Propaganda de Mundial


Propaganda de Mundial

 

El mar calmo de lluvia venidera,

los charcos promiscuos en las calles

con baches de estilo veneciano,

unas barcas amarillas y hambrientas

en el horizonte siempre lejano,

destellos de una luz débil

que es de otro tiempo – un tiempo –

pero extrañamente ahora…

…hiato, salto, pausa al vacío

o al futuro congelado,

al pasado en perspectiva,

mirada sorprendida

de quien “vuelve al primer amor”,

siempre;

y recoger las lágrimas secas

de la pérdida en la parada

de micros más reciente,

y que te suene la música

pero que ya no te mienta

eso que, sabíamos bien,

no iba a estar,

no iba a esperarte,

vuelta de arrepentido

con ausencia de todos

los sentimientos que se venden

en una propaganda de Mundial.

 


*****Día 23 de junio, invierno y muerte…

Un colectivo perdió el control y atropelló a un grupo de gente en el skatepark del centro. A nadie le importó demasiado. O solamente es lo que yo sentí. Cierto, ese dolor de las víctimas y quienes las rodean, ese dolor ajeno que es llamado a ser compartido en una acción: empatizar. Un verbo gastadísimo, que es casi un slogan político de cuarta. Se siente o no. Se siente, fuerte. Una nena de dieciocho años, la yuta madre que nos parió a todos, todas, todes. Y seguir como si nada mirando algún partido del Mundial, porque no tenemos la culpa. ¡No! arrastramos la culpa, porque la ciudad es exactamente lo que nosotros decidimos hacer de ella. No vale eso de “yo no los voté”, o el alternativo “no puedo hacer nada”. Sería bueno terminar de una vez de esconder la cabeza, asumir las responsabilidades y empezar a cambiar las cosas. Pero, en mi caso, soy un gran cobarde. Un avestruz. Un tipo tan frío como este día de invierno. Lo que me sale es escribir un poema de mierda que está lleno de vacíos, de cosas y sentimientos que no quiero enfrentar, que no voy a enfrentar. Un poema como si fuera un psicólogo que dice siempre lo que quiero, que juega siempre de mi lado, que me extiende la mano para consolarme y ofrecerme el truco de salida: “Está bien, todo va a solucionarse, hay que trabajar en eso, hasta la semana que viene”. Y pasa la semana que viene, y las cosas se van acumulando, fingen pasar al olvido, pero no. Una de las consecuencias de envejecer es ir perdiendo la capacidad de olvidar las cosas, a menos que llegue una de esas enfermedades que solucionan los problemas de la acumulación. La memoria está llena y eso duele y es una cagada. Sí, claro, como todo el mundo, tengo ganas de agarrar la mochila y retirarme a cualquier otra parte del planeta. Sí, claro, como todo el mundo, no lo voy a hacer. ¿Por qué? No tengo respuesta, no ofrezco respuesta, solamente ese poema que es todo lo que me sale escribir un día como hoy, para arruinar mi propia fiesta siempre inconclusa. A lo mejor, lo único que me sale, es esa excusa de versos que espero sirvan de consuelo, al menos para mi.

**********************humildemente, Juan******************************

Últimas noticias



- Por ahí te acordás:

¿te afectó el insulto

o la incapacidad

de agradar?

 

-Un sueño fue mejor

mojado, que una vigilia

seca y desértica

de playa en invierno.

 

- Los locales se regalan

para ver una de dos cosas:

parar la olla

o ser multimillonario,

la línea es imaginaria.

 

- Las procesiones mortuorias

son un shock multitudinario

que más pronto que tarde

transmitirá una multinacional

de entretenimientos,

a precio moderado

por respeto al muerto.

 

- Para un buen líder

nada mejor que el reconocimiento

amable de sus víctimas,

a quienes invita a su reino

pero para que se retiren rápido,

en un avión de emergencia

o en una bolsa de residuo.

 

- Otra banda histórica

de Inglaterra

que planta bandera

en el corazón de Villa Crespo,

mientras paseo al perro

por la plaza de siempre,

nunca se canta para todo el mundo.

 

- Te cuido el amor

hasta la media noche,

mañana madrugo

y dormir juntos

me hace transpirar demasiado.

 

- Cada amanecer me muero

de un paro cardíaco o laboral,

culpa de un adjetivo equivocado,

pero suelo resucitar por la tarde,

después agonizo de nuevo

hasta que el tercer

y porfiado ataque

me apaga para siempre.

 

- Contraluz vuelve locos

a todos los hijos

de argumentos lineales,

paridos el día de la escritura,

una lástima de fábulas

que terminan en el brindis

de agua sacada directamente

de la canilla de un mono ambiente

de la biblioteca de Alejandría.

 

- Por ahí te olvidás:

¿cuántos cadáveres más

Se van a llevar nuestros caprichos?

Ayer estaba borracho y joven,

alguien me quiso ayudar

a ponerme de pie

y lo miré a sus virginales cejas

y le prometí que ya era tarde,

habíamos llegado a destiempo,

pero que igual estaba todo bien,

a partir de ahí caminaría

mucho más recto

por ese sendero que recoge frutos

que ya no van a florecer.

 

- Los árboles se secan en invierno,

las huellas se frustran

hasta el próximo encuentro

o la próxima caída,

lo que pase primero.

 

- PD: no estés triste,

nadie termina

jugando todos los días.


******acompañando la lectura....

****************************humildemente******************************

Una poética que se abre


Sería más o menos finales de los noventa, o un cachito antes, no recuerdo bien. De algún comercio del centro (nuestro Miami) habíamos logrado afanar un par de cds para volver lo más rápido al barrio y escucharlos, después agarrar la criolla y rasgar algo que sonara más o menos parecido. Era en un departamento de dos por dos, como siempre. Una tarde de sábado, seguro, porque no había escuela y los negocios estaban abiertos, no podía ser día de semana ni domingo. Como sea, llegamos y derecho al minicomponente al que le poníamos un diccionario encima para que no saltara el cd. Bueno, por lo menos teníamos el cd y no el casete, era el consuelo, porque para nosotros sonaba mejor. Pusimos el primero, era uno rojo con una serpiente peligrosísima, negra, dispuesta a atacar. Alice Cooper aparecía en primer plano, con esa voz tan particular cargada de rebeldía y terror. Killer arrancaba con un rocanrol poderoso y que sonaba bastante clásico, aunque ensuciado por la energía de esa voz de Alice en los setenta. Pero el sonido en general de ese álbum era más bien festivo. Bien robado, pensamos. Algunas cosas con la guitarra íbamos a poder imitar, adaptando el inglés a nuestro balbuceo espanglish marca barrio Bernardino Rivadavia. Un descanso, un par de acordes y desafinadas, alguna cerveza y a poner el segundo disco. Este era de los Redondos, pero para nosotros una decepción porque no era el último, Luzbelito. Y qué cagada porque nos encantaba ese sonido que arrancaba con “Luzbelito y las Sirenas” y terminaba con las “banderas de tu corazón” de Juguetes perdidos, y que “este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene”. El manifiesto estaba ahí, cuando vos quisieras, esa magia única en línea directa con una música y una poética que se abría, por fuera de los circuitos cerrados de las instituciones. Pero no era ese cd, sino que era Un baión para el ojo idiota, uno de los primeros de la banda, uno de los viejos, uno que quedaba un toque lejos para nuestra generación. Pero ni tanto. Empezar la escucha era como estar en uno de los bares a los que íbamos casi todas las noches de los fines de semana, una cerveza a cinco pesos comprada entre diez personas y el puticlub y su rock siempre fuerte, las noticias de ayer extra extra “perfectos atentados bien iluminados”, la vaca solitaria que aguanta en el Caribe porque “la civilización la amaba justo a tiempo” con ese solo de saxo rompedor, “si esta cárcel sigue así, todo preso es político”, los Vencedores vencidos y “me voy a ver qué escribe en mi pared la tribu de mi calle” con ese reef impresionante, la ironía corrosiva de Vamos las bandas “¿y cuánto vale dormir tan custodiado?”, el rocanroleo de ruta y amor de Ella debe estar tan linda y eso de “ella es tan linda, no puede durar”, porque lo lindo viene con vencimiento, y el final que me quedó atragantado y que ahora sí que me hace llorar. Todo un palo cierra el disco, y es el tema con el que cerré esa tarde noche mi primer amor profundo con los Redondos. Una hermosa intro de Skay y la voz del Indio diciendo que “el futuro llegó hace rato”, lo que nos entusiasmaba pero había algo de angustiante, la poética que se abría aumentando su potencia con el reef taladrante de Skay, y sí que “el futuro llegó hace rato” pero es “todo un palo”. Ese futuro que “llegó como vos no lo esperabas”. Era mi generación, la que viaja en trenes (o bondis si estabas en Mar del Plata), tediosos por eso que era el fin de la Historia y el comienzo del liberalismo que nos lanzaba al mundo en pelotas, con una economía crujiendo y rumbo a chocar contra la realidad. No teníamos donde ir, nada nos iba a arreglar, claro. La poesía del Indio nos interpelaba por primera y última vez. Después, los años fueron pasando, nos chocamos, nos desarreglamos por completo, nos alejamos lo más que pudimos, apagamos esos discos y seguimos con otros porque necesitábamos alguna luz al final de lo que ya sabíamos que no existía, porque ese futuro era eso que el Indio decía, ya no estaba, había que pensarlo otra vez. Y todo terminaba con ese glorioso solo de Skay, y nos dijimos que era imposible que existiera algo mejor que eso. Y había pasado hacía una década. Llegamos tarde, siempre. Pasaron más años, envejecimos. Con este amigo no nos volvimos a ver nunca más, vaya a saber por qué. A los Redondos los dejé esa tarde noche, vaya a saber por qué. Hasta que el año pasado se produjo una epifanía. Otra tarde noche, en un recital. Una banda que no voy a nombrar, pero que disfruto mucho por estos días, tocaba en lo que antes era Gap. La previa de siempre, con amigos de ahora. Unas cervezas o un fernet o todo junto, algún cigarro de canuto y escuchar la música que suena de fondo, mientras se prepara el escenario. La noche era fría, la banda se hacía rogar, y comenzó a sonar despacio y muy de fondo Todo un palo. La magia, el recuerdo, las distancias que se borraron. De repente, mis ojos tenían lágrimas. De repente, el público estaba coreando la canción de los Redondos, como si estuvieran tocando ahí. De repente, yo estaba cantando con toda la tribu. Mi tribu. Se me cayó encima el pasado. Me reconocí en las heridas de quienes coreaban a mi lado, era un himno de nuestra generación. Y sí, claro, el futuro había sido todo un palo, pero todavía estábamos ahí. La tribu con su ritual, la poética del Indio que se abre….y se seguirá abriendo. Porque sabés qué, amigo, todavía no tengo adonde ir, pero algo me late y no es mi corazón.

 

*esto se completa (se abre) a partir de acá……..     

**************************humildemente****************************

Sobre la última de Almodóvar y el horror de la realidad


Un día trágico de otoño que no se va a volver a repetir, como una película de Almodóvar. ¿Qué carajos quiere decir eso? Nada, en un principio. Algo, es lo deseado. Sí, una buena historia es eso que camina con espejos por un camino que va reflejando historias. En el caso de Amarga navidad lo que camina es un cuerpo con máscaras, sobre ese sendero lleno de espejos. El cuerpo sería el propio director español, y las historias vaya uno a saber. Máscaras, el cine dentro del cine. La película nos pone como primera instancia ficcional a un director de cine que padece una especie de bloqueo creativo, que logra romper comenzando a escribir una historia que no tiene muy en claro, y que inicia con lo que sería la segunda instancia ficcional. La historia que se le ocurre y que nosotros vemos en pantalla es la de una directora de cine que por ser de culto, no logra encontrar el momento para realizar su nueva película, ya que tiene que laburar en propagandas que le dan de comer y la mantienen con una buena calidad de vida. Entonces conoce a un joven bombero – y estríper- que sería el reflejo del joven novio del director en la primera instancia ficcional. A partir de ahí, comienza la danza de historias y personajes que van y vienen reflejándose en lo que sería la ficción y la realidad dentro de la película. Como cajas chinas. El leit motiv de las historias sería – como es muy común en una de Almodóvar- el dolor y la desesperación de las mujeres, particularmente, el dolor por la muerte de un hijo, la pérdida del sentido de la vida, la depresión y el suicidio. En el medio, el miedo, los ataques de pánico, la pérdida de la madre y Chavela Vargas con esa voz impresionante en cada momento de su vida. Para llorar un buen rato. Y después, en el grado cero, estarían el director y sus obsesiones, el director y su mosaico de películas que conforman su gran y unívoca obra. Más o menos esto sería el resumen de la experiencia cinematográfica, siempre más fuerte que cualquier otra cosa que me pueda pasar en el día. Más tarde, la noche con La Nieve cerrado, la búsqueda de algo con roquefort para cenar, un fernet, un loco que se tira un lance en la calle, la malaria retratada en la gente que duerme donde encuentra un reparo, y el seguir peregrinando con esa sensación de que va a ser muy difícil sentirse feliz este invierno. Otra sensación que se me apareció de repente fue la de la pérdida total de sentido de todas las cosas que hago. Un universo abierto, pero que no debería haberse abierto tanto. El recuerdo del suicidio del Sapo, un compañero de la primaria que se ahorcó en el patio de su casa en Parque Luro, y la leyenda escrita en los murales del barrio: “el Sapo no murió, descansa”. No sé por qué me acordé de eso, la verdad es que en la película nadie termina suicidándose, y el tema más pesado al final es lo inescrupuloso que puede ser Almodóvar (o su alter ego, o el alter ego de su alter ego) a la hora de utilizar el sufrimiento de sus seres queridos para escribir una historia. ¿Hace falta ir tan lejos? No creo, por lo que la historia del Sapo no la pienso contar. ¿Y la mía? Tampoco. Si he de morir…es obvio que eso va a pasar, entonces: Voy a morir, pero prefiero no tener nada que ver con eso. Lo que queda al final es esta identificación rotunda con aquellas personas que ya pasaron de todo, y que esperan pacientemente su capítulo final. Esa es la resignación que siento, eso es lo que me acompaña desde hace meses. No me deprime, sigo haciendo las cosas que tanto me gustan, pero ese sentimiento de que lo bueno ya me pasó y solo queda esperar la tragedia….eso es lo que me mantiene escribiendo. Imagino que el día que no lo sienta más, dejaré de escribir y solo seré feliz leyendo. Pero no creo que eso pase. Mañana es mitad de semana y no tengo muchas ganas de que sea, y es la cosa más parecida a sentirme humano que me pasó hoy. Hay un tema de Patti Smith que escuché recientemente y que me voló la cabeza, de una mujer que labura en una fábrica por dos mangos y no tiene futuro, que se enoja de una manera que solo Patti puede contar, y que termina llevando su sueño de libertad a Nueva York. En el tema queda como promesa, en la realidad Patti pudo. También es autorreferencial, es un espejo, una máscara. Seguiré caminando y espero poder llevar mis espejos sin romper, no vaya a ser cosa que me caiga una maldición de más de mil años, de esas que te acompañan más allá de la muerte – o más acá de la vida -.


*Epílogo: A veces es muy difícil creer que las cosas más brutales pueden estar sucediendo en la realidad. Más fácil poner todo eso en la ficción, en particular, en alguna de las novelas de frontera de Cormac McCarthy. Pero la realidad supera a la ficción. O mejor dicho, la realidad juega con la ficción, entonces pueden generarse obras artísticas geniales, o engendros de horror muy reales. Eso pasaba también, en paralelo a la expedición cinematográfica, cerca de donde estaba, a unos cuantos kilómetros, dentro de una misma frontera, de un territorio, de algo que llamamos país y que supuestamente es el lugar donde nos identificamos, donde esos espejos nos reflejan y….y es que a veces el reflejo es un horror indecible. Un cuerpo asesinado más, un femicidio más, una niña descartada más. Luego, la horrorosa complicidad de la justicia que mira para otro lado, con ojos bien patriarcales, bien clasistas, bien inhumanos. La política que hace su juego de usos y abusos de asesinatos desgarradores, y las familias que estallan de impotencia. Todos mediados por el espantoso coro del periodismo nacional, concentrado en Capital Federal, que pone cara compungida y a los dos segundos se ríe del siguiente meme que es un jugador de fútbol de cualquier país a quien los “hinchas virtuales” decidieron apoyar porque nadie lo conocía. La realidad, la ficción, el absurdo y el dolor y el horror. Por una combinación talentosa podemos llegar a una obra de arte, por un error en el cálculo terminamos cayendo en lo peor de la humanidad. Después, queda volver y tomar el frío necesario como para no perder la capacidad de asombro, sea cual fuere el camino que se elija: el asombro por el horror de la realidad, el asombro por lo genial de una obra de arte. En el medio, el yo que dice Yo, haciendo fuerza para deconstruirse mientras las heridas lo hacen pelota, mientras las caricias lo animan. ¿Cómo termina esta historia? Ojalá podamos acomodar la fórmula, y que el futuro sea un lugar donde nos podamos imaginar mejores.


**esta escena, con esta música:
**y la música sugerida de Patti:
*******************humildemente************************************


Sobre Roberto de Troya y una última lectura



Se terminaba mayo, hacía frío y me tomaba una birra en la esquina de siempre…..

Hasta luego Roberto, te dejo acá una vez más, y vaya a saber cuándo te vuelva a convocar ¡sombra terrible! Roberto de Troya, el más valiente de los escritores, o el más cobarde de todos los seres humanos, depende de cómo se te lea. Pero te abandono una vez más, adiós a las “Notas para una autobiografía”, y ese final con entrevistas tuyas setentosas, la última de todas al más que interesante Poli Délano, con la clara intención de terminar el libro mostrando tu faceta de detective salvaje. Un gancho publicitario, pongamoslé, o un final romántico, que hubieses odiado, estoy seguro. Y eso es algo extraño, porque es difícil estar seguro de algo sobre alguien que murió hace ya más de veinte años y que nunca conocí. Digamos, confesemos, nada de eso es posible, pero por suerte existe la literatura que sirve para leer. Igual, podemos convenir que las notas que recoge alguien más sobre tus entrevistas y charlas sería lo mejor que te pudo pasar, porque ni a cañonazos podrías haber escrito tu autobiografía, o publicado un diario imposible de un escritor que se murió esperando por un trasplante de hígado. Confieso que he vivido, y tenés razón, qué título flojo, de otro poeta chileno que hoy no merece mención, y que mejor dejarlo ahí porque esta noche no tengo ganas de versos de mierda. Mejor seguir en busca del tiempo perdido, y que esa sea la única autobiografía o diario que valga la pena, porque de verdad que poco van a importar los nombres cien años después, que es un estornudo para el universo, porque toda esa gente que era importante ya no será más que un recuerdo genialmente escrito por Proust, y esas es la cuestión. Ser buen escritor o no serlo. Y el que perdure que arroje la primera piedra sobre toda su generación, que lo miró de costado preparando un cuchillo que nunca iba a alcanzar la yugular, porque hay que tener altura para hacerlo. ¿Qué te quiero decir? Nada, las generaciones esas están todas bien muertas y enterradas, al lado de tu hígado descompuesto, y yo leo, los leo a todos, y no me puedo creer que pasó tanto tiempo y que estoy envejeciendo y que no tengo nada mejor que hacer que invocar y hablar con un escritor muerto. Eso sí, el más valiente de todos. Me corrijo, después de mil lecturas, el que elijo como el más valiente de todos, porque en la vida no hay tiempo para leer  tantos libros, para ir a buscar las tumbas de todos los escritores y escritoras, y que mejor hubiesen sido escuetos y perfectos como Rimbaud, o cortos y desesperados como Sophie Podolski. Tal vez, a lo mejor, no deberían haber tomado tanto mezcal, digo, como un consejo totalmente a destiempo y que por eso no funciona como consejo. Se vuelve complicado este fragmento, pero te sigo hablando porque ya perdí la esperanza con mi vecina. En verdad, te aclaro, mi vecina no lee porque ya tiene muchos años y los ojos no le permiten, y la jubilación es una mierda que no deja comprar libros, y ahora encima parece que, como si fuera mala ciencia ficción, hay empresas de inteligencia artificial que compran libros para aniquilar la publicación en papel. Sí, ya sé, a Philip K. Dick por ahí le hubiese encantado el tema, tanto como una estudiante anarquista en minifalda, seguro. Decía, dejaba ese libro sobre tu voz de entrevistado, tus palabras de entrevistado y tu labor de entrevistador de esos estridentistas que quisieron acabar con todo en el primer tiempo del siglo veinte, para terminar expulsados en la segunda parte, como jugadores de fútbol que se van cansando y que no pueden reconocer más el campo que antes manejaban al dedillo. Y esos estridentistas anárquicos y escandalosos, son los infrarrealistas de los setenta en la misma México, pero distinta México, donde la revolución se rescribe todo el tiempo, para intentar corregirse después, y ser editada para padecer la incomprensión y volver al exilio autoimpuesto por cansancio, y que cada uno haga lo que pueda para sobrevivir. Se trata de acabar con todo para empezar después, para terminar acabado en algún cordón del DF, o en un hospital de Barcelona, lo mismo da. Las historias se repiten, pero vuelven cargadas de humor negro, porque para ser dramáticos hay tantos malos escritores, que dan ganas de vomitar delante de uno de esos concursos literarios que tanto te sirvieron para comer en un momento, y que luego te sirvieron para nada, un detalle, un empuje para tu siempre próxima y más imposible novela. Esa última que todavía espero, y que no va a llegar. Porque siempre se pierde, siempre perdemos. Es el juego de la literatura.


*Vaya como tema musical de fondo, algo que escuchabas mientras escribías, creo:

*************************************humil-demente, Juan***********************************de vez en cuando hay que tomarse tiempo para pasearse por el lado salvaje******siempre de la mano del Virgilio más valiente de su tiempo*********


Epílogo (Detectives del Rivadavia)


Un libro chino sobre el escritorio, todo un pasado de polvo soplado por el viento que entra desde la ventana que nunca fue abierta, hasta hoy. El nuevo mandato, el nuevo encargado del limbo, la orilla del infierno, una comisaría más caída en desgracia, una desgracia anterior a su existencia; pero las cosas ya vienen dadas, los papeles están asignados, los escenarios prefabricados, los registros caídos al vacío de una ciudad más, un barrio. El nuevo cancerbero con su abanico de llaves para abrir y cerrar puertas y rejas siempre en decadencia, el lugar donde el sótano está en la planta baja, el pozo de la sociedad, el pozo ciego donde el tuerto es el más cagado de todos, el que se queda hasta la última gota salada de víctima fatal, gota roja, el derrame que nadie quiere ver hasta que lo ve. Una maniobra del destino y las almas quedan encalladas ahí para toda la eternidad. Almas inocentes, culpables, cómplices, asesinas, traidoras, misericordiosas, reflejando su actitud contra el espejo de cada una de las vidas, que circulan como partículas de polvo volando desde ese libro chino. Un desvío, algo que despierte a quien está destinado a dormir, el desvío que parece la salvación, pero en verdad es el comienzo de uno de esos finales de policial B, uno en el que tal vez el detective del barrio Rivadavia llega a la escena del crimen, tarde, como debe ser. Lo que encuentra es un cuerpo o varios cuerpos dibujados con tiza en el suelo, o lo que sea que no tiene más vida pero que la tuvo, y la tendrá un poco en los ojos de quienes lloran, esos despojos de la ciudad que penetran en el saco del detective que llegó tarde, como siempre. Y su destino es abrir todas esas puertas y rejas de una institución que detesta pero que necesita, como cagar cuando está descompuesto de muerte. Ventilar el polvo viciado y esperar por que no lo maten o lo contagien, para después ser expurgado por traidor, a nadie le gusta que lo descubran en sus desgracias, en sus mezquindades, en sus violencias, pero es la tarea del detective: descubrir para empezar a olvidar, encontrar consuelo en voces que no sean las que ya conoce, una esquizofrenia como epifanía, tratar de mantener el equilibrio, mirar el horizonte por la noche y fumar hasta que se termina el último deseo, que el amanecer venga con la ejecución en el patio de atrás, de esa misma comisaría, mientras vuelan el polvo y los restos de hojas del libro que parecía estar escrito en chino, el final del desvío. Volver a la senda justa, mentir una declaración esclarecedora, buscar en la enciclopedia el modo correcto para nombrar la brutalidad para hacerla pasar por justicia…el tiempo y todo lo inventado encolumnándose detrás de un error, el cuerpo del detective arrojado al basural o a lo profundo del océano desde el acantilado, y que su historia se pierda en el vacío de la noche. Siempre es de noche cuando los cuerpos desaparecen, cuando las historias se apagan, cuando la piel esconde sus marcas para que el mundo abra los ojos por la madrugada y ya sea hora de cambiar de ropa. Será primavera y después verano, habrá una fiesta con tela de encaje nueva, estarán presentes las autoridades de donde sea y se servirán copas para brindar la abundancia por llegar. Y llega. Y sí, es abundante. Y es dinero. Y es sangre. Y los ojos se levantan por última vez, alguien todavía quiere defender una moral, una filosofía estoica, un General del Imperio. Y las voces suenan para calmar las ansiedades de los indignados de siempre, unas gargantas cargadas de tequila, unos detectives que ya no mueren porque saber caminar y respirar sobre la basura podrida. Y los ojos, los ojos inyectados de sangre y misericordia, la túnica cubriendo su cabeza de santa protectora de asesinos y asesinados, la aureola de la culpa compartida, los brazos extendidos que invitan a la danza infernal, entrar a la muerte en manos de la Virgen de la Sangre, entrar en su eternidad para seguir la caída en una tumba sin tiempo, cenizas esparcidas en el paraíso artificial de un cementerio, el descanso final que es un cuento para niños que siguen mirando de espaldas a la vida. Un detective llegando tarde, como siempre. Una comisaría incendiada y destruida por los vecinos cansados de la muerte. Unos días de enero que pasan al ritmo del hit del verano. Una comisaría que se inaugura para fines de febrero, porque comienzan las clases y hay que proteger lo más sagrado. Un nuevo encargado del infierno que sonríe ante las cámaras, con un gesto que cuenta todo el pasado sin nombrarlo. Una mueca que miente el presente de esperanza y progreso. Una carcajada con la ironía del futuro en la punta de su lengua. El saludo con el Intendente y el ingreso al despacho, donde ya no hay libros, porque nadie los necesita más, es la era digitalizada. Los crímenes serán por ahí, las persecuciones y los disparos sonarán en pantallas. Otra mueca socarrona, el saludo para las autoridades de la provincia. Las celdas limpias y preparadas para comenzar a derruirse con las torturas diarias. Violencia analógica. Los patrulleros saliendo a recorrer los quioscos y los lugares de siempre, para hacer los recados de siempre. Las zapatillas colgando de las ramas de los árboles de las plazas. El intento de mantener el equilibrio, acallar las voces. Las especies, dicen, evolucionan aprendiendo de los errores del pasado. Pero tal vez no sea así, porque a lo mejor esta especie evoluciona perfeccionando los errores del pasado, aprendiendo a soportarlos, cambiando las fichas hasta que llega la correcta, la que es capaz de guardar en su memoria todas las atrocidades del mundo sin siquiera preguntarse por qué. El nuevo encargado de la comisaría. El que va a sobrevivir. El adecuado para hacer caso omiso a las voces. El único capaz de convivir con ese polvo, esas puertas, esas rejas, ese olvido.


*Y este sí que es el final:

**********************humildemente, Juan**************************************************************todo lo dicho**********************


Un final (Detectives del Rivadavia)


Ya no era su caso, preocuparse por las instituciones, fomentar la salud de la sociedad o la filosofía centrada en tratar de comprender el tiempo. Porque sentía. El sentimiento es enemigo natural de la razón, y ya no tenía espacio para otra cosa. El Comisario encerrado solamente sentía. Arrepentimiento, ira, pero jamás misericordia. Esa palabra le generaba miedo, el miedo a esos ojos, a esa Virgen de la Sangre. Su límite, el momento de la caída, las alarmas que se encendían y las enfermeras ingresando en su cuarto oscuro para compensar lo que ya estaba completamente desequilibrado. Después, pasar las horas y los días hasta olvidar, y volver de a poco a perder el efecto narcótico y recordar, otra vez, las caras de sus enemigos, los espacios y rincones de esa maldita comisaría, sus olores a encierro y muerte y la injusticia en cada baldosa y el arrepentimiento y la ira y…….otros días y semanas que pasaban, y una noche y un sueño recurrente, uno en el que su cuerpo era sacrificado en el medio de un ritual en el patio sagrado de Ciudad Prohibida, una redención incompleta en la que el General Imperial sacaba su espada dispuesto a darle el descanso merecido. Pero nunca terminaba. Esa escena final del sueño era lo que le impedía sanar, descansar de una vez. Él era el Comisario, parte fundamental de la institución, su cara visible, su celoso guardián, el encargado de proteger las sagradas escrituras que conformaban esos reglamentos tan especiales, preparados más para la subsistencia de los usos y costumbres de un grupo de personas que para impartir justicia. Pero él debía enunciar al revés, siempre al revés. Luego seguir hasta el próximo día, mirar para otro lado, dejar que cada personaje diseñado por la misma maquinaria que lo había diseñado a él, siguiera cumpliendo su papel, costara lo que costase. Para poder dormir correctamente, para que esas paredes y esas rejas desvencijadas tuviesen un sentido. Entrar en la Comisaría que te tocó en condena era el paso previo al infierno. Después, nada es igual, nada es lo que parece, un pedazo de la realidad se cae sobre tu cuerpo. Y con eso había que convivir, viendo esos cuerpos sufrientes y desengañados, todos los días. Ver vírgenes perder su primera vez, violadas y violados sistemáticamente por ese Sistema que estaban empezando a mirar a la cara para darse cuenta que mejor no mirar, mejor buscar otros ojos, unos de misericordia y perdón. El perdón para los infelices que acaban por enterarse de que la justicia era lo mismo que el tiempo, algo que nadie puede explicar, algo que cada quien mide como puede, y nunca de la misma manera. A veces un minuto es más largo que una hora, y otras ese minuto dura lo que un segundo, y un segundo parece un año. Buscar un sentido, una razón, una certeza. Imposible. Pero el Comisario debía garantizar ese falso orden, al menos un alivio, un instante, un “estamos trabajando para resolver”, “ya tenemos individualizados a los responsables” “pusimos todo los recursos con los que disponemos para…..” ¿cómo era esa palabra….ya se le había perdido en la memoria?....y volvía y se mordía la lengua para no mentirla, la sangre se le llenaba en la boca, comenzaba a ahogarse, las enfermeras entraban y limpiaban la escena ¡Limpiar la escena!, lo reprendían, lo inyectaban, quedaba desmayado…pasaban las horas…..agradecía el deterioro lento pero constante de su memoria….agradecía el hecho de irse desgranando…..agradecía acercarse a lo más parecido a un final……agradecía poder olvidarse de sí mismo, aunque no era el final.

No todavía,

No nunca,

¿Cómo era esa palabra?

Esa que tanto sonaba en los pasillos de la Comisaría, en el desierto de Sonora, en Ciudad Prohibida, en los ojos de la Virgen de la Sangre, en los pasillos de lo que quedaba de su memoria...

Apagar las voces...

Olvidarlo…

Olvidarlo todo…


*Un temazo de final: 

************************************************************************************************humildemente, Juan*****************ojalá todo hubiese sido diferente******************fin?¿*************************


Propaganda de Mundial

Propaganda de Mundial   El mar calmo de lluvia venidera, los charcos promiscuos en las calles con baches de estilo veneciano, unas...