Cuidados paliativos (capítulo tres)

- Comer / amar y coger en tiempos de muerto

"Está claro que aquí nadie va a dormir mucho" (Thomas Pynchon, A oscuras)

La manía de citar pedazos dispersos de lecturas recientes, también es indicativo de que se acerca el día final. No hay tiempo para grandes pensamientos, no hay esa concentración que te otorga el no saber el día exacto de tu muerte. Pero llegado el caso, como ahora el suyo (mío), los pocos instantes de lucidez son como los últimos fragmentos de un capítulo, que muy probablemente sea el penúltimo. Por eso hay que anotarlo en algún lado, porque esa llama es un leve intento de trascendencia, el miedo a la muerte. Un poco más de ese calmante, el dolor de cabeza es casi insoportable, el zumbido es tremendo, como cien trombones sonando sin sentido al lado de la única oreja que todavía funciona...Funcionar. Eso, hay muchas cosas del cuerpo que ya van dejando de funcionar. Soy (es) consciente de que nunca más habrá sexo. Es imposible, o muy improbable. En la habitación solo hay espacio para aplacar el sufrimiento hacia el final, y los sillones de visita son como confesionarios, la gente que entra abandona cualquier idea de excitación, a diferencia de lo que era en el siglo diecinueve, cuando la palidez y fragilidad de la tuberculosis activaba el apetito sexual más animal y enfermizo que la poesía romántica utilizó hasta el hartazgo. Lo sexy de la enfermedad, algo que en este siglo no funciona para nada. Lo enfermo, la enfermedad, producen otro tipo de sentimientos, la gente quiere apiadarse, angustiarse por el otro y tener lejos a la enfermedad. Hay un temor...tumor...Hay una exageración de lo sensual que es el hecho de estar sano, comer huevos crudos y matarse en el gimnasio. La mente sana en un cuerpo sano. Pero acá se está con la mente afiebrada en un cuerpo debilitado, enfermo. Y cómo cambia la cuestión sexual la enfermedad. La voracidad, el deseo, se aplacan más por ese impedimento que se ve en los otros que en lo que siente uno. Cada época tiene sus cosas, y esta tiene una obsesión por la salud, lo saludable. A la par que un desprecio por el enfermo y su condición. Un enfermo debería comer, pero nunca coger. Lo que un enfermo necesita es descansar, más nunca follar. Un enfermo tiene prohibido el goce, solamente le sirve estar concentrado y obsesionado con su enfermedad. Un enfermo está retirado del paraíso de la vida de los sanos. Un enfermo está apartado de la manada. Un enfermo debe tener su habitación completamente higienizada para que la enfermedad no huela mal. Pero la enfermedad ya está ahí y no se va a ir. ¿Entonces? Claro, de coger ni hablar. Drogas que calmen el dolor: permitidas todas. Sexo que calme el dolor: una aberración condenada por la sociedad entera. Despreciable deseo del enfermo terminal. ¿Qué cosa quisieras como último deseo antes de tu muerte? Tal vez no morir, pero ese deseo es el único que no se puede pedir. O casi, porque tampoco se puede pedir sexo, es repugnante. El enfermo acá viene a morir, en pocas horas para no joder tanto la rutina de los sanos, para dejar la cama vacía lo más pronto que se pueda porque habrá otros esperando por su turno…el deseo final: una sala de cuidados paliativos, un botón rojo que inyecte la dosis definitiva de calmante para apagar todo el sistema y que se lleve a la enfermedad con él. Y ahí sí, comienza el viaje del enfermo devenido en muerto, y tal vez como aparición fantasmagórica tenga más chances de ser recordado como amante. ¿Se sentirá algo? ¿Cómo será eyacular con cuarentaicuatro grados de fiebre? Comer, entonces, como paliativo. Un plato de pastas pero con poca sal y sin pan y sin repetir y sin vino y sin salsa…y para qué cuidar la comida si ya está todo dicho. Tal vez por no manchar las sábanas blancas, tal vez por no darle un trabajo tan pesado a un estómago que ya se prepara para transformarse en otra cosa, en un órgano en descomposición. ¿O tal vez se pueda donar algo? Chequeo semifinal que dice que no, que esos órganos ya están demasiado tomados, como si se tratara de la sede de gobierno de un país en franco subdesarrollo de sus capacidades gubernamentales. Órganos que no sirven ni para ser regalados. Órganos tan descartables como esa persona que se prepara para ser descartada también. Órganos que ya no darán placer. Órganos a los que se les niega un último deseo. Órganos que solo pueden aguantar hasta que el calmante haga lo suyo. Un control más, un hisopado, una medición de no sé qué corno, unas pastillas que no sabemos qué diferencia tienen con los calmantes que van por vena, y que vaya a saber para qué son recetados, a lo mejor los auditores descubran en un tiempo a qué se debió y todo termine en un juicio que no le importe a nadie, sobre todo al cuerpo enfermo que para entonces será cadáver…¿todavía enfermo? ¿O será que una vez muerto lo que queda del cuerpo ya deja de ser atacado por la enfermedad? ¿La enfermedad solo detecta vida, solo consume vida? ¿Y si la expansión infecciosa alcanzó el alma o el espíritu, y la condición de enfermo se carga para toda la eternidad? Basta de preguntas. No sé cuántas horas llevo, y ya no interesa. Una luz por la ventana, podría ser el sol, un destello, una frase de una novela de lectura reciente: ¿estar a oscuras es no tener luz o es tenerla pero cerrar los ojos…para siempre? Creo que se le (me) paró el pene, que es la única manera de nombrar esa parte del cuerpo que ya no cumple funciones, está prohibido, solo se puede nombrar como si se tratara de cualquier otra extremidad que reposa esperando su turno de despedirse. El rayo tibio del sol lo despierta un poco…si pudiera pedir un último desea sería coger, coger esta última noche, en este último pensamiento. Llegar, acabar, y ya está...


***una música que no sea de muerte, o de próximo a lo muerto, y que diga que todo va a estar bien aunque no:

*******************************humildemente, Juan**************************************************************************************************************

Cuidados paliativos (episodio siguiente)


Calidad de vida, que en verdad es proximidad de muerte.

Ya pasaron un par de días, menos de una semana. Dejando de lado la originalidad, que es algo que se pierde cuando uno es bien consciente de que se va a morir en poco tiempo, confieso que ya perdí la noción de en qué día estoy / está / estamos. Comienza a prevalecer la confusión, comienza a prevalecer este registro: el de los pronto-a-morir o estirar-la-pata o ¿viste que al final siempre se sale con las patas adelante, y a quién carajos le puede interesar dónde suceda eso de dejar de suceder? Dejar de suceder, un poco es lo que se respira en el aire de esta habitación de traslado espiritual, un lugar que no es del todo la vida y tampoco la muerte, está en el medio, trabaja como transmutador: llegar en un estado para salir en otro, o no salir más. Convengamos, no se sale más como se conocía hasta entonces, ¿y el después? De nuevo, todavía no caí en la cuestión religiosa, en la certeza de los zombis, en la reencarnación en una babosa, en la vida a través de las hojas que caen de una planta donde alguna vez nos enamoramos…..Pensándolo bien, tampoco es que ¿fui? ¿soy? ¿todavía? muy creyente en el concepto de amor. Lo tomo (lo toma) como parte de lo mismo, cuestión de fe. Años sin sentir algo así, lo que hace sospechar que nunca se sintió, porque ¿cómo describirlo? En pasado resulta más posible, con la lejanía necesaria, esos sentimientos que ya no están se pueden editar a gusto, uno puede poner en un pedestal la tarde que quiera, la compañía que quiera, podando debidamente todas las cuestiones corrosivas que llevaron al presente que ya no puede proyectar futuro, como un cinematógrafo de los años cincuenta, ya no hay fílmico para pasar más allá de una última escena: la habitación. Volvemos, antes un pequeño calmante con el botón definitivo, la dosis de heroína que se necesita para que no duela, pero que todavía no signifique el final final. Puede ser que en verdad se trate de otro calmante, como el tan afamado fentanilo, pero yo le digo heroína en honor a William Burroughs. Qué se yo, todavía recuerdo algún pasaje de Yonqui, y me sale automática una sonrisa, y deja de darme tanto miedo la muerte. La invitada que nadie quiere recibir, pero que es imposible no haberle mandado la dirección exacta y el horario exacto, aunque uno mismo los olvidara. Imagino que todos nacemos sabiendo cuándo y dónde nos vamos a morir, y que como en una tragedia griega intentamos hacer todo lo contrario a estar en ese lugar a esa hora, pero que al final nos distraemos lo suficiente como para olvidarlo y pasa lo que pasa. Cuando me acuerde va a ser tarde. Pero ahora ya es tarde, ya estoy en ese lugar y (casi) en esa hora. Puede que haya tenido ayuda, puede que en verdad mi última charla con el médico haya sido el recordatorio: era hoy el prólogo, en este consultorio, con la lectura de este estudio, la sentencia: eso de que “lamentablemente ya no hay nada que hacer, podemos solamente asegurarnos de que no sufra tanto los últimos días, y más vale que vaya acomodando las cosas, etc” ¿Pero no sentía que eso era exactamente lo que había estado haciendo toda mi (su) vida? ¿No era eso despertarse por la mañana y luego caer en un etcétera de acontecimientos que eran un desorden que debía ser puesto en algo menos caótico para poder llegar al final del día y…..? Sería bueno un poco más de fentanilo, pero sin pasarse demasiado. ¿Por qué no hay música en esta habitación maldita? Espero que suene de fondo algo de SRV, quisiera irme al ritmo de su guitarra, de su tan única manera de rasguear la guitarra. ¿Eso mejora la calidad de vida? Alguien pregunta, desde uno de esos sillones que acompañan la cama-camilla-ataúd que tengo como penúltima morada. No, nada mejora la calidad de vida porque ya no la tengo / tiene. Lo que queda es mejorar la calidad de muerte, que no duela tanto, que no signifique un gran impacto para los seres queridos, que no parezca tan doloroso el trance, que sea un consuelo para quien tenga que hablar después, eso de: por suerte no sufrió….tanto…porque sufrir se sufre….siempre. ¿Cómo lo estarán soportando mis compañeros de muerte, en las otras habitaciones? Debería averiguar si se puede interactuar con alguien de acá, que esté en la misma situación, y que no se encuentre muy mal como para no poder hablar. Difícil, porque es verdad que la muerte es muy celosa, nos quiere para ella sola, no desea que otras cuestiones se interpongan en su camino. Qué complejo que es. Me imaginé que  mi caso sería más repentino, un golpe fuerte, un accidente cerebro vascular definitivo, un paro cardíaco letal, la ingesta de un veneno implacable, un disparo al corazón. Nada…..lo más seguro es irse extinguiendo con el aumento del dolor, lentamente, una agonía controlada. ¡Alegrate! Por suerte, hoy día, existen los cuidados paleativos. Qué dos palabras de mierda, pero no se puede culpar a nadie por esto, hay que devolver una sonrisa y tratar de que las demás personas se sientan menos angustiadas, y que se vayan rápido de la habitación. Un poco más de morfina o fentanilo o lo que sea, subir el volumen de la música, más fuerte Stevie. Delirio de un solo que nadie más pudo igualar, que se parece a este mi último estado, como escalar la última montaña que no debe ser escalada porque uno llega arrastrándose, agitado, cansado. ¿Qué hora era, qué día? Cuando el tiempo deja de importar queda el consuelo de ganar ese último enfrentamiento. El consuelo de que mañana se parece al ayer, y que dentro de muy poco no quedará nada. Creo que voy encontrando un registro, unas palabras que se repiten, un sentimiento que no conocía, una historia que quería contar antes de apagar la luz. Como ese borracho que cae dormido en el tren, mientras William Burroughs lo bolsiquea y le roba dos dólares, para poder conseguir al menos un algodón con rastro de calmante, porque a veces es la vida lo que duele demasiado.


****la música de fondo sugerida:

++******************humildemente, Juan++++++++******************************************días en los que camino perdido por el barrio escuchando la viola de SRV, qué-se-yo*************************


Cuidados paliativos (intro)

“Este es el punto exacto donde comienza el final de todas las cosas” (R. Fresán, en Vida de santos)

“Nos movemos cerca del final sin saberlo pero sospechándolo” (Ídem)

 

Dicen que julio los prepara y agosto se los lleva, al menos, en este lado del universo. En otros rincones oscuros habrá que ver, porque tal vez el trabajo ya esté terminado hace tiempo. Todavía no elegí cómo voy a llevar adelante esta historia, si con una primera persona bien confesional, bien literatura yoica, o una tercera más fría y distante, pero picante y muy irónica. Calculo que da lo mismo, como la sentencia del principio. Podría ser que cualquier mes sea el que te prepara para el final, y ese mismo mes un año adelante, también sea el encargado de llevarte. Llevarte. Eso, un estado en el que el transporte sale para el lado desconocido, el no lado, y siempre de la misma manera: como levitando de repente. Uno está tirado sobre una cama, camilla o el suelo, la muerte hace su transporte, y entonces lo que sería “el alma” comienza a flotar como atraída hacia la parte superior del lugar que sea, o hacia el mismo cielo, para seguir un viaje que vaya a saber cuándo finaliza, si existe una parada celestial o si simplemente la elevación continúa eternamente, como el viaje final de 2001 odisea del espacio. Puede que tampoco sea así, necesariamente. A lo mejor, el traslado final es diferente para cada quien. Digo, si todas las personas somos distintas, por qué íbamos a ser iguales en la muerte, al diablo con eso de que la muerte iguala, ya sería hora de ir viendo que ese estado utópico es eso y nada más: un viaje en el tiempo, pero equivocado, con errores de diseño. Al menos hoy, impera la desigualdad. Ergo, todas las muertes son distintas, y su viaje posterior también. Lo que sí sería común es el final de estar desde este lado, de atender de este sector del mostrador. Esas cosas que vemos y tocamos –si podemos- todos los días ya empiezan a no estar más ahí. Pero no es que las cosas dejan de estar a disposición, somos nosotros los que ya no estamos para ellas. Pasar hacia otra vida, a través de la muerte. Como un puente que va perdiendo consistencia, que debajo primero tiene agua y después lo que hay es una cosa que no sabíamos que podía existir. O eso es lo que me imagino yo, hoy. Mañana, tal vez, me hago fan de una religión y empiezo a adoptar sus ideas de lo que sería “el más allá”. Dejemos eso por ahora: de vuelta al más acá, pero en modo despedida. Ser “ingresado” como paciente en estos lugares que son residencias para la despedida. Una atención final, como para estar tranquilos y que no duela tanto. Lo primero, saber que siempre hay un dispositivo con un botón rojo que es el encargado de ir apagándonos, como si se tratara de un interruptor, pero que solo funciona una vez y ya. No hay que sufrir dolor al pedo, si se hace insoportable, entonces acudir al paliativo final. Después, hay un lugar como para recibir las visitas, muy tranquilo, con una luz tenue, unas sillas que parecen muy cómodas, una mesa con una lámpara, y un libro esperando por ser leído hasta que ya no se pueda más. ¿Qué libro eligirías? Depende de la situación, porque si la estadía empieza a parecer cada vez más corta, pues mejor un libro de relatos. No creo que haya alguien que elija el Ulises de Joyce o Contraluz de Pynchon, novelas demasiado largas. Poco importa, yo me llevo los tres tomos de En busca del tiempo perdido de Proust, porque para irme muriendo que sea como si el mismo Marcel estuviera ahí al lado mío, para consolarme, porque sé muy bien que la muerte lo encuentra siempre tirado en su cama escribiendo. Y bien, yo lo acompaño leyendo, una suerte de pareja de policial, pero que se relaciona a través de la literatura. ¿Para qué carajos servía la literatura? Para leer, Marcel, para leer, jamás para escribir. Esa parte me toca como consuelo. El tratamiento paliativo incluye unas duchas amables y unas comidas sobrias, que no son ni tan saludables ni tan calóricas. Medidas, como el estado que se acerca al final. A media luz, a media sombra. La gente que entra acá empieza por calmar sus pasos. Se escuchan solamente susurros, como si se tratara de un templo. Quien se pone a hablar lo hace con el tono que piensa que es el adecuado para un pronto-a-morir. ¿Por qué será? No tengo idea, calculo que es culpa de las películas, esas donde personas con enfermedades terminales parecen estar entre tranquilas y resignadas, mientras de fondo suena una melodía suave, horrible desde mi punto de vista, desesperante. Preferiría que sonara algo heavy en estas últimas horas que me quedan….¿O debería decir le quedan? Todavía no decido el estilo, la forma, el tono, la persona, el género de lo que ya empecé a escribir. Lo que sí, no tengo tiempo para editar, asique no se quejen si encuentran errores, y si se van a quejar, por favor, háganlo en voz baja, porque estamos en una habitación de cuidados paliativos, que en realidad debería llamarse la última morada antes de la morada definitiva. Entro (entra) en la habitación sabiendo muy bien que de ahí nadie saldrá con vida. Y no es nada original, porque ese final antes del final sí que es democrático y universal. No tengan pena por mi situación, ninguno va a salir ileso de esta aventura a la que denominamos vida, y yo no soy la excepción. Para ser mis primeras horas acá, todo transcurre de manera serena y natural, parece como si me hubiera preparado para esto toda mi…..habría que ver qué cosa decir en ese momento. No soy bueno para encajar las palabras adecuadas en los momentos acertados, más bien soy especialista en desencajar en los instantes más erráticos, como si en verdad estuviera naciendo en vez de morir. Tal vez, digo, esta historia sea eso, el inicio de algo y no lo que parecía un final con fundido a negro……


***********por las calles silenciosas del suburbio va mi alma:

********humildemente, Juan************imagino ir muriendo pero con ese sonido de fondo************continuará......***************************


Propaganda de Mundial


Propaganda de Mundial

 

El mar calmo de lluvia venidera,

los charcos promiscuos en las calles

con baches de estilo veneciano,

unas barcas amarillas y hambrientas

en el horizonte siempre lejano,

destellos de una luz débil

que es de otro tiempo – un tiempo –

pero extrañamente ahora…

…hiato, salto, pausa al vacío

o al futuro congelado,

al pasado en perspectiva,

mirada sorprendida

de quien “vuelve al primer amor”,

siempre;

y recoger las lágrimas secas

de la pérdida en la parada

de micros más reciente,

y que te suene la música

pero que ya no te mienta

eso que, sabíamos bien,

no iba a estar,

no iba a esperarte,

vuelta de arrepentido

con ausencia de todos

los sentimientos que se venden

en una propaganda de Mundial.

 


*****Día 23 de junio, invierno y muerte…

Un colectivo perdió el control y atropelló a un grupo de gente en el skatepark del centro. A nadie le importó demasiado. O solamente es lo que yo sentí. Cierto, ese dolor de las víctimas y quienes las rodean, ese dolor ajeno que es llamado a ser compartido en una acción: empatizar. Un verbo gastadísimo, que es casi un eslogan político de cuarta. Se siente o no. Se siente, fuerte. Una nena de dieciocho años, la yuta madre que nos parió a todos, todas, todes. Y seguir como si nada mirando algún partido del Mundial, porque no tenemos la culpa. ¡No! arrastramos la culpa, porque la ciudad es exactamente lo que nosotros decidimos hacer de ella. No vale eso de “yo no los voté”, o el alternativo “no puedo hacer nada”. Sería bueno terminar de una vez de esconder la cabeza, asumir las responsabilidades y empezar a cambiar las cosas. Pero, en mi caso, soy un gran cobarde. Un avestruz. Un tipo tan frío como este día de invierno. Lo que me sale es escribir un poema de mierda que está lleno de vacíos, de cosas y sentimientos que no quiero enfrentar, que no voy a enfrentar. Un poema como si fuera un psicólogo que dice siempre lo que quiero, que juega siempre de mi lado, que me extiende la mano para consolarme y ofrecerme el truco de salida: “Está bien, todo va a solucionarse, hay que trabajar en eso, hasta la semana que viene”. Y pasa la semana que viene, y las cosas se van acumulando, fingen quedar en el olvido, pero no. Una de las consecuencias de envejecer es ir perdiendo la capacidad de olvidar las cosas, a menos que llegue una de esas enfermedades que solucionan los problemas de la acumulación. La memoria está llena y eso duele y es una cagada. Sí, claro, como todo el mundo, tengo ganas de agarrar la mochila y retirarme a cualquier otra parte del planeta. Sí, claro, como todo el mundo, no lo voy a hacer. ¿Por qué? No tengo respuesta, no ofrezco respuesta, solamente ese poema que es todo lo que me sale escribir un día como hoy, para arruinar mi propia fiesta siempre inconclusa. A lo mejor, lo único que me sale, es esa excusa de versos que espero sirvan de consuelo, al menos para mi.

**********************humildemente, Juan******************************

Últimas noticias



- Por ahí te acordás:

¿te afectó el insulto

o la incapacidad

de agradar?

 

-Un sueño fue mejor

mojado, que una vigilia

seca y desértica

de playa en invierno.

 

- Los locales se regalan

para ver una de dos cosas:

parar la olla

o ser multimillonario,

la línea es imaginaria.

 

- Las procesiones mortuorias

son un shock multitudinario

que más pronto que tarde

transmitirá una multinacional

de entretenimientos,

a precio moderado

por respeto al muerto.

 

- Para un buen líder

nada mejor que el reconocimiento

amable de sus víctimas,

a quienes invita a su reino

pero para que se retiren rápido,

en un avión de emergencia

o en una bolsa de residuo.

 

- Otra banda histórica

de Inglaterra

que planta bandera

en el corazón de Villa Crespo,

mientras paseo al perro

por la plaza de siempre,

nunca se canta para todo el mundo.

 

- Te cuido el amor

hasta la media noche,

mañana madrugo

y dormir juntos

me hace transpirar demasiado.

 

- Cada amanecer me muero

de un paro cardíaco o laboral,

culpa de un adjetivo equivocado,

pero suelo resucitar por la tarde,

después agonizo de nuevo

hasta que el tercer

y porfiado ataque

me apaga para siempre.

 

- Contraluz vuelve locos

a todos los hijos

de argumentos lineales,

paridos el día de la escritura,

una lástima de fábulas

que terminan en el brindis

de agua sacada directamente

de la canilla de un mono ambiente

de la biblioteca de Alejandría.

 

- Por ahí te olvidás:

¿cuántos cadáveres más

Se van a llevar nuestros caprichos?

Ayer estaba borracho y joven,

alguien me quiso ayudar

a ponerme de pie

y lo miré a sus virginales cejas

y le prometí que ya era tarde,

habíamos llegado a destiempo,

pero que igual estaba todo bien,

a partir de ahí caminaría

mucho más recto

por ese sendero que recoge frutos

que ya no van a florecer.

 

- Los árboles se secan en invierno,

las huellas se frustran

hasta el próximo encuentro

o la próxima caída,

lo que pase primero.

 

- PD: no estés triste,

nadie termina

jugando todos los días.


******acompañando la lectura....

****************************humildemente******************************

Una poética que se abre


Sería más o menos finales de los noventa, o un cachito antes, no recuerdo bien. De algún comercio del centro (nuestro Miami) habíamos logrado afanar un par de cds para volver lo más rápido al barrio y escucharlos, después agarrar la criolla y rasgar algo que sonara más o menos parecido. Era en un departamento de dos por dos, como siempre. Una tarde de sábado, seguro, porque no había escuela y los negocios estaban abiertos, no podía ser día de semana ni domingo. Como sea, llegamos y derecho al minicomponente al que le poníamos un diccionario encima para que no saltara el cd. Bueno, por lo menos teníamos el cd y no el casete, era el consuelo, porque para nosotros sonaba mejor. Pusimos el primero, era uno rojo con una serpiente peligrosísima, negra, dispuesta a atacar. Alice Cooper aparecía en primer plano, con esa voz tan particular cargada de rebeldía y terror. Killer arrancaba con un rocanrol poderoso y que sonaba bastante clásico, aunque ensuciado por la energía de esa voz de Alice en los setenta. Pero el sonido en general de ese álbum era más bien festivo. Bien robado, pensamos. Algunas cosas con la guitarra íbamos a poder imitar, adaptando el inglés a nuestro balbuceo espanglish marca barrio Bernardino Rivadavia. Un descanso, un par de acordes y desafinadas, alguna cerveza y a poner el segundo disco. Este era de los Redondos, pero para nosotros una decepción porque no era el último, Luzbelito. Y qué cagada porque nos encantaba ese sonido que arrancaba con “Luzbelito y las Sirenas” y terminaba con las “banderas de tu corazón” de Juguetes perdidos, y que “este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene”. El manifiesto estaba ahí, cuando vos quisieras, esa magia única en línea directa con una música y una poética que se abría, por fuera de los circuitos cerrados de las instituciones. Pero no era ese cd, sino que era Un baión para el ojo idiota, uno de los primeros de la banda, uno de los viejos, uno que quedaba un toque lejos para nuestra generación. Pero ni tanto. Empezar la escucha era como estar en uno de los bares a los que íbamos casi todas las noches de los fines de semana, una cerveza a cinco pesos comprada entre diez personas y el puticlub y su rock siempre fuerte, las noticias de ayer extra extra “perfectos atentados bien iluminados”, la vaca solitaria que aguanta en el Caribe porque “la civilización la amaba justo a tiempo” con ese solo de saxo rompedor, “si esta cárcel sigue así, todo preso es político”, los Vencedores vencidos y “me voy a ver qué escribe en mi pared la tribu de mi calle” con ese reef impresionante, la ironía corrosiva de Vamos las bandas “¿y cuánto vale dormir tan custodiado?”, el rocanroleo de ruta y amor de Ella debe estar tan linda y eso de “ella es tan linda, no puede durar”, porque lo lindo viene con vencimiento, y el final que me quedó atragantado y que ahora sí que me hace llorar. Todo un palo cierra el disco, y es el tema con el que cerré esa tarde noche mi primer amor profundo con los Redondos. Una hermosa intro de Skay y la voz del Indio diciendo que “el futuro llegó hace rato”, lo que nos entusiasmaba pero había algo de angustiante, la poética que se abría aumentando su potencia con el reef taladrante de Skay, y sí que “el futuro llegó hace rato” pero es “todo un palo”. Ese futuro que “llegó como vos no lo esperabas”. Era mi generación, la que viaja en trenes (o bondis si estabas en Mar del Plata), tediosos por eso que era el fin de la Historia y el comienzo del liberalismo que nos lanzaba al mundo en pelotas, con una economía crujiendo y rumbo a chocar contra la realidad. No teníamos donde ir, nada nos iba a arreglar, claro. La poesía del Indio nos interpelaba por primera y última vez. Después, los años fueron pasando, nos chocamos, nos desarreglamos por completo, nos alejamos lo más que pudimos, apagamos esos discos y seguimos con otros porque necesitábamos alguna luz al final de lo que ya sabíamos que no existía, porque ese futuro era eso que el Indio decía, ya no estaba, había que pensarlo otra vez. Y todo terminaba con ese glorioso solo de Skay, y nos dijimos que era imposible que existiera algo mejor que eso. Y había pasado hacía una década. Llegamos tarde, siempre. Pasaron más años, envejecimos. Con este amigo no nos volvimos a ver nunca más, vaya a saber por qué. A los Redondos los dejé esa tarde noche, vaya a saber por qué. Hasta que el año pasado se produjo una epifanía. Otra tarde noche, en un recital. Una banda que no voy a nombrar, pero que disfruto mucho por estos días, tocaba en lo que antes era Gap. La previa de siempre, con amigos de ahora. Unas cervezas o un fernet o todo junto, algún cigarro de canuto y escuchar la música que suena de fondo, mientras se prepara el escenario. La noche era fría, la banda se hacía rogar, y comenzó a sonar despacio y muy de fondo Todo un palo. La magia, el recuerdo, las distancias que se borraron. De repente, mis ojos tenían lágrimas. De repente, el público estaba coreando la canción de los Redondos, como si estuvieran tocando ahí. De repente, yo estaba cantando con toda la tribu. Mi tribu. Se me cayó encima el pasado. Me reconocí en las heridas de quienes coreaban a mi lado, era un himno de nuestra generación. Y sí, claro, el futuro había sido todo un palo, pero todavía estábamos ahí. La tribu con su ritual, la poética del Indio que se abre….y se seguirá abriendo. Porque sabés qué, amigo, todavía no tengo adonde ir, pero algo me late y no es mi corazón.

 

*esto se completa (se abre) a partir de acá……..     

**************************humildemente****************************

Sobre la última de Almodóvar y el horror de la realidad


Un día trágico de otoño que no se va a volver a repetir, como una película de Almodóvar. ¿Qué carajos quiere decir eso? Nada, en un principio. Algo, es lo deseado. Sí, una buena historia es eso que camina con espejos por un camino que va reflejando historias. En el caso de Amarga navidad lo que camina es un cuerpo con máscaras, sobre ese sendero lleno de espejos. El cuerpo sería el propio director español, y las historias vaya uno a saber. Máscaras, el cine dentro del cine. La película nos pone como primera instancia ficcional a un director de cine que padece una especie de bloqueo creativo, que logra romper comenzando a escribir una historia que no tiene muy en claro, y que inicia con lo que sería la segunda instancia ficcional. La historia que se le ocurre y que nosotros vemos en pantalla es la de una directora de cine que por ser de culto, no logra encontrar el momento para realizar su nueva película, ya que tiene que laburar en propagandas que le dan de comer y la mantienen con una buena calidad de vida. Entonces conoce a un joven bombero – y estríper- que sería el reflejo del joven novio del director en la primera instancia ficcional. A partir de ahí, comienza la danza de historias y personajes que van y vienen reflejándose en lo que sería la ficción y la realidad dentro de la película. Como cajas chinas. El leit motiv de las historias sería – como es muy común en una de Almodóvar- el dolor y la desesperación de las mujeres, particularmente, el dolor por la muerte de un hijo, la pérdida del sentido de la vida, la depresión y el suicidio. En el medio, el miedo, los ataques de pánico, la pérdida de la madre y Chavela Vargas con esa voz impresionante en cada momento de su vida. Para llorar un buen rato. Y después, en el grado cero, estarían el director y sus obsesiones, el director y su mosaico de películas que conforman su gran y unívoca obra. Más o menos esto sería el resumen de la experiencia cinematográfica, siempre más fuerte que cualquier otra cosa que me pueda pasar en el día. Más tarde, la noche con La Nieve cerrado, la búsqueda de algo con roquefort para cenar, un fernet, un loco que se tira un lance en la calle, la malaria retratada en la gente que duerme donde encuentra un reparo, y el seguir peregrinando con esa sensación de que va a ser muy difícil sentirse feliz este invierno. Otra sensación que se me apareció de repente fue la de la pérdida total de sentido de todas las cosas que hago. Un universo abierto, pero que no debería haberse abierto tanto. El recuerdo del suicidio del Sapo, un compañero de la primaria que se ahorcó en el patio de su casa en Parque Luro, y la leyenda escrita en los murales del barrio: “el Sapo no murió, descansa”. No sé por qué me acordé de eso, la verdad es que en la película nadie termina suicidándose, y el tema más pesado al final es lo inescrupuloso que puede ser Almodóvar (o su alter ego, o el alter ego de su alter ego) a la hora de utilizar el sufrimiento de sus seres queridos para escribir una historia. ¿Hace falta ir tan lejos? No creo, por lo que la historia del Sapo no la pienso contar. ¿Y la mía? Tampoco. Si he de morir…es obvio que eso va a pasar, entonces: Voy a morir, pero prefiero no tener nada que ver con eso. Lo que queda al final es esta identificación rotunda con aquellas personas que ya pasaron de todo, y que esperan pacientemente su capítulo final. Esa es la resignación que siento, eso es lo que me acompaña desde hace meses. No me deprime, sigo haciendo las cosas que tanto me gustan, pero ese sentimiento de que lo bueno ya me pasó y solo queda esperar la tragedia….eso es lo que me mantiene escribiendo. Imagino que el día que no lo sienta más, dejaré de escribir y solo seré feliz leyendo. Pero no creo que eso pase. Mañana es mitad de semana y no tengo muchas ganas de que sea, y es la cosa más parecida a sentirme humano que me pasó hoy. Hay un tema de Patti Smith que escuché recientemente y que me voló la cabeza, de una mujer que labura en una fábrica por dos mangos y no tiene futuro, que se enoja de una manera que solo Patti puede contar, y que termina llevando su sueño de libertad a Nueva York. En el tema queda como promesa, en la realidad Patti pudo. También es autorreferencial, es un espejo, una máscara. Seguiré caminando y espero poder llevar mis espejos sin romper, no vaya a ser cosa que me caiga una maldición de más de mil años, de esas que te acompañan más allá de la muerte – o más acá de la vida -.


*Epílogo: A veces es muy difícil creer que las cosas más brutales pueden estar sucediendo en la realidad. Más fácil poner todo eso en la ficción, en particular, en alguna de las novelas de frontera de Cormac McCarthy. Pero la realidad supera a la ficción. O mejor dicho, la realidad juega con la ficción, entonces pueden generarse obras artísticas geniales, o engendros de horror muy reales. Eso pasaba también, en paralelo a la expedición cinematográfica, cerca de donde estaba, a unos cuantos kilómetros, dentro de una misma frontera, de un territorio, de algo que llamamos país y que supuestamente es el lugar donde nos identificamos, donde esos espejos nos reflejan y….y es que a veces el reflejo es un horror indecible. Un cuerpo asesinado más, un femicidio más, una niña descartada más. Luego, la horrorosa complicidad de la justicia que mira para otro lado, con ojos bien patriarcales, bien clasistas, bien inhumanos. La política que hace su juego de usos y abusos de asesinatos desgarradores, y las familias que estallan de impotencia. Todos mediados por el espantoso coro del periodismo nacional, concentrado en Capital Federal, que pone cara compungida y a los dos segundos se ríe del siguiente meme que es un jugador de fútbol de cualquier país a quien los “hinchas virtuales” decidieron apoyar porque nadie lo conocía. La realidad, la ficción, el absurdo y el dolor y el horror. Por una combinación talentosa podemos llegar a una obra de arte, por un error en el cálculo terminamos cayendo en lo peor de la humanidad. Después, queda volver y tomar el frío necesario como para no perder la capacidad de asombro, sea cual fuere el camino que se elija: el asombro por el horror de la realidad, el asombro por lo genial de una obra de arte. En el medio, el yo que dice Yo, haciendo fuerza para deconstruirse mientras las heridas lo hacen pelota, mientras las caricias lo animan. ¿Cómo termina esta historia? Ojalá podamos acomodar la fórmula, y que el futuro sea un lugar donde nos podamos imaginar mejores.


**esta escena, con esta música:
**y la música sugerida de Patti:
*******************humildemente************************************


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