Declaración del General del Imperio (Detectives del Rivadavia, capítulo 20)


Ningún mal es necesario. Si aparece el mal en las almas de los condenados, la de todos nosotros, queda habilitado el proceso del final a mano propia, con la espada sagrada de la justicia, avalando la existencia de cada uno de los seres que habitamos el mundo, Ciudad Prohibida no tolera la deshonra, no hay nada más humillante que matar a sangre fría, a traición, mancillar las pocas instituciones que existen en cada generación, todo lo que atente contra la norma debe ser eliminado, especialmente si es uno mismo quien comete el crimen, no hay ser vivo que escape a la lógica, si alguna fuerza superior que no seremos capaces de entender nos dio la capacidad de razonar, nos regaló el don del pensamiento, no podemos actuar como moscas, debemos esforzar nuestro cuerpo y nuestro espíritu hasta alcanzar algo cercano a la claridad mental, dejar nuestro cuerpo liberado de impunidades y saltar sobre la espada de la justicia, ese trozo de metal frío que es nuestra herramienta para sostener el balance en nuestras sociedades, y mire que han pasado siglos pero seguimos existiendo y si seguimos existiendo es justamente porque tenemos noción de lo que es justo y lo que no, Comisario, en mis tiempos tuve que tomar decisiones más difíciles que la suya, nunca me permití la duda porque era el General y todos los ojos de mis subordinados estaban concentrados en mi accionar, la justicia me acompañaba todo el tiempo y yo debía responder a su demanda y si la demanda era mi vida así tenía que ser, cualquier decisión en mi favor reduciría mi existencia a la condición de roedor, de cucaracha, y para peor generaría el descontrol moral que necesita cada tiempo en la Historia para torcerse, ¿o por qué piensa que existen las guerras y las grandes matanzas? justamente porque alguien perdió la noción de lo justo, porque toda una civilización cayó una tarde en la que un insignificante ser humano se olvidó del don preciado, luego de eso queda la muerte lenta pero sin interrupciones de toda una manera de ser de la humanidad, y fíjese lo que quedó de todo eso, fíjese lo que es el mundo en su actualidad, fíjese cómo está el jardín de Ciudad Prohibida y sus cerezos florecidos todo el año para que una muchedumbre de sufrientes saquen horripilantes fotos de cosas que no tienen espíritu, porque yo como General del Imperio me maté por justicia pero los que me siguieron deshonraron esa y toda la Historia, entonces hoy es imposible que la justicia llegue, hoy la carne y el espíritu son débiles y se tientan con la corrupción, caen en la muerte y se regocijan en el sufrimiento ajeno, escapando sin mirar hacia adelante, hacia un goce que no tiene límites y que acaba con todo lo que se encuentra en su camino, Comisario, su muerte era la primera, Comisario, culpable por no haber mirado donde debía mirar, su reacción infundada es un reflejo tardío de lo que pensó podía ser justicia y no fue más que un intento suyo de salvarse sin mirar, se tiró hacia adelante, hacia un futuro en el que se imaginó amparado por esa Virgen occidental que tanto  veneran, no la buscó para terminar con su sufrimiento, la buscó para justificar su racha de violencia, la buscó para compartirle la sangre ajena arrebatada a traición, Comisario usted es un cobarde más que juega al detective, usted busca la justicia cuando la justicia ya no es posible, usted es el último eslabón de todo lo que se corrompió luego de que los cerezos florecidos latieran por última vez, usted es el complemento de una historia de injusticia y horror que viene escribiendo con sus lágrimas de sangre la Virgen de los muertos, la Virgen que lo utiliza primero para que usted la utilice después y juntos se regodeen en una sola misericordia, ese sentimiento superfluo que inventaron para borrar la moral y la justicia, con la misericordia crearon el negocio perfecto, con la misericordia llegan al perdón de sus errores, al perdón de todas sus aberraciones, así dejan la hoja en blanco y vuelven a escribir más historias de injusticia, los mejores escritores que ahora están sentados mirándolo a los ojos, Comisario, invitándolo a la misericordia, poniéndole a disposición una novela negra más, y que se olviden los hechos como sucedieron, que se escondan debajo de la alfombra de una tarde más en Ciudad Prohibida, donde miles de personas se toman fotos sobre los cadáveres de los últimos seres humanos dignos que existieron miles de años atrás, visitar sin sentir latidos, pedir una pizza para comer debajo del cerezo florecido con la sangre de mi cuerpo, sangre que es una muzzarella mal procesada, cuerpos degradados de una especie que supo defender la ética y la moral hasta que un día se empezaron a dedicar a su derrumbe, a la destrucción de la civilización entera, llevarla hasta el estado actual en una mesa dentro del salón de usos múltiples de una comisaría que jamás vio un solo acto de justicia y que nunca lo verá, y que será debidamente defendida por el juez que toque en sorteo arreglado, palabras oficiales escritas sobre un papel que es el mismo que utilizaron los antiguos poetas de mi pueblo, pero ellos escribían con pasión sus mentiras, ahora las historias que se redactan tienen solo la intención de inventar excusas, misericordia, para defender la deshonra y poder seguir adelante con la extinción de la especie humana, hundir en la más vil de las vergüenzas a quienes dimos nuestras vidas por la justicia, entonces no crea que su trabajo ha terminado, le quedan los años más importantes, los años de la redención, los años del silencio y la meditación, la preparación del acto final, y habrá que ver si está a la altura de la Historia, o si simplemente se dedica a dejar pasar toda la impunidad por debajo del puente del arroyo la Tapera, como todas las tardes de su inefable existencia.


********El personaje del lienzo es el emperador chino Chongzhen, un hombre que dicen que fue bastante honorable pero muy débil y dubitativo, en un momento complejo del Imperio. Fue traicionado por sus generales más leales y tuvo que rendirse ante la invasión de los manchúes. En sus últimas horas ayudó a escapar a dos de sus hijos, persuadió al resto de su familia a que se suicidara y terminó haciendo lo propio ahorcándose. Dejó un mensaje final que pudo escribir con trozos de su ropa: 

"Yo, débil y poco virtuoso, he ofendido al Cielo; los rebeldes han capturado la capital porque mis ministros me han engañado. Muero avergonzado de encontrarme con mis antepasados. [...] Dejo a los rebeldes los pedazos de mi cuerpo, pero ¡no les permitáis hacer daño a mi pueblo!"

***********************************************************************************************humildemente, Juan**********************hoy sin música pero con frase final


Esta ciudad me la cambiaron (para Hugo, presente siempre)



Desde el primero hasta el último

de los días

que camino buscando huellas

vacías de presente y sin futuro,

con rastros de pasado despojado,

tarea para resolver

en tiempo de fábrica

sobre un diván vacío,

eso de buscar respuestas

fantasías consoladoras

para evitar el clona

y por ahí lograr dormir

una noche entera de un tirón

¿para qué?

Dejar tranquilas 

a las dos o tres personas

que preguntan ¿cómo andás?

mirando una pantalla de celular;

y sí, y no,

caminamos las mismas calles

del Jorge Newbery

y no parecemos tan distintos,

pero no nos encontramos

en ninguna historia,

porque la última la esquivé,

todavía no pude,

tengo varios epílogos

por escribir,

más todo ese pasado que dejaste

como rastro sin cuerpo,

el estigma de los ausentes-presentes,

es la misma ciudad

sí, y también no,

somos y también no somos

nos bañamos en el mismo mar

en cualquier punto:

Camet, Consti, La Perla, La Popu,

con la esperanza

de encontrarnos

en una de ciencia ficción,

un futuro para siempre distópico

en donde nuestros sueños

terminan por mal interpretarse,

y otra vez es medianoche

de marzo,

y la Historia hace pelota

nuestras calles / nuestros cuerpos;

vuelvo a escribir este

mismo epílogo,

tus huellas no aparecen

y el barrio no es

lo que imaginaba,

hoy seguro que marcho

por esos lugares de siempre

y me va a doler la panza

y alguna lágrima se escapará,

la sensación de que conocimos

muy bien esta ciudad,

la sensación de que

a esta ciudad

me la cambiaron.


Declaración del abogado (Detectives del Rivadavia, capítulo 19)


Es bueno hacer catarsis, no lo dude querido Comisario. Es bueno estar preparado para lo peor. Es bueno afrontar las consecuencias de cada acto injusto que se haya cometido contra una cosa o tercero. Es bueno operar desde las sombras para salvar a los que merecen ser salvados…como a usted, querido Comisario. En nuestro trabajo hay que mantener las apariencias casi todo el tiempo. En verdad, en eso es igual a cualquier otra labor humana. Pero este instante nos sirve para reflexionar, pensar entre todos cuál es el camino correcto a seguir. Ponernos de acuerdo, querido Comisario. Yo lo conozco y sé muy bien el trabajo que se viene haciendo en esta bendita comisaría del barrio Rivadavia. Una de las peores seccionales de la zona, pero por culpa del contexto, que es en definitiva lo que nos condena siempre. Puede sonar determinista lo que les digo, Comisario, enviados del Ministerio, pero sabemos muy bien que la realidad no tiene mayor encanto que ese. Determinismo y punto final. Sé muy bien que en otro contexto, distinto sería su accionar y el de sus subordinados. Sé de las horas mal pagas, los problemas edilicios de la Comisaría que te tocó en condena, conozco muy bien la escasa preparación del personal y la nula capacitación ofrecida este último tiempo, sé de la falta de recursos y material y de que el barrio está cada vez peor. Claro, el narcotráfico y lo que lo rodea, sí. Los quioscos, las bandas, la violencia en las calles, nada nuevo bajo el puente del arroyo La Tapera. ¿Les conté de la vez que me caí en ese arroyo inmundo? Eran otros tiempos, el barrio era diferente, la gente era distinta, no había tanta violencia, tanta prensa para la violencia, tanto cine para la violencia. En algún punto, todos somos culpables e inocentes a la vez. ¿Parece contradictorio? Es contradictorio, querido Comisario. Por eso le ruego que no se condene tan precipitadamente, porque puede ser que lo necesitemos para construir un futuro….¿cómo decirle en términos verosímiles, posibles?....para construir un futuro un poco más habitable. Sigo la comparación, tal vez La Tapera ya no tenga el caudal que tenía en otros tiempos, y de seguro que donde está desértico ya no va a pasar agua, pero puede que en algunos días del otoño sí suba el agua un poquito y se vean unos charcos. No sé si me explico. En comparación a toda la violencia y muerte que vio hasta hoy en esta comisaría de mierda, lo suyo es apenas un accidente. ¿Evitable? Puede ser. ¿Injusto para las víctimas? Tal vez, habría que ver con detalle. Pero yo no estoy acá para decir qué cosa es justa y cuál no. Yo soy el representante legal del cuerpo, el que pone lo suyo para facilitarles el trabajo a ustedes, querido Comisario. Lo suyo fue una reacción desmedida ante una clara injusticia, y lo entiendo. Por eso lo perdono, como buen cristiano. Lloro sangre con usted, aunque no me guste. Esa sangre merece su justicia también, lo entiendo, lo comparto, no vaya a pensar mal de mí. Pero disiento en la condena apresurada. Querido Comisario, su condena sería la condena para todo el barrio, para la comisaría, para todos nosotros, los que mantenemos el verosímil de la violencia en términos soportables para la sociedad entera. Ese es nuestro primer mandamiento. Antes que nada, estamos obligados a servir al prójimo, por lo que su declaración no puede ser realizada ante el juez, jamás. En defensa de los ciudadanos de bien, de sus días en paz, debemos acordar otro tipo de declaración. Y quédese tranquilo, querido Comisario, los héroes caídos en servicio tendrán su condecoración, su reconocimiento. Jamás los tiraríamos a la jaula del león. Los cuidaremos como a usted. Servidores públicos, eso es lo que somos, y por eso nos cuidamos por el bien de la humanidad. Héroes, eso es lo que la sociedad necesita. Muchos héroes. Como usted, querido Comisario. Exactamente como usted, aunque ahora no se sienta precisamente en esa posición. Su reacción es una condena para la impunidad. Usted arregló la cloaca de este inmundo espacio urbano. Y se ensució, por supuesto, fue inevitable. Lo que nos queda es arreglar lo que se pueda. Y lo que debemos hacer es centrarnos en eso, querido Comisario. A lo mejor, un tiempo fuera del cuerpo policial le haga bien, con seguimiento terapéutico, por supuesto. Y después vamos evaluando. Daremos por hecho el enfrentamiento, las muertes inevitables, el estado de shock en el que usted quedó y esa es la salida más conveniente, créame. No solo para usted, que se lo merece aunque ahora le cueste creerlo. Sino para todas las fuerzas de seguridad y quienes trabajamos día a día con ellas. Esto ya lo hemos sufrido incontable cantidad de veces. No es la primera comisaría ni será la última, en la que un evento desafortunado desencadenó una matanza desgraciada. Pero la Institución es la prioridad, el Sistema tiene que ser salvado siempre, a cualquier costo. Imagine si mañana saliera a la luz su declaración. ¿Qué se supone que tendríamos que hacer con la comisaría? ¿Quién se haría cargo de reflotarla? ¿Quién confiaría su seguridad al cuerpo? No se puede, debe entrar en razón. Se lo suplico, querido Comisario. Y, una vez más, le doy la razón, por supuesto que es un desastre todo lo que sucedió, por supuesto que somos asesinos reglamentarios, por supuesto que nos dedicamos a administrar la delincuencia. Sin dudas. ¿Corruptos? ¿Impunes? ¡El subsuelo del Sistema todo! Claro, pero necesarios. Para que más o menos funcionen los barrios, las ciudades, las provincias, el país y el mundo, debemos existir a pesar de nuestros errores. Todo lo que sucede en el mundo cada día, son males necesarios, por algo seguimos existiendo en el planeta. Esto es lo mismo, querido Comisario. Somos una pieza más, con la forma y el olor que sea, pero necesaria. Le ruego, por última vez, que considere rever su declaración. Le damos el tiempo que necesite, no se haga problema. No existe nada más importante que redactar con responsabilidad. Un texto, ya sea escrito o en voz alta, puede generar el final del mundo. No lo dude, querido Comisario. 


**Creo que este era la música para el final de la historia, pero no aguantó más:

**************************humildemente, Juna***************mucho gusto*****************************

Declaración del Comisario (Detectives del Rivadavia, capítulo 18)

No se puede respirar. Es imposible. Intento todos los días, desde hace años. Es imposible. Trato de hablar de corrido. Me cuesta. Mis pulmones no dan el aire que necesito para contar lo que tengo que contar. Si tuviera una bala más, me volaría la cabeza. Si tuviera dos balas más, remataría al abogado de mierda y después me volaría la cabeza. Si tuviera más balas les pegaría un tiro a cada uno de ustedes y al Ministro y al Gobernador y al Presidente, y con la última bala me iría yo. Pero sé que no serviría de nada, porque los hijos de yuta se reproducen como las cucarachas, son invencibles. Mierdas de seres humanos siempre hay y habrá y no se puede hacer nada. ¿Emoción violenta? ¿estado de descontrol psicológico? ¿fingir demencia post trauma? No fue lo que pasó, ni merece la pena intentar decir otra cosa. Ese maldito registro que inventamos los policías para hacer nuestro propio policial clase B. Una parrafada de mentiras acompañadas por la adulteración de pruebas, todo dispuesto para que terminen condenando a quien no tuvo nada que ver, y liberando a quien sí lo hizo. Después, los capítulos que siguen siempre, como la culpa, hasta que de alguna manera pasa algo, los verdaderos responsables se quiebran o alguien los persigue y los quiebra con toda la fuerza de la lógica y la razón. Policiales. La realidad es esta, son ustedes. El buitre que va a escribir la declaración, que va a llevar el rótulo de un juez y, con esa firma, ser transmutado, de ficción a documento probatorio legal y punto final. Obediencia debida y todos inocentes hasta que se demuestre….Pero nadie va a demostrar un carajo, ¿no? Ustedes dos, los enviados de “arriba”, con esas caras de “ya sabemos cómo fueron las cosas, quédense tranquilos que lo arreglamos todo”, como si se tratara de una mala película hollywoodense, uno de esos thrillers donde ganan los que deben ganar para que la sociedad continúe con sus compras. Nada más, cuestión de “orden y control”. Control, pensar que decían que ese tipo de sociedad ya no existía. Pero sí. El control, la necesidad de saberlo todo para escribirlo todo, de nuevo. Narrador omnisciente. Un boludo asustado por un escape, por descuido propio, en el corazón de la comisaría. El Ayudante que sale corriendo y saca el arma y tira ese tiro que da en el cuerpo de una inocente que justo pasaba por ahí, en el lugar menos indicado en el momento menos indicado. No me van a creer, pero ya lo sabía. La Virgen de la Sangre. Anote, abogado, el Comisario y sus desvaríos, ¿no? ¿no le sirve al argumento de su novela? Bien, las desgracias las construye esa perra desde las sombras. Luego las llevan a cabo seres humanos incapaces de cualquier cosa y, finalmente, llegan los escritores, ustedes, los que novelan los sucesos para que todo siga igual. Yo en un hospital psiquiátrico, obvio. Los cadáveres debidamente condecorados, la inocente resarcida con guita, por lo menos ganancia para lo que le quede de familia. Todos contentos. O no, pero al menos tranquilos por un tiempo más, un tiempo que se termina con el próximo asesinato, ¿verdad? Porque saben perfectamente que la cadena no se corta nunca, vendrán más cadáveres y ustedes seguirán escribiendo policiales, firmados por juez, hasta que un día les toque. Decir que no me quedaron más balas en el arma, zafaron. ¿Escribiste, abogado? ¿Llamamos al juez? Ese mal parido amigo de ustedes que está pensando en el culo de su empleada y en qué carajos de droga va a probar el fin de semana en ese puto barrio privado en el que vive fuera del mundo, para después subirse a su trono y juzgar todo aquello que no tiene ni remota idea de cómo mierda funciona. Mierda. Su cara de mierda y su vida de mierda y su manera de regalar impunidad a ustedes. Control y poder. Nunca vamos a salir de ahí. No hace falta. ¿No les queda mejor pegarme un tiro y sumarme a estos cadáveres? Me harían un gran favor. Hay un olor a podrido insoportable, carne quemada por proyectiles. ¿Quieren saber por qué los rematé a sangre fría? Porque fue el único acto de justicia que se me ocurrió posible en esta comisaría mal cagada. Los vi armando la escena, como si nada. Ayudando al asesino por compartir uniforme. Camaradería de la fuerza. Y no pude más. Otro tanto para analizar, el General del Imperio apareciendo por detrás de mis acciones, ayudándome a reaccionar. Impartir justicia con la moral compartida. Sin escatimar acciones. Sin perdonar lo imperdonable. No podemos devolver las vidas inocentes, eso ya lo sé, no estoy tan loco. Pero sí podemos despejar la oscuridad del camino. Eso hice, nada más. Salvé el honor del General del Imperio. Salvé Ciudad Prohibida. Me salvé. Dejé de lado el desierto impune. Claro, la Virgen de la Sangre no me lo va a perdonar. Me seguirá buscando aún después de esto, después del encierro, quizás durante. Ya tendrá tiempo de tenderme su próxima emboscada. Tal vez otro paciente tome un cuchillo y se corte las venas de los brazos o se abalance contra una enfermera delante mío, y la sangre me salpique la cara, y la muy puta me mire y me diga: “misericordia, Comisario, misericordia. Lloremos lágrimas juntos mientras oramos, te necesito, todavía” Y ya no la voy a mirar más, porque ya hice lo que tenía que hacer. Solamente me faltó una bala, una sola bala más. Juro que la miré y supe en ese instante que no iba a salir ese tiro. Lo sé perfectamente ahora. No me va a dejar. Mi consuelo, ustedes. Con esas caras burocráticas. Sépanlo, están en sus manos también, y no los va a dejar tampoco. Tendrán que seguir navegando entre ríos de sangre por donde sea que vayan. Tendrán que seguir inventando historias hasta que un día no puedan más. ¿Saben lo que va a suceder ese día? Tienen tiempo para imaginarlo, me tienen a mí de ejemplo. Ojalá estén lo suficientemente lúcidos en ese instante para tener ese último tiro a mano. No se sientan mal, la justicia no es nada.


****Música de fondo, que va con el personaje, al menos hoy:

****************humildemente, Juan*********************no hay maquillaje para quien no ve.....++++++++++++********************

Prólogo a la declaración del Comisario (Detectives del Rivadavia, capítulo 17)


Y acá empieza el tiempo de la declaración del único culpable de todo. El único culpable de la historia final. El único culpable de resolver los casos uno por uno, como si fueran cartas que se caen derribando las demás, una cadena desgraciada que finaliza con él y en él. A ti, hijo del Hombre, pero sobre todas las cosas, hijo de la Madre de la Sangre. Empieza el tiempo del entendimiento y la resignación final, esa que todavía no había experimentado. Un Comisario nada puede, nada. A menos que sea transformado en ficción. La realidad es esa cosa compleja que nadie puede explicar, porque cunado se la empieza a entender llega el momento de la despedida, o la forzosa y abrupta retirada. No por nada aquellas personas que parecían saber cosas importantes morían temprano, como si una fuerza extraña supiera que para poder mantener el orden había que sacarlas de la Historia, lo más rápido posible. Después quedaban intérpretes más o menos intrépidos, más o menos agudos, más o menos molestos. Pero eran solo intérpretes, estaban diluidos, era más fácil borrarles o dejarles de prestar atención. Acá empieza el tiempo de la declaración del Comisario de la Comisaría que te tocó en condena, un actor primordial y secundario, un intérprete fundamental. Por tal motivo, no tendrá salida. Tal vez esta sea la única oportunidad en que lo escuchemos hablar con cierta razón, luego le espera un largo período de reclusión. A lo mejor, uno de esos días después de tanto encierro, pueda llegar a aportar un poco más de lógica y claridad a tanta brutalidad, pero sería mucho pedir. En este momento – el de la declaración – todavía hay algo que lo conecta con la realidad que conocemos. Su declaración en interrogatorio sucede en la sala de usos múltiples de la Comisaría que te tocó en condena. Rigurosamente hablando, no es una declaración, sino más bien un arreglo entre colegas, mediado por el abogado que escribe las condenas de los miembros del cuerpo policial, el buitre aliado, el tu peor es nada. La tarde cae por la ruta 226 y entra en plena avenida Luro, el barrio todo está consternado una vez más. En el salón están los cuerpos sin vida de la chica de las viandas y de tres policías, uno de ellos El Ayudante, que fue rematado con un tiro en el pecho y otro en la cabeza, cuando ya estaba mirando al techo desde el suelo. De entre los casos que había intentado dilucidar el cuerpo policial en el año, este era el primero que se solucionaba con algo cercano a la realidad. Los culpables de cada uno de los disparos estaban claros, los muertos tenían su firma de autor cada uno, las armas concordaban con quienes las habían disparado, estaban todas registradas, eran de la policía. Ahí es donde la cuestión se empiojaba, porque una verdad tan tremenda no podía ser comunicada de esa forma a la sociedad. Había que inventar una segunda historia, un relato policial convincente que se pareciera en algo a lo que había sucedido. Algo similar a la verdad, una concatenación de hechos y motivos verosímiles. Sería sencillo, pensaban los altos mandos, porque todo quedaba en casa. Los que habían disparado eran los policías de esa comisaría, cada uno de ellos con sus armas en regla. La única víctima a cuidar era la mujer de las viandas, que no tenía nada que ver con la fuerza policial. Ahí tendrían que afilar el lápiz que escribiría una infamia más. ¿Impunidad? Casi. Porque se simularía un falso enfrentamiento, como en épocas de asesinatos de la dictadura, o de la maldita policía, o de la gendarmería made in siglo XXI. Eso era la parte más fácil. Lo complicado era ese momento. Lo crucial era ese momento. Acá empieza la declaración que marca si es posible obtener justicia o no. De un lado, el abogado y dos altos mandos del cuerpo policial, dispuestos a escribir la historia que haga falta “por el bien de la ciudad, de la provincia, del país y del mundo occidental”. Del otro lado, el Comisario y su cabeza tomada por la emoción violenta, la venganza, el hartazgo, los ideales del General del Imperio que habitaba una Ciudad Prohibida que solo existía en sueños, en ese maldito libro chino que había encontrado tirado en la calle y que tanto lo había obsesionado. De su lado también estaban los Comisarios de Sonora, los pinches comisarios del desierto. Y ni siquiera de su lado, esos estaban del lado que se pudiera, del lado posible del oficio. “Un buen día, buey, vas a necesitar que te den una mano, que te acomoden alguna historia, y vas a sentirte un pinche estafador, la peor de las basuras. No lo tomes tan personalito, cabrón, quién no tiene un par de muertos en el placard”. El tiempo de la declaración es un suspenso, una pausa en los hechos que serán ordenados. Ese orden es lo que se disputa en el contrapunto. Las conveniencias van tirando de la negociación. Esa es la vida en democracia, ¿no? Un sistema que calza al dedillo con el sistema económico imperante. Negociar para poder seguir. Negociar para empezar a olvidar lo más rápido y urgente que se pueda. Negociar para ir en busca del final más decoroso, ese que no había podido concretar. Ese intento de escape que sabía que sería imposible. Porque tomó el arma sin prestar atención, se fue corriendo hasta donde estaba la figura de esa maldita Virgen ensangrentada, siempre ensangrentada. Se arrodilló frente a ella mirándola con la mirada más odiosa que había destinado a alguien en su vida, “mirame bien, perra”, le había dicho a la figura de cerámica. Se llevó el caño del revólver a la cien, pero ya no había más balas en la recámara. El tiro vacío confirmó lo que ya sabía y había olvidado por un instante, el instante de locura que pareció haberle otorgado una salida. Como consecuencia estaba ahí, en el salón de usos múltiples, rodeado por cuatro cadáveres, dos agentes de alto rango y el abogado carancho. Y acá empieza la declaración del Comisario:


***de fondo:

*******************************Humildemente,
****************************Juan

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Una tarde en la Comisaría que te tocó en condena (Detectives del Rivadavia, capítulo 16)


No te rindas nunca porque eso no es propio de un ser honrado. Antes de entregar los ideales es preferible morir por acción del propio sable. Los deberes del General del Imperio en Ciudad Prohibida eran claros. En algún lugar estaba escrito y desde esos miles de años, la idea había sido tan fuerte que estaba en el aire. En su aire. En la sala de interrogatorios de la Comisaría que te tocó en condena, aunque en verdad era una suerte de sala de usos múltiples porque siempre faltaba espacio para demorar gente antes de los traslados o antes de que alguien los pasara a retirar, lo mismo daba. Ya no tenía en cuenta si estaba tomando mates al lado de un asesino o al lado de un perejil guardado por error o a causa de un mal día de alguno de sus subordinados. Subordinados. ¿Cómo serían los subordinados del General del Imperio? De seguro que mucho más implacables que su excelentísimo superior. De seguro que no fallaban en ningún aspecto, ni físico, ni emocional, ni mucho menos moral. De seguro que el tiempo fue el culpable de terminar de corromper a todos los seres humanos. Caían los imperios en silencio y eran olvidados como débiles huellas en la orilla de un río de sangre. La sangre se limpiaba con la subida. Volvía el agua pura, pero los rastros quedaban en los hombres. Fotocopias cada vez más impropias de sus fantasmas, todos en serie hasta la actualidad. Sangre que se respira entre el polvo de los espacios descuidados de una comisaría en franca decadencia, para siempre. El tiempo en el que se desgranaba de manera continua toda una ciudad con sus estructuras y su gente, sus sombras. Y los que están allí se mueven como comadrejas, pensando que eso que les tocó es toda la eternidad. Pero no pueden ver más allá en el glorioso pasado. El pasado de la moral, el pasado de Ciudad Prohibida. Un nombre que alejaba a los terrenales, los expulsaba para después desaparecer y ubicarse en el mundo amorfo de lo perfecto, solo para joder. Ahí no podría ingresar nunca. Ahí no podría resolver su caso. Todas las respuestas a sus preguntas, a sus obsesiones, encerradas bajo llave. La imposibilidad, la resignación, el llanto, la desesperación. El momento de ser rescatado por la Virgen de la Sangre. La que le abría el corazón con todas sus espinas, sin ombligo. La nunca parida paridora del universo. De su universo, uno sin moral y con mucha violencia. El paraíso para ella y su rostro sufriente. Los brazos abiertos invitando a la rendición. “Descansá, es hora, pero no te vayas nunca, no te voy a dejar, perdurarás hasta que mi reino desaparezca, no importa tu moral, no importa la justicia, solo la piedad y la misericordia, el amor a la sangre, tu sangre, la de mi hijo, la nuestra”. No rendirse nunca, pero ¿cómo combatir lo que no se ve? ¿cómo trabajar sobre lo que no se sabe?

El Comisario se quedó mirando la ventana del salón. Fuera, una mujer pasó andando en bicicleta. Llevaba una pequeña canasta que contenía lo que parecía ser algo comestible. La conocía. Esa mujer vendía viandas saludables por todo el barrio Rivadavia. Pasaba a toda hora por cualquier calle, en cualquier situación, llevando y trayendo las viandas de comida. Se proyectó como un pintor romántico, se imaginó pedaleando por el barrio. Se visualizó parando en una plaza a comer una de esas viandas. Puso todo su empeño en imaginar sabores que no conocía, tardes que nunca había experimentado. Cerró los ojos y creyó escuchar un disparo. No sabía quién había caído, pero la bicicleta estaba derramada en la calle. Un charco de sangre se apoderó de la cuadra. Los gritos de la gente que pasaba se hicieron escuchar aún más que la sirena del patrullero que salió persiguiendo a quien habría sido el tirador, el verdugo. Su imaginación había sido traicionada, una vez más. La mal parida Madre de la Sangre lo había dejado vacío para siempre. Un alma inocente más, sacrificada para su propio beneficio. La misericordia, el abrazo de la muerte. De su rostro cayeron lágrimas y no se pudo mover. La comisaría estaba en ebullición. El Ayudante le gritaba, le exigía una respuesta rápida. No hizo nada. El cuerpo muerto de la mujer. La vianda desparramada por el piso, se mezcló con la sangre. Ya no tendría el sabor que no se podía imaginar. La tarde era otra muy parecida a las anteriores. Un cadáver más, un legajo más, un informe, una investigación sin rumbo. Una bala que no era para ella. Una bala sin contenido. La forma de la violencia final auspiciada por el sueño de escapar hacia un lugar mucho mejor. Estar del lado de los que ganaron las tardes, de los que pedalearon las calles, de los que probaron los bocados del Dios. Él se quedaba en la sombra, encerrado por los fantasmas que se apresuraban en tomarlo de las piernas. No lo soltarían hasta su día final. El día de su juicio. Culpable siempre. El único culpable que necesitaba ser sentenciado para poder caminar una última vez, unos pasos de liviandad hasta que por fin se desconectara de todo. Ese día no llegaba. Ese día era aplazado por la Madre de la Sangre, que lo necesitaba a él, el hijo de la sangre, el perpetuador de la sangre inocente derramada, el testigo eterno de los infiernos, esos lugares a los que ella tomaba como escenarios de su lujuria. “Gracias, hijo mío, toda esta sangre inocente derramada me pertenece, pero existe por tus ojos”. No quería resolver el caso, los casos. Deseaba desaparecer antes de todo, poder entrar en el Jardín Imperial de Ciudad Prohibida, recuperar por fin la moral infranqueable del General, poner el sable sobre la tierra, debajo de los cerezos en flor, y arrojarse arriba para derramar la única sangre que deseaba ver derramada de una vez. La sangre propia, la sangre de la Madre, los culpables.   


*************Música de fondo para cualquier historia de semana:

***********************humildemente, Juan************************suspirando penas************************sobre la cornisa******************


El Comisario (Detectives del Rivadavia, capítulo 15)

Un robo absurdo en un supermercado, el encarcelamiento de un capo de la mafia y un asesinato cometido durante la Segunda Guerra Mundial... ¿Encierran algo más estos casos? Para el melancólico investigador siciliano si. (Andrea Camilleri, "El perro de terracota") 


Pero por mucho que lo desees nunca te vas solamente con desearlo. Eso pasa en las películas, en las muy malas, que por lo general cuentan con un presupuesto similar al de los países emergentes que no emergen ni emergerán nunca porque es indispensable que así se mantengan hundidos para poder mantener flotando a las -siempre muy pocas- grandes naciones. Un Comisario es un ser despreciable antes de que empiece cualquier historia. Solo puede obtener la redención muriendo heroicamente o abandonando su labor después de denunciar toda la corrupción que tuvo que aguantar estoicamente, hasta que su moral impoluta no dio para más. Viejas historias, malas historias, historias como pasas de uva en estado de putrefacción. A nadie le interesa una historia así de esta ciudad, menos de este barrio, menos de este género y mucho menos si viene escrita. Para ser recordable – al menos un par de semanas- debería salir la serie televisada por la plataforma tal. Pero eso de plataforma siempre le recordaba la terminal de micros, la -casi- siempre triste terminal de micros. Todas las horas gastadas ahí esperando por viajar mal y con frío, por la madrugada, con el uniforme sucio, hasta la ciudad de la costa a la que lo habían asignado por el verano, solamente por la temporada alta, porque el gobernador y el presidente necesitan mostrarse en cada parador costero y alguien tiene que salir de fondo con el uniforme azul y la gorra. ¡La gorra! Ese artefacto que lo condenaba al peor de los papeles que se le puede otorgar a un ser humano, el del ortiva, el cobani, el dueño de la violencia homeopática autorizado por algún artículo de la Constitución, que siempre está reformándose en los incisos que nadie atiende. “Actuó en defensa propia” ¡siempre se dispara en defensa de la propi-edad! ¡de la propiedad de otros! Pero él tenía que firmar, cada vez. Luego, mirar para otro lado. Igual que cuando se le quejaban los comerciantes de la zona o algún grupo de vecinos indignaos con la actuación policial. Cada uno tenía su rebusque, su labor era firmar y mirar para otro lado, poner la cara para que se la escupieran y saludar con una sonrisa prometiendo la pronta solución del inconveniente ocasionado. Soltarle la mano al que se zarpó, de vez en cuando. Pagar lealtad, callarse la boca en los juicios, decir poco y certero, copiar con la voz lo que ya se había copiado en el informe dictado por el que llamaban “el abogado del diablo”, que laburaba codo a codo con la Comisaría que te tocó en condena. Y llegaban cada tanto esos casos en los que se podría reivindicar, él, sus compañeros y toda la Institución. Pero jamás se resolvían, no. Los importantes, los que de verdad contaban, nunca tenían solución justa. Se inventaba a la larga, se tapaba a la corta, se dejaba todo cubierto con un manto de dudas e impunidad. Impunidad, la palabra que le dolía como si le metieran el dedo en la herida del pulmón y revolvieran. Impunidad. No lo soportaba. “le tenés que hacer la guerra, pinche comisario” “No es un juego que termine bien, y lo sabes bien buey” Palabras desérticas de los detectives que nacieron en el lugar y el tiempo equivocados, pero que se adaptaron porque son como cucarachas, y las cucarachas lo mismo pueden estar en el día de la bomba atómica en Hiroshima, que en el desembarco inglés en Puerto Argentino, que en la maratón de Nueva York, que en el día más sangriento de la invasión de Vietnam, que en el Palacio de la Moneda dentro del zapato izquierdo de Allende el 11 de septiembre, que el 3 de febrero en San Lorenzo bajo el sable –¿también corvo?- del sargento Cabral, que en un patio sin afeitar de un monoambiente en el barrio Rivadavia una noche de verano del año 2666. Lo mismo daba. La adaptación es total. Su naturaleza era la misma, lo sabía. Entendía por qué los hechos se desarrollaban como se iban desarrollando, con toda esa impunidad que para él terminaría siendo una anécdota en pie de página. Sí, un mal trago de temporada, un par de días pintados de negro en la agenda. Pero después se sigue, se sigue caminando con las patas quebradas, sin pensarlo, como una cucaracha. Se ronda la basura como si nada, se contempla a las otras cucarachas y se las ignora por completo. Se ven sus cuerpos desmembrados y se las pasa por encima, buscando llegar hasta un punto en el que se espera que la vida pase a ser ese final feliz que se contaba en los cuentos de la infancia. ¿Una mentira? ¿Qué más da? Costumbre, la herramienta perfecta para naturalizarlo todo. Esa había sido su última frase con la terapeuta del cuerpo policial, o pensaba que debería haber sido. Costumbre la de confesar para alivianar el peso. La culpa depositada en el diván o en el confesionario o en la cabeza de alguien más. Pero de cada culpa queda la cicatriz. Y jode. Y siempre aparece una que no cierra nunca, que es la que te vuelca, la que te jubila de la vida. Él la había sufrido. Soñaba todas las noches con el pibe, el pibe despellejado, el pibe empalado, el pibe llorando de dolor en los brazos de la Virgen de la Sangre, esa que no lo miraba más, que recuperaba nuevamente su expresión de misericordia apuntada a un cielo cada vez más lejano, como indicando el camino de paz que él nunca podría tomar.

Era de noche, volvía a su casa, hacía frío, nadie lo esperaba, sabía que tampoco podría dormir esa madrugada, sabía que el próximo día tendría que simular en la comisaría un turno de doce horas, que tendría que firmar papeles, que tendría que mirar para otro lado, que tendría que festejar algún comentario misógino, que un grupo de familiares y amigos de próxima víctima le escupirían la cara, que él devolvería su mejor actuación de comisario: “estamos haciendo todo lo humanamente posible para solucionar el caso”. El caso era que el comisario no tenía solución.


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**************************humildemente**********************todavía escribiendo*************************


Declaración del General del Imperio (Detectives del Rivadavia, capítulo 20)

Ningún mal es necesario. Si aparece el mal en las almas de los condenados, la de todos nosotros, queda habilitado el proceso del final a man...