Un escritor del barrio Rivadavia (Mar del Plata-Batán)
Reflexiones berretas, trozos de ficción, ensayos bonsai , trampas de lectura y escenas robadas, realizados por el Yo que dice yo: Juan Manuel Penino, habitante del barrio Rivadavia / Don Bosco nacido en los ochenta. Tomate unos minutos y sumergite en alguno de estos textos. Contacto juanmanuelpenino@yahoo.com.ar
Es bueno hacer catarsis, no lo dude querido Comisario. Es
bueno estar preparado para lo peor. Es bueno afrontar las consecuencias de cada
acto injusto que se haya cometido contra una cosa o tercero. Es bueno operar
desde las sombras para salvar a los que merecen ser salvados…como a usted,
querido Comisario. En nuestro trabajo hay que mantener las apariencias casi
todo el tiempo. En verdad, en eso es igual a cualquier otra labor humana. Pero
este instante nos sirve para reflexionar, pensar entre todos cuál es el camino
correcto a seguir. Ponernos de acuerdo, querido Comisario. Yo lo conozco y sé
muy bien el trabajo que se viene haciendo en esta bendita comisaría del barrio
Rivadavia. Una de las peores seccionales de la zona, pero por culpa del
contexto, que es en definitiva lo que nos condena siempre. Puede sonar
determinista lo que les digo, Comisario, enviados del Ministerio, pero sabemos
muy bien que la realidad no tiene mayor encanto que ese. Determinismo y punto
final. Sé muy bien que en otro contexto, distinto sería su accionar y el de sus
subordinados. Sé de las horas mal pagas, los problemas edilicios de la Comisaría
que te tocó en condena, conozco muy bien la escasa preparación del personal
y la nula capacitación ofrecida este último tiempo, sé de la falta de recursos
y material y de que el barrio está cada vez peor. Claro, el narcotráfico y lo
que lo rodea, sí. Los quioscos, las bandas, la violencia en las calles, nada
nuevo bajo el puente del arroyo La Tapera. ¿Les conté de la vez que me caí en
ese arroyo inmundo? Eran otros tiempos, el barrio era diferente, la gente era
distinta, no había tanta violencia, tanta prensa para la violencia, tanto cine
para la violencia. En algún punto, todos somos culpables e inocentes a la vez.
¿Parece contradictorio? Es contradictorio, querido Comisario. Por eso le ruego
que no se condene tan precipitadamente, porque puede ser que lo necesitemos
para construir un futuro….¿cómo decirle en términos verosímiles,
posibles?....para construir un futuro un poco más habitable. Sigo la
comparación, tal vez La Tapera ya no tenga el caudal que tenía en otros
tiempos, y de seguro que donde está desértico ya no va a pasar agua, pero puede
que en algunos días del otoño sí suba el agua un poquito y se vean unos
charcos. No sé si me explico. En comparación a toda la violencia y muerte que
vio hasta hoy en esta comisaría de mierda, lo suyo es apenas un accidente.
¿Evitable? Puede ser. ¿Injusto para las víctimas? Tal vez, habría que ver con
detalle. Pero yo no estoy acá para decir qué cosa es justa y cuál no. Yo soy el
representante legal del cuerpo, el que pone lo suyo para facilitarles el
trabajo a ustedes, querido Comisario. Lo suyo fue una reacción desmedida ante
una clara injusticia, y lo entiendo. Por eso lo perdono, como buen cristiano.
Lloro sangre con usted, aunque no me guste. Esa sangre merece su justicia
también, lo entiendo, lo comparto, no vaya a pensar mal de mí. Pero disiento en
la condena apresurada. Querido Comisario, su condena sería la condena para todo
el barrio, para la comisaría, para todos nosotros, los que mantenemos el
verosímil de la violencia en términos soportables para la sociedad entera. Ese
es nuestro primer mandamiento. Antes que nada, estamos obligados a servir al
prójimo, por lo que su declaración no puede ser realizada ante el juez, jamás.
En defensa de los ciudadanos de bien, de sus días en paz, debemos acordar otro
tipo de declaración. Y quédese tranquilo, querido Comisario, los héroes caídos
en servicio tendrán su condecoración, su reconocimiento. Jamás los tiraríamos a
la jaula del león. Los cuidaremos como a usted. Servidores públicos, eso es lo
que somos, y por eso nos cuidamos por el bien de la humanidad. Héroes, eso es
lo que la sociedad necesita. Muchos héroes. Como usted, querido Comisario.
Exactamente como usted, aunque ahora no se sienta precisamente en esa posición.
Su reacción es una condena para la impunidad. Usted arregló la cloaca de este
inmundo espacio urbano. Y se ensució, por supuesto, fue inevitable. Lo que nos
queda es arreglar lo que se pueda. Y lo que debemos hacer es centrarnos en eso,
querido Comisario. A lo mejor, un tiempo fuera del cuerpo policial le haga
bien, con seguimiento terapéutico, por supuesto. Y después vamos evaluando.
Daremos por hecho el enfrentamiento, las muertes inevitables, el estado de
shock en el que usted quedó y esa es la salida más conveniente, créame. No solo
para usted, que se lo merece aunque ahora le cueste creerlo. Sino para todas
las fuerzas de seguridad y quienes trabajamos día a día con ellas. Esto ya lo
hemos sufrido incontable cantidad de veces. No es la primera comisaría ni será
la última, en la que un evento desafortunado desencadenó una matanza
desgraciada. Pero la Institución es la prioridad, el Sistema tiene que ser
salvado siempre, a cualquier costo. Imagine si mañana saliera a la luz su
declaración. ¿Qué se supone que tendríamos que hacer con la comisaría? ¿Quién
se haría cargo de reflotarla? ¿Quién confiaría su seguridad al cuerpo? No se
puede, debe entrar en razón. Se lo suplico, querido Comisario. Y, una vez más,
le doy la razón, por supuesto que es un desastre todo lo que sucedió, por
supuesto que somos asesinos reglamentarios, por supuesto que nos dedicamos a
administrar la delincuencia. Sin dudas. ¿Corruptos? ¿Impunes? ¡El subsuelo del
Sistema todo! Claro, pero necesarios. Para que más o menos funcionen los
barrios, las ciudades, las provincias, el país y el mundo, debemos existir a
pesar de nuestros errores. Todo lo que sucede en el mundo cada día, son males
necesarios, por algo seguimos existiendo en el planeta. Esto es lo mismo,
querido Comisario. Somos una pieza más, con la forma y el olor que sea, pero
necesaria. Le ruego, por última vez, que considere rever su declaración. Le
damos el tiempo que necesite, no se haga problema. No existe nada más
importante que redactar con responsabilidad. Un texto, ya sea escrito o en voz
alta, puede generar el final del mundo. No lo dude, querido Comisario.
**Creo que este era la música para el final de la historia, pero no aguantó más:
No
se puede respirar. Es imposible. Intento todos los días, desde hace años. Es
imposible. Trato de hablar de corrido. Me cuesta. Mis pulmones no dan el aire
que necesito para contar lo que tengo que contar. Si tuviera una bala más, me
volaría la cabeza. Si tuviera dos balas más, remataría al abogado de mierda y
después me volaría la cabeza. Si tuviera más balas les pegaría un tiro a cada
uno de ustedes y al Ministro y al Gobernador y al Presidente, y con la última
bala me iría yo. Pero sé que no serviría de nada, porque los hijos de yuta se
reproducen como las cucarachas, son invencibles. Mierdas de seres humanos
siempre hay y habrá y no se puede hacer nada. ¿Emoción violenta? ¿estado de
descontrol psicológico? ¿fingir demencia post trauma? No fue lo que pasó, ni
merece la pena intentar decir otra cosa. Ese maldito registro que inventamos
los policías para hacer nuestro propio policial clase B. Una parrafada de
mentiras acompañadas por la adulteración de pruebas, todo dispuesto para que
terminen condenando a quien no tuvo nada que ver, y liberando a quien sí lo
hizo. Después, los capítulos que siguen siempre, como la culpa, hasta que de
alguna manera pasa algo, los verdaderos responsables se quiebran o alguien los
persigue y los quiebra con toda la fuerza de la lógica y la razón. Policiales.
La realidad es esta, son ustedes. El buitre que va a escribir la declaración,
que va a llevar el rótulo de un juez y, con esa firma, ser transmutado, de ficción
a documento probatorio legal y punto final. Obediencia debida y todos inocentes
hasta que se demuestre….Pero nadie va a demostrar un carajo, ¿no? Ustedes dos,
los enviados de “arriba”, con esas caras de “ya sabemos cómo fueron las cosas,
quédense tranquilos que lo arreglamos todo”, como si se tratara de una mala
película hollywoodense, uno de esos thrillers donde ganan los que deben ganar
para que la sociedad continúe con sus compras. Nada más, cuestión de “orden y
control”. Control, pensar que decían que ese tipo de sociedad ya no existía.
Pero sí. El control, la necesidad de saberlo todo para escribirlo todo, de
nuevo. Narrador omnisciente. Un boludo asustado por un escape, por descuido
propio, en el corazón de la comisaría. El Ayudante que sale corriendo y saca el
arma y tira ese tiro que da en el cuerpo de una inocente que justo pasaba por
ahí, en el lugar menos indicado en el momento menos indicado. No me van a
creer, pero ya lo sabía. La Virgen de la Sangre. Anote, abogado, el Comisario y
sus desvaríos, ¿no? ¿no le sirve al argumento de su novela? Bien, las
desgracias las construye esa perra desde las sombras. Luego las llevan a cabo
seres humanos incapaces de cualquier cosa y, finalmente, llegan los escritores,
ustedes, los que novelan los sucesos para que todo siga igual. Yo en un
hospital psiquiátrico, obvio. Los cadáveres debidamente condecorados, la
inocente resarcida con guita, por lo menos ganancia para lo que le quede de
familia. Todos contentos. O no, pero al menos tranquilos por un tiempo más, un
tiempo que se termina con el próximo asesinato, ¿verdad? Porque saben
perfectamente que la cadena no se corta nunca, vendrán más cadáveres y ustedes
seguirán escribiendo policiales, firmados por juez, hasta que un día les toque.
Decir que no me quedaron más balas en el arma, zafaron. ¿Escribiste, abogado?
¿Llamamos al juez? Ese mal parido amigo de ustedes que está pensando en el culo
de su empleada y en qué carajos de droga va a probar el fin de semana en ese
puto barrio privado en el que vive fuera del mundo, para después subirse a su
trono y juzgar todo aquello que no tiene ni remota idea de cómo mierda
funciona. Mierda. Su cara de mierda y su vida de mierda y su manera de regalar
impunidad a ustedes. Control y poder. Nunca vamos a salir de ahí. No hace
falta. ¿No les queda mejor pegarme un tiro y sumarme a estos cadáveres? Me
harían un gran favor. Hay un olor a podrido insoportable, carne quemada por
proyectiles. ¿Quieren saber por qué los rematé a sangre fría? Porque fue el
único acto de justicia que se me ocurrió posible en esta comisaría mal cagada.
Los vi armando la escena, como si nada. Ayudando al asesino por compartir
uniforme. Camaradería de la fuerza. Y no pude más. Otro tanto para analizar, el
General del Imperio apareciendo por detrás de mis acciones, ayudándome a reaccionar.
Impartir justicia con la moral compartida. Sin escatimar acciones. Sin perdonar
lo imperdonable. No podemos devolver las vidas inocentes, eso ya lo sé, no
estoy tan loco. Pero sí podemos despejar la oscuridad del camino. Eso hice,
nada más. Salvé el honor del General del Imperio. Salvé Ciudad Prohibida. Me
salvé. Dejé de lado el desierto impune. Claro, la Virgen de la Sangre no me lo
va a perdonar. Me seguirá buscando aún después de esto, después del encierro,
quizás durante. Ya tendrá tiempo de tenderme su próxima emboscada. Tal vez otro
paciente tome un cuchillo y se corte las venas de los brazos o se abalance
contra una enfermera delante mío, y la sangre me salpique la cara, y la muy
puta me mire y me diga: “misericordia, Comisario, misericordia. Lloremos
lágrimas juntos mientras oramos, te necesito, todavía” Y ya no la voy a mirar
más, porque ya hice lo que tenía que hacer. Solamente me faltó una bala, una
sola bala más. Juro que la miré y supe en ese instante que no iba a salir ese
tiro. Lo sé perfectamente ahora. No me va a dejar. Mi consuelo, ustedes. Con
esas caras burocráticas. Sépanlo, están en sus manos también, y no los va a
dejar tampoco. Tendrán que seguir navegando entre ríos de sangre por donde sea
que vayan. Tendrán que seguir inventando historias hasta que un día no puedan
más. ¿Saben lo que va a suceder ese día? Tienen tiempo para imaginarlo, me
tienen a mí de ejemplo. Ojalá estén lo suficientemente lúcidos en ese instante
para tener ese último tiro a mano. No se sientan mal, la justicia no es nada.
****Música de fondo, que va con el personaje, al menos hoy:
****************humildemente, Juan*********************no hay maquillaje para quien no ve.....++++++++++++********************
Y acá empieza el
tiempo de la declaración del único culpable de todo. El único culpable de la
historia final. El único culpable de resolver los casos uno por uno, como si
fueran cartas que se caen derribando las demás, una cadena desgraciada que
finaliza con él y en él. A ti, hijo del Hombre, pero sobre todas las cosas,
hijo de la Madre de la Sangre. Empieza el tiempo del entendimiento y la
resignación final, esa que todavía no había experimentado. Un Comisario nada
puede, nada. A menos que sea transformado en ficción. La realidad es esa cosa
compleja que nadie puede explicar, porque cunado se la empieza a entender llega
el momento de la despedida, o la forzosa y abrupta retirada. No por nada
aquellas personas que parecían saber cosas importantes morían temprano, como si
una fuerza extraña supiera que para poder mantener el orden había que sacarlas
de la Historia, lo más rápido posible. Después quedaban intérpretes más o menos
intrépidos, más o menos agudos, más o menos molestos. Pero eran solo
intérpretes, estaban diluidos, era más fácil borrarles o dejarles de prestar
atención. Acá empieza el tiempo de la declaración del Comisario de la Comisaría
que te tocó en condena, un actor primordial y secundario, un intérprete
fundamental. Por tal motivo, no tendrá salida. Tal vez esta sea la única
oportunidad en que lo escuchemos hablar con cierta razón, luego le espera un
largo período de reclusión. A lo mejor, uno de esos días después de tanto
encierro, pueda llegar a aportar un poco más de lógica y claridad a tanta
brutalidad, pero sería mucho pedir. En este momento – el de la declaración –
todavía hay algo que lo conecta con la realidad que conocemos. Su declaración
en interrogatorio sucede en la sala de usos múltiples de la Comisaría que te
tocó en condena. Rigurosamente hablando, no es una declaración, sino más
bien un arreglo entre colegas, mediado por el abogado que escribe las condenas de
los miembros del cuerpo policial, el buitre aliado, el tu peor es nada.
La tarde cae por la ruta 226 y entra en plena avenida Luro, el barrio todo está
consternado una vez más. En el salón están los cuerpos sin vida de la chica de
las viandas y de tres policías, uno de ellos El Ayudante, que fue rematado con
un tiro en el pecho y otro en la cabeza, cuando ya estaba mirando al techo
desde el suelo. De entre los casos que había intentado dilucidar el cuerpo
policial en el año, este era el primero que se solucionaba con algo cercano a
la realidad. Los culpables de cada uno de los disparos estaban claros, los
muertos tenían su firma de autor cada uno, las armas concordaban con quienes
las habían disparado, estaban todas registradas, eran de la policía. Ahí es
donde la cuestión se empiojaba, porque una verdad tan tremenda no podía ser
comunicada de esa forma a la sociedad. Había que inventar una segunda historia,
un relato policial convincente que se pareciera en algo a lo que había
sucedido. Algo similar a la verdad, una concatenación de hechos y motivos
verosímiles. Sería sencillo, pensaban los altos mandos, porque todo quedaba en
casa. Los que habían disparado eran los policías de esa comisaría, cada uno de
ellos con sus armas en regla. La única víctima a cuidar era la mujer de las
viandas, que no tenía nada que ver con la fuerza policial. Ahí tendrían que
afilar el lápiz que escribiría una infamia más. ¿Impunidad? Casi. Porque se
simularía un falso enfrentamiento, como en épocas de asesinatos de la
dictadura, o de la maldita policía, o de la gendarmería made in siglo XXI. Eso
era la parte más fácil. Lo complicado era ese momento. Lo crucial era ese
momento. Acá empieza la declaración que marca si es posible obtener justicia o
no. De un lado, el abogado y dos altos mandos del cuerpo policial, dispuestos a
escribir la historia que haga falta “por el bien de la ciudad, de la provincia,
del país y del mundo occidental”. Del otro lado, el Comisario y su cabeza
tomada por la emoción violenta, la venganza, el hartazgo, los ideales del
General del Imperio que habitaba una Ciudad Prohibida que solo existía en
sueños, en ese maldito libro chino que había encontrado tirado en la calle y
que tanto lo había obsesionado. De su lado también estaban los Comisarios de
Sonora, los pinches comisarios del desierto. Y ni siquiera de su lado, esos
estaban del lado que se pudiera, del lado posible del oficio. “Un buen día,
buey, vas a necesitar que te den una mano, que te acomoden alguna historia, y
vas a sentirte un pinche estafador, la peor de las basuras. No lo tomes tan
personalito, cabrón, quién no tiene un par de muertos en el placard”. El tiempo
de la declaración es un suspenso, una pausa en los hechos que serán ordenados.
Ese orden es lo que se disputa en el contrapunto. Las conveniencias van tirando
de la negociación. Esa es la vida en democracia, ¿no? Un sistema que calza al
dedillo con el sistema económico imperante. Negociar para poder seguir.
Negociar para empezar a olvidar lo más rápido y urgente que se pueda. Negociar
para ir en busca del final más decoroso, ese que no había podido concretar. Ese
intento de escape que sabía que sería imposible. Porque tomó el arma sin
prestar atención, se fue corriendo hasta donde estaba la figura de esa maldita
Virgen ensangrentada, siempre ensangrentada. Se arrodilló frente a ella
mirándola con la mirada más odiosa que había destinado a alguien en su vida,
“mirame bien, perra”, le había dicho a la figura de cerámica. Se llevó el caño
del revólver a la cien, pero ya no había más balas en la recámara. El tiro
vacío confirmó lo que ya sabía y había olvidado por un instante, el instante de
locura que pareció haberle otorgado una salida. Como consecuencia estaba ahí,
en el salón de usos múltiples, rodeado por cuatro cadáveres, dos agentes de
alto rango y el abogado carancho. Y acá empieza la declaración del Comisario:
No te rindas
nunca porque eso no es propio de un ser honrado. Antes de entregar los ideales
es preferible morir por acción del propio sable. Los deberes del General del
Imperio en Ciudad Prohibida eran claros. En algún lugar estaba escrito y desde
esos miles de años, la idea había sido tan fuerte que estaba en el aire. En su
aire. En la sala de interrogatorios de la Comisaría que te tocó en condena,
aunque en verdad era una suerte de sala de usos múltiples porque siempre
faltaba espacio para demorar gente antes de los traslados o antes de que
alguien los pasara a retirar, lo mismo daba. Ya no tenía en cuenta si estaba
tomando mates al lado de un asesino o al lado de un perejil guardado por error
o a causa de un mal día de alguno de sus subordinados. Subordinados. ¿Cómo
serían los subordinados del General del Imperio? De seguro que mucho más
implacables que su excelentísimo superior. De seguro que no fallaban en ningún
aspecto, ni físico, ni emocional, ni mucho menos moral. De seguro que el tiempo
fue el culpable de terminar de corromper a todos los seres humanos. Caían los
imperios en silencio y eran olvidados como débiles huellas en la orilla de un
río de sangre. La sangre se limpiaba con la subida. Volvía el agua pura, pero
los rastros quedaban en los hombres. Fotocopias cada vez más impropias de sus
fantasmas, todos en serie hasta la actualidad. Sangre que se respira entre el
polvo de los espacios descuidados de una comisaría en franca decadencia, para
siempre. El tiempo en el que se desgranaba de manera continua toda una ciudad
con sus estructuras y su gente, sus sombras. Y los que están allí se mueven
como comadrejas, pensando que eso que les tocó es toda la eternidad. Pero no pueden
ver más allá en el glorioso pasado. El pasado de la moral, el pasado de Ciudad
Prohibida. Un nombre que alejaba a los terrenales, los expulsaba para después
desaparecer y ubicarse en el mundo amorfo de lo perfecto, solo para joder. Ahí
no podría ingresar nunca. Ahí no podría resolver su caso. Todas las respuestas
a sus preguntas, a sus obsesiones, encerradas bajo llave. La
imposibilidad, la resignación, el llanto, la desesperación. El momento de ser
rescatado por la Virgen de la Sangre. La que le abría el corazón con todas sus
espinas, sin ombligo. La nunca parida paridora del universo. De su
universo, uno sin moral y con mucha violencia. El paraíso para ella y su rostro
sufriente. Los brazos abiertos invitando a la rendición. “Descansá, es hora,
pero no te vayas nunca, no te voy a dejar, perdurarás hasta que mi reino
desaparezca, no importa tu moral, no importa la justicia, solo la piedad y la
misericordia, el amor a la sangre, tu sangre, la de mi hijo, la nuestra”. No
rendirse nunca, pero ¿cómo combatir lo que no se ve? ¿cómo trabajar sobre lo
que no se sabe?
El Comisario se
quedó mirando la ventana del salón. Fuera, una mujer pasó andando en bicicleta.
Llevaba una pequeña canasta que contenía lo que parecía ser algo comestible. La
conocía. Esa mujer vendía viandas saludables por todo el barrio Rivadavia. Pasaba
a toda hora por cualquier calle, en cualquier situación, llevando y trayendo
las viandas de comida. Se proyectó como un pintor romántico, se imaginó
pedaleando por el barrio. Se visualizó parando en una plaza a comer una de esas
viandas. Puso todo su empeño en imaginar sabores que no conocía, tardes que
nunca había experimentado. Cerró los ojos y creyó escuchar un disparo. No sabía
quién había caído, pero la bicicleta estaba derramada en la calle. Un charco de
sangre se apoderó de la cuadra. Los gritos de la gente que pasaba se hicieron
escuchar aún más que la sirena del patrullero que salió persiguiendo a quien
habría sido el tirador, el verdugo. Su imaginación había sido traicionada, una
vez más. La mal parida Madre de la Sangre lo había dejado vacío para siempre.
Un alma inocente más, sacrificada para su propio beneficio. La misericordia, el
abrazo de la muerte. De su rostro cayeron lágrimas y no se pudo mover. La
comisaría estaba en ebullición. El Ayudante le gritaba, le exigía una respuesta
rápida. No hizo nada. El cuerpo muerto de la mujer. La vianda desparramada por
el piso, se mezcló con la sangre. Ya no tendría el sabor que no se podía
imaginar. La tarde era otra muy parecida a las anteriores. Un cadáver más, un
legajo más, un informe, una investigación sin rumbo. Una bala que no era para
ella. Una bala sin contenido. La forma de la violencia final auspiciada por el
sueño de escapar hacia un lugar mucho mejor. Estar del lado de los que ganaron
las tardes, de los que pedalearon las calles, de los que probaron los bocados
del Dios. Él se quedaba en la sombra, encerrado por los fantasmas que se
apresuraban en tomarlo de las piernas. No lo soltarían hasta su día final. El
día de su juicio. Culpable siempre. El único culpable que necesitaba ser
sentenciado para poder caminar una última vez, unos pasos de liviandad hasta
que por fin se desconectara de todo. Ese día no llegaba. Ese día era aplazado
por la Madre de la Sangre, que lo necesitaba a él, el hijo de la sangre, el
perpetuador de la sangre inocente derramada, el testigo eterno de los
infiernos, esos lugares a los que ella tomaba como escenarios de su lujuria.
“Gracias, hijo mío, toda esta sangre inocente derramada me pertenece, pero
existe por tus ojos”. No quería resolver el caso, los casos. Deseaba
desaparecer antes de todo, poder entrar en el Jardín Imperial de Ciudad
Prohibida, recuperar por fin la moral infranqueable del General, poner el sable
sobre la tierra, debajo de los cerezos en flor, y arrojarse arriba para
derramar la única sangre que deseaba ver derramada de una vez. La sangre
propia, la sangre de la Madre, los culpables.
*************Música de fondo para cualquier historia de semana:
***********************humildemente, Juan************************suspirando penas************************sobre la cornisa******************
Un robo
absurdo en un supermercado, el encarcelamiento de un capo de la mafia y un
asesinato cometido durante la Segunda Guerra Mundial... ¿Encierran algo más
estos casos? Para el melancólico investigador siciliano si. (Andrea Camilleri,
"El perro de terracota")
Pero por mucho
que lo desees nunca te vas solamente con desearlo. Eso pasa en las películas,
en las muy malas, que por lo general cuentan con un presupuesto similar al de
los países emergentes que no emergen ni emergerán nunca porque es indispensable
que así se mantengan hundidos para poder mantener flotando a las -siempre muy
pocas- grandes naciones. Un Comisario es un ser despreciable antes de que
empiece cualquier historia. Solo puede obtener la redención muriendo
heroicamente o abandonando su labor después de denunciar toda la corrupción que
tuvo que aguantar estoicamente, hasta que su moral impoluta no dio para más.
Viejas historias, malas historias, historias como pasas de uva en estado de
putrefacción. A nadie le interesa una historia así de esta ciudad, menos de
este barrio, menos de este género y mucho menos si viene escrita. Para ser
recordable – al menos un par de semanas- debería salir la serie televisada por
la plataforma tal. Pero eso de plataforma siempre le recordaba la terminal de
micros, la -casi- siempre triste terminal de micros. Todas las horas gastadas
ahí esperando por viajar mal y con frío, por la madrugada, con el uniforme
sucio, hasta la ciudad de la costa a la que lo habían asignado por el verano,
solamente por la temporada alta, porque el gobernador y el presidente necesitan
mostrarse en cada parador costero y alguien tiene que salir de fondo con el
uniforme azul y la gorra. ¡La gorra! Ese artefacto que lo condenaba al peor de
los papeles que se le puede otorgar a un ser humano, el del ortiva, el cobani,
el dueño de la violencia homeopática autorizado por algún artículo de la
Constitución, que siempre está reformándose en los incisos que nadie atiende.
“Actuó en defensa propia” ¡siempre se dispara en defensa de la propi-edad! ¡de
la propiedad de otros! Pero él tenía que firmar, cada vez. Luego, mirar para
otro lado. Igual que cuando se le quejaban los comerciantes de la zona o algún
grupo de vecinos indignaos con la actuación policial. Cada uno tenía su
rebusque, su labor era firmar y mirar para otro lado, poner la cara para que se
la escupieran y saludar con una sonrisa prometiendo la pronta solución del
inconveniente ocasionado. Soltarle la mano al que se zarpó, de vez en cuando.
Pagar lealtad, callarse la boca en los juicios, decir poco y certero, copiar
con la voz lo que ya se había copiado en el informe dictado por el que llamaban
“el abogado del diablo”, que laburaba codo a codo con la Comisaría que te
tocó en condena. Y llegaban cada tanto esos casos en los que se podría
reivindicar, él, sus compañeros y toda la Institución. Pero jamás se resolvían,
no. Los importantes, los que de verdad contaban, nunca tenían solución justa.
Se inventaba a la larga, se tapaba a la corta, se dejaba todo cubierto con un
manto de dudas e impunidad. Impunidad, la palabra que le dolía como si le
metieran el dedo en la herida del pulmón y revolvieran. Impunidad. No lo
soportaba. “le tenés que hacer la guerra, pinche comisario” “No es un juego que
termine bien, y lo sabes bien buey” Palabras desérticas de los detectives que
nacieron en el lugar y el tiempo equivocados, pero que se adaptaron porque son
como cucarachas, y las cucarachas lo mismo pueden estar en el día de la bomba
atómica en Hiroshima, que en el desembarco inglés en Puerto Argentino, que en la
maratón de Nueva York, que en el día más sangriento de la invasión de Vietnam,
que en el Palacio de la Moneda dentro del zapato izquierdo de Allende el 11 de
septiembre, que el 3 de febrero en San Lorenzo bajo el sable –¿también corvo?-
del sargento Cabral, que en un patio sin afeitar de un monoambiente en el
barrio Rivadavia una noche de verano del año 2666. Lo mismo daba. La adaptación
es total. Su naturaleza era la misma, lo sabía. Entendía por qué los hechos se
desarrollaban como se iban desarrollando, con toda esa impunidad que para él
terminaría siendo una anécdota en pie de página. Sí, un mal trago de temporada,
un par de días pintados de negro en la agenda. Pero después se sigue, se sigue
caminando con las patas quebradas, sin pensarlo, como una cucaracha. Se ronda
la basura como si nada, se contempla a las otras cucarachas y se las ignora por
completo. Se ven sus cuerpos desmembrados y se las pasa por encima, buscando
llegar hasta un punto en el que se espera que la vida pase a ser ese final
feliz que se contaba en los cuentos de la infancia. ¿Una mentira? ¿Qué más da?
Costumbre, la herramienta perfecta para naturalizarlo todo. Esa había sido su
última frase con la terapeuta del cuerpo policial, o pensaba que debería haber
sido. Costumbre la de confesar para alivianar el peso. La culpa depositada en
el diván o en el confesionario o en la cabeza de alguien más. Pero de cada culpa
queda la cicatriz. Y jode. Y siempre aparece una que no cierra nunca, que es la
que te vuelca, la que te jubila de la vida. Él la había sufrido. Soñaba todas
las noches con el pibe, el pibe despellejado, el pibe empalado, el pibe
llorando de dolor en los brazos de la Virgen de la Sangre, esa que no lo miraba
más, que recuperaba nuevamente su expresión de misericordia apuntada a un cielo
cada vez más lejano, como indicando el camino de paz que él nunca podría tomar.
Era de noche,
volvía a su casa, hacía frío, nadie lo esperaba, sabía que tampoco podría
dormir esa madrugada, sabía que el próximo día tendría que simular en la
comisaría un turno de doce horas, que tendría que firmar papeles, que tendría
que mirar para otro lado, que tendría que festejar algún comentario misógino,
que un grupo de familiares y amigos de próxima víctima le escupirían la cara,
que él devolvería su mejor actuación de comisario: “estamos haciendo todo lo
humanamente posible para solucionar el caso”. El caso era que el comisario no
tenía solución.
los ojos de la
Virgen se me meten en el corazón. (Maiakovski)
Al menos no se
sentía tan solo. En esa mesa rectangular y pequeña. En ese bar semivacío por
la avenida Luro, en la zona donde cae la noche más oscura, aunque no debiera
porque la estación ferroautomotora está muy cerca. Pero por alguna razón esas
pocas cuadras de la avenida estaban mal iluminadas. Mucha gente dormía por ahí,
tirada en las veredas o en algún hotel de media estrella con escasos servicios.
Un apéndice olvidado por la ciudad, un epílogo de lo que la felicidad del
turismo quería ocultar. Se llega a Mar del Plata como se puede, por la puerta
de atrás, se baja en la estación y a partir de ahí corre el reloj, hay que
salir a descansar donde se pueda y al otro día buscar la changa que se encuentre,
ver qué pasa con el verano, ver si deja alguna moneda, ver si sirve por ahí
quedarse un tiempito más, por lo menos antes de que ataque el frío más intenso,
ese frío de la costa que es más fuerte y peligroso que el de la montaña en el
sur. Nada romántico, un frío sin final feliz, un frío que sirve para alejar a
las pocas personas que quedaban del último verano. La etapa de la supervivencia
cerrada. Sería alguno de esos días. El Comisario estaba cansado, lo que no era
nada novedoso. Siempre estaba cansado. Era de noche, tomaba un vino “de la
casa”, quiero decir el más barato, el único que podía pagar con su sueldo
magro. El consuelo era ese, no se sentía solo, aunque en la mesa no había nadie
más. Habían pasado los días, las semanas y después los meses desde el episodio
con el Desvariado. Ya estaba totalmente recuperado de la herida del disparo,
que nunca tuvo autor declarado. Sí habían encontrado el cuerpo sin vida del
Desvariado, a medio enterrar en el basural de la ciudad. ¿Por qué siempre a
medio enterrar? Quería creer que los animales rebuscando terminaban por
desenterrar los cadáveres, pero se acordaba sin querer de lo que le habían
dicho los pinches detectives de Sonora: “ya quisieras hermanito que fuera así,
pero acá en la tierra de la virgencita de Guadalupe que es el mundo enterito,
el hambre más feroz lo pasan los pinches seres humanos, que son capaces de
cualquier cosa cuando los gobierna el hambre, pobrecitos ellos, pobrecitos
nosotros” ¿Por qué hablarían con tantos diminutivos, no se lo podía explicar.
Se sintió fatal, pero no solo. Tomó otro vaso de vino, un fondo blanco que le
dedicó a “su compañera indeseable”, “su Malinche”. El silencio y la nada misma
le respondieron. Tomaba para olvidar, uno de los motivos clásicos de los
bebedores empedernidos. “En-pedo-vivos”, dijo en voz alta y se causó gracia,
pero nadie le prestó atención. Los demás bebedores estaban con sus propios
fantasmas, como si fuera un bar en el desierto de Sonora y no uno en el barrio
de la terminal de Mar del Plata. Dos desiertos con mucha arena, uno con mar,
pero los dos llenos de fantasmas. Solamente en uno la gente les prestaba debida
atención. En su ciudad no, en su ciudad a la muerte no se le daba bola hasta
que se aparecía en primera del singular. El Comisario ya no podía separarse de
eso, de la muerte, de los fantasmas, de la Virgen de la Sangre. Su aliada, su
compañera, la que lo dejaba caer pero lo terminaba levantando siempre a último
momento. Y le ponía fichas, todas las fichas. “¿Quién asesinó a ese niño tan
brutalmente? ¿Quién liquidó al Desvariado? ¿Quién te disparó? ¿Cuándo vas a
retomar el caso, no ves que está todo conectado?” Su cara cambiaba de
semblante, se tensaba, se ponía oscuro y arrugado, miraba el vaso vacío de
vino, no quería seguir escuchando, no tenía respuestas, no quería respuestas. A
nadie le interesaba la verdad, como en todo policial. Solamente había que ir
resolviendo los casos. Para lo del chico metieron en cana al padre que ya
estaba prófugo por otros asesinatos, para el Desvariado agarraron a un gitano
vecino con el que se llevaban a las patadas por culpa de su insoportable
insistencia con el Maligno. Para acomodar su caso establecieron que el
autor del disparo había sido el Desvariado, que ya no podía defenderse. “¿Y las
pruebas?” A nadie le importaban. Todo se solucionó de cara a las elecciones de
medio término. Había que mostrar que la ciudad era segura, que los casos
violentos se resolvían y tenían un final justo. Todos sabían que era mentira,
pero la mentira es la mejor herramienta para combatir el miedo. Convencerse es
más fácil que vivir con la incertidumbre, porque de qué sirve saber la verdad.
De nada, se decía en soledad sin sentirse solo. La verdad sirve para volverse
loco o borracho, o las dos cosas al mismo tiempo. Y en su caso, además, servía
para que nadie le rompiera las pelotas en la Comisaría que te tocó en
condena. Ese era el pacto, nadie lo jodía mientras se mantuviera callado,
tranquilo, sin mover el avispero. Pinches cabrones, enemigos del impoluto
General del Imperio. Sentía mucha vergüenza. “Deberías arrojarte sobre la
espada, en un patio con cerezos” Unas lágrimas cayeron de sus ojos irritados.
“No te apenes, ya no estás más solo” No quería mirar más que su vaso vacío,
pero no podía evitar esa maldita voz, como en la cama del hospital. “Yo nunca
voy a dejar que te vayas por el mal camino, yo nunca te voy dejar caer, yo
siempre te voy levantar con mis brazos de madre misericordiosa”. Fue entonces
cuando miró para el frente y arrojó el vaso contra la pared del bar, porque no
había nadie más. Ante la mirada sorprendida de los pocos parroquianos que
quedaban y del barman, soltó un grito amenazante, siempre en esa misma
dirección. Te voy a liquidar, de alguna manera, te voy a liquidar, y así me voy
a ir yo también, de una vez por todas.
**música de fondo sugerida para el capítulo:
*******************sacó una navaja**********y lo echaron del barrrrrrrrr**********humildemente expulsado, Juan**********************