Cuidados paliativos (capítulo tres)

- Comer / amar y coger en tiempos de muerto

"Está claro que aquí nadie va a dormir mucho" (Thomas Pynchon, A oscuras)

La manía de citar pedazos dispersos de lecturas recientes, también es indicativo de que se acerca el día final. No hay tiempo para grandes pensamientos, no hay esa concentración que te otorga el no saber el día exacto de tu muerte. Pero llegado el caso, como ahora el suyo (mío), los pocos instantes de lucidez son como los últimos fragmentos de un capítulo, que muy probablemente sea el penúltimo. Por eso hay que anotarlo en algún lado, porque esa llama es un leve intento de trascendencia, el miedo a la muerte. Un poco más de ese calmante, el dolor de cabeza es casi insoportable, el zumbido es tremendo, como cien trombones sonando sin sentido al lado de la única oreja que todavía funciona...Funcionar. Eso, hay muchas cosas del cuerpo que ya van dejando de funcionar. Soy (es) consciente de que nunca más habrá sexo. Es imposible, o muy improbable. En la habitación solo hay espacio para aplacar el sufrimiento hacia el final, y los sillones de visita son como confesionarios, la gente que entra abandona cualquier idea de excitación, a diferencia de lo que era en el siglo diecinueve, cuando la palidez y fragilidad de la tuberculosis activaba el apetito sexual más animal y enfermizo que la poesía romántica utilizó hasta el hartazgo. Lo sexy de la enfermedad, algo que en este siglo no funciona para nada. Lo enfermo, la enfermedad, producen otro tipo de sentimientos, la gente quiere apiadarse, angustiarse por el otro y tener lejos a la enfermedad. Hay un temor...tumor...Hay una exageración de lo sensual que es el hecho de estar sano, comer huevos crudos y matarse en el gimnasio. La mente sana en un cuerpo sano. Pero acá se está con la mente afiebrada en un cuerpo debilitado, enfermo. Y cómo cambia la cuestión sexual la enfermedad. La voracidad, el deseo, se aplacan más por ese impedimento que se ve en los otros que en lo que siente uno. Cada época tiene sus cosas, y esta tiene una obsesión por la salud, lo saludable. A la par que un desprecio por el enfermo y su condición. Un enfermo debería comer, pero nunca coger. Lo que un enfermo necesita es descansar, más nunca follar. Un enfermo tiene prohibido el goce, solamente le sirve estar concentrado y obsesionado con su enfermedad. Un enfermo está retirado del paraíso de la vida de los sanos. Un enfermo está apartado de la manada. Un enfermo debe tener su habitación completamente higienizada para que la enfermedad no huela mal. Pero la enfermedad ya está ahí y no se va a ir. ¿Entonces? Claro, de coger ni hablar. Drogas que calmen el dolor: permitidas todas. Sexo que calme el dolor: una aberración condenada por la sociedad entera. Despreciable deseo del enfermo terminal. ¿Qué cosa quisieras como último deseo antes de tu muerte? Tal vez no morir, pero ese deseo es el único que no se puede pedir. O casi, porque tampoco se puede pedir sexo, es repugnante. El enfermo acá viene a morir, en pocas horas para no joder tanto la rutina de los sanos, para dejar la cama vacía lo más pronto que se pueda porque habrá otros esperando por su turno…el deseo final: una sala de cuidados paliativos, un botón rojo que inyecte la dosis definitiva de calmante para apagar todo el sistema y que se lleve a la enfermedad con él. Y ahí sí, comienza el viaje del enfermo devenido en muerto, y tal vez como aparición fantasmagórica tenga más chances de ser recordado como amante. ¿Se sentirá algo? ¿Cómo será eyacular con cuarentaicuatro grados de fiebre? Comer, entonces, como paliativo. Un plato de pastas pero con poca sal y sin pan y sin repetir y sin vino y sin salsa…y para qué cuidar la comida si ya está todo dicho. Tal vez por no manchar las sábanas blancas, tal vez por no darle un trabajo tan pesado a un estómago que ya se prepara para transformarse en otra cosa, en un órgano en descomposición. ¿O tal vez se pueda donar algo? Chequeo semifinal que dice que no, que esos órganos ya están demasiado tomados, como si se tratara de la sede de gobierno de un país en franco subdesarrollo de sus capacidades gubernamentales. Órganos que no sirven ni para ser regalados. Órganos tan descartables como esa persona que se prepara para ser descartada también. Órganos que ya no darán placer. Órganos a los que se les niega un último deseo. Órganos que solo pueden aguantar hasta que el calmante haga lo suyo. Un control más, un hisopado, una medición de no sé qué corno, unas pastillas que no sabemos qué diferencia tienen con los calmantes que van por vena, y que vaya a saber para qué son recetados, a lo mejor los auditores descubran en un tiempo a qué se debió y todo termine en un juicio que no le importe a nadie, sobre todo al cuerpo enfermo que para entonces será cadáver…¿todavía enfermo? ¿O será que una vez muerto lo que queda del cuerpo ya deja de ser atacado por la enfermedad? ¿La enfermedad solo detecta vida, solo consume vida? ¿Y si la expansión infecciosa alcanzó el alma o el espíritu, y la condición de enfermo se carga para toda la eternidad? Basta de preguntas. No sé cuántas horas llevo, y ya no interesa. Una luz por la ventana, podría ser el sol, un destello, una frase de una novela de lectura reciente: ¿estar a oscuras es no tener luz o es tenerla pero cerrar los ojos…para siempre? Creo que se le (me) paró el pene, que es la única manera de nombrar esa parte del cuerpo que ya no cumple funciones, está prohibido, solo se puede nombrar como si se tratara de cualquier otra extremidad que reposa esperando su turno de despedirse. El rayo tibio del sol lo despierta un poco…si pudiera pedir un último desea sería coger, coger esta última noche, en este último pensamiento. Llegar, acabar, y ya está...


***una música que no sea de muerte, o de próximo a lo muerto, y que diga que todo va a estar bien aunque no:

*******************************humildemente, Juan**************************************************************************************************************

Cuidados paliativos (episodio siguiente)


Calidad de vida, que en verdad es proximidad de muerte.

Ya pasaron un par de días, menos de una semana. Dejando de lado la originalidad, que es algo que se pierde cuando uno es bien consciente de que se va a morir en poco tiempo, confieso que ya perdí la noción de en qué día estoy / está / estamos. Comienza a prevalecer la confusión, comienza a prevalecer este registro: el de los pronto-a-morir o estirar-la-pata o ¿viste que al final siempre se sale con las patas adelante, y a quién carajos le puede interesar dónde suceda eso de dejar de suceder? Dejar de suceder, un poco es lo que se respira en el aire de esta habitación de traslado espiritual, un lugar que no es del todo la vida y tampoco la muerte, está en el medio, trabaja como transmutador: llegar en un estado para salir en otro, o no salir más. Convengamos, no se sale más como se conocía hasta entonces, ¿y el después? De nuevo, todavía no caí en la cuestión religiosa, en la certeza de los zombis, en la reencarnación en una babosa, en la vida a través de las hojas que caen de una planta donde alguna vez nos enamoramos…..Pensándolo bien, tampoco es que ¿fui? ¿soy? ¿todavía? muy creyente en el concepto de amor. Lo tomo (lo toma) como parte de lo mismo, cuestión de fe. Años sin sentir algo así, lo que hace sospechar que nunca se sintió, porque ¿cómo describirlo? En pasado resulta más posible, con la lejanía necesaria, esos sentimientos que ya no están se pueden editar a gusto, uno puede poner en un pedestal la tarde que quiera, la compañía que quiera, podando debidamente todas las cuestiones corrosivas que llevaron al presente que ya no puede proyectar futuro, como un cinematógrafo de los años cincuenta, ya no hay fílmico para pasar más allá de una última escena: la habitación. Volvemos, antes un pequeño calmante con el botón definitivo, la dosis de heroína que se necesita para que no duela, pero que todavía no signifique el final final. Puede ser que en verdad se trate de otro calmante, como el tan afamado fentanilo, pero yo le digo heroína en honor a William Burroughs. Qué se yo, todavía recuerdo algún pasaje de Yonqui, y me sale automática una sonrisa, y deja de darme tanto miedo la muerte. La invitada que nadie quiere recibir, pero que es imposible no haberle mandado la dirección exacta y el horario exacto, aunque uno mismo los olvidara. Imagino que todos nacemos sabiendo cuándo y dónde nos vamos a morir, y que como en una tragedia griega intentamos hacer todo lo contrario a estar en ese lugar a esa hora, pero que al final nos distraemos lo suficiente como para olvidarlo y pasa lo que pasa. Cuando me acuerde va a ser tarde. Pero ahora ya es tarde, ya estoy en ese lugar y (casi) en esa hora. Puede que haya tenido ayuda, puede que en verdad mi última charla con el médico haya sido el recordatorio: era hoy el prólogo, en este consultorio, con la lectura de este estudio, la sentencia: eso de que “lamentablemente ya no hay nada que hacer, podemos solamente asegurarnos de que no sufra tanto los últimos días, y más vale que vaya acomodando las cosas, etc” ¿Pero no sentía que eso era exactamente lo que había estado haciendo toda mi (su) vida? ¿No era eso despertarse por la mañana y luego caer en un etcétera de acontecimientos que eran un desorden que debía ser puesto en algo menos caótico para poder llegar al final del día y…..? Sería bueno un poco más de fentanilo, pero sin pasarse demasiado. ¿Por qué no hay música en esta habitación maldita? Espero que suene de fondo algo de SRV, quisiera irme al ritmo de su guitarra, de su tan única manera de rasguear la guitarra. ¿Eso mejora la calidad de vida? Alguien pregunta, desde uno de esos sillones que acompañan la cama-camilla-ataúd que tengo como penúltima morada. No, nada mejora la calidad de vida porque ya no la tengo / tiene. Lo que queda es mejorar la calidad de muerte, que no duela tanto, que no signifique un gran impacto para los seres queridos, que no parezca tan doloroso el trance, que sea un consuelo para quien tenga que hablar después, eso de: por suerte no sufrió….tanto…porque sufrir se sufre….siempre. ¿Cómo lo estarán soportando mis compañeros de muerte, en las otras habitaciones? Debería averiguar si se puede interactuar con alguien de acá, que esté en la misma situación, y que no se encuentre muy mal como para no poder hablar. Difícil, porque es verdad que la muerte es muy celosa, nos quiere para ella sola, no desea que otras cuestiones se interpongan en su camino. Qué complejo que es. Me imaginé que  mi caso sería más repentino, un golpe fuerte, un accidente cerebro vascular definitivo, un paro cardíaco letal, la ingesta de un veneno implacable, un disparo al corazón. Nada…..lo más seguro es irse extinguiendo con el aumento del dolor, lentamente, una agonía controlada. ¡Alegrate! Por suerte, hoy día, existen los cuidados paleativos. Qué dos palabras de mierda, pero no se puede culpar a nadie por esto, hay que devolver una sonrisa y tratar de que las demás personas se sientan menos angustiadas, y que se vayan rápido de la habitación. Un poco más de morfina o fentanilo o lo que sea, subir el volumen de la música, más fuerte Stevie. Delirio de un solo que nadie más pudo igualar, que se parece a este mi último estado, como escalar la última montaña que no debe ser escalada porque uno llega arrastrándose, agitado, cansado. ¿Qué hora era, qué día? Cuando el tiempo deja de importar queda el consuelo de ganar ese último enfrentamiento. El consuelo de que mañana se parece al ayer, y que dentro de muy poco no quedará nada. Creo que voy encontrando un registro, unas palabras que se repiten, un sentimiento que no conocía, una historia que quería contar antes de apagar la luz. Como ese borracho que cae dormido en el tren, mientras William Burroughs lo bolsiquea y le roba dos dólares, para poder conseguir al menos un algodón con rastro de calmante, porque a veces es la vida lo que duele demasiado.


****la música de fondo sugerida:

++******************humildemente, Juan++++++++******************************************días en los que camino perdido por el barrio escuchando la viola de SRV, qué-se-yo*************************


Cuidados paliativos (intro)

“Este es el punto exacto donde comienza el final de todas las cosas” (R. Fresán, en Vida de santos)

“Nos movemos cerca del final sin saberlo pero sospechándolo” (Ídem)

 

Dicen que julio los prepara y agosto se los lleva, al menos, en este lado del universo. En otros rincones oscuros habrá que ver, porque tal vez el trabajo ya esté terminado hace tiempo. Todavía no elegí cómo voy a llevar adelante esta historia, si con una primera persona bien confesional, bien literatura yoica, o una tercera más fría y distante, pero picante y muy irónica. Calculo que da lo mismo, como la sentencia del principio. Podría ser que cualquier mes sea el que te prepara para el final, y ese mismo mes un año adelante, también sea el encargado de llevarte. Llevarte. Eso, un estado en el que el transporte sale para el lado desconocido, el no lado, y siempre de la misma manera: como levitando de repente. Uno está tirado sobre una cama, camilla o el suelo, la muerte hace su transporte, y entonces lo que sería “el alma” comienza a flotar como atraída hacia la parte superior del lugar que sea, o hacia el mismo cielo, para seguir un viaje que vaya a saber cuándo finaliza, si existe una parada celestial o si simplemente la elevación continúa eternamente, como el viaje final de 2001 odisea del espacio. Puede que tampoco sea así, necesariamente. A lo mejor, el traslado final es diferente para cada quien. Digo, si todas las personas somos distintas, por qué íbamos a ser iguales en la muerte, al diablo con eso de que la muerte iguala, ya sería hora de ir viendo que ese estado utópico es eso y nada más: un viaje en el tiempo, pero equivocado, con errores de diseño. Al menos hoy, impera la desigualdad. Ergo, todas las muertes son distintas, y su viaje posterior también. Lo que sí sería común es el final de estar desde este lado, de atender de este sector del mostrador. Esas cosas que vemos y tocamos –si podemos- todos los días ya empiezan a no estar más ahí. Pero no es que las cosas dejan de estar a disposición, somos nosotros los que ya no estamos para ellas. Pasar hacia otra vida, a través de la muerte. Como un puente que va perdiendo consistencia, que debajo primero tiene agua y después lo que hay es una cosa que no sabíamos que podía existir. O eso es lo que me imagino yo, hoy. Mañana, tal vez, me hago fan de una religión y empiezo a adoptar sus ideas de lo que sería “el más allá”. Dejemos eso por ahora: de vuelta al más acá, pero en modo despedida. Ser “ingresado” como paciente en estos lugares que son residencias para la despedida. Una atención final, como para estar tranquilos y que no duela tanto. Lo primero, saber que siempre hay un dispositivo con un botón rojo que es el encargado de ir apagándonos, como si se tratara de un interruptor, pero que solo funciona una vez y ya. No hay que sufrir dolor al pedo, si se hace insoportable, entonces acudir al paliativo final. Después, hay un lugar como para recibir las visitas, muy tranquilo, con una luz tenue, unas sillas que parecen muy cómodas, una mesa con una lámpara, y un libro esperando por ser leído hasta que ya no se pueda más. ¿Qué libro eligirías? Depende de la situación, porque si la estadía empieza a parecer cada vez más corta, pues mejor un libro de relatos. No creo que haya alguien que elija el Ulises de Joyce o Contraluz de Pynchon, novelas demasiado largas. Poco importa, yo me llevo los tres tomos de En busca del tiempo perdido de Proust, porque para irme muriendo que sea como si el mismo Marcel estuviera ahí al lado mío, para consolarme, porque sé muy bien que la muerte lo encuentra siempre tirado en su cama escribiendo. Y bien, yo lo acompaño leyendo, una suerte de pareja de policial, pero que se relaciona a través de la literatura. ¿Para qué carajos servía la literatura? Para leer, Marcel, para leer, jamás para escribir. Esa parte me toca como consuelo. El tratamiento paliativo incluye unas duchas amables y unas comidas sobrias, que no son ni tan saludables ni tan calóricas. Medidas, como el estado que se acerca al final. A media luz, a media sombra. La gente que entra acá empieza por calmar sus pasos. Se escuchan solamente susurros, como si se tratara de un templo. Quien se pone a hablar lo hace con el tono que piensa que es el adecuado para un pronto-a-morir. ¿Por qué será? No tengo idea, calculo que es culpa de las películas, esas donde personas con enfermedades terminales parecen estar entre tranquilas y resignadas, mientras de fondo suena una melodía suave, horrible desde mi punto de vista, desesperante. Preferiría que sonara algo heavy en estas últimas horas que me quedan….¿O debería decir le quedan? Todavía no decido el estilo, la forma, el tono, la persona, el género de lo que ya empecé a escribir. Lo que sí, no tengo tiempo para editar, asique no se quejen si encuentran errores, y si se van a quejar, por favor, háganlo en voz baja, porque estamos en una habitación de cuidados paliativos, que en realidad debería llamarse la última morada antes de la morada definitiva. Entro (entra) en la habitación sabiendo muy bien que de ahí nadie saldrá con vida. Y no es nada original, porque ese final antes del final sí que es democrático y universal. No tengan pena por mi situación, ninguno va a salir ileso de esta aventura a la que denominamos vida, y yo no soy la excepción. Para ser mis primeras horas acá, todo transcurre de manera serena y natural, parece como si me hubiera preparado para esto toda mi…..habría que ver qué cosa decir en ese momento. No soy bueno para encajar las palabras adecuadas en los momentos acertados, más bien soy especialista en desencajar en los instantes más erráticos, como si en verdad estuviera naciendo en vez de morir. Tal vez, digo, esta historia sea eso, el inicio de algo y no lo que parecía un final con fundido a negro……


***********por las calles silenciosas del suburbio va mi alma:

********humildemente, Juan************imagino ir muriendo pero con ese sonido de fondo************continuará......***************************


Propaganda de Mundial


Propaganda de Mundial

 

El mar calmo de lluvia venidera,

los charcos promiscuos en las calles

con baches de estilo veneciano,

unas barcas amarillas y hambrientas

en el horizonte siempre lejano,

destellos de una luz débil

que es de otro tiempo – un tiempo –

pero extrañamente ahora…

…hiato, salto, pausa al vacío

o al futuro congelado,

al pasado en perspectiva,

mirada sorprendida

de quien “vuelve al primer amor”,

siempre;

y recoger las lágrimas secas

de la pérdida en la parada

de micros más reciente,

y que te suene la música

pero que ya no te mienta

eso que, sabíamos bien,

no iba a estar,

no iba a esperarte,

vuelta de arrepentido

con ausencia de todos

los sentimientos que se venden

en una propaganda de Mundial.

 


*****Día 23 de junio, invierno y muerte…

Un colectivo perdió el control y atropelló a un grupo de gente en el skatepark del centro. A nadie le importó demasiado. O solamente es lo que yo sentí. Cierto, ese dolor de las víctimas y quienes las rodean, ese dolor ajeno que es llamado a ser compartido en una acción: empatizar. Un verbo gastadísimo, que es casi un eslogan político de cuarta. Se siente o no. Se siente, fuerte. Una nena de dieciocho años, la yuta madre que nos parió a todos, todas, todes. Y seguir como si nada mirando algún partido del Mundial, porque no tenemos la culpa. ¡No! arrastramos la culpa, porque la ciudad es exactamente lo que nosotros decidimos hacer de ella. No vale eso de “yo no los voté”, o el alternativo “no puedo hacer nada”. Sería bueno terminar de una vez de esconder la cabeza, asumir las responsabilidades y empezar a cambiar las cosas. Pero, en mi caso, soy un gran cobarde. Un avestruz. Un tipo tan frío como este día de invierno. Lo que me sale es escribir un poema de mierda que está lleno de vacíos, de cosas y sentimientos que no quiero enfrentar, que no voy a enfrentar. Un poema como si fuera un psicólogo que dice siempre lo que quiero, que juega siempre de mi lado, que me extiende la mano para consolarme y ofrecerme el truco de salida: “Está bien, todo va a solucionarse, hay que trabajar en eso, hasta la semana que viene”. Y pasa la semana que viene, y las cosas se van acumulando, fingen quedar en el olvido, pero no. Una de las consecuencias de envejecer es ir perdiendo la capacidad de olvidar las cosas, a menos que llegue una de esas enfermedades que solucionan los problemas de la acumulación. La memoria está llena y eso duele y es una cagada. Sí, claro, como todo el mundo, tengo ganas de agarrar la mochila y retirarme a cualquier otra parte del planeta. Sí, claro, como todo el mundo, no lo voy a hacer. ¿Por qué? No tengo respuesta, no ofrezco respuesta, solamente ese poema que es todo lo que me sale escribir un día como hoy, para arruinar mi propia fiesta siempre inconclusa. A lo mejor, lo único que me sale, es esa excusa de versos que espero sirvan de consuelo, al menos para mi.

**********************humildemente, Juan******************************

Últimas noticias



- Por ahí te acordás:

¿te afectó el insulto

o la incapacidad

de agradar?

 

-Un sueño fue mejor

mojado, que una vigilia

seca y desértica

de playa en invierno.

 

- Los locales se regalan

para ver una de dos cosas:

parar la olla

o ser multimillonario,

la línea es imaginaria.

 

- Las procesiones mortuorias

son un shock multitudinario

que más pronto que tarde

transmitirá una multinacional

de entretenimientos,

a precio moderado

por respeto al muerto.

 

- Para un buen líder

nada mejor que el reconocimiento

amable de sus víctimas,

a quienes invita a su reino

pero para que se retiren rápido,

en un avión de emergencia

o en una bolsa de residuo.

 

- Otra banda histórica

de Inglaterra

que planta bandera

en el corazón de Villa Crespo,

mientras paseo al perro

por la plaza de siempre,

nunca se canta para todo el mundo.

 

- Te cuido el amor

hasta la media noche,

mañana madrugo

y dormir juntos

me hace transpirar demasiado.

 

- Cada amanecer me muero

de un paro cardíaco o laboral,

culpa de un adjetivo equivocado,

pero suelo resucitar por la tarde,

después agonizo de nuevo

hasta que el tercer

y porfiado ataque

me apaga para siempre.

 

- Contraluz vuelve locos

a todos los hijos

de argumentos lineales,

paridos el día de la escritura,

una lástima de fábulas

que terminan en el brindis

de agua sacada directamente

de la canilla de un mono ambiente

de la biblioteca de Alejandría.

 

- Por ahí te olvidás:

¿cuántos cadáveres más

Se van a llevar nuestros caprichos?

Ayer estaba borracho y joven,

alguien me quiso ayudar

a ponerme de pie

y lo miré a sus virginales cejas

y le prometí que ya era tarde,

habíamos llegado a destiempo,

pero que igual estaba todo bien,

a partir de ahí caminaría

mucho más recto

por ese sendero que recoge frutos

que ya no van a florecer.

 

- Los árboles se secan en invierno,

las huellas se frustran

hasta el próximo encuentro

o la próxima caída,

lo que pase primero.

 

- PD: no estés triste,

nadie termina

jugando todos los días.


******acompañando la lectura....

****************************humildemente******************************

Una poética que se abre


Sería más o menos finales de los noventa, o un cachito antes, no recuerdo bien. De algún comercio del centro (nuestro Miami) habíamos logrado afanar un par de cds para volver lo más rápido al barrio y escucharlos, después agarrar la criolla y rasgar algo que sonara más o menos parecido. Era en un departamento de dos por dos, como siempre. Una tarde de sábado, seguro, porque no había escuela y los negocios estaban abiertos, no podía ser día de semana ni domingo. Como sea, llegamos y derecho al minicomponente al que le poníamos un diccionario encima para que no saltara el cd. Bueno, por lo menos teníamos el cd y no el casete, era el consuelo, porque para nosotros sonaba mejor. Pusimos el primero, era uno rojo con una serpiente peligrosísima, negra, dispuesta a atacar. Alice Cooper aparecía en primer plano, con esa voz tan particular cargada de rebeldía y terror. Killer arrancaba con un rocanrol poderoso y que sonaba bastante clásico, aunque ensuciado por la energía de esa voz de Alice en los setenta. Pero el sonido en general de ese álbum era más bien festivo. Bien robado, pensamos. Algunas cosas con la guitarra íbamos a poder imitar, adaptando el inglés a nuestro balbuceo espanglish marca barrio Bernardino Rivadavia. Un descanso, un par de acordes y desafinadas, alguna cerveza y a poner el segundo disco. Este era de los Redondos, pero para nosotros una decepción porque no era el último, Luzbelito. Y qué cagada porque nos encantaba ese sonido que arrancaba con “Luzbelito y las Sirenas” y terminaba con las “banderas de tu corazón” de Juguetes perdidos, y que “este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene”. El manifiesto estaba ahí, cuando vos quisieras, esa magia única en línea directa con una música y una poética que se abría, por fuera de los circuitos cerrados de las instituciones. Pero no era ese cd, sino que era Un baión para el ojo idiota, uno de los primeros de la banda, uno de los viejos, uno que quedaba un toque lejos para nuestra generación. Pero ni tanto. Empezar la escucha era como estar en uno de los bares a los que íbamos casi todas las noches de los fines de semana, una cerveza a cinco pesos comprada entre diez personas y el puticlub y su rock siempre fuerte, las noticias de ayer extra extra “perfectos atentados bien iluminados”, la vaca solitaria que aguanta en el Caribe porque “la civilización la amaba justo a tiempo” con ese solo de saxo rompedor, “si esta cárcel sigue así, todo preso es político”, los Vencedores vencidos y “me voy a ver qué escribe en mi pared la tribu de mi calle” con ese reef impresionante, la ironía corrosiva de Vamos las bandas “¿y cuánto vale dormir tan custodiado?”, el rocanroleo de ruta y amor de Ella debe estar tan linda y eso de “ella es tan linda, no puede durar”, porque lo lindo viene con vencimiento, y el final que me quedó atragantado y que ahora sí que me hace llorar. Todo un palo cierra el disco, y es el tema con el que cerré esa tarde noche mi primer amor profundo con los Redondos. Una hermosa intro de Skay y la voz del Indio diciendo que “el futuro llegó hace rato”, lo que nos entusiasmaba pero había algo de angustiante, la poética que se abría aumentando su potencia con el reef taladrante de Skay, y sí que “el futuro llegó hace rato” pero es “todo un palo”. Ese futuro que “llegó como vos no lo esperabas”. Era mi generación, la que viaja en trenes (o bondis si estabas en Mar del Plata), tediosos por eso que era el fin de la Historia y el comienzo del liberalismo que nos lanzaba al mundo en pelotas, con una economía crujiendo y rumbo a chocar contra la realidad. No teníamos donde ir, nada nos iba a arreglar, claro. La poesía del Indio nos interpelaba por primera y última vez. Después, los años fueron pasando, nos chocamos, nos desarreglamos por completo, nos alejamos lo más que pudimos, apagamos esos discos y seguimos con otros porque necesitábamos alguna luz al final de lo que ya sabíamos que no existía, porque ese futuro era eso que el Indio decía, ya no estaba, había que pensarlo otra vez. Y todo terminaba con ese glorioso solo de Skay, y nos dijimos que era imposible que existiera algo mejor que eso. Y había pasado hacía una década. Llegamos tarde, siempre. Pasaron más años, envejecimos. Con este amigo no nos volvimos a ver nunca más, vaya a saber por qué. A los Redondos los dejé esa tarde noche, vaya a saber por qué. Hasta que el año pasado se produjo una epifanía. Otra tarde noche, en un recital. Una banda que no voy a nombrar, pero que disfruto mucho por estos días, tocaba en lo que antes era Gap. La previa de siempre, con amigos de ahora. Unas cervezas o un fernet o todo junto, algún cigarro de canuto y escuchar la música que suena de fondo, mientras se prepara el escenario. La noche era fría, la banda se hacía rogar, y comenzó a sonar despacio y muy de fondo Todo un palo. La magia, el recuerdo, las distancias que se borraron. De repente, mis ojos tenían lágrimas. De repente, el público estaba coreando la canción de los Redondos, como si estuvieran tocando ahí. De repente, yo estaba cantando con toda la tribu. Mi tribu. Se me cayó encima el pasado. Me reconocí en las heridas de quienes coreaban a mi lado, era un himno de nuestra generación. Y sí, claro, el futuro había sido todo un palo, pero todavía estábamos ahí. La tribu con su ritual, la poética del Indio que se abre….y se seguirá abriendo. Porque sabés qué, amigo, todavía no tengo adonde ir, pero algo me late y no es mi corazón.

 

*esto se completa (se abre) a partir de acá……..     

**************************humildemente****************************

Sobre la última de Almodóvar y el horror de la realidad


Un día trágico de otoño que no se va a volver a repetir, como una película de Almodóvar. ¿Qué carajos quiere decir eso? Nada, en un principio. Algo, es lo deseado. Sí, una buena historia es eso que camina con espejos por un camino que va reflejando historias. En el caso de Amarga navidad lo que camina es un cuerpo con máscaras, sobre ese sendero lleno de espejos. El cuerpo sería el propio director español, y las historias vaya uno a saber. Máscaras, el cine dentro del cine. La película nos pone como primera instancia ficcional a un director de cine que padece una especie de bloqueo creativo, que logra romper comenzando a escribir una historia que no tiene muy en claro, y que inicia con lo que sería la segunda instancia ficcional. La historia que se le ocurre y que nosotros vemos en pantalla es la de una directora de cine que por ser de culto, no logra encontrar el momento para realizar su nueva película, ya que tiene que laburar en propagandas que le dan de comer y la mantienen con una buena calidad de vida. Entonces conoce a un joven bombero – y estríper- que sería el reflejo del joven novio del director en la primera instancia ficcional. A partir de ahí, comienza la danza de historias y personajes que van y vienen reflejándose en lo que sería la ficción y la realidad dentro de la película. Como cajas chinas. El leit motiv de las historias sería – como es muy común en una de Almodóvar- el dolor y la desesperación de las mujeres, particularmente, el dolor por la muerte de un hijo, la pérdida del sentido de la vida, la depresión y el suicidio. En el medio, el miedo, los ataques de pánico, la pérdida de la madre y Chavela Vargas con esa voz impresionante en cada momento de su vida. Para llorar un buen rato. Y después, en el grado cero, estarían el director y sus obsesiones, el director y su mosaico de películas que conforman su gran y unívoca obra. Más o menos esto sería el resumen de la experiencia cinematográfica, siempre más fuerte que cualquier otra cosa que me pueda pasar en el día. Más tarde, la noche con La Nieve cerrado, la búsqueda de algo con roquefort para cenar, un fernet, un loco que se tira un lance en la calle, la malaria retratada en la gente que duerme donde encuentra un reparo, y el seguir peregrinando con esa sensación de que va a ser muy difícil sentirse feliz este invierno. Otra sensación que se me apareció de repente fue la de la pérdida total de sentido de todas las cosas que hago. Un universo abierto, pero que no debería haberse abierto tanto. El recuerdo del suicidio del Sapo, un compañero de la primaria que se ahorcó en el patio de su casa en Parque Luro, y la leyenda escrita en los murales del barrio: “el Sapo no murió, descansa”. No sé por qué me acordé de eso, la verdad es que en la película nadie termina suicidándose, y el tema más pesado al final es lo inescrupuloso que puede ser Almodóvar (o su alter ego, o el alter ego de su alter ego) a la hora de utilizar el sufrimiento de sus seres queridos para escribir una historia. ¿Hace falta ir tan lejos? No creo, por lo que la historia del Sapo no la pienso contar. ¿Y la mía? Tampoco. Si he de morir…es obvio que eso va a pasar, entonces: Voy a morir, pero prefiero no tener nada que ver con eso. Lo que queda al final es esta identificación rotunda con aquellas personas que ya pasaron de todo, y que esperan pacientemente su capítulo final. Esa es la resignación que siento, eso es lo que me acompaña desde hace meses. No me deprime, sigo haciendo las cosas que tanto me gustan, pero ese sentimiento de que lo bueno ya me pasó y solo queda esperar la tragedia….eso es lo que me mantiene escribiendo. Imagino que el día que no lo sienta más, dejaré de escribir y solo seré feliz leyendo. Pero no creo que eso pase. Mañana es mitad de semana y no tengo muchas ganas de que sea, y es la cosa más parecida a sentirme humano que me pasó hoy. Hay un tema de Patti Smith que escuché recientemente y que me voló la cabeza, de una mujer que labura en una fábrica por dos mangos y no tiene futuro, que se enoja de una manera que solo Patti puede contar, y que termina llevando su sueño de libertad a Nueva York. En el tema queda como promesa, en la realidad Patti pudo. También es autorreferencial, es un espejo, una máscara. Seguiré caminando y espero poder llevar mis espejos sin romper, no vaya a ser cosa que me caiga una maldición de más de mil años, de esas que te acompañan más allá de la muerte – o más acá de la vida -.


*Epílogo: A veces es muy difícil creer que las cosas más brutales pueden estar sucediendo en la realidad. Más fácil poner todo eso en la ficción, en particular, en alguna de las novelas de frontera de Cormac McCarthy. Pero la realidad supera a la ficción. O mejor dicho, la realidad juega con la ficción, entonces pueden generarse obras artísticas geniales, o engendros de horror muy reales. Eso pasaba también, en paralelo a la expedición cinematográfica, cerca de donde estaba, a unos cuantos kilómetros, dentro de una misma frontera, de un territorio, de algo que llamamos país y que supuestamente es el lugar donde nos identificamos, donde esos espejos nos reflejan y….y es que a veces el reflejo es un horror indecible. Un cuerpo asesinado más, un femicidio más, una niña descartada más. Luego, la horrorosa complicidad de la justicia que mira para otro lado, con ojos bien patriarcales, bien clasistas, bien inhumanos. La política que hace su juego de usos y abusos de asesinatos desgarradores, y las familias que estallan de impotencia. Todos mediados por el espantoso coro del periodismo nacional, concentrado en Capital Federal, que pone cara compungida y a los dos segundos se ríe del siguiente meme que es un jugador de fútbol de cualquier país a quien los “hinchas virtuales” decidieron apoyar porque nadie lo conocía. La realidad, la ficción, el absurdo y el dolor y el horror. Por una combinación talentosa podemos llegar a una obra de arte, por un error en el cálculo terminamos cayendo en lo peor de la humanidad. Después, queda volver y tomar el frío necesario como para no perder la capacidad de asombro, sea cual fuere el camino que se elija: el asombro por el horror de la realidad, el asombro por lo genial de una obra de arte. En el medio, el yo que dice Yo, haciendo fuerza para deconstruirse mientras las heridas lo hacen pelota, mientras las caricias lo animan. ¿Cómo termina esta historia? Ojalá podamos acomodar la fórmula, y que el futuro sea un lugar donde nos podamos imaginar mejores.


**esta escena, con esta música:
**y la música sugerida de Patti:
*******************humildemente************************************


Sobre Roberto de Troya y una última lectura



Se terminaba mayo, hacía frío y me tomaba una birra en la esquina de siempre…..

Hasta luego Roberto, te dejo acá una vez más, y vaya a saber cuándo te vuelva a convocar ¡sombra terrible! Roberto de Troya, el más valiente de los escritores, o el más cobarde de todos los seres humanos, depende de cómo se te lea. Pero te abandono una vez más, adiós a las “Notas para una autobiografía”, y ese final con entrevistas tuyas setentosas, la última de todas al más que interesante Poli Délano, con la clara intención de terminar el libro mostrando tu faceta de detective salvaje. Un gancho publicitario, pongamoslé, o un final romántico, que hubieses odiado, estoy seguro. Y eso es algo extraño, porque es difícil estar seguro de algo sobre alguien que murió hace ya más de veinte años y que nunca conocí. Digamos, confesemos, nada de eso es posible, pero por suerte existe la literatura que sirve para leer. Igual, podemos convenir que las notas que recoge alguien más sobre tus entrevistas y charlas sería lo mejor que te pudo pasar, porque ni a cañonazos podrías haber escrito tu autobiografía, o publicado un diario imposible de un escritor que se murió esperando por un trasplante de hígado. Confieso que he vivido, y tenés razón, qué título flojo, de otro poeta chileno que hoy no merece mención, y que mejor dejarlo ahí porque esta noche no tengo ganas de versos de mierda. Mejor seguir en busca del tiempo perdido, y que esa sea la única autobiografía o diario que valga la pena, porque de verdad que poco van a importar los nombres cien años después, que es un estornudo para el universo, porque toda esa gente que era importante ya no será más que un recuerdo genialmente escrito por Proust, y esas es la cuestión. Ser buen escritor o no serlo. Y el que perdure que arroje la primera piedra sobre toda su generación, que lo miró de costado preparando un cuchillo que nunca iba a alcanzar la yugular, porque hay que tener altura para hacerlo. ¿Qué te quiero decir? Nada, las generaciones esas están todas bien muertas y enterradas, al lado de tu hígado descompuesto, y yo leo, los leo a todos, y no me puedo creer que pasó tanto tiempo y que estoy envejeciendo y que no tengo nada mejor que hacer que invocar y hablar con un escritor muerto. Eso sí, el más valiente de todos. Me corrijo, después de mil lecturas, el que elijo como el más valiente de todos, porque en la vida no hay tiempo para leer  tantos libros, para ir a buscar las tumbas de todos los escritores y escritoras, y que mejor hubiesen sido escuetos y perfectos como Rimbaud, o cortos y desesperados como Sophie Podolski. Tal vez, a lo mejor, no deberían haber tomado tanto mezcal, digo, como un consejo totalmente a destiempo y que por eso no funciona como consejo. Se vuelve complicado este fragmento, pero te sigo hablando porque ya perdí la esperanza con mi vecina. En verdad, te aclaro, mi vecina no lee porque ya tiene muchos años y los ojos no le permiten, y la jubilación es una mierda que no deja comprar libros, y ahora encima parece que, como si fuera mala ciencia ficción, hay empresas de inteligencia artificial que compran libros para aniquilar la publicación en papel. Sí, ya sé, a Philip K. Dick por ahí le hubiese encantado el tema, tanto como una estudiante anarquista en minifalda, seguro. Decía, dejaba ese libro sobre tu voz de entrevistado, tus palabras de entrevistado y tu labor de entrevistador de esos estridentistas que quisieron acabar con todo en el primer tiempo del siglo veinte, para terminar expulsados en la segunda parte, como jugadores de fútbol que se van cansando y que no pueden reconocer más el campo que antes manejaban al dedillo. Y esos estridentistas anárquicos y escandalosos, son los infrarrealistas de los setenta en la misma México, pero distinta México, donde la revolución se rescribe todo el tiempo, para intentar corregirse después, y ser editada para padecer la incomprensión y volver al exilio autoimpuesto por cansancio, y que cada uno haga lo que pueda para sobrevivir. Se trata de acabar con todo para empezar después, para terminar acabado en algún cordón del DF, o en un hospital de Barcelona, lo mismo da. Las historias se repiten, pero vuelven cargadas de humor negro, porque para ser dramáticos hay tantos malos escritores, que dan ganas de vomitar delante de uno de esos concursos literarios que tanto te sirvieron para comer en un momento, y que luego te sirvieron para nada, un detalle, un empuje para tu siempre próxima y más imposible novela. Esa última que todavía espero, y que no va a llegar. Porque siempre se pierde, siempre perdemos. Es el juego de la literatura.


*Vaya como tema musical de fondo, algo que escuchabas mientras escribías, creo:

*************************************humil-demente, Juan***********************************de vez en cuando hay que tomarse tiempo para pasearse por el lado salvaje******siempre de la mano del Virgilio más valiente de su tiempo*********


Epílogo (Detectives del Rivadavia)


Un libro chino sobre el escritorio, todo un pasado de polvo soplado por el viento que entra desde la ventana que nunca fue abierta, hasta hoy. El nuevo mandato, el nuevo encargado del limbo, la orilla del infierno, una comisaría más caída en desgracia, una desgracia anterior a su existencia; pero las cosas ya vienen dadas, los papeles están asignados, los escenarios prefabricados, los registros caídos al vacío de una ciudad más, un barrio. El nuevo cancerbero con su abanico de llaves para abrir y cerrar puertas y rejas siempre en decadencia, el lugar donde el sótano está en la planta baja, el pozo de la sociedad, el pozo ciego donde el tuerto es el más cagado de todos, el que se queda hasta la última gota salada de víctima fatal, gota roja, el derrame que nadie quiere ver hasta que lo ve. Una maniobra del destino y las almas quedan encalladas ahí para toda la eternidad. Almas inocentes, culpables, cómplices, asesinas, traidoras, misericordiosas, reflejando su actitud contra el espejo de cada una de las vidas, que circulan como partículas de polvo volando desde ese libro chino. Un desvío, algo que despierte a quien está destinado a dormir, el desvío que parece la salvación, pero en verdad es el comienzo de uno de esos finales de policial B, uno en el que tal vez el detective del barrio Rivadavia llega a la escena del crimen, tarde, como debe ser. Lo que encuentra es un cuerpo o varios cuerpos dibujados con tiza en el suelo, o lo que sea que no tiene más vida pero que la tuvo, y la tendrá un poco en los ojos de quienes lloran, esos despojos de la ciudad que penetran en el saco del detective que llegó tarde, como siempre. Y su destino es abrir todas esas puertas y rejas de una institución que detesta pero que necesita, como cagar cuando está descompuesto de muerte. Ventilar el polvo viciado y esperar por que no lo maten o lo contagien, para después ser expurgado por traidor, a nadie le gusta que lo descubran en sus desgracias, en sus mezquindades, en sus violencias, pero es la tarea del detective: descubrir para empezar a olvidar, encontrar consuelo en voces que no sean las que ya conoce, una esquizofrenia como epifanía, tratar de mantener el equilibrio, mirar el horizonte por la noche y fumar hasta que se termina el último deseo, que el amanecer venga con la ejecución en el patio de atrás, de esa misma comisaría, mientras vuelan el polvo y los restos de hojas del libro que parecía estar escrito en chino, el final del desvío. Volver a la senda justa, mentir una declaración esclarecedora, buscar en la enciclopedia el modo correcto para nombrar la brutalidad para hacerla pasar por justicia…el tiempo y todo lo inventado encolumnándose detrás de un error, el cuerpo del detective arrojado al basural o a lo profundo del océano desde el acantilado, y que su historia se pierda en el vacío de la noche. Siempre es de noche cuando los cuerpos desaparecen, cuando las historias se apagan, cuando la piel esconde sus marcas para que el mundo abra los ojos por la madrugada y ya sea hora de cambiar de ropa. Será primavera y después verano, habrá una fiesta con tela de encaje nueva, estarán presentes las autoridades de donde sea y se servirán copas para brindar la abundancia por llegar. Y llega. Y sí, es abundante. Y es dinero. Y es sangre. Y los ojos se levantan por última vez, alguien todavía quiere defender una moral, una filosofía estoica, un General del Imperio. Y las voces suenan para calmar las ansiedades de los indignados de siempre, unas gargantas cargadas de tequila, unos detectives que ya no mueren porque saber caminar y respirar sobre la basura podrida. Y los ojos, los ojos inyectados de sangre y misericordia, la túnica cubriendo su cabeza de santa protectora de asesinos y asesinados, la aureola de la culpa compartida, los brazos extendidos que invitan a la danza infernal, entrar a la muerte en manos de la Virgen de la Sangre, entrar en su eternidad para seguir la caída en una tumba sin tiempo, cenizas esparcidas en el paraíso artificial de un cementerio, el descanso final que es un cuento para niños que siguen mirando de espaldas a la vida. Un detective llegando tarde, como siempre. Una comisaría incendiada y destruida por los vecinos cansados de la muerte. Unos días de enero que pasan al ritmo del hit del verano. Una comisaría que se inaugura para fines de febrero, porque comienzan las clases y hay que proteger lo más sagrado. Un nuevo encargado del infierno que sonríe ante las cámaras, con un gesto que cuenta todo el pasado sin nombrarlo. Una mueca que miente el presente de esperanza y progreso. Una carcajada con la ironía del futuro en la punta de su lengua. El saludo con el Intendente y el ingreso al despacho, donde ya no hay libros, porque nadie los necesita más, es la era digitalizada. Los crímenes serán por ahí, las persecuciones y los disparos sonarán en pantallas. Otra mueca socarrona, el saludo para las autoridades de la provincia. Las celdas limpias y preparadas para comenzar a derruirse con las torturas diarias. Violencia analógica. Los patrulleros saliendo a recorrer los quioscos y los lugares de siempre, para hacer los recados de siempre. Las zapatillas colgando de las ramas de los árboles de las plazas. El intento de mantener el equilibrio, acallar las voces. Las especies, dicen, evolucionan aprendiendo de los errores del pasado. Pero tal vez no sea así, porque a lo mejor esta especie evoluciona perfeccionando los errores del pasado, aprendiendo a soportarlos, cambiando las fichas hasta que llega la correcta, la que es capaz de guardar en su memoria todas las atrocidades del mundo sin siquiera preguntarse por qué. El nuevo encargado de la comisaría. El que va a sobrevivir. El adecuado para hacer caso omiso a las voces. El único capaz de convivir con ese polvo, esas puertas, esas rejas, ese olvido.


*Y este sí que es el final:

**********************humildemente, Juan**************************************************************todo lo dicho**********************


Un final (Detectives del Rivadavia)


Ya no era su caso, preocuparse por las instituciones, fomentar la salud de la sociedad o la filosofía centrada en tratar de comprender el tiempo. Porque sentía. El sentimiento es enemigo natural de la razón, y ya no tenía espacio para otra cosa. El Comisario encerrado solamente sentía. Arrepentimiento, ira, pero jamás misericordia. Esa palabra le generaba miedo, el miedo a esos ojos, a esa Virgen de la Sangre. Su límite, el momento de la caída, las alarmas que se encendían y las enfermeras ingresando en su cuarto oscuro para compensar lo que ya estaba completamente desequilibrado. Después, pasar las horas y los días hasta olvidar, y volver de a poco a perder el efecto narcótico y recordar, otra vez, las caras de sus enemigos, los espacios y rincones de esa maldita comisaría, sus olores a encierro y muerte y la injusticia en cada baldosa y el arrepentimiento y la ira y…….otros días y semanas que pasaban, y una noche y un sueño recurrente, uno en el que su cuerpo era sacrificado en el medio de un ritual en el patio sagrado de Ciudad Prohibida, una redención incompleta en la que el General Imperial sacaba su espada dispuesto a darle el descanso merecido. Pero nunca terminaba. Esa escena final del sueño era lo que le impedía sanar, descansar de una vez. Él era el Comisario, parte fundamental de la institución, su cara visible, su celoso guardián, el encargado de proteger las sagradas escrituras que conformaban esos reglamentos tan especiales, preparados más para la subsistencia de los usos y costumbres de un grupo de personas que para impartir justicia. Pero él debía enunciar al revés, siempre al revés. Luego seguir hasta el próximo día, mirar para otro lado, dejar que cada personaje diseñado por la misma maquinaria que lo había diseñado a él, siguiera cumpliendo su papel, costara lo que costase. Para poder dormir correctamente, para que esas paredes y esas rejas desvencijadas tuviesen un sentido. Entrar en la Comisaría que te tocó en condena era el paso previo al infierno. Después, nada es igual, nada es lo que parece, un pedazo de la realidad se cae sobre tu cuerpo. Y con eso había que convivir, viendo esos cuerpos sufrientes y desengañados, todos los días. Ver vírgenes perder su primera vez, violadas y violados sistemáticamente por ese Sistema que estaban empezando a mirar a la cara para darse cuenta que mejor no mirar, mejor buscar otros ojos, unos de misericordia y perdón. El perdón para los infelices que acaban por enterarse de que la justicia era lo mismo que el tiempo, algo que nadie puede explicar, algo que cada quien mide como puede, y nunca de la misma manera. A veces un minuto es más largo que una hora, y otras ese minuto dura lo que un segundo, y un segundo parece un año. Buscar un sentido, una razón, una certeza. Imposible. Pero el Comisario debía garantizar ese falso orden, al menos un alivio, un instante, un “estamos trabajando para resolver”, “ya tenemos individualizados a los responsables” “pusimos todo los recursos con los que disponemos para…..” ¿cómo era esa palabra….ya se le había perdido en la memoria?....y volvía y se mordía la lengua para no mentirla, la sangre se le llenaba en la boca, comenzaba a ahogarse, las enfermeras entraban y limpiaban la escena ¡Limpiar la escena!, lo reprendían, lo inyectaban, quedaba desmayado…pasaban las horas…..agradecía el deterioro lento pero constante de su memoria….agradecía el hecho de irse desgranando…..agradecía acercarse a lo más parecido a un final……agradecía poder olvidarse de sí mismo, aunque no era el final.

No todavía,

No nunca,

¿Cómo era esa palabra?

Esa que tanto sonaba en los pasillos de la Comisaría, en el desierto de Sonora, en Ciudad Prohibida, en los ojos de la Virgen de la Sangre, en los pasillos de lo que quedaba de su memoria...

Apagar las voces...

Olvidarlo…

Olvidarlo todo…


*Un temazo de final: 

************************************************************************************************humildemente, Juan*****************ojalá todo hubiese sido diferente******************fin?¿*************************


El Comisario en un rincón (Detectives del Rivadavia, capítulo 23)


Algún día se haría justicia, esa era la única certeza con la que contaba el Comisario, encerrado en una habitación de una institución que ya había olvidado cuál era. Seguro una destinada a mantener oculto a todo lo que la sociedad no debe ver para poder continuar consumiendo y sintiendo según inteligencias gobernadas por vaya a saber qué grupo de dueños alienígenas, cosas que ya no le interesaban porque su cabeza estaba desordenada, orbitando sobre una realidad que ya no estaba ahí, una realidad que era un vacío sin ojos, una realidad donde sus personajes paradigmáticos ya no le hablaban, ni el General del Imperio ni los detectives de Sonora ni siquiera la Virgen de la Sangre, nadie, ni el abogado de la fuerza ni los enviados del Ministerio de Seguridad ni los doctores o enfermeros o administrativos o uniformados institucionalmente institucionalizados, nadie atendía sus necesidades, solamente se sentaba en un rincón de esa habitación y recibía alguna comida a través de la puerta, unos brazos que se extendían diariamente junto al destello de la luz que vendría impulsada desde el pasillo de ese lugar que no podía / quería saber cuál era, y en su cabeza la idea de justicia se iba borroneando como si se alejara de su vista lentamente casi sin advertirlo pero siempre haciéndose cada vez menos legible, como ir perdiendo la vista y ganando una oscuridad que viene a sanarlo todo pero de la peor manera, entonces ya sentía que sus días estaban contados, que el fundido a negro de su vista corría paralelamente a las últimas líneas de su vida, una que había sido rematada en vida por una extraña confabulación entre: un exceso de realidad y un abuso de espiritualismo, una combinación letal que no podía ofrecer una buena salida si el componente contenedor era la Comisaría que te tocó en condena, junto a cada una de las personas que rodearon el ambiente hasta que terminó estallando con un sinnúmero de víctimas que fueron sacrificadas en nombre de las fuerzas del orden, para poder continuar con un juego sin sentido, que él eligió mantener hasta que su propia condición humana dijo basta, ya no hay más para soportar, ya no quedan héroes en las esquinas de ningún barrio, ni siquiera hay profesionales con cierto sentido del deber, del honor, de la misericordia, arquetipos que ahora entendía solo estaban en su cabeza fabuladora, en esos personajes que le habían brotado, el síntoma de lo que sospechaba era su enfermedad última, su cerebro intentando protegerse mediante la locura, ¿por qué no? era mejor eso que padecer los ojos de cada familiar de cada víctima, una última que era esa mujer que se esforzaba por el barrio repartiendo viandas que deseó algún día probar, y que cuando quiso hacerlo se precipitó el final, el disparo del Ayudante, la caída de la bicicleta, la sangre y su venganza de todo, de todos, más sangre derramada sobre sus pies y la mirada final de la Virgen que no lo perdonó, que solamente le tuvo piedad y misericordia, y él entrando en razón justo en el momento en que la Institución lo consideraba más alejado de la realidad, más peligroso para con la realidad, esa fuerza invisible empeñada en mantener una suerte de orden que siempre es cruel e injusto, pero que cada generación se encarga de justificar ¿y cómo lo hace? pues creando y alimentando las instituciones, porque es mucho peor flotar en el vacío de la soledad, sin algo que ancle es imposible vivir aunque duela mucho y sea en verdad una condena, condena con la que el Comisario cargó hasta que lo apartaron, y así lo aceptaba, y así pasaba sus días acorralado contra ese rincón oscuro de esa habitación que sentía que estaba alojada en el lado menos florido de Marte, donde se respiraba un aire leve, fino, apenas suficiente para mantenerlo con vida porque sí, porque el riesgo es grande y es mejor estudiar lo que se desvía, es mejor tenerlo bajo una lupa para que la próxima comisaría tenga como encargado a alguien un poco más fácil de interpretar, una demanda que llegaba desde las altas esferas de un poder que nadie entiende, pero que conforma, conforma porque ofrece algún tipo de jerarquía, algún tipo de orden, aunque la mayoría no lo entienda y viva y muera de hambre injustamente pero con leyes que avalan lo sucedido, con Instituciones que reglamentan todo tipo de injusticias que pasan -irónicamente- a ser exactamente lo contrario, por obra y gracia del poder de turno, un turno que se repite en su número, siempre más o menos igual a sí mismo, siempre más o menos llegando a las mismas conclusiones, unas conclusiones que excluían la sabiduría, porque lo que el poder necesita es alimento y deseo, solamente para crecer mal, de forma despareja, mientras deposita sus excrementos en los márgenes, ese lugar que es lo único capaz de crecer en un contexto semejante, la marginalidad donde ahora el Comisario pasaba sus últimos días, pasa sus últimos días, pasará sus últimos días, el tiempo de su recuperación que es mirado en espejo por la institución como el momento en el que abandonó todo tipo de razón, tiempo vacío de significados para cualquiera de las partes, tiempo donde la única esperanza era el silencio atronador de las víctimas, ese silencio que construye la base sólida con que una especie de justicia verdadera puede llegar a resistir, apenas, aferrarse a la vida en silencio, agarrada de un dedo, una pulga que salta sobre conciencias hasta que algún día pica con fuerza a alguien que quiera atenderla, y después ese anticuerpo, una ola gigante que acabe con toda esa realidad ordenada de una vez, mientras debajo circula la verdad, un conjunto desordenado de hechos que muestran todo el tiempo lo que se estaba intentando ocultar, nada parecido a la justicia, nada parecido a la Historia, solo palabras y gestos primigenios capaces de protestar por su lugar en el inconsciente colectivo de la sociedad, cualquier sociedad, que en algún punto extravió su camino, perdió su sentido.


****este podría ser el final, pero..........

*****************************humil-demente, Juan****************************************************************************************nos vemos************del otro lado............


De acá no me voy ni en pedo

*el siguiente poema fue pensado y tuvo su nacimiento durante un viaje en auto con chofer de aplicación, un genio que se llama Gustavo y con el que fuimos amigos por unos cuantos minutos. en honor a ese encuentro, este poema:


De acá no me voy ni en pedo

porque imaginate ser atropellado

por un camión hidrante de los milicos

en otro país, en otro suelo;

de acá no me voy ni en pedo

porque no me veo caminando

por unas calles sin mis propias

huellas de ayer, más chicas

pero muy perfectas,

no me veo formando parte

de otro tipo de indignaciones

¿pensando en otro idioma?;

de acá no me voy ni en pedo

aunque me vengan a buscar

a la esquina de siempre

para decirme que ya nadie

me necesita ni quiere tomarse

una birra en mi honor,

ni me busca ni me encuentra,

aunque mi cuerpo

quede desfasado del lugar

a contramano del tiempo;

de acá no me voy ni en pedo

para cagarme de hambre

y ser explotado igual

pero con otros nombres,

necesito el sonido

de aquello que reconozco

como el lugar al que volver

todos los días apaleado,

el canto del buitre

que rompe la bolsa negra,

el vuelo de la paloma infectada

sobre la plaza con árboles secos

de donde crecen ramas

con zapatillas rotosas colgando,

los microbasurales del rincón,

las calles mal iluminadas

a propósito como para

hacer de la vida un policial clase B

sin presupuesto y empinando

un litro y medio de viñas de Balbo,

los cuerpos descartados

a punto de morir de frío

pero sobreviviendo por la mañana

para reposar el domingo a la tarde,

el día y el instante en que todos

los sentimientos se calman,

el frío de este otoño,

el viento que nunca termina

de arrojar hojas muertas

y…..

tal vez

tu sombra contra el paredón

blanco de la esquina de siempre,

reflejo de un instante

que medio disfrutamos

cagados de frío

tomando mate,

diciéndonos

de acá no me voy ni en pedo.


**********Humildemente, Juan/*********aguante el barrio Rivadavia y aguante Batán y aguante Mar del Plata*********************

************************cómo te extraño flaco, cómo te extraño flaca*********éramos tan......algo//////////**********

Cuidados paliativos (capítulo tres)

- Comer / amar y coger en tiempos de muerto "Está claro que aquí nadie va a dormir mucho" (Thomas Pynchon, A oscuras ) La maní...