....para construir un futuro un poco más habitable. Sigo la comparación, tal vez La Tapera ya no tenga el caudal que tenía en otros tiempos, y de seguro que donde está desértico ya no va a pasar agua, pero puede que en algunos días del otoño sí suba el agua un poquito y se vean unos charcos. No sé si me explico. En comparación a toda la violencia y muerte que vio hasta hoy en esta comisaría de mierda, lo suyo es apenas un accidente. ¿Evitable? Puede ser. ¿Injusto para las víctimas? Tal vez, habría que ver con detalle. Pero yo no estoy acá para decir qué cosa es justa y cuál no. Yo soy el representante legal del cuerpo, el que pone lo suyo para facilitarles el trabajo a ustedes, querido Comisario. Lo suyo fue una reacción desmedida ante una clara injusticia, y lo entiendo. Por eso lo perdono, como buen cristiano. Lloro sangre con usted, aunque no me guste. Esa sangre merece su justicia también, lo entiendo, lo comparto, no vaya a pensar mal de mí. Pero disiento en la condena apresurada. Querido Comisario, su condena sería la condena para todo el barrio, para la comisaría, para todos nosotros, los que mantenemos el verosímil de la violencia en términos soportables para la sociedad entera. Ese es nuestro primer mandamiento. Antes que nada, estamos obligados a servir al prójimo, por lo que su declaración no puede ser realizada ante el juez, jamás. En defensa de los ciudadanos de bien, de sus días en paz, debemos acordar otro tipo de declaración. Y quédese tranquilo, querido Comisario, los héroes caídos en servicio tendrán su condecoración, su reconocimiento. Jamás los tiraríamos a la jaula del león. Los cuidaremos como a usted. Servidores públicos, eso es lo que somos, y por eso nos cuidamos por el bien de la humanidad. Héroes, eso es lo que la sociedad necesita. Muchos héroes. Como usted, querido Comisario. Exactamente como usted, aunque ahora no se sienta precisamente en esa posición. Su reacción es una condena para la impunidad. Usted arregló la cloaca de este inmundo espacio urbano. Y se ensució, por supuesto, fue inevitable. Lo que nos queda es arreglar lo que se pueda. Y lo que debemos hacer es centrarnos en eso, querido Comisario. A lo mejor, un tiempo fuera del cuerpo policial le haga bien, con seguimiento terapéutico, por supuesto. Y después vamos evaluando. Daremos por hecho el enfrentamiento, las muertes inevitables, el estado de shock en el que usted quedó y esa es la salida más conveniente, créame. No solo para usted, que se lo merece aunque ahora le cueste creerlo. Sino para todas las fuerzas de seguridad y quienes trabajamos día a día con ellas. Esto ya lo hemos sufrido incontable cantidad de veces. No es la primera comisaría ni será la última, en la que un evento desafortunado desencadenó una matanza desgraciada. Pero la Institución es la prioridad, el Sistema tiene que ser salvado siempre, a cualquier costo. Imagine si mañana saliera a la luz su declaración. ¿Qué se supone que tendríamos que hacer con la comisaría? ¿Quién se haría cargo de reflotarla? ¿Quién confiaría su seguridad al cuerpo? No se puede, debe entrar en razón. Se lo suplico, querido Comisario. Y, una vez más, le doy la razón, por supuesto que es un desastre todo lo que sucedió, por supuesto que somos asesinos reglamentarios, por supuesto que nos dedicamos a administrar la delincuencia. Sin dudas. ¿Corruptos? ¿Impunes? ¡El subsuelo del Sistema todo! Claro, pero necesarios. Para que más o menos funcionen los barrios, las ciudades, las provincias, el país y el mundo, debemos existir a pesar de nuestros errores. Todo lo que sucede en el mundo cada día, son males necesarios, por algo seguimos existiendo en el planeta. Esto es lo mismo, querido Comisario. Somos una pieza más, con la forma y el olor que sea, pero necesaria. Le ruego, por última vez, que considere rever su declaración. Le damos el tiempo que necesite, no se haga problema. No existe nada más importante que redactar con responsabilidad. Un texto, ya sea escrito o en voz alta, puede generar el final del mundo. No lo dude, querido Comisario. 


**Creo que este era la música para el final de la historia, pero no aguantó más:

**************************humildemente, Juna***************mucho gusto*****************************

Declaración del Comisario (Detectives del Rivadavia, capítulo 18)

No se puede respirar. Es imposible. Intento todos los días, desde hace años. Es imposible. Trato de hablar de corrido. Me cuesta. Mis pulmones no dan el aire que necesito para contar lo que tengo que contar. Si tuviera una bala más, me volaría la cabeza. Si tuviera dos balas más, remataría al abogado de mierda y después me volaría la cabeza. Si tuviera más balas les pegaría un tiro a cada uno de ustedes y al Ministro y al Gobernador y al Presidente, y con la última bala me iría yo. Pero sé que no serviría de nada, porque los hijos de yuta se reproducen como las cucarachas, son invencibles. Mierdas de seres humanos siempre hay y habrá y no se puede hacer nada. ¿Emoción violenta? ¿estado de descontrol psicológico? ¿fingir demencia post trauma? No fue lo que pasó, ni merece la pena intentar decir otra cosa. Ese maldito registro que inventamos los policías para hacer nuestro propio policial clase B. Una parrafada de mentiras acompañadas por la adulteración de pruebas, todo dispuesto para que terminen condenando a quien no tuvo nada que ver, y liberando a quien sí lo hizo. Después, los capítulos que siguen siempre, como la culpa, hasta que de alguna manera pasa algo, los verdaderos responsables se quiebran o alguien los persigue y los quiebra con toda la fuerza de la lógica y la razón. Policiales. La realidad es esta, son ustedes. El buitre que va a escribir la declaración, que va a llevar el rótulo de un juez y, con esa firma, ser transmutado, de ficción a documento probatorio legal y punto final. Obediencia debida y todos inocentes hasta que se demuestre….Pero nadie va a demostrar un carajo, ¿no? Ustedes dos, los enviados de “arriba”, con esas caras de “ya sabemos cómo fueron las cosas, quédense tranquilos que lo arreglamos todo”, como si se tratara de una mala película hollywoodense, uno de esos thrillers donde ganan los que deben ganar para que la sociedad continúe con sus compras. Nada más, cuestión de “orden y control”. Control, pensar que decían que ese tipo de sociedad ya no existía. Pero sí. El control, la necesidad de saberlo todo para escribirlo todo, de nuevo. Narrador omnisciente. Un boludo asustado por un escape, por descuido propio, en el corazón de la comisaría. El Ayudante que sale corriendo y saca el arma y tira ese tiro que da en el cuerpo de una inocente que justo pasaba por ahí, en el lugar menos indicado en el momento menos indicado. No me van a creer, pero ya lo sabía. La Virgen de la Sangre. Anote, abogado, el Comisario y sus desvaríos, ¿no? ¿no le sirve al argumento de su novela? Bien, las desgracias las construye esa perra desde las sombras. Luego las llevan a cabo seres humanos incapaces de cualquier cosa y, finalmente, llegan los escritores, ustedes, los que novelan los sucesos para que todo siga igual. Yo en un hospital psiquiátrico, obvio. Los cadáveres debidamente condecorados, la inocente resarcida con guita, por lo menos ganancia para lo que le quede de familia. Todos contentos. O no, pero al menos tranquilos por un tiempo más, un tiempo que se termina con el próximo asesinato, ¿verdad? Porque saben perfectamente que la cadena no se corta nunca, vendrán más cadáveres y ustedes seguirán escribiendo policiales, firmados por juez, hasta que un día les toque. Decir que no me quedaron más balas en el arma, zafaron. ¿Escribiste, abogado? ¿Llamamos al juez? Ese mal parido amigo de ustedes que está pensando en el culo de su empleada y en qué carajos de droga va a probar el fin de semana en ese puto barrio privado en el que vive fuera del mundo, para después subirse a su trono y juzgar todo aquello que no tiene ni remota idea de cómo mierda funciona. Mierda. Su cara de mierda y su vida de mierda y su manera de regalar impunidad a ustedes. Control y poder. Nunca vamos a salir de ahí. No hace falta. ¿No les queda mejor pegarme un tiro y sumarme a estos cadáveres? Me harían un gran favor. Hay un olor a podrido insoportable, carne quemada por proyectiles. ¿Quieren saber por qué los rematé a sangre fría? Porque fue el único acto de justicia que se me ocurrió posible en esta comisaría mal cagada. Los vi armando la escena, como si nada. Ayudando al asesino por compartir uniforme. Camaradería de la fuerza. Y no pude más. Otro tanto para analizar, el General del Imperio apareciendo por detrás de mis acciones, ayudándome a reaccionar. Impartir justicia con la moral compartida. Sin escatimar acciones. Sin perdonar lo imperdonable. No podemos devolver las vidas inocentes, eso ya lo sé, no estoy tan loco. Pero sí podemos despejar la oscuridad del camino. Eso hice, nada más. Salvé el honor del General del Imperio. Salvé Ciudad Prohibida. Me salvé. Dejé de lado el desierto impune. Claro, la Virgen de la Sangre no me lo va a perdonar. Me seguirá buscando aún después de esto, después del encierro, quizás durante. Ya tendrá tiempo de tenderme su próxima emboscada. Tal vez otro paciente tome un cuchillo y se corte las venas de los brazos o se abalance contra una enfermera delante mío, y la sangre me salpique la cara, y la muy puta me mire y me diga: “misericordia, Comisario, misericordia. Lloremos lágrimas juntos mientras oramos, te necesito, todavía” Y ya no la voy a mirar más, porque ya hice lo que tenía que hacer. Solamente me faltó una bala, una sola bala más. Juro que la miré y supe en ese instante que no iba a salir ese tiro. Lo sé perfectamente ahora. No me va a dejar. Mi consuelo, ustedes. Con esas caras burocráticas. Sépanlo, están en sus manos también, y no los va a dejar tampoco. Tendrán que seguir navegando entre ríos de sangre por donde sea que vayan. Tendrán que seguir inventando historias hasta que un día no puedan más. ¿Saben lo que va a suceder ese día? Tienen tiempo para imaginarlo, me tienen a mí de ejemplo. Ojalá estén lo suficientemente lúcidos en ese instante para tener ese último tiro a mano. No se sientan mal, la justicia no es nada.


****Música de fondo, que va con el personaje, al menos hoy:

****************humildemente, Juan*********************no hay maquillaje para quien no ve.....++++++++++++********************

Prólogo a la declaración del Comisario (Detectives del Rivadavia, capítulo 17)


Y acá empieza el tiempo de la declaración del único culpable de todo. El único culpable de la historia final. El único culpable de resolver los casos uno por uno, como si fueran cartas que se caen derribando las demás, una cadena desgraciada que finaliza con él y en él. A ti, hijo del Hombre, pero sobre todas las cosas, hijo de la Madre de la Sangre. Empieza el tiempo del entendimiento y la resignación final, esa que todavía no había experimentado. Un Comisario nada puede, nada. A menos que sea transformado en ficción. La realidad es esa cosa compleja que nadie puede explicar, porque cunado se la empieza a entender llega el momento de la despedida, o la forzosa y abrupta retirada. No por nada aquellas personas que parecían saber cosas importantes morían temprano, como si una fuerza extraña supiera que para poder mantener el orden había que sacarlas de la Historia, lo más rápido posible. Después quedaban intérpretes más o menos intrépidos, más o menos agudos, más o menos molestos. Pero eran solo intérpretes, estaban diluidos, era más fácil borrarles o dejarles de prestar atención. Acá empieza el tiempo de la declaración del Comisario de la Comisaría que te tocó en condena, un actor primordial y secundario, un intérprete fundamental. Por tal motivo, no tendrá salida. Tal vez esta sea la única oportunidad en que lo escuchemos hablar con cierta razón, luego le espera un largo período de reclusión. A lo mejor, uno de esos días después de tanto encierro, pueda llegar a aportar un poco más de lógica y claridad a tanta brutalidad, pero sería mucho pedir. En este momento – el de la declaración – todavía hay algo que lo conecta con la realidad que conocemos. Su declaración en interrogatorio sucede en la sala de usos múltiples de la Comisaría que te tocó en condena. Rigurosamente hablando, no es una declaración, sino más bien un arreglo entre colegas, mediado por el abogado que escribe las condenas de los miembros del cuerpo policial, el buitre aliado, el tu peor es nada. La tarde cae por la ruta 226 y entra en plena avenida Luro, el barrio todo está consternado una vez más. En el salón están los cuerpos sin vida de la chica de las viandas y de tres policías, uno de ellos El Ayudante, que fue rematado con un tiro en el pecho y otro en la cabeza, cuando ya estaba mirando al techo desde el suelo. De entre los casos que había intentado dilucidar el cuerpo policial en el año, este era el primero que se solucionaba con algo cercano a la realidad. Los culpables de cada uno de los disparos estaban claros, los muertos tenían su firma de autor cada uno, las armas concordaban con quienes las habían disparado, estaban todas registradas, eran de la policía. Ahí es donde la cuestión se empiojaba, porque una verdad tan tremenda no podía ser comunicada de esa forma a la sociedad. Había que inventar una segunda historia, un relato policial convincente que se pareciera en algo a lo que había sucedido. Algo similar a la verdad, una concatenación de hechos y motivos verosímiles. Sería sencillo, pensaban los altos mandos, porque todo quedaba en casa. Los que habían disparado eran los policías de esa comisaría, cada uno de ellos con sus armas en regla. La única víctima a cuidar era la mujer de las viandas, que no tenía nada que ver con la fuerza policial. Ahí tendrían que afilar el lápiz que escribiría una infamia más. ¿Impunidad? Casi. Porque se simularía un falso enfrentamiento, como en épocas de asesinatos de la dictadura, o de la maldita policía, o de la gendarmería made in siglo XXI. Eso era la parte más fácil. Lo complicado era ese momento. Lo crucial era ese momento. Acá empieza la declaración que marca si es posible obtener justicia o no. De un lado, el abogado y dos altos mandos del cuerpo policial, dispuestos a escribir la historia que haga falta “por el bien de la ciudad, de la provincia, del país y del mundo occidental”. Del otro lado, el Comisario y su cabeza tomada por la emoción violenta, la venganza, el hartazgo, los ideales del General del Imperio que habitaba una Ciudad Prohibida que solo existía en sueños, en ese maldito libro chino que había encontrado tirado en la calle y que tanto lo había obsesionado. De su lado también estaban los Comisarios de Sonora, los pinches comisarios del desierto. Y ni siquiera de su lado, esos estaban del lado que se pudiera, del lado posible del oficio. “Un buen día, buey, vas a necesitar que te den una mano, que te acomoden alguna historia, y vas a sentirte un pinche estafador, la peor de las basuras. No lo tomes tan personalito, cabrón, quién no tiene un par de muertos en el placard”. El tiempo de la declaración es un suspenso, una pausa en los hechos que serán ordenados. Ese orden es lo que se disputa en el contrapunto. Las conveniencias van tirando de la negociación. Esa es la vida en democracia, ¿no? Un sistema que calza al dedillo con el sistema económico imperante. Negociar para poder seguir. Negociar para empezar a olvidar lo más rápido y urgente que se pueda. Negociar para ir en busca del final más decoroso, ese que no había podido concretar. Ese intento de escape que sabía que sería imposible. Porque tomó el arma sin prestar atención, se fue corriendo hasta donde estaba la figura de esa maldita Virgen ensangrentada, siempre ensangrentada. Se arrodilló frente a ella mirándola con la mirada más odiosa que había destinado a alguien en su vida, “mirame bien, perra”, le había dicho a la figura de cerámica. Se llevó el caño del revólver a la cien, pero ya no había más balas en la recámara. El tiro vacío confirmó lo que ya sabía y había olvidado por un instante, el instante de locura que pareció haberle otorgado una salida. Como consecuencia estaba ahí, en el salón de usos múltiples, rodeado por cuatro cadáveres, dos agentes de alto rango y el abogado carancho. Y acá empieza la declaración del Comisario:


***de fondo:

*******************************Humildemente,
****************************Juan

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Una tarde en la Comisaría que te tocó en condena (Detectives del Rivadavia, capítulo 16)


No te rindas nunca porque eso no es propio de un ser honrado. Antes de entregar los ideales es preferible morir por acción del propio sable. Los deberes del General del Imperio en Ciudad Prohibida eran claros. En algún lugar estaba escrito y desde esos miles de años, la idea había sido tan fuerte que estaba en el aire. En su aire. En la sala de interrogatorios de la Comisaría que te tocó en condena, aunque en verdad era una suerte de sala de usos múltiples porque siempre faltaba espacio para demorar gente antes de los traslados o antes de que alguien los pasara a retirar, lo mismo daba. Ya no tenía en cuenta si estaba tomando mates al lado de un asesino o al lado de un perejil guardado por error o a causa de un mal día de alguno de sus subordinados. Subordinados. ¿Cómo serían los subordinados del General del Imperio? De seguro que mucho más implacables que su excelentísimo superior. De seguro que no fallaban en ningún aspecto, ni físico, ni emocional, ni mucho menos moral. De seguro que el tiempo fue el culpable de terminar de corromper a todos los seres humanos. Caían los imperios en silencio y eran olvidados como débiles huellas en la orilla de un río de sangre. La sangre se limpiaba con la subida. Volvía el agua pura, pero los rastros quedaban en los hombres. Fotocopias cada vez más impropias de sus fantasmas, todos en serie hasta la actualidad. Sangre que se respira entre el polvo de los espacios descuidados de una comisaría en franca decadencia, para siempre. El tiempo en el que se desgranaba de manera continua toda una ciudad con sus estructuras y su gente, sus sombras. Y los que están allí se mueven como comadrejas, pensando que eso que les tocó es toda la eternidad. Pero no pueden ver más allá en el glorioso pasado. El pasado de la moral, el pasado de Ciudad Prohibida. Un nombre que alejaba a los terrenales, los expulsaba para después desaparecer y ubicarse en el mundo amorfo de lo perfecto, solo para joder. Ahí no podría ingresar nunca. Ahí no podría resolver su caso. Todas las respuestas a sus preguntas, a sus obsesiones, encerradas bajo llave. La imposibilidad, la resignación, el llanto, la desesperación. El momento de ser rescatado por la Virgen de la Sangre. La que le abría el corazón con todas sus espinas, sin ombligo. La nunca parida paridora del universo. De su universo, uno sin moral y con mucha violencia. El paraíso para ella y su rostro sufriente. Los brazos abiertos invitando a la rendición. “Descansá, es hora, pero no te vayas nunca, no te voy a dejar, perdurarás hasta que mi reino desaparezca, no importa tu moral, no importa la justicia, solo la piedad y la misericordia, el amor a la sangre, tu sangre, la de mi hijo, la nuestra”. No rendirse nunca, pero ¿cómo combatir lo que no se ve? ¿cómo trabajar sobre lo que no se sabe?

El Comisario se quedó mirando la ventana del salón. Fuera, una mujer pasó andando en bicicleta. Llevaba una pequeña canasta que contenía lo que parecía ser algo comestible. La conocía. Esa mujer vendía viandas saludables por todo el barrio Rivadavia. Pasaba a toda hora por cualquier calle, en cualquier situación, llevando y trayendo las viandas de comida. Se proyectó como un pintor romántico, se imaginó pedaleando por el barrio. Se visualizó parando en una plaza a comer una de esas viandas. Puso todo su empeño en imaginar sabores que no conocía, tardes que nunca había experimentado. Cerró los ojos y creyó escuchar un disparo. No sabía quién había caído, pero la bicicleta estaba derramada en la calle. Un charco de sangre se apoderó de la cuadra. Los gritos de la gente que pasaba se hicieron escuchar aún más que la sirena del patrullero que salió persiguiendo a quien habría sido el tirador, el verdugo. Su imaginación había sido traicionada, una vez más. La mal parida Madre de la Sangre lo había dejado vacío para siempre. Un alma inocente más, sacrificada para su propio beneficio. La misericordia, el abrazo de la muerte. De su rostro cayeron lágrimas y no se pudo mover. La comisaría estaba en ebullición. El Ayudante le gritaba, le exigía una respuesta rápida. No hizo nada. El cuerpo muerto de la mujer. La vianda desparramada por el piso, se mezcló con la sangre. Ya no tendría el sabor que no se podía imaginar. La tarde era otra muy parecida a las anteriores. Un cadáver más, un legajo más, un informe, una investigación sin rumbo. Una bala que no era para ella. Una bala sin contenido. La forma de la violencia final auspiciada por el sueño de escapar hacia un lugar mucho mejor. Estar del lado de los que ganaron las tardes, de los que pedalearon las calles, de los que probaron los bocados del Dios. Él se quedaba en la sombra, encerrado por los fantasmas que se apresuraban en tomarlo de las piernas. No lo soltarían hasta su día final. El día de su juicio. Culpable siempre. El único culpable que necesitaba ser sentenciado para poder caminar una última vez, unos pasos de liviandad hasta que por fin se desconectara de todo. Ese día no llegaba. Ese día era aplazado por la Madre de la Sangre, que lo necesitaba a él, el hijo de la sangre, el perpetuador de la sangre inocente derramada, el testigo eterno de los infiernos, esos lugares a los que ella tomaba como escenarios de su lujuria. “Gracias, hijo mío, toda esta sangre inocente derramada me pertenece, pero existe por tus ojos”. No quería resolver el caso, los casos. Deseaba desaparecer antes de todo, poder entrar en el Jardín Imperial de Ciudad Prohibida, recuperar por fin la moral infranqueable del General, poner el sable sobre la tierra, debajo de los cerezos en flor, y arrojarse arriba para derramar la única sangre que deseaba ver derramada de una vez. La sangre propia, la sangre de la Madre, los culpables.   


*************Música de fondo para cualquier historia de semana:

***********************humildemente, Juan************************suspirando penas************************sobre la cornisa******************


El Comisario (Detectives del Rivadavia, capítulo 15)

Un robo absurdo en un supermercado, el encarcelamiento de un capo de la mafia y un asesinato cometido durante la Segunda Guerra Mundial... ¿Encierran algo más estos casos? Para el melancólico investigador siciliano si. (Andrea Camilleri, "El perro de terracota") 


Pero por mucho que lo desees nunca te vas solamente con desearlo. Eso pasa en las películas, en las muy malas, que por lo general cuentan con un presupuesto similar al de los países emergentes que no emergen ni emergerán nunca porque es indispensable que así se mantengan hundidos para poder mantener flotando a las -siempre muy pocas- grandes naciones. Un Comisario es un ser despreciable antes de que empiece cualquier historia. Solo puede obtener la redención muriendo heroicamente o abandonando su labor después de denunciar toda la corrupción que tuvo que aguantar estoicamente, hasta que su moral impoluta no dio para más. Viejas historias, malas historias, historias como pasas de uva en estado de putrefacción. A nadie le interesa una historia así de esta ciudad, menos de este barrio, menos de este género y mucho menos si viene escrita. Para ser recordable – al menos un par de semanas- debería salir la serie televisada por la plataforma tal. Pero eso de plataforma siempre le recordaba la terminal de micros, la -casi- siempre triste terminal de micros. Todas las horas gastadas ahí esperando por viajar mal y con frío, por la madrugada, con el uniforme sucio, hasta la ciudad de la costa a la que lo habían asignado por el verano, solamente por la temporada alta, porque el gobernador y el presidente necesitan mostrarse en cada parador costero y alguien tiene que salir de fondo con el uniforme azul y la gorra. ¡La gorra! Ese artefacto que lo condenaba al peor de los papeles que se le puede otorgar a un ser humano, el del ortiva, el cobani, el dueño de la violencia homeopática autorizado por algún artículo de la Constitución, que siempre está reformándose en los incisos que nadie atiende. “Actuó en defensa propia” ¡siempre se dispara en defensa de la propi-edad! ¡de la propiedad de otros! Pero él tenía que firmar, cada vez. Luego, mirar para otro lado. Igual que cuando se le quejaban los comerciantes de la zona o algún grupo de vecinos indignaos con la actuación policial. Cada uno tenía su rebusque, su labor era firmar y mirar para otro lado, poner la cara para que se la escupieran y saludar con una sonrisa prometiendo la pronta solución del inconveniente ocasionado. Soltarle la mano al que se zarpó, de vez en cuando. Pagar lealtad, callarse la boca en los juicios, decir poco y certero, copiar con la voz lo que ya se había copiado en el informe dictado por el que llamaban “el abogado del diablo”, que laburaba codo a codo con la Comisaría que te tocó en condena. Y llegaban cada tanto esos casos en los que se podría reivindicar, él, sus compañeros y toda la Institución. Pero jamás se resolvían, no. Los importantes, los que de verdad contaban, nunca tenían solución justa. Se inventaba a la larga, se tapaba a la corta, se dejaba todo cubierto con un manto de dudas e impunidad. Impunidad, la palabra que le dolía como si le metieran el dedo en la herida del pulmón y revolvieran. Impunidad. No lo soportaba. “le tenés que hacer la guerra, pinche comisario” “No es un juego que termine bien, y lo sabes bien buey” Palabras desérticas de los detectives que nacieron en el lugar y el tiempo equivocados, pero que se adaptaron porque son como cucarachas, y las cucarachas lo mismo pueden estar en el día de la bomba atómica en Hiroshima, que en el desembarco inglés en Puerto Argentino, que en la maratón de Nueva York, que en el día más sangriento de la invasión de Vietnam, que en el Palacio de la Moneda dentro del zapato izquierdo de Allende el 11 de septiembre, que el 3 de febrero en San Lorenzo bajo el sable –¿también corvo?- del sargento Cabral, que en un patio sin afeitar de un monoambiente en el barrio Rivadavia una noche de verano del año 2666. Lo mismo daba. La adaptación es total. Su naturaleza era la misma, lo sabía. Entendía por qué los hechos se desarrollaban como se iban desarrollando, con toda esa impunidad que para él terminaría siendo una anécdota en pie de página. Sí, un mal trago de temporada, un par de días pintados de negro en la agenda. Pero después se sigue, se sigue caminando con las patas quebradas, sin pensarlo, como una cucaracha. Se ronda la basura como si nada, se contempla a las otras cucarachas y se las ignora por completo. Se ven sus cuerpos desmembrados y se las pasa por encima, buscando llegar hasta un punto en el que se espera que la vida pase a ser ese final feliz que se contaba en los cuentos de la infancia. ¿Una mentira? ¿Qué más da? Costumbre, la herramienta perfecta para naturalizarlo todo. Esa había sido su última frase con la terapeuta del cuerpo policial, o pensaba que debería haber sido. Costumbre la de confesar para alivianar el peso. La culpa depositada en el diván o en el confesionario o en la cabeza de alguien más. Pero de cada culpa queda la cicatriz. Y jode. Y siempre aparece una que no cierra nunca, que es la que te vuelca, la que te jubila de la vida. Él la había sufrido. Soñaba todas las noches con el pibe, el pibe despellejado, el pibe empalado, el pibe llorando de dolor en los brazos de la Virgen de la Sangre, esa que no lo miraba más, que recuperaba nuevamente su expresión de misericordia apuntada a un cielo cada vez más lejano, como indicando el camino de paz que él nunca podría tomar.

Era de noche, volvía a su casa, hacía frío, nadie lo esperaba, sabía que tampoco podría dormir esa madrugada, sabía que el próximo día tendría que simular en la comisaría un turno de doce horas, que tendría que firmar papeles, que tendría que mirar para otro lado, que tendría que festejar algún comentario misógino, que un grupo de familiares y amigos de próxima víctima le escupirían la cara, que él devolvería su mejor actuación de comisario: “estamos haciendo todo lo humanamente posible para solucionar el caso”. El caso era que el comisario no tenía solución.


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**************************humildemente**********************todavía escribiendo*************************


En el bar (Detectives del Rivadavia, capítulo 14)


Encogido en el fondo de tabernas,

me erizo. Riego con vino mi alma y el mantel

y veo:

en un rincón – mis ojos redondos como platos –

los ojos de la Virgen se me meten en el corazón. (Maiakovski)

 

Al menos no se sentía tan solo. En esa mesa rectangular y pequeña. En ese bar semivacío por la avenida Luro, en la zona donde cae la noche más oscura, aunque no debiera porque la estación ferroautomotora está muy cerca. Pero por alguna razón esas pocas cuadras de la avenida estaban mal iluminadas. Mucha gente dormía por ahí, tirada en las veredas o en algún hotel de media estrella con escasos servicios. Un apéndice olvidado por la ciudad, un epílogo de lo que la felicidad del turismo quería ocultar. Se llega a Mar del Plata como se puede, por la puerta de atrás, se baja en la estación y a partir de ahí corre el reloj, hay que salir a descansar donde se pueda y al otro día buscar la changa que se encuentre, ver qué pasa con el verano, ver si deja alguna moneda, ver si sirve por ahí quedarse un tiempito más, por lo menos antes de que ataque el frío más intenso, ese frío de la costa que es más fuerte y peligroso que el de la montaña en el sur. Nada romántico, un frío sin final feliz, un frío que sirve para alejar a las pocas personas que quedaban del último verano. La etapa de la supervivencia cerrada. Sería alguno de esos días. El Comisario estaba cansado, lo que no era nada novedoso. Siempre estaba cansado. Era de noche, tomaba un vino “de la casa”, quiero decir el más barato, el único que podía pagar con su sueldo magro. El consuelo era ese, no se sentía solo, aunque en la mesa no había nadie más. Habían pasado los días, las semanas y después los meses desde el episodio con el Desvariado. Ya estaba totalmente recuperado de la herida del disparo, que nunca tuvo autor declarado. Sí habían encontrado el cuerpo sin vida del Desvariado, a medio enterrar en el basural de la ciudad. ¿Por qué siempre a medio enterrar? Quería creer que los animales rebuscando terminaban por desenterrar los cadáveres, pero se acordaba sin querer de lo que le habían dicho los pinches detectives de Sonora: “ya quisieras hermanito que fuera así, pero acá en la tierra de la virgencita de Guadalupe que es el mundo enterito, el hambre más feroz lo pasan los pinches seres humanos, que son capaces de cualquier cosa cuando los gobierna el hambre, pobrecitos ellos, pobrecitos nosotros” ¿Por qué hablarían con tantos diminutivos, no se lo podía explicar. Se sintió fatal, pero no solo. Tomó otro vaso de vino, un fondo blanco que le dedicó a “su compañera indeseable”, “su Malinche”. El silencio y la nada misma le respondieron. Tomaba para olvidar, uno de los motivos clásicos de los bebedores empedernidos. “En-pedo-vivos”, dijo en voz alta y se causó gracia, pero nadie le prestó atención. Los demás bebedores estaban con sus propios fantasmas, como si fuera un bar en el desierto de Sonora y no uno en el barrio de la terminal de Mar del Plata. Dos desiertos con mucha arena, uno con mar, pero los dos llenos de fantasmas. Solamente en uno la gente les prestaba debida atención. En su ciudad no, en su ciudad a la muerte no se le daba bola hasta que se aparecía en primera del singular. El Comisario ya no podía separarse de eso, de la muerte, de los fantasmas, de la Virgen de la Sangre. Su aliada, su compañera, la que lo dejaba caer pero lo terminaba levantando siempre a último momento. Y le ponía fichas, todas las fichas. “¿Quién asesinó a ese niño tan brutalmente? ¿Quién liquidó al Desvariado? ¿Quién te disparó? ¿Cuándo vas a retomar el caso, no ves que está todo conectado?” Su cara cambiaba de semblante, se tensaba, se ponía oscuro y arrugado, miraba el vaso vacío de vino, no quería seguir escuchando, no tenía respuestas, no quería respuestas. A nadie le interesaba la verdad, como en todo policial. Solamente había que ir resolviendo los casos. Para lo del chico metieron en cana al padre que ya estaba prófugo por otros asesinatos, para el Desvariado agarraron a un gitano vecino con el que se llevaban a las patadas por culpa de su insoportable insistencia con el Maligno. Para acomodar su caso establecieron que el autor del disparo había sido el Desvariado, que ya no podía defenderse. “¿Y las pruebas?” A nadie le importaban. Todo se solucionó de cara a las elecciones de medio término. Había que mostrar que la ciudad era segura, que los casos violentos se resolvían y tenían un final justo. Todos sabían que era mentira, pero la mentira es la mejor herramienta para combatir el miedo. Convencerse es más fácil que vivir con la incertidumbre, porque de qué sirve saber la verdad. De nada, se decía en soledad sin sentirse solo. La verdad sirve para volverse loco o borracho, o las dos cosas al mismo tiempo. Y en su caso, además, servía para que nadie le rompiera las pelotas en la Comisaría que te tocó en condena. Ese era el pacto, nadie lo jodía mientras se mantuviera callado, tranquilo, sin mover el avispero. Pinches cabrones, enemigos del impoluto General del Imperio. Sentía mucha vergüenza. “Deberías arrojarte sobre la espada, en un patio con cerezos” Unas lágrimas cayeron de sus ojos irritados. “No te apenes, ya no estás más solo” No quería mirar más que su vaso vacío, pero no podía evitar esa maldita voz, como en la cama del hospital. “Yo nunca voy a dejar que te vayas por el mal camino, yo nunca te voy dejar caer, yo siempre te voy levantar con mis brazos de madre misericordiosa”. Fue entonces cuando miró para el frente y arrojó el vaso contra la pared del bar, porque no había nadie más. Ante la mirada sorprendida de los pocos parroquianos que quedaban y del barman, soltó un grito amenazante, siempre en esa misma dirección. Te voy a liquidar, de alguna manera, te voy a liquidar, y así me voy a ir yo también, de una vez por todas.  


**música de fondo sugerida para el capítulo:

*******************sacó una navaja**********y lo echaron del barrrrrrrrr**********humildemente expulsado, Juan**********************

El Desvariado (Detectives del Rivadavia, capítulo 13)


Ahí seguía a pesar de todo. A pesar de la bala que entró y salió casi quirúrgicamente. ¿Qué había pasado? No recordaba. Tampoco le interesó demasiado. Pudo advertir a El Ayudante en el asiento al lado de su cama. La máquina para respirar ya no estaba, perfecto, su cuerpo ya empezaba a adaptarse nuevamente al aire putrefacto de la ciudad, a ese olor insoportable de las salas de hospital. Sería uno de esos calabozos que destinan a los pacientes más afortunados en El hospital que te tocó en desgracia. Al estar uniformado, era lo mínimo que podían hacer por él, un comisario más postrado en una cama, consumiendo recursos, pero debidamente utilizado para protagonizar los noticieros en esa jornada y hasta que saliera del peligro. A lo mejor, hasta el Intendente lo iría a visitar para una foto, una condecoración, una invitación a restaurante cheto para “vos y toda tu familia”. No tenía familia, no le quedaba familia. En un momento de su historia decidió alejarse de todos sus seres conocidos. Eso eran para él, como extraterrestres o monstruos a los que denominaba “seres”, podrían haber sido zombis. Deberían ser zombis, personajes extraños que no tenían nada que ver con lo que esperaba de la realidad. ¿Estaría desvariando? Como sea, no había querido alejarse de ellos con anécdotas feas, y por eso decidió autoexiliarse, mudarse a otra ciudad y comenzar su trabajo allí, siempre en una comisaría, el único lugar que lo soportaba. Tal vez, el único espacio que él podía soportar, porque ahí ya casi nada era humano. Entonces la cosa sería, en verdad, al revés. Él sería el “ser”, la pieza que no encajaba en las fiestas de fin de año, los domingos y los cumpleaños. Autoexiliado, ahora recuperándose en un hospital tan aterrador como la muerte, y con un compañero que apenas lo conocía haciendo las veces de “ser querido”, aunque no lo quería para nada y sabía que el sentimiento era mutuo, no podía ni debía ser de otra manera. No quiso hacer movimiento alguno, no tenía ganas de que El Ayudante lo molestara con preguntas pelotudas sobre cómo se sentía y si necesitaba algo. Se quedó mirando al techo mientras el otro dormía en la silla, porque si trabajás en la Comisaría que te tocó en condena el sueño te persigue y te encuentra en cualquier lugar más o menos cómodo y silencioso. Trató de recordar lo que había sucedido. Sintió que le dolía todo el cuerpo, pero el vendaje estaba a la altura del pecho, por lo que la herida de fuego habría entrado y salido por allí. ¿Qué había hecho ese día? Cierto, la investigación del asesinato del pibe. ¡El supuesto testigo! Ese fanático religioso que hablaba del Maligno, así con mayúsculas, y todo su poder mágico o milagroso. Eso que necesitamos sublimar todos los seres humanos, una suerte de enemigo supra poderoso al que poder culpar de todos los males que existen en nuestra diminuta realidad. Ese hombre desvariaba, ese hombre recitaba poemas que tenían siempre al mismo protagonista, el Maligno. Una suerte de campesino desclasado, que ya de pequeño no cesaba de hacer maldades. Una suerte de poema épico, a lo Martín Fierro, pero donde el viejo Vizcacha terminaba siendo coronado como rey junto al Juez que le redactaba las verdades más injustas para su propio beneficio. Entonces esta especie de apóstol jurídico escribía unas “sagradas escrituras” pero en signo inverso, porque inmortalizaba en palabras todas las inequidades más terribles imaginadas por ese “ser”, ese Maligno, ese culpable, entre otras cosas, de que su vida siguiera siendo un interminable calvario. El culpable, entre otras cosas, de la muerte del pobre niño. ¡No, eso no! Le había dicho el Desvariado. Lo del pibe fue otra fuerza, otra cosa. Así dijo, otra cosa, ahora empezaba a recordar….ese momento fundamental que viene anunciado desde la poética de Aristóteles, la anagnórisis, el reconocimiento, cuando el personaje principal se entera de algo que no sabía y así las cosas cambian en la historia, comienza el desenlace…No se había tratado del accionar del Maligno, porque no actuaba así. El Maligno hacía todo a plena luz del día porque le interesaba aleccionar, sembrar el terror. Estaba muy interesado en que su autoría saliera en primera plana. Por eso trabajaban a viva voz tantos curas y pastores, señalándolo en cada tropelía, en cada crimen. Su huella estaba retratada, reclamaba autoría. Pero lo del pibe no. No había huellas. Lo que había era una escena aberrante. El cuerpo más frágil e inocente completamente mutilado, empalado. Un sacrilegio que ni el Maligno aprobaba. Era otra fuerza. Recordó que el Desvariado en algún momento del interrogatorio comenzó a transpirar, se puso visiblemente nervioso, alterado. Luego de aquel último recuerdo las cosas se oscurecieron en su memoria. El Comisario supuso que ahí habría recibido el disparo. Del resto se enteraría más tarde, una vez recuperado y luego del diálogo con El Ayudante. Cuando arribaron a la casa del Desvariado estaba él solo herido en el piso, nadie más. Había comenzado la búsqueda del Desvariado en la ciudad y zonas aledañas, pedido de captura inmediata con recompensa, según el Ministro de seguridad de la provincia. Le causó gracia, le dolió la herida. ¿Quién carajos iba a pagar? ¿con qué guita, con el sueldo tuyo y el mío? No alcanza ni para una muzzarella. Se rieron con El Ayudante, pero todo se volvió al instante en seriedad silenciosa. ¿Quién había disparado? ¿por qué? ¿habría sido el verdadero asesino del pibe? Del Desvariado estaba seguro, era apenas un chiflado del barrio, que siempre estuvo delante suyo sin armas a la vista. Van a buscar al próximo cadáver, le dijo a El Ayudante. ¿Quién? El Desvariado. ¿Cómo? "Después de dispararme, de seguro lo habrán liquidado y habrán tirado su cuerpo por ahí, ya lo vamos a encontrar, seguro". ¿Y por qué no hicieron lo mismo con usted? "Decime vos, boludo", respondió más o menos o como pudo el comisario. La respuesta a esa última pregunta no la tenía, pero empezaba a palpitar su intuición, imaginaba y quería creer por última vez.   


******voy a salvarte esta noche.....que.......

***************humil-de-mente, Juan****************transmitiendo una historia desde el barrio Rivadavia de la ciudad de ¿?¿?no me acuerdo*********no te olvides, no me olvides********



La partera y la pujante (Detectives del Rivadavia, capítulo 12)


Con el filo de la noche

a punto de cortarles la yugular…

…El General del Imperio contempla la masacre en Ciudad Prohibida. Decenas de chinos mutilados, cuerpos destrozados, separados por guiones o comas o puntos y seguido de manufactura occidental, algo completamente incomprensible para el General, que queda absorto en una mano con sus dedos aplastados, alejada del resto de pedazos de cadáveres debidamente asesinados. La mano aplastada, una mano que intentó dejar un rastro, agarrarse al tobillo de su asesino. Una mano despreciada sobre el final del final. Un océano de sangre que marcará el fin de una era y el comienzo de otra peor, porque la partera de la Historia es esa Virgen de la Sangre, la imagen de una mujer con velo mirando sin pasión sobre todo un coro de plañideras que despiden al niño brutalmente muerto. Pero ella no, ella, la madre de occidente, la misericordiosa, no llora. Y si llora solamente es porque rebalsa sangre, sangre de miles de inocentes que la acompañan en cada una de sus apariciones, en pinturas, poemas, libros sacralizados por monjes pederastas. Era el fin de la Ciudad, era el fin del Emperador, era su fin. No hacía falta un proceso, una pesquisa, la presentación de pruebas. Se sabía culpable. El máximo culpable de no haber evitado la brutalidad en su territorio. La peor de las vergüenzas, vivir con eso le resultaba imposible. Su final ya estaba dictado. El Emperador que hiciera lo que quisiera, para el caso daba lo mismo, pero él sí que debía desaparecer de la faz de la tierra de la manera más deshonrosa. Ser borrado de la vida por sus propias manos, ser debidamente ignorado por la Historia. Que lo hiciera rehén para toda la eternidad esa Virgen occidental, esa falsa misericordiosa, esa mujer de ojos sangrantes, esa devoradora de almas en pena, de espíritus inocentes. Entregaba sus armas, su moral. Aquel pilar con el que había llegado a ocupar el cargo más importante que alguien de su clase hubiese imaginado. Traición al pueblo chino, traición a sus horas más fantásticas, a sus dragones voladores, a la imaginación máxima capaz de crear la Gran Muralla y esa Ciudad impenetrable. Pero todo se desmoronaba en esa escena, en esos cuerpos mutilados, cientos de ellos. No pudo llorar. Tomó coraje para no vomitar y se retiró al jardín imperial. Allí, entre los cerezos en flor, se arrodilló y colocó su espada delante, apoyando el mango en el césped. Luego tomó impulso y se lanzó de frente contra el filo, que lo atravesó a la altura de la boca del estómago. Cayó de costado y se fue desangrando, hasta que los cerezos se tiñeron de rojo sangre por acción del viento. Su mueca final fue de cierta decepción, consideraba que su final no tenía derecho a contar con un telón de fondo tan hermoso. Pero así fue, así sucedió. Los cadáveres son insoportables cuando se presentan en manada. De a uno en vez, se pueden ir procesando, era esperable en el oficio. Luego la investigación, la búsqueda de justicia. Pero cuando la brutalidad aparece toda junta, no hay manera de soportarlo. Fueron pasando los años, los siglos, las dinastías se sucedieron más o menos ordenadamente. Nunca más se habló del General del Imperio. Nunca más se dijo nada sobre la masacre en Ciudad Prohibida. Cientos de cuerpos desmembrados olvidados por la Historia. Cientos de espíritus apresados en un acto impune, dando vueltas por el aire, tomando cada rama de cada cerezo a punto de florecer. Y el silencio atroz de los que saben pero no pueden decir. Lenguas endiabladas, conjuradas por aquella presencia sangrienta de la Misericordiosa, la madre de todas las matanzas, la que ahora vuela en dirección al desierto de Sonora, para regar con su líquido rojo las grietas de la tierra seca. La Misericordiosa que después vuela hacia el sur, bien al sur. Y llega justo a la cita en el barrio Rivadavia. Otra muerte insoportable, pero concentrando toda la brutalidad en una sola víctima, en una de las más inocentes de la Historia. La partera y la pujante. Ambas convencidas de que se avanza con sangre, se pare con dolor, siempre. Confabuladas en que se necesita la cara de sorpresa de alguien que creía haberlo visto todo. Ese General de un imperio en decadencia, esos pinches detectives del desierto, ese pobre comisario de la Comisaría que te tocó en condena. ¡Qué bien sonaba ese nombre! La condena. El testigo de ese parto sangriento, de ese nuevo asesinato que continúa una serie que se expande, que no tiene vuelta atrás, que busca mostrarse como confirmación de que los dioses inventados por el Hombre son unos sádicos como ellos. Ellas, la partera y la pujante, la Misericordiosa y la Historia, la sangre y su sangre, mutilando y despellejando, abriendo los ojos de quienes van a testificar en un nuevo testamento, con el nombre que quieran, con las lágrimas en suspenso, con las noches sin dormir, con la falsa ilusión de justicia, con una realidad imposible de aceptar. Pero aceptando lo inevitable. No se puede vivir con esas imágenes en la cabeza, en el alma. La serie indica el camino del final. Tiene que ser una ciudad en ruinas, tiene que tener un jardín más o menos ordenado, tiene que haber algún árbol frutal a punto de florecer. Completar la serie. Un arma que se dispara en la tarde. Mucha sangre tiñiendo el horizonte, pintando los labios sonrientes de la Piadosa Madre de la Sangre. Un vuelo hacia otro continente, una cadena de plegarias que conducen a la próxima mutilación. El General no se levantó más, su espíritu se hundió en la última tarde Imperial. En Sonora las cosas continuaron con la monotonía del viento del desierto, entre mezcal y olvido. El barrio Rivadavia todavía latía. El comisario no reaccionaba, solo sangraba en el piso. No esperaba un milagro, sabía perfectamente que los milagros eran peor que la realidad desesperanzada. No esperaba nada, pero por algún motivo que no sabía discernir y explicar, seguía ahí.


******como que la escena de la muerte del General Imperial viene con esta música de fondo, no hay otra posible:

***************************humildemente y llorando por esa escena con esa música, Juan*****************************

La Virgen de Las Rocas (Detectives del Rivadavia, capítulo 11)


Recuerdo las caras demacradas,

el golpe de lo real sobre el asfalto,

el material del que se hacen los muertos,

los caprichos de la mujer

que maneja las situaciones,

mis quejas esparcidas al viento,

el llanto de los abismados,

la sed de revancha,

la copa que no se llena,

el cardo amaneciendo,

los cadáveres empolvados

sobre archivos

y la risa de las hienas

inaugurando su verano.

 

Personajes que no podrían pisar Ciudad Prohibida. No se aceptan manchas tan grandes. La Virgen de las rocas, que se ponen de pie y en mayúsculas, Las Rocas, porque dejan de ser cualquier cosa por obra y gracia de la dadora de fatalidades. Ocupando el centro de todas las escenas. Encerrada bajo la sombra de las estalactitas siempre grises, siempre a punto de caerse del cuadro. Los niños tienen la forma del Dios pero no pueden terminar de defenderse como es debido, el sátiro destino los apuñala por la espalda. Ellos quedan sonriendo destellos de luz hacia los ojos traidores de la que maneja las situaciones. La misma que acorrala a los detectives del Barrio Rivadavia en todas sus encrucijadas. Llorar, emborracharse a lo tijuanense, mirar a la Virgen y sentir que las agudas Rocas caen hiriendo los cuerpos de muerte…pero no morir, seguir con la maldita sensación de que se puede vivir por siempre con ese sufrimiento, el caso jamás resuelto, los ojos inyectados de ira de las madres sin sus retoños, con sus jacintos sin florecer en brazos, la mirada del espanto y la culpa y la sed de venganza contra las gargantas cerradas y secas de unos lastimeros detectives incompetentes, que no pueden sobrevivir al mar, que no saben de los peligros del amor, la muerte, el aire en pulmones pequeños, la muerte…El sueño colectivo de los condenados por inoperancia, la Virgen de Las Rocas levanta su mirada y señala sin querer el camino del fondo, un camino falsamente iluminado, el camino del oprobio, el descanso final para quienes no pudieron llegar a tiempo y debían.

El General del Imperio se fuma unos largos en las escalinatas de la recámara del Emperador. No hay nada que hacer, por lo menos esa tarde. Los acontecimientos que intuyó se sucederán en el futuro. Quienes vivieron miles de años saben todos los caminos del futuro, todas las esquinas que nacerán para terminar las noches de miles de almas en próximo sufrimiento. Ciudad Prohibida comienza a expandirse en el año 999 Antes de la Virgen de Las Rocas, como el fuego sangriento desde la boca del dragón, el fuego que dejará las cenizas de las civilizaciones venideras y todos sus trabajos y sus pesados días.

Se despierta en medio de cables, tubos, máquinas. Algo le impide hablar, una presión en la garganta que increíblemente no lo asfixia, por el contrario, es lo que parece darle el oxígeno más puro que aspiraron sus pulmones en décadas de vida inútil. No siente nada de su cuerpo, no puede hacer reaccionar ninguna de sus extremidades. Protagoniza una escena que conoce a la perfección, aunque nunca había estado desde ese lado. No la ve, pero la intuye. Su única compañera, la única que lo va a buscar en esa situación final. Se siente el aire como si se filtrara por Las Rocas, esas rocas mayúsculas. Ella es todo misericordia y piedad en sus ojos. No parece quedarle lujuria, no se tiene esa intención en un momento así. No la ve, pero la intuye. La culpable de todos sus males y la única que lo ama todavía. Su hijo, su padre, su amante. Las coordenadas necesarias para lograr establecer un argumento aceptable en una vida corriente más, en una vida baldía. Ella extendiendo su misericordia a través de sus ciclotímicos brazos. A veces mortales, otras dadores de vida, a veces vengadores, a veces piadosos. Siente que ahora la necesita más que nunca, no tanto para conseguir el perdón final de sus pecados y así irse yendo en paz. Lo que necesita de ella es la verdad. Una verdad como la sangre que derramó mientras se paseaba vendiendo perdones por el Barrio Rivadavia, por esa su Comisaría que te tocó en condena. Tantas veces tuvo la sensación de que estaba cerca, de que podía llegar a ella, de que podía apresarla para un interrogatorio que lo exculparía de todos los males. Al final del camino, él también necesitaba creer en algo, darle sentido a todos esos asesinatos, a ese cuerpo del pendejo, a esas miradas de las madres que nunca lo perdonarían, que siempre lo condenarían al peor de los infiernos, un círculo que ni Dante pudo imaginar. El círculo de la Virgen de la sangre, una esfera sanguinaria llena de cuerpos mutilados flotando sobre líquido rojo hirviente. Y él allí mirando por toda la eternidad, siendo el protagonista del peor de los castigos. Ahora estaba a su lado, en una versión inmaculada, en una versión de madre-abuela. Era la representación de todas las personas que lo habían estimado en su vida. No sentía el odio de siempre hacia su presencia asesina. Ese era el engaño del peor de los asesinos, no poderlo percibir al momento del castigo. Estaba escrito en sus ojos, en sus gestos, en sus expresiones. Perdonar para ser amado. Misericordia. A fin de cuentas, todos estarán sentados a la mesa de la Virgen y el resto de sus parientes. Aunque no pudo percibirlo, lloró. La Virgen de la sangre lo tomó con sus brazos, comenzó a elevarlo. Eso fue lo que pensaba, eso fue lo que imaginó.

Alguien le había disparado al Comisario, lo que causó que su cuerpo entrara en shock. Lo habían rescatado a tiempo, aunque todavía no podía respirar por sus propios medios. Ahora lo levantaban para sacarlo de la sala de cuidados intensivos. Comenzaba su lenta recuperación. Tendría que digerir todo lo experimentado. Tendría que volver sobre sus pasos esa noche. Tendría que hacer memoria. Pero sabía que había llegado a la culpable de todo el relato que habilitaba las injusticias y los asesinatos más brutales que lo tenían atrapado. Había estado tan cerca….

La Virgen de Las Rocas siguió su camino por las esquinas oscuras del Barrio Rivadavia, esa misma noche en la que el Comisario comenzaba a resucitar.


********música sugerida:

**********************humildemente, Scardanelli*******************buscando más referencias*******

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