Un escritor del barrio Rivadavia (Mar del Plata-Batán)
Reflexiones berretas, trozos de ficción, ensayos bonsai , trampas de lectura y escenas robadas, realizados por el Yo que dice yo: Juan Manuel Penino, habitante del barrio Rivadavia / Don Bosco nacido en los ochenta. Tomate unos minutos y sumergite en alguno de estos textos. Contacto juanmanuelpenino@yahoo.com.ar
Un
colectivo perdió el control y atropelló a un grupo de gente en el skatepark
del centro. A nadie le importó demasiado. O solamente es lo que yo sentí.
Cierto, ese dolor de las víctimas y quienes las rodean, ese dolor ajeno que es
llamado a ser compartido en una acción: empatizar. Un verbo gastadísimo, que es
casi un slogan político de cuarta. Se siente o no. Se siente, fuerte. Una nena
de dieciocho años, la yuta madre que nos parió a todos, todas, todes. Y seguir
como si nada mirando algún partido del Mundial, porque no tenemos la culpa. ¡No!
arrastramos la culpa, porque la ciudad es exactamente lo que nosotros decidimos
hacer de ella. No vale eso de “yo no los voté”, o el alternativo “no puedo
hacer nada”. Sería bueno terminar de una vez de esconder la cabeza, asumir las
responsabilidades y empezar a cambiar las cosas. Pero, en mi caso, soy un gran
cobarde. Un avestruz. Un tipo tan frío como este día de invierno. Lo que me
sale es escribir un poema de mierda que está lleno de vacíos, de cosas y sentimientos
que no quiero enfrentar, que no voy a enfrentar. Un poema como si fuera un
psicólogo que dice siempre lo que quiero, que juega siempre de mi lado, que me
extiende la mano para consolarme y ofrecerme el truco de salida: “Está bien,
todo va a solucionarse, hay que trabajar en eso, hasta la semana que viene”. Y
pasa la semana que viene, y las cosas se van acumulando, fingen pasar al
olvido, pero no. Una de las consecuencias de envejecer es ir perdiendo la
capacidad de olvidar las cosas, a menos que llegue una de esas enfermedades que
solucionan los problemas de la acumulación. La memoria está llena y eso duele y
es una cagada. Sí, claro, como todo el mundo, tengo ganas de agarrar la mochila
y retirarme a cualquier otra parte del planeta. Sí, claro, como todo el mundo,
no lo voy a hacer. ¿Por qué? No tengo respuesta, no ofrezco respuesta,
solamente ese poema que es todo lo que me sale escribir un día como hoy, para arruinar
mi propia fiesta siempre inconclusa. A lo mejor, lo único que me sale, es esa
excusa de versos que espero sirvan de consuelo, al menos para mi.
Sería más o
menos finales de los noventa, o un cachito antes, no recuerdo bien. De algún
comercio del centro (nuestro Miami) habíamos logrado afanar un par de cds para
volver lo más rápido al barrio y escucharlos, después agarrar la criolla y
rasgar algo que sonara más o menos parecido. Era en un departamento de dos por
dos, como siempre. Una tarde de sábado, seguro, porque no había escuela y los
negocios estaban abiertos, no podía ser día de semana ni domingo. Como sea,
llegamos y derecho al minicomponente al que le poníamos un diccionario encima
para que no saltara el cd. Bueno, por lo menos teníamos el cd y no el casete, era
el consuelo, porque para nosotros sonaba mejor. Pusimos el primero, era uno
rojo con una serpiente peligrosísima, negra, dispuesta a atacar. Alice Cooper
aparecía en primer plano, con esa voz tan particular cargada de rebeldía y
terror. Killer arrancaba con un rocanrol
poderoso y que sonaba bastante clásico, aunque ensuciado por la energía de esa
voz de Alice en los setenta. Pero el sonido en general de ese álbum era más
bien festivo. Bien robado, pensamos. Algunas cosas con la guitarra íbamos a
poder imitar, adaptando el inglés a nuestro balbuceo espanglish marca barrio
Bernardino Rivadavia. Un descanso, un par de acordes y desafinadas, alguna
cerveza y a poner el segundo disco. Este era de los Redondos, pero para
nosotros una decepción porque no era el último, Luzbelito. Y qué cagada porque nos encantaba ese sonido que arrancaba
con “Luzbelito y las Sirenas” y terminaba con las “banderas de tu corazón” de Juguetes perdidos, y que “este asunto
está ahora y para siempre en tus manos, nene”. El manifiesto estaba ahí, cuando
vos quisieras, esa magia única en línea directa con una música y una poética
que se abría, por fuera de los circuitos cerrados de las instituciones. Pero no
era ese cd, sino que era Un baión para el
ojo idiota, uno de los primeros de la banda, uno de los viejos, uno que
quedaba un toque lejos para nuestra generación. Pero ni tanto. Empezar la
escucha era como estar en uno de los bares a los que íbamos casi todas las
noches de los fines de semana, una cerveza a cinco pesos comprada entre diez
personas y el puticlub y su rock siempre fuerte, las noticias de ayer extra
extra “perfectos atentados bien iluminados”, la vaca solitaria que aguanta en
el Caribe porque “la civilización la amaba justo a tiempo” con ese solo de saxo
rompedor, “si esta cárcel sigue así, todo preso es político”, los Vencedores
vencidos y “me voy a ver qué escribe en mi pared la tribu de mi calle” con ese
reef impresionante, la ironía corrosiva de Vamos las bandas “¿y cuánto vale
dormir tan custodiado?”, el rocanroleo de ruta y amor de Ella debe estar tan
linda y eso de “ella es tan linda, no puede durar”, porque lo lindo viene con
vencimiento, y el final que me quedó atragantado y que ahora sí que me hace
llorar. Todo un palo cierra el disco, y es el tema con el que cerré esa tarde
noche mi primer amor profundo con los Redondos. Una hermosa intro de Skay y la
voz del Indio diciendo que “el futuro llegó hace rato”, lo que nos entusiasmaba
pero había algo de angustiante, la poética que se abría aumentando su potencia
con el reef taladrante de Skay, y sí que “el futuro llegó hace rato” pero es “todo
un palo”. Ese futuro que “llegó como vos no lo esperabas”. Era mi generación,
la que viaja en trenes (o bondis si estabas en Mar del Plata), tediosos por eso
que era el fin de la Historia y el comienzo del liberalismo que nos lanzaba al
mundo en pelotas, con una economía crujiendo y rumbo a chocar contra la
realidad. No teníamos donde ir, nada nos iba a arreglar, claro. La poesía del
Indio nos interpelaba por primera y última vez. Después, los años fueron pasando,
nos chocamos, nos desarreglamos por completo, nos alejamos lo más que pudimos,
apagamos esos discos y seguimos con otros porque necesitábamos alguna luz al
final de lo que ya sabíamos que no existía, porque ese futuro era eso que el
Indio decía, ya no estaba, había que pensarlo otra vez. Y todo terminaba con
ese glorioso solo de Skay, y nos dijimos que era imposible que existiera algo
mejor que eso. Y había pasado hacía una década. Llegamos tarde, siempre.
Pasaron más años, envejecimos. Con este amigo no nos volvimos a ver nunca más,
vaya a saber por qué. A los Redondos los dejé esa tarde noche, vaya a saber por
qué. Hasta que el año pasado se produjo una epifanía. Otra tarde noche, en un
recital. Una banda que no voy a nombrar, pero que disfruto mucho por estos días,
tocaba en lo que antes era Gap. La previa de siempre, con amigos de ahora. Unas
cervezas o un fernet o todo junto, algún cigarro de canuto y escuchar la música
que suena de fondo, mientras se prepara el escenario. La noche era fría, la
banda se hacía rogar, y comenzó a sonar despacio y muy de fondo Todo un palo.
La magia, el recuerdo, las distancias que se borraron. De repente, mis ojos
tenían lágrimas. De repente, el público estaba coreando la canción de los
Redondos, como si estuvieran tocando ahí. De repente, yo estaba cantando con
toda la tribu. Mi tribu. Se me cayó encima el pasado. Me reconocí en las
heridas de quienes coreaban a mi lado, era un himno de nuestra generación. Y
sí, claro, el futuro había sido todo un palo, pero todavía estábamos ahí. La
tribu con su ritual, la poética del Indio que se abre….y se seguirá abriendo.
Porque sabés qué, amigo, todavía no tengo adonde ir, pero algo me late y no es
mi corazón.
Un día trágico de
otoño que no se va a volver a repetir, como una película de
Almodóvar. ¿Qué carajos quiere decir eso? Nada, en un principio.
Algo, es lo deseado. Sí, una buena historia es eso que camina con
espejos por un camino que va reflejando historias. En el caso de
Amarga navidad
lo que camina es un cuerpo con máscaras, sobre ese sendero lleno de
espejos. El cuerpo sería el propio director español, y las
historias vaya uno a saber. Máscaras, el cine dentro del cine. La
película nos pone como primera instancia ficcional a un director de
cine que padece una especie de bloqueo creativo, que logra romper
comenzando a escribir una historia que no tiene muy en claro, y que
inicia con lo que sería la segunda instancia ficcional. La historia
que se le ocurre y que nosotros vemos en pantalla es la de una
directora de cine que por ser de culto, no logra encontrar el momento
para realizar su nueva película, ya que tiene que laburar en
propagandas que le dan de comer y la mantienen con una buena calidad
de vida. Entonces conoce a un joven bombero – y estríper- que
sería el reflejo del joven novio del director en la primera
instancia ficcional. A partir de ahí, comienza la danza de historias
y personajes que van y vienen reflejándose en lo que sería la
ficción y la realidad dentro de la película. Como cajas chinas. El
leit motiv de las historias sería – como es muy común en una de
Almodóvar- el dolor y la desesperación de las mujeres,
particularmente, el dolor por la muerte de un hijo, la pérdida del
sentido de la vida, la depresión y el suicidio. En el medio, el
miedo, los ataques de pánico, la pérdida de la madre y Chavela
Vargas con esa voz impresionante en cada momento de su vida. Para
llorar un buen rato. Y después, en el grado cero, estarían el
director y sus obsesiones, el director y su mosaico de películas que
conforman su gran y unívoca obra. Más o menos esto sería el
resumen de la experiencia cinematográfica, siempre más fuerte que
cualquier otra cosa que me pueda pasar en el día. Más tarde, la
noche con La Nieve cerrado, la búsqueda de algo con roquefort para
cenar, un fernet, un loco que se tira un lance en la calle, la
malaria retratada en la gente que duerme donde encuentra un reparo, y
el seguir peregrinando con esa sensación de que va a ser muy difícil
sentirse feliz este invierno. Otra sensación que se me apareció de
repente fue la de la pérdida total de sentido de todas las cosas que
hago. Un universo abierto, pero que no debería haberse abierto
tanto. El recuerdo del suicidio del Sapo, un compañero de la
primaria que se ahorcó en el patio de su casa en Parque Luro, y la
leyenda escrita en los murales del barrio: “el Sapo no murió,
descansa”. No sé por qué me acordé de eso, la verdad es que en
la película nadie termina suicidándose, y el tema más pesado al
final es lo inescrupuloso que puede ser Almodóvar (o su alter ego, o
el alter ego de su alter ego) a la hora de utilizar el sufrimiento de
sus seres queridos para escribir una historia. ¿Hace falta ir tan
lejos? No creo, por lo que la historia del Sapo no la pienso contar.
¿Y la mía? Tampoco. Si he de morir…es obvio que eso va a pasar,
entonces: Voy a morir, pero prefiero no tener nada que ver con eso.
Lo que queda al final es esta identificación rotunda con aquellas
personas que ya pasaron de todo, y que esperan pacientemente su
capítulo final. Esa es la resignación que siento, eso es lo que me
acompaña desde hace meses. No me deprime, sigo haciendo las cosas
que tanto me gustan, pero ese sentimiento de que lo bueno ya me pasó
y solo queda esperar la tragedia….eso es lo que me mantiene
escribiendo. Imagino que el día que no lo sienta más, dejaré de
escribir y solo seré feliz leyendo. Pero no creo que eso pase.
Mañana es mitad de semana y no tengo muchas ganas de que sea, y es
la cosa más parecida a sentirme humano que me pasó hoy. Hay un tema
de Patti Smith que escuché recientemente y que me voló la cabeza,
de una mujer que labura en una fábrica por dos mangos y no tiene
futuro, que se enoja de una manera que solo Patti puede contar, y que
termina llevando su sueño de libertad a Nueva York. En el tema queda
como promesa, en la realidad Patti pudo. También es
autorreferencial, es un espejo, una máscara. Seguiré caminando y
espero poder llevar mis espejos sin romper, no vaya a ser cosa que me
caiga una maldición de más de mil años, de esas que te acompañan
más allá de la muerte – o más acá de la vida -.
*Epílogo:
A veces es muy difícil creer que las cosas más brutales pueden
estar sucediendo en la realidad. Más fácil poner todo eso en la
ficción, en particular, en alguna de las novelas de frontera de
Cormac McCarthy. Pero la realidad supera a la ficción. O mejor
dicho, la realidad juega con la ficción, entonces pueden generarse
obras artísticas geniales, o engendros de horror muy reales. Eso
pasaba también, en paralelo a la expedición cinematográfica, cerca
de donde estaba, a unos cuantos kilómetros, dentro de una misma
frontera, de un territorio, de algo que llamamos país y que
supuestamente es el lugar donde nos identificamos, donde esos espejos
nos reflejan y….y es que a veces el reflejo es un horror indecible.
Un cuerpo asesinado más, un femicidio más, una niña descartada
más. Luego, la horrorosa complicidad de la justicia que mira para
otro lado, con ojos bien patriarcales, bien clasistas, bien
inhumanos. La política que hace su juego de usos y abusos de
asesinatos desgarradores, y las familias que estallan de impotencia.
Todos mediados por el espantoso coro del periodismo nacional,
concentrado en Capital Federal, que pone cara compungida y a los dos
segundos se ríe del siguiente meme que es un jugador de fútbol de
cualquier país a quien los “hinchas virtuales” decidieron apoyar
porque nadie lo conocía. La realidad, la ficción, el absurdo y el
dolor y el horror. Por una combinación talentosa podemos llegar a
una obra de arte, por un error en el cálculo terminamos cayendo en
lo peor de la humanidad. Después, queda volver y tomar el frío
necesario como para no perder la capacidad de asombro, sea cual fuere
el camino que se elija: el asombro por el horror de la realidad, el
asombro por lo genial de una obra de arte. En el medio, el
yo que dice Yo, haciendo fuerza para
deconstruirse mientras las heridas lo hacen pelota, mientras las
caricias lo animan. ¿Cómo termina esta historia? Ojalá podamos
acomodar la fórmula, y que el futuro sea un lugar donde nos podamos
imaginar mejores.
**esta escena, con esta música:
**y la música sugerida de Patti:*******************humildemente************************************
Se
terminaba mayo, hacía frío y me tomaba una birra en la esquina de siempre…..
Hasta luego
Roberto, te dejo acá una vez más, y vaya a saber cuándo te vuelva a convocar
¡sombra terrible! Roberto de Troya, el más valiente de los escritores, o el más
cobarde de todos los seres humanos, depende de cómo se te lea. Pero te abandono
una vez más, adiós a las “Notas para una autobiografía”, y ese final con
entrevistas tuyas setentosas, la última de todas al más que interesante Poli
Délano, con la clara intención de terminar el libro mostrando tu faceta de
detective salvaje. Un gancho publicitario, pongamoslé, o un final romántico, que hubieses odiado, estoy
seguro. Y eso es algo extraño, porque es difícil estar seguro de algo sobre alguien que
murió hace ya más de veinte años y que nunca conocí. Digamos, confesemos, nada de eso es posible, pero por suerte existe la literatura que sirve para leer. Igual, podemos convenir que las notas que recoge alguien más sobre tus entrevistas y charlas
sería lo mejor que te pudo pasar, porque ni a cañonazos podrías haber escrito
tu autobiografía, o publicado un diario imposible de un escritor que se murió
esperando por un trasplante de hígado. Confieso que he vivido, y tenés razón,
qué título flojo, de otro poeta chileno que hoy no merece mención, y que
mejor dejarlo ahí porque esta noche no tengo ganas de versos de mierda. Mejor
seguir en busca del tiempo perdido, y que esa sea la única autobiografía o
diario que valga la pena, porque de verdad que poco van a importar los nombres
cien años después, que es un estornudo para el universo, porque toda esa gente
que era importante ya no será más que un recuerdo genialmente escrito por Proust, y esas
es la cuestión. Ser buen escritor o no serlo. Y el que perdure que arroje la
primera piedra sobre toda su generación, que lo miró de costado preparando un
cuchillo que nunca iba a alcanzar la yugular, porque hay que tener altura para
hacerlo. ¿Qué te quiero decir? Nada, las generaciones esas están todas bien
muertas y enterradas, al lado de tu hígado descompuesto, y yo leo, los leo a
todos, y no me puedo creer que pasó tanto tiempo y que estoy envejeciendo y que
no tengo nada mejor que hacer que invocar y hablar con un escritor muerto. Eso
sí, el más valiente de todos. Me corrijo, después de mil lecturas, el que elijo
como el más valiente de todos, porque en la vida no hay tiempo para leer tantos libros, para ir a buscar las tumbas de todos los escritores y escritoras, y
que mejor hubiesen sido escuetos y perfectos como Rimbaud, o cortos y desesperados
como Sophie Podolski. Tal vez, a lo mejor, no deberían haber tomado tanto
mezcal, digo, como un consejo totalmente a destiempo y que por eso no funciona
como consejo. Se vuelve complicado este fragmento, pero te sigo hablando porque
ya perdí la esperanza con mi vecina. En verdad, te aclaro, mi vecina no lee
porque ya tiene muchos años y los ojos no le permiten, y la jubilación es una
mierda que no deja comprar libros, y ahora encima parece que, como si fuera mala
ciencia ficción, hay empresas de inteligencia artificial que compran libros para
aniquilar la publicación en papel. Sí, ya sé, a Philip K. Dick por ahí le
hubiese encantado el tema, tanto como una estudiante anarquista en minifalda, seguro.
Decía, dejaba ese libro sobre tu voz de entrevistado, tus palabras de
entrevistado y tu labor de entrevistador de esos estridentistas que quisieron
acabar con todo en el primer tiempo del siglo veinte, para terminar expulsados
en la segunda parte, como jugadores de fútbol que se van cansando y que no
pueden reconocer más el campo que antes manejaban al dedillo. Y esos
estridentistas anárquicos y escandalosos, son los infrarrealistas de los
setenta en la misma México, pero distinta México, donde la revolución se
rescribe todo el tiempo, para intentar corregirse después, y ser editada para
padecer la incomprensión y volver al exilio autoimpuesto por cansancio, y que
cada uno haga lo que pueda para sobrevivir. Se trata de acabar con todo para
empezar después, para terminar acabado en algún cordón del DF, o en un hospital
de Barcelona, lo mismo da. Las historias se repiten, pero vuelven cargadas de
humor negro, porque para ser dramáticos hay tantos malos escritores, que dan
ganas de vomitar delante de uno de esos concursos literarios que tanto te
sirvieron para comer en un momento, y que luego te sirvieron para nada, un
detalle, un empuje para tu siempre próxima y más imposible novela. Esa última
que todavía espero, y que no va a llegar. Porque siempre se pierde, siempre
perdemos. Es el juego de la literatura.
*Vaya como tema musical de fondo, algo que escuchabas mientras escribías, creo:
*************************************humil-demente, Juan***********************************de vez en cuando hay que tomarse tiempo para pasearse por el lado salvaje******siempre de la mano del Virgilio más valiente de su tiempo*********
Un libro chino
sobre el escritorio, todo un pasado de polvo soplado por el viento que entra
desde la ventana que nunca fue abierta, hasta hoy. El nuevo mandato, el nuevo
encargado del limbo, la orilla del infierno, una comisaría más caída en
desgracia, una desgracia anterior a su existencia; pero las cosas ya vienen
dadas, los papeles están asignados, los escenarios prefabricados, los registros
caídos al vacío de una ciudad más, un barrio. El nuevo cancerbero con su
abanico de llaves para abrir y cerrar puertas y rejas siempre en decadencia, el
lugar donde el sótano está en la planta baja, el pozo de la sociedad, el pozo
ciego donde el tuerto es el más cagado de todos, el que se queda hasta la
última gota salada de víctima fatal, gota roja, el derrame que nadie quiere ver
hasta que lo ve. Una maniobra del destino y las almas quedan encalladas ahí
para toda la eternidad. Almas inocentes, culpables, cómplices, asesinas,
traidoras, misericordiosas, reflejando su actitud contra el espejo de cada una
de las vidas, que circulan como partículas de polvo volando desde ese libro
chino. Un desvío, algo que despierte a quien está destinado a dormir, el desvío
que parece la salvación, pero en verdad es el comienzo de uno de esos finales
de policial B, uno en el que tal vez el detective del barrio Rivadavia llega a
la escena del crimen, tarde, como debe ser. Lo que encuentra es un cuerpo o
varios cuerpos dibujados con tiza en el suelo, o lo que sea que no tiene más
vida pero que la tuvo, y la tendrá un poco en los ojos de quienes lloran, esos
despojos de la ciudad que penetran en el saco del detective que llegó tarde,
como siempre. Y su destino es abrir todas esas puertas y rejas de una
institución que detesta pero que necesita, como cagar cuando está descompuesto
de muerte. Ventilar el polvo viciado y esperar por que no lo maten o lo
contagien, para después ser expurgado por traidor, a nadie le gusta que lo
descubran en sus desgracias, en sus mezquindades, en sus violencias, pero es la
tarea del detective: descubrir para empezar a olvidar, encontrar consuelo en
voces que no sean las que ya conoce, una esquizofrenia como epifanía, tratar de
mantener el equilibrio, mirar el horizonte por la noche y fumar hasta que se
termina el último deseo, que el amanecer venga con la ejecución en el patio de
atrás, de esa misma comisaría, mientras vuelan el polvo y los restos de hojas
del libro que parecía estar escrito en chino, el final del desvío. Volver a la
senda justa, mentir una declaración esclarecedora, buscar en la enciclopedia el
modo correcto para nombrar la brutalidad para hacerla pasar por justicia…el
tiempo y todo lo inventado encolumnándose detrás de un error, el cuerpo del
detective arrojado al basural o a lo profundo del océano desde el acantilado, y
que su historia se pierda en el vacío de la noche. Siempre es de noche cuando
los cuerpos desaparecen, cuando las historias se apagan, cuando la piel esconde
sus marcas para que el mundo abra los ojos por la madrugada y ya sea hora de
cambiar de ropa. Será primavera y después verano, habrá una fiesta con tela de
encaje nueva, estarán presentes las autoridades de donde sea y se servirán
copas para brindar la abundancia por llegar. Y llega. Y sí, es abundante. Y es
dinero. Y es sangre. Y los ojos se levantan por última vez, alguien todavía
quiere defender una moral, una filosofía estoica, un General del Imperio. Y las
voces suenan para calmar las ansiedades de los indignados de siempre, unas gargantas
cargadas de tequila, unos detectives que ya no mueren porque saber caminar y
respirar sobre la basura podrida. Y los ojos, los ojos inyectados de sangre y
misericordia, la túnica cubriendo su cabeza de santa protectora de asesinos y
asesinados, la aureola de la culpa compartida, los brazos extendidos que
invitan a la danza infernal, entrar a la muerte en manos de la Virgen de la Sangre,
entrar en su eternidad para seguir la caída en una tumba sin tiempo, cenizas
esparcidas en el paraíso artificial de un cementerio, el descanso final que es
un cuento para niños que siguen mirando de espaldas a la vida. Un detective
llegando tarde, como siempre. Una comisaría incendiada y destruida por los
vecinos cansados de la muerte. Unos días de enero que pasan al ritmo del hit
del verano. Una comisaría que se inaugura para fines de febrero, porque
comienzan las clases y hay que proteger lo más sagrado. Un nuevo encargado del
infierno que sonríe ante las cámaras, con un gesto que cuenta todo el pasado
sin nombrarlo. Una mueca que miente el presente de esperanza y progreso. Una
carcajada con la ironía del futuro en la punta de su lengua. El saludo con el
Intendente y el ingreso al despacho, donde ya no hay libros, porque nadie los
necesita más, es la era digitalizada. Los crímenes serán por ahí, las
persecuciones y los disparos sonarán en pantallas. Otra mueca socarrona, el
saludo para las autoridades de la provincia. Las celdas limpias y preparadas
para comenzar a derruirse con las torturas diarias. Violencia analógica. Los
patrulleros saliendo a recorrer los quioscos y los lugares de siempre, para
hacer los recados de siempre. Las zapatillas colgando de las ramas de los
árboles de las plazas. El intento de mantener el equilibrio, acallar las voces.
Las especies, dicen, evolucionan aprendiendo de los errores del pasado. Pero
tal vez no sea así, porque a lo mejor esta especie evoluciona perfeccionando
los errores del pasado, aprendiendo a soportarlos, cambiando las fichas hasta
que llega la correcta, la que es capaz de guardar en su memoria todas las
atrocidades del mundo sin siquiera preguntarse por qué. El nuevo encargado de
la comisaría. El que va a sobrevivir. El adecuado para hacer caso omiso a las
voces. El único capaz de convivir con ese polvo, esas puertas, esas rejas, ese
olvido.
*Y este sí que es el final:
**********************humildemente, Juan**************************************************************todo lo dicho**********************
Ya no era su
caso, preocuparse por las instituciones, fomentar la salud de la sociedad o la
filosofía centrada en tratar de comprender el tiempo. Porque sentía. El
sentimiento es enemigo natural de la razón, y ya no tenía espacio para otra
cosa. El Comisario encerrado solamente sentía. Arrepentimiento, ira, pero jamás
misericordia. Esa palabra le generaba miedo, el miedo a esos ojos, a esa Virgen
de la Sangre. Su límite, el momento de la caída, las alarmas que se encendían y
las enfermeras ingresando en su cuarto oscuro para compensar lo que ya estaba
completamente desequilibrado. Después, pasar las horas y los días hasta
olvidar, y volver de a poco a perder el efecto narcótico y recordar, otra vez,
las caras de sus enemigos, los espacios y rincones de esa maldita comisaría,
sus olores a encierro y muerte y la injusticia en cada baldosa y el
arrepentimiento y la ira y…….otros días y semanas que pasaban, y una noche y un
sueño recurrente, uno en el que su cuerpo era sacrificado en el medio de un
ritual en el patio sagrado de Ciudad Prohibida, una redención incompleta en la
que el General Imperial sacaba su espada dispuesto a darle el descanso
merecido. Pero nunca terminaba. Esa escena final del sueño era lo que le
impedía sanar, descansar de una vez. Él era el Comisario, parte fundamental de
la institución, su cara visible, su celoso guardián, el encargado de proteger
las sagradas escrituras que conformaban esos reglamentos tan especiales, preparados
más para la subsistencia de los usos y costumbres de un grupo de personas que
para impartir justicia. Pero él debía enunciar al revés, siempre al revés.
Luego seguir hasta el próximo día, mirar para otro lado, dejar que cada
personaje diseñado por la misma maquinaria que lo había diseñado a él, siguiera
cumpliendo su papel, costara lo que costase. Para poder dormir correctamente,
para que esas paredes y esas rejas desvencijadas tuviesen un sentido. Entrar en
la Comisaría que te tocó en condena era el paso previo al infierno.
Después, nada es igual, nada es lo que parece, un pedazo de la realidad se cae
sobre tu cuerpo. Y con eso había que convivir, viendo esos cuerpos sufrientes y
desengañados, todos los días. Ver vírgenes perder su primera vez, violadas y
violados sistemáticamente por ese Sistema que estaban empezando a mirar a la
cara para darse cuenta que mejor no mirar, mejor buscar otros ojos, unos de
misericordia y perdón. El perdón para los infelices que acaban por enterarse de
que la justicia era lo mismo que el tiempo, algo que nadie puede explicar, algo
que cada quien mide como puede, y nunca de la misma manera. A veces un minuto
es más largo que una hora, y otras ese minuto dura lo que un segundo, y un
segundo parece un año. Buscar un sentido, una razón, una certeza. Imposible.
Pero el Comisario debía garantizar ese falso orden, al menos un alivio, un
instante, un “estamos trabajando para resolver”, “ya tenemos individualizados a
los responsables” “pusimos todo los recursos con los que disponemos para…..”
¿cómo era esa palabra….ya se le había perdido en la memoria?....y volvía y se
mordía la lengua para no mentirla, la sangre se le llenaba en la boca,
comenzaba a ahogarse, las enfermeras entraban y limpiaban la escena ¡Limpiar la
escena!, lo reprendían, lo inyectaban, quedaba desmayado…pasaban las
horas…..agradecía el deterioro lento pero constante de su memoria….agradecía el
hecho de irse desgranando…..agradecía acercarse a lo más parecido a un
final……agradecía poder olvidarse de sí mismo, aunque no era el final.
No todavía,
No nunca,
¿Cómo era esa palabra?
Esa que tanto
sonaba en los pasillos de la Comisaría, en el desierto de Sonora, en Ciudad Prohibida, en los ojos de la Virgen de la Sangre, en los pasillos de lo que quedaba de su
memoria...
Apagar las voces...
Olvidarlo…
Olvidarlo todo…
*Un temazo de final:
************************************************************************************************humildemente, Juan*****************ojalá todo hubiese sido diferente******************fin?¿*************************