Algún día se
haría justicia, esa era la única certeza con la que contaba el Comisario,
encerrado en una habitación de una institución que ya había olvidado cuál era.
Seguro una destinada a mantener oculto a todo lo que la sociedad no debe ver
para poder continuar consumiendo y sintiendo según inteligencias gobernadas por
vaya a saber qué grupo de dueños alienígenas, cosas que ya no le interesaban
porque su cabeza estaba desordenada, orbitando sobre una realidad que ya no
estaba ahí, una realidad que era un vacío sin ojos, una realidad donde sus
personajes paradigmáticos ya no le hablaban, ni el General del Imperio ni los
detectives de Sonora ni siquiera la Virgen de la Sangre, nadie, ni el abogado
de la fuerza ni los enviados del Ministerio de Seguridad ni los doctores o
enfermeros o administrativos o uniformados institucionalmente
institucionalizados, nadie atendía sus necesidades, solamente se sentaba en un
rincón de esa habitación y recibía alguna comida a través de la puerta, unos
brazos que se extendían diariamente junto al destello de la luz que vendría
impulsada desde el pasillo de ese lugar que no podía / quería saber cuál era, y
en su cabeza la idea de justicia se iba borroneando como si se alejara de su
vista lentamente casi sin advertirlo pero siempre haciéndose cada vez menos
legible, como ir perdiendo la vista y ganando una oscuridad que viene a sanarlo
todo pero de la peor manera, entonces ya sentía que sus días estaban contados,
que el fundido a negro de su vista corría paralelamente a las últimas líneas de
su vida, una que había sido rematada en vida por una extraña confabulación
entre: un exceso de realidad y un abuso de espiritualismo, una combinación
letal que no podía ofrecer una buena salida si el componente contenedor era la Comisaría
que te tocó en condena, junto a cada una de las personas que rodearon el
ambiente hasta que terminó estallando con un sinnúmero de víctimas que fueron
sacrificadas en nombre de las fuerzas del orden, para poder continuar con un
juego sin sentido, que él eligió mantener hasta que su propia condición humana
dijo basta, ya no hay más para soportar, ya no quedan héroes en las esquinas de
ningún barrio, ni siquiera hay profesionales con cierto sentido del deber, del
honor, de la misericordia, arquetipos que ahora entendía solo estaban en su
cabeza fabuladora, en esos personajes que le habían brotado, el síntoma de lo
que sospechaba era su enfermedad última, su cerebro intentando protegerse
mediante la locura, ¿por qué no? era mejor eso que padecer los ojos de cada
familiar de cada víctima, una última que era esa mujer que se esforzaba por el
barrio repartiendo viandas que deseó algún día probar, y que cuando quiso
hacerlo se precipitó el final, el disparo del Ayudante, la caída de la
bicicleta, la sangre y su venganza de todo, de todos, más sangre derramada
sobre sus pies y la mirada final de la Virgen que no lo perdonó, que solamente
le tuvo piedad y misericordia, y él entrando en razón justo en el momento en
que la Institución lo consideraba más alejado de la realidad, más peligroso
para con la realidad, esa fuerza invisible empeñada en mantener una suerte de
orden que siempre es cruel e injusto, pero que cada generación se encarga de
justificar ¿y cómo lo hace? pues creando y alimentando las instituciones,
porque es mucho peor flotar en el vacío de la soledad, sin algo que ancle es
imposible vivir aunque duela mucho y sea en verdad una condena, condena con la
que el Comisario cargó hasta que lo apartaron, y así lo aceptaba, y así pasaba
sus días acorralado contra ese rincón oscuro de esa habitación que sentía que
estaba alojada en el lado menos florido de Marte, donde se respiraba un aire leve,
fino, apenas suficiente para mantenerlo con vida porque sí, porque el riesgo es
grande y es mejor estudiar lo que se desvía, es mejor tenerlo bajo una lupa
para que la próxima comisaría tenga como encargado a alguien un poco más fácil
de interpretar, una demanda que llegaba desde las altas esferas de un poder que
nadie entiende, pero que conforma, conforma porque ofrece algún tipo de
jerarquía, algún tipo de orden, aunque la mayoría no lo entienda y viva y muera
de hambre injustamente pero con leyes que avalan lo sucedido, con Instituciones
que reglamentan todo tipo de injusticias que pasan -irónicamente- a ser
exactamente lo contrario, por obra y gracia del poder de turno, un turno que se
repite en su número, siempre más o menos igual así mismo, siempre más o menos
llegando a las misas conclusiones, unas conclusiones que excluían la sabiduría,
porque lo que el poder necesita es alimento y deseo, solamente para crecer mal,
de forma despareja, mientras deposita sus excrementos en los márgenes, ese
lugar que es lo único capaz de crecer en un contexto semejante, la marginalidad
donde ahora el Comisario pasaba sus últimos días, pasa sus últimos días, pasará
sus últimos días, el tiempo de su recuperación que es mirado en espejo por la
institución como el momento en el que abandonó todo tipo de razón, tiempo vacío
de significados para cualquiera de las partes, tiempo donde la única esperanza
era el silencio atronador de las víctimas, ese silencio que construye la base
sólida con que una especie de justicia verdadera puede llegar a resistir,
apenas, aferrarse a la vida en silencio, agarrada de un dedo, una pulga que
salta sobre conciencias hasta que algún día pica con fuerza a alguien que
quiera atenderla, y después ese anticuerpo, una ola gigante que acabe con toda
esa realidad ordenada de una vez, y debajo circule la verdad, un conjunto
desordenado de hechos que mostraban todo el tiempo lo que se estaba intentando
ocultar, nada parecido a la justicia, nada parecido a la Historia, solo
palabras y gestos primigenios capaces de protestar por su lugar en el
inconsciente colectivo de la sociedad, cualquier sociedad, que en algún punto
extravió su camino, perdió su sentido.
****este podría ser el final, pero..........
*****************************humil-demente, Juan****************************************************************************************nos vemos************del otro lado............