Un escritor del barrio Rivadavia (Mar del Plata-Batán)
Reflexiones berretas, trozos de ficción, ensayos bonsai , trampas de lectura y escenas robadas, realizados por el Yo que dice yo: Juan Manuel Penino, habitante del barrio Rivadavia / Don Bosco nacido en los ochenta. Tomate unos minutos y sumergite en alguno de estos textos. Contacto juanmanuelpenino@yahoo.com.ar
En cada una
de sus manifestaciones, el tiempo pierde contra la muerte, que sería el lugar
vedado al tiempo, a todos los tiempos. Ahora estoy (está) tirado en la cama,
porque le (me) duele el cuerpo, y es muy difícil pensar así. Hay desvarío,
dificultad para escribir, como si se tratase de un sueño. Y el tiempo, los
tiempos, en este caso se dan todos juntos y de una vez y para siempre jamás. Se
agolpa el pasado con todas sus imágenes y voces recortadas, editadas, montajes
de cosas que no fueron exactamente así pero…….en un presente de dolor y calmantes
y habitación consciente de su (mi) final, un presente cada vez menos habitable,
menos habitado, hasta que no quede nada……un futuro que no está en la lista de invitados,
porque es el tiempo que (casi) ha dejado de existir. Un futuro que se confunde
entre los vapores febriles de la cama – que en verdad es una camilla muy mal
disimulada – de una residencia de cuidados paliativos – que en verdad es una
clínica privada de las más caras, porque el momento de la enfermedad final y la
pronta muerte es el instante exacto donde las billeteras de los seres más o
menos queridos se vuelven bondadosas, dadivosas, generosas – que pronto será un
alivio no ir a visitar nunca más. El tiempo del pronto a morir es uno solo, o
es todos en uno: el tiempo de la enfermedad, el tiempo en el que la enfermedad
se hace presente, se desarrolla y luego se revisa en pasado, se lamenta su presencia
en el ahora y se proyecta levemente hasta un futuro efímero y con un solo vértice.
Ese punto final que determina que la recta no es infinita. Hasta acá….y es el
final del tiempo, de los tiempos, el final también del padecimiento y de los
calmantes y de la enfermedad, que encuentra su muerte unos instantes luego de la
muerte del enfermo. ¿Y después? La gran pregunta que abre un nuevo infinito,
una recta que no parará de precipitarse, a menos que se encuentre con la dura
realidad universal de la nada, porque en el principio – que sería nuestro
pasado – habían la nada y el caos, hasta que en el futuro hubo algo que explotó
y se expandió y decidió irse consumiendo hasta que volvió a ser lo que era: el
polvo, la nada, tu nada, mi (su) nada. Enfermar de tiempo ni bien se tiene
consciencia, capacidad de dividir la recta – que se bifurca y dobla
indeterminada cantidad de veces, pero que siempre termina – en tres estados que
en el final serán lo mismo, una enfermedad sin cura, una enfermedad inevitable,
un estado de gracia que va mutando hasta que se llega a la conclusión de que la
mejor manera de atravesar el viaje es sin pensar en eso demasiado, sentado en la
primera fila y bien agarrado del asiento, dejando en manos del piloto el
desarrollo de los acontecimientos, manteniendo las ventanas cerradas con
hermetismo terapéutico, porque perder el rumbo sería volverse loco y saltar
tirando al demonio la puerta de emergencia, que siempre tiene un mecanismo de
apertura para la que hay que estar debidamente entrenado. De las enfermedades solo se puede
esperar un buen trato, un acompañamiento más o menos civilizado, y un final en
silencio, tranquilo, sin el sonido estridente de esa guitarra….¿cuál era la de
hoy, la que sonaba como a lo lejos en medio de su (mi) delirio fentanílico?
¡Eddie Van Halen! Saltando con la eléctrica en sus brazos, Eddie Van Halen
mostrando el camino del glamour, trazando la recta con un sonido lleno de
brillo, casi como su pelo. Quiero (quiere) escuchar esos sonidos en su final. Nada
de silencios mortuorios antes de la muerte. Ese horrible silencio de hospital
que predispone los cuerpos hacia la muerte. ¿Por qué irse muriendo en silencio?
¿Es para tranquilidad de los empleados de la clínica? ¿Para que los médicos se
sientan más relajados? ¿Para que los seres más o menos queridos entren en
clima? ¿Para indicarle al tiempo que se vaya preparando, que la recta es un
indicio claro de que las ondas dejan de agitarse, de que el mar está calmo, de
que ya no hay viento de vida, de que el futuro no existe más, de que el pasado
dejó de editarse y de que el presente es un último fraseo de guitarra chillona,
que cuando termina lo suyo le baja la persiana al show y apaga la luz, otra vez
el silencio del comienzo de todo?. En serio, ya ni sabía (sé) qué día de
internación estoy (estaba) transitando. Por la condición general, por lo acordado
con la médica, la perspectiva de supervivencia sería más o menos de tres días,
luego de eso un cóctel esperaba como para finalizar el asunto. Un cóctel como
ese último trago que pide el detective acodado a la barra, antes de confesarle
al cantinero que el caso fue resuelto pero que nadie se había salvado. Y el
escritor hace que se levante, se ponga el saco largo y se retire en una noche
neblinosa, consumiendo un cigarrillo en dirección incierta hacia un hogar, que
sabe muy bien que no tiene y nunca tendrá. Ese tiempo de detective entre
neblina y humo, el tiempo del último cóctel, el tiempo en el que todas las
piezas encajan para demostrar una verdad irrefutable, insoportable: el tiempo
era una enfermedad, que se había tratado con su partición durante lo que se
considera “vida”. Entonces, algún día, se vuelve al cauce inicial de todo, no
hay más enfermedad, por lo que tampoco hace falta más la “vida”. ¿Tiempo? Ya no
importaba. Entonces…..más tarde….habrá una última comida.
**la música sugerida:
**********************humildemente, Juan************la idea es ir escuchando músicas que no tengan nada que ver con la muerte***************una intención***********sonora.....
"Está claro
que aquí nadie va a dormir mucho" (Thomas Pynchon, A oscuras)
La
manía de citar pedazos dispersos de lecturas recientes, también es indicativo de
que se acerca el día final. No hay tiempo para grandes pensamientos, no hay esa
concentración que te otorga el no saber el día exacto de tu muerte. Pero llegado
el caso, como ahora el suyo (mío), los pocos instantes de lucidez son como los
últimos fragmentos de un capítulo, que muy probablemente sea el penúltimo. Por
eso hay que anotarlo en algún lado, porque esa llama es un leve intento de trascendencia,
el miedo a la muerte. Un poco más de ese calmante, el dolor de cabeza es casi
insoportable, el zumbido es tremendo, como cien trombones sonando sin sentido
al lado de la única oreja que todavía funciona...Funcionar. Eso, hay muchas
cosas del cuerpo que ya van dejando de funcionar. Soy (es) consciente de que
nunca más habrá sexo. Es imposible, o muy improbable. En la habitación solo hay
espacio para aplacar el sufrimiento hacia el final, y los sillones de visita
son como confesionarios, la gente que entra abandona cualquier idea de
excitación, a diferencia de lo que era en el siglo diecinueve, cuando la
palidez y fragilidad de la tuberculosis activaba el apetito sexual
más animal y enfermizo que la poesía romántica utilizó hasta el hartazgo. Lo sexy
de la enfermedad, algo que en este siglo no funciona para nada. Lo enfermo, la
enfermedad, producen otro tipo de sentimientos, la gente quiere apiadarse,
angustiarse por el otro y tener lejos a la enfermedad. Hay un temor...tumor...Hay una
exageración de lo sensual que es el hecho de estar sano, comer huevos crudos y
matarse en el gimnasio. La mente sana en un cuerpo sano. Pero acá se está con
la mente afiebrada en un cuerpo debilitado, enfermo. Y cómo cambia la cuestión
sexual la enfermedad. La voracidad, el deseo, se aplacan más por ese
impedimento que se ve en los otros que en lo que siente uno. Cada época tiene
sus cosas, y esta tiene una obsesión por la salud, lo saludable. A la par que
un desprecio por el enfermo y su condición. Un enfermo debería comer, pero
nunca coger. Lo que un enfermo necesita es descansar, más nunca follar. Un
enfermo tiene prohibido el goce, solamente le sirve estar concentrado y
obsesionado con su enfermedad. Un enfermo está retirado del paraíso de la vida
de los sanos. Un enfermo está apartado de la manada. Un enfermo debe tener su
habitación completamente higienizada para que la enfermedad no huela mal. Pero
la enfermedad ya está ahí y no se va a ir. ¿Entonces? Claro, de coger ni
hablar. Drogas que calmen el dolor: permitidas todas. Sexo que calme el dolor:
una aberración condenada por la sociedad entera. Despreciable deseo del enfermo
terminal. ¿Qué cosa quisieras como último deseo antes de tu muerte? Tal vez no
morir, pero ese deseo es el único que no se puede pedir. O casi, porque tampoco
se puede pedir sexo, es repugnante. El enfermo acá viene a morir, en pocas
horas para no joder tanto la rutina de los sanos, para dejar la cama vacía lo más pronto que se pueda porque habrá otros esperando por su turno…el deseo
final: una sala de cuidados paliativos, un botón rojo que inyecte la dosis
definitiva de calmante para apagar todo el sistema y que se lleve a la enfermedad
con él. Y ahí sí, comienza el viaje del enfermo devenido en muerto, y tal vez
como aparición fantasmagórica tenga más chances de ser recordado como amante.
¿Se sentirá algo? ¿Cómo será eyacular con cuarentaicuatro grados de fiebre? Comer,
entonces, como paliativo. Un plato de pastas pero con poca sal y sin pan y sin
repetir y sin vino y sin salsa…y para qué cuidar la comida si ya está todo
dicho. Tal vez por no manchar las sábanas blancas, tal vez por no darle un
trabajo tan pesado a un estómago que ya se prepara para transformarse en otra
cosa, en un órgano en descomposición. ¿O tal vez se pueda donar algo? Chequeo
semifinal que dice que no, que esos órganos ya están demasiado tomados, como si se tratara de la sede
de gobierno de un país en franco subdesarrollo de sus capacidades
gubernamentales. Órganos que no sirven ni para ser regalados. Órganos tan
descartables como esa persona que se prepara para ser descartada también.
Órganos que ya no darán placer. Órganos a los que se les niega un último deseo.
Órganos que solo pueden aguantar hasta que el calmante haga lo suyo. Un control
más, un hisopado, una medición de no sé qué corno, unas pastillas que no sabemos qué diferencia tienen con los calmantes que van por vena, y que vaya a
saber para qué son recetados, a lo mejor los auditores descubran en un tiempo a
qué se debió y todo termine en un juicio que no le importe a nadie, sobre todo
al cuerpo enfermo que para entonces será cadáver…¿todavía enfermo? ¿O será que
una vez muerto lo que queda del cuerpo ya deja de ser atacado por la
enfermedad? ¿La enfermedad solo detecta vida, solo consume vida? ¿Y si la expansión
infecciosa alcanzó el alma o el espíritu, y la condición de enfermo se carga
para toda la eternidad? Basta de preguntas. No sé cuántas horas llevo, y ya no
interesa. Una luz por la ventana, podría ser el sol, un destello, una frase de
una novela de lectura reciente: ¿estar a oscuras es no tener luz o es tenerla
pero cerrar los ojos…para siempre? Creo que se le (me) paró el pene, que es la
única manera de nombrar esa parte del cuerpo que ya no cumple funciones, está
prohibido, solo se puede nombrar como si se tratara de cualquier otra extremidad
que reposa esperando su turno de despedirse. El rayo tibio del sol lo despierta
un poco…si pudiera pedir un último desea sería coger, coger esta última noche,
en este último pensamiento. Llegar, acabar, y ya está...
***una música que no sea de muerte, o de próximo a lo muerto, y que diga que todo va a estar bien aunque no:
Calidad de
vida, que en verdad es proximidad de muerte.
Ya pasaron
un par de días, menos de una semana. Dejando de lado la originalidad, que es
algo que se pierde cuando uno es bien consciente de que se va a morir en poco
tiempo, confieso que ya perdí la noción de en qué día estoy / está / estamos.
Comienza a prevalecer la confusión, comienza a prevalecer este registro: el de
los pronto-a-morir o estirar-la-pata o ¿viste que al final
siempre se sale con las patas adelante, y a quién carajos le puede interesar
dónde suceda eso de dejar de suceder? Dejar
de suceder, un poco es lo que se respira en el aire de esta habitación de
traslado espiritual, un lugar que no es del todo la vida y tampoco la muerte,
está en el medio, trabaja como transmutador: llegar en un estado para salir en
otro, o no salir más. Convengamos, no se sale más como se conocía hasta entonces,
¿y el después? De nuevo, todavía no caí en la cuestión religiosa, en la certeza
de los zombis, en la reencarnación en una babosa, en la vida a través de las
hojas que caen de una planta donde alguna vez nos enamoramos…..Pensándolo bien,
tampoco es que ¿fui? ¿soy? ¿todavía? muy creyente en el concepto de amor. Lo
tomo (lo toma) como parte de lo mismo, cuestión de fe. Años sin sentir algo
así, lo que hace sospechar que nunca se sintió, porque ¿cómo describirlo? En
pasado resulta más posible, con la lejanía necesaria, esos sentimientos que ya
no están se pueden editar a gusto, uno puede poner en un pedestal la tarde que
quiera, la compañía que quiera, podando debidamente todas las cuestiones
corrosivas que llevaron al presente que ya no puede proyectar futuro, como un
cinematógrafo de los años cincuenta, ya no hay fílmico para pasar más allá de
una última escena: la habitación. Volvemos, antes un pequeño calmante con el
botón definitivo, la dosis de heroína que se necesita para que no duela, pero
que todavía no signifique el final final. Puede ser que en verdad se trate de
otro calmante, como el tan afamado fentanilo, pero yo le digo heroína en honor
a William Burroughs. Qué se yo, todavía recuerdo algún pasaje de Yonqui, y me sale automática una
sonrisa, y deja de darme tanto miedo la muerte. La invitada que nadie quiere
recibir, pero que es imposible no haberle mandado la dirección exacta y el
horario exacto, aunque uno mismo los olvidara. Imagino que todos nacemos
sabiendo cuándo y dónde nos vamos a morir, y que como en una tragedia griega
intentamos hacer todo lo contrario a estar en ese lugar a esa hora, pero que al
final nos distraemos lo suficiente como para olvidarlo y pasa lo que pasa.
Cuando me acuerde va a ser tarde. Pero ahora ya es tarde, ya estoy en ese lugar
y (casi) en esa hora. Puede que haya tenido ayuda, puede que en verdad mi
última charla con el médico haya sido el recordatorio: era hoy el prólogo, en
este consultorio, con la lectura de este estudio, la sentencia: eso de que
“lamentablemente ya no hay nada que hacer, podemos solamente asegurarnos de que
no sufra tanto los últimos días, y más vale que vaya acomodando las cosas, etc”
¿Pero no sentía que eso era exactamente lo que había estado haciendo toda mi (su)
vida? ¿No era eso despertarse por la mañana y luego caer en un etcétera de
acontecimientos que eran un desorden que debía ser puesto en algo menos caótico
para poder llegar al final del día y…..? Sería bueno un poco más de fentanilo,
pero sin pasarse demasiado. ¿Por qué no hay música en esta habitación maldita?
Espero que suene de fondo algo de SRV, quisiera irme al ritmo de su guitarra,
de su tan única manera de rasguear la guitarra. ¿Eso mejora la calidad de vida?
Alguien pregunta, desde uno de esos sillones que acompañan la cama-camilla-ataúd que tengo como
penúltima morada. No, nada mejora la calidad de vida porque ya no la tengo /
tiene. Lo que queda es mejorar la calidad de muerte, que no duela tanto, que no
signifique un gran impacto para los seres
queridos, que no parezca tan doloroso el trance, que sea un consuelo para
quien tenga que hablar después, eso de: por suerte no sufrió….tanto…porque
sufrir se sufre….siempre. ¿Cómo lo estarán soportando mis compañeros de muerte,
en las otras habitaciones? Debería averiguar si se puede interactuar con
alguien de acá, que esté en la misma situación, y que no se encuentre muy mal
como para no poder hablar. Difícil, porque es verdad que la muerte es muy
celosa, nos quiere para ella sola, no desea que otras cuestiones se interpongan
en su camino. Qué complejo que es. Me imaginé que mi caso sería más repentino, un golpe fuerte,
un accidente cerebro vascular definitivo, un paro cardíaco letal, la ingesta de
un veneno implacable, un disparo al corazón. Nada…..lo más seguro es irse
extinguiendo con el aumento del dolor, lentamente, una agonía controlada.
¡Alegrate! Por suerte, hoy día, existen los cuidados paleativos. Qué dos
palabras de mierda, pero no se puede culpar a nadie por esto, hay que devolver
una sonrisa y tratar de que las demás personas se sientan menos angustiadas, y
que se vayan rápido de la habitación. Un poco más de morfina o fentanilo o lo
que sea, subir el volumen de la música, más fuerte Stevie. Delirio de un solo
que nadie más pudo igualar, que se parece a este mi último estado, como escalar
la última montaña que no debe ser escalada porque uno llega arrastrándose,
agitado, cansado. ¿Qué hora era, qué día? Cuando el tiempo deja de importar
queda el consuelo de ganar ese último enfrentamiento. El consuelo de que mañana
se parece al ayer, y que dentro de muy poco no quedará nada. Creo que voy
encontrando un registro, unas palabras que se repiten, un sentimiento que no
conocía, una historia que quería contar antes de apagar la luz. Como ese
borracho que cae dormido en el tren, mientras William Burroughs lo bolsiquea y
le roba dos dólares, para poder conseguir al menos un algodón con rastro de
calmante, porque a veces es la vida lo que duele demasiado.
****la música de fondo sugerida:
++******************humildemente, Juan++++++++******************************************días en los que camino perdido por el barrio escuchando la viola de SRV, qué-se-yo*************************
“Este es el
punto exacto donde comienza el final de todas las cosas” (R. Fresán, en Vida de
santos)
“Nos
movemos cerca del final sin saberlo pero sospechándolo” (Ídem)
Dicen
que julio los prepara y agosto se los lleva, al menos, en este lado del universo.
En otros rincones oscuros habrá que ver, porque tal vez el trabajo ya esté
terminado hace tiempo. Todavía no elegí cómo voy a llevar adelante esta
historia, si con una primera persona bien confesional, bien literatura yoica, o
una tercera más fría y distante, pero picante y muy irónica. Calculo que da lo
mismo, como la sentencia del principio. Podría ser que cualquier mes sea el que
te prepara para el final, y ese mismo mes un año adelante, también sea el
encargado de llevarte. Llevarte. Eso, un estado en el que el transporte sale
para el lado desconocido, el no lado, y siempre de la misma manera: como levitando
de repente. Uno está tirado sobre una cama, camilla o el suelo, la muerte hace
su transporte, y entonces lo que sería “el alma” comienza a flotar como atraída
hacia la parte superior del lugar que sea, o hacia el mismo cielo, para seguir
un viaje que vaya a saber cuándo finaliza, si existe una parada celestial o si
simplemente la elevación continúa eternamente, como el viaje final de 2001 odisea del espacio. Puede que
tampoco sea así, necesariamente. A lo mejor, el traslado final es diferente
para cada quien. Digo, si todas las personas somos distintas, por qué íbamos a
ser iguales en la muerte, al diablo con eso de que la muerte iguala, ya sería
hora de ir viendo que ese estado utópico es eso y nada más: un viaje en el
tiempo, pero equivocado, con errores de diseño. Al menos hoy, impera la
desigualdad. Ergo, todas las muertes son distintas, y su viaje posterior
también. Lo que sí sería común es el final de estar desde este lado, de atender
de este sector del mostrador. Esas cosas que vemos y tocamos –si podemos- todos
los días ya empiezan a no estar más ahí. Pero no es que las cosas dejan de
estar a disposición, somos nosotros los que ya no estamos para ellas. Pasar
hacia otra vida, a través de la muerte. Como un puente que va perdiendo
consistencia, que debajo primero tiene agua y después lo que hay es una cosa
que no sabíamos que podía existir. O eso es lo que me imagino yo, hoy. Mañana,
tal vez, me hago fan de una religión y empiezo a adoptar sus ideas de lo que
sería “el más allá”. Dejemos eso por ahora: de vuelta al más acá, pero en modo
despedida. Ser “ingresado” como paciente en estos lugares que son residencias
para la despedida. Una atención final, como para estar tranquilos y que no
duela tanto. Lo primero, saber que siempre hay un dispositivo con un botón rojo
que es el encargado de ir apagándonos, como si se tratara de un interruptor,
pero que solo funciona una vez y ya. No hay que sufrir dolor al pedo, si se
hace insoportable, entonces acudir al paliativo final. Después, hay un lugar
como para recibir las visitas, muy tranquilo, con una luz tenue, unas sillas
que parecen muy cómodas, una mesa con una lámpara, y un libro esperando por ser
leído hasta que ya no se pueda más. ¿Qué libro eligirías? Depende de la
situación, porque si la estadía empieza a parecer cada vez más corta, pues
mejor un libro de relatos. No creo que haya alguien que elija el Ulises de Joyce o Contraluz de Pynchon, novelas demasiado largas. Poco importa, yo me
llevo los tres tomos de En busca del
tiempo perdido de Proust, porque para irme muriendo que sea como si el
mismo Marcel estuviera ahí al lado mío, para consolarme, porque sé muy bien que
la muerte lo encuentra siempre tirado en su cama escribiendo. Y bien, yo lo
acompaño leyendo, una suerte de pareja de policial, pero que se relaciona a
través de la literatura. ¿Para qué carajos servía la literatura? Para leer,
Marcel, para leer, jamás para escribir. Esa parte me toca como consuelo. El
tratamiento paliativo incluye unas duchas amables y unas comidas sobrias, que
no son ni tan saludables ni tan calóricas. Medidas, como el estado que se
acerca al final. A media luz, a media sombra. La gente que entra acá empieza
por calmar sus pasos. Se escuchan solamente susurros, como si se tratara de un
templo. Quien se pone a hablar lo hace con el tono que piensa que es el
adecuado para un pronto-a-morir. ¿Por qué será? No tengo idea, calculo que es
culpa de las películas, esas donde personas con enfermedades terminales parecen
estar entre tranquilas y resignadas, mientras de fondo suena una melodía suave,
horrible desde mi punto de vista, desesperante. Preferiría que sonara algo
heavy en estas últimas horas que me quedan….¿O debería decir le quedan? Todavía no decido el estilo,
la forma, el tono, la persona, el género de lo que ya empecé a escribir. Lo que
sí, no tengo tiempo para editar, asique no se quejen si encuentran errores, y
si se van a quejar, por favor, háganlo en voz baja, porque estamos en una
habitación de cuidados paliativos, que en realidad debería llamarse la última
morada antes de la morada definitiva. Entro (entra) en la habitación sabiendo muy bien que de ahí nadie saldrá
con vida. Y no es nada original, porque ese final antes del final sí que es democrático
y universal. No tengan pena por mi situación, ninguno va a salir ileso de esta
aventura a la que denominamos vida, y yo no soy la excepción. Para ser mis
primeras horas acá, todo transcurre de manera serena y natural, parece como si
me hubiera preparado para esto toda mi…..habría que ver qué cosa decir en ese
momento. No soy bueno para encajar las palabras adecuadas en los momentos
acertados, más bien soy especialista en desencajar en los instantes más
erráticos, como si en verdad estuviera naciendo en vez de morir. Tal vez, digo,
esta historia sea eso, el inicio de algo y no lo que parecía un final con
fundido a negro……
***********por las calles silenciosas del suburbio va mi alma:
********humildemente, Juan************imagino ir muriendo pero con ese sonido de fondo************continuará......***************************
Un
colectivo perdió el control y atropelló a un grupo de gente en el skatepark
del centro. A nadie le importó demasiado. O solamente es lo que yo sentí.
Cierto, ese dolor de las víctimas y quienes las rodean, ese dolor ajeno que es
llamado a ser compartido en una acción: empatizar. Un verbo gastadísimo, que es
casi un eslogan político de cuarta. Se siente o no. Se siente, fuerte. Una nena
de dieciocho años, la yuta madre que nos parió a todos, todas, todes. Y seguir
como si nada mirando algún partido del Mundial, porque no tenemos la culpa. ¡No!
arrastramos la culpa, porque la ciudad es exactamente lo que nosotros decidimos
hacer de ella. No vale eso de “yo no los voté”, o el alternativo “no puedo
hacer nada”. Sería bueno terminar de una vez de esconder la cabeza, asumir las
responsabilidades y empezar a cambiar las cosas. Pero, en mi caso, soy un gran
cobarde. Un avestruz. Un tipo tan frío como este día de invierno. Lo que me
sale es escribir un poema de mierda que está lleno de vacíos, de cosas y sentimientos
que no quiero enfrentar, que no voy a enfrentar. Un poema como si fuera un
psicólogo que dice siempre lo que quiero, que juega siempre de mi lado, que me
extiende la mano para consolarme y ofrecerme el truco de salida: “Está bien,
todo va a solucionarse, hay que trabajar en eso, hasta la semana que viene”. Y
pasa la semana que viene, y las cosas se van acumulando, fingen quedar en el olvido, pero no. Una de las consecuencias de envejecer es ir perdiendo la
capacidad de olvidar las cosas, a menos que llegue una de esas enfermedades que
solucionan los problemas de la acumulación. La memoria está llena y eso duele y
es una cagada. Sí, claro, como todo el mundo, tengo ganas de agarrar la mochila
y retirarme a cualquier otra parte del planeta. Sí, claro, como todo el mundo,
no lo voy a hacer. ¿Por qué? No tengo respuesta, no ofrezco respuesta,
solamente ese poema que es todo lo que me sale escribir un día como hoy, para arruinar
mi propia fiesta siempre inconclusa. A lo mejor, lo único que me sale, es esa
excusa de versos que espero sirvan de consuelo, al menos para mi.