martes, 28 de junio de 2022

Suave ya no es la noche

Volvía a Francis Scott Fitzgerald porque había escuchado algo en la radio, una escritora que hablaba de sus novelas y sus relatos, y de esas relaciones complicadas con esposa en problemas Zelda y amigo jodido/estatua literaria Hemingway. ¿Y qué tenía que ver eso con su vida, tan lejos de la París de principios de siglo XX, cien años más tarde en la esquina de siempre del barrio Rivadavia? A ellos los llamaron la generación perdida, con sus personajes angustiados por una existencia que veía imposible y poco viable el sueño americano, porque parecía que las guerras mundiales eran posibles, y que la bolsa de Wall Street se podía equivocar, como un equilibrista muy seguro de sí pero que a veces se olvidaba de colgar bien la soga del otro lado. Entonces, en esa comparación desfasada y exagerada, él se sentía un poco Fitzgerald, abrumado por fantasmas y agarrado siempre a una botella de cerveza. En el caso del yanqui, serían otro tipo de bebidas, en otro tipo de fiestas. A él le tocaba Francia y Garay, un martes a la tarde, una de litro Quilmes, y ojalá le auspiciaran el espacio semanal con una de esas. Siguiendo la comparación forzada, la China sería la medio demente y siempre dispuesta a las fiestas Zelda, pero no daba mucho con el perfil, además de que el final había sido muy triste y abrupto, la China no se lo merecía, trabajaba demasiado y se bancaba estoicamente la mierda de todos los chabones del barrio. Era mucho, mejor dejar a la Zelda / China un poco más cerca de esos personajes levemente románticos de Fitzgerald, obviando el momento en el que pierden el control de sus vidas y se hunden en eso que bien podía ser el invierno en la ciudad de Mar del Plata. Y estaba su propio Hemingway, un tipo insoportablemente autofabricado de bronce, angustiado por la vida y gran promotor de su propia imagen. Nada menos que ese filósofo de cuarta, Scardanelli, que no tenía problemas en hundirlo mientras le aconsejaba que lo mejor que podía hacer era darle ese último trago de cerveza, porque le correspondía como líder del grupo. La generación no ya tan perdida, sino los perdidos de toda una generación que ya no se molestaba mucho por encontrarse. Porque eran momentos no tanto de Francia y fin de siglo, más generación del jazz y súper snobismo concentrado en un par de monótonos acordes. Se trataba, más bien de una Argentina del futuro malogrado, un plan que parecía bueno, pero que estaba mal desarrollado, pésimamente escrito. Y los personajes principales, estos tres que se juntan todas las semanas en la misma esquina a tomar una cerveza, a charlar de las cosas que los marcaron y los jodieron en la semana, carecían del ritmo jazzero, no estaban tan iluminados artificialmente. Resultaban, en conjunto, un rock cuadrado punteado por Pappo y cantado por el Pity Álvarez desde el penal que lo contenía, esa misma tarde. Diferentes, pero ambas generaciones traicionadas por aquello que se vive prometiendo en cada campaña política, pero que no es más que una intención, apretar F5 en la misma computadora vieja y con la memoria llena, tan llena de basura, que formatear resulta solamente esconder toda la mierda debajo de una alfombra. Pero la mierda huele, generación perdida, perdidos de toda generación, un par de suaves noches, las vacaciones artificiales, los encuentros tras bastidores de vidas que tienen la misma carga angustiante, pero escondidas en máscaras distintas. A lo mejor, una más cara y que hasta podía llegar a perdurar con cierta genialidad. La otra, bien barata, y mucho más olvidable. En el fondo, todos reclamando un futuro que no era el prometido, descansando en los rincones con la cabeza igual de reventada. “Toda vida es un proceso de demolición”, esa era la frase que él siempre recordaba de Francis Scott Fitzgerald, y era la frase que le devolvía en espejo esa París de la fiesta eterna, una celebración constante del fin del mundo, con la certeza de que para no pensar en las partes apagadas de la vida, es más que necesario borrarse con cualquier cosa, una sustancia fuerte, un amor pasajero, un tiro en el medio de la cabeza, para que ya no se vuelva a encender más. ¿Qué tenía que ver eso con su vida, con sus vidas? La tarde en el barrio Rivadavia se consumía, como el cigarro de la China, que se iba a tirar un rato antes de volver a pensar cómo hacer para llegar a fin de mes, sin darse cuenta que ya lo había logrado? Eso, el barrio es una fiesta, París era una fiesta, desde lejos y con el tiempo sobrevivir un día más a las angustias que están siempre, sea el formato que sea, el material y el espacio del lugar en el que se esté, la guita que se pueda o no tener en el bolsillo, el auto que se pueda manejar o ver desde fuera, la guerra que podía gestarse tanto ayer como hoy, y un largo etcétera de cosas que son iguales para todas las generaciones que se siguen perdiendo en deseos cuarteados, con un vacío enorme esperando al final. Y sí, Zelda iba a morir en el incendio del psiquiátrico en el que estaba internada, y Hemingway se iba a volar la cabeza porque no se soportaba más, y Francis Scott Fitzgerald…En una suave noche, se iba a preparar para la última gira, en la que iba a invitar a todos sus fantasmas, de adelante para atrás, como en su relato sobre el curioso caso de Benjamin Button. Y todo iba a terminar entre bebida y bebida, cerveza y cerveza, hasta que el propio cuerpo dijera basta, no queda tiempo por seducir, no queda aristocracia por rescatar, todo está manoseado en el mismo chiquero, en París, en Mar del Plata, a principios del siglo XX, a principios del siglo XXI. Las fiestas son la conciencia de que las cosas se van a terminar, y más vale estar preparado para el último sorbo.


**********Y ese corito que todavía resuena en cualquier suave noche:

**************************************************************************************************Humildemente, Juan***************************************a bailar, esta y cualquier noche*********************************************

 

 

martes, 21 de junio de 2022

Un martes en la vida


Una mariposa nocturna de gran tamaño que chocó aleteando con la pantalla de cristal, la más bella que he visto nunca, pero el ruido que hacía me obligó a atraparla en el puño sin saber lo que me proponía y allí estaba: Cómo explicarlo, aplastada, muerta… (Joyce Carol Oates, Delatora)


Es como si la fiebre terminara por encontrarme en cualquier lugar en el que me intento esconder. Algo así le dijo en voz bastante baja a la China. Le decían la China porque laburaba en el supermercado del chino de Jara. Ahí la habían conocido con Scardanelli, los días que se encontraban en la esquina de siempre, a tomar la cerveza de siempre. Empezaron como todas las cosas, hablando de boludeces. Y es increíble lo que significa eso de hablar boludeces, porque es sorprendente el poder cohesivo, de imán irrompible que puede generar entre perfectos desconocidos. Eso sumado al aburrimiento compartido, un pesar que también es culpable de generar vínculos. Por el hecho de compartir y nada más. A lo mejor, no exista otra cosa que deba ser mencionada en el transcurso de cualquier vida. Al menos en el barrio Rivadavia de ese invierno, que apenas estaba empezando. “Venite después, cuando el Chino te deje salir de entre los embutidos y la máquina de cortar fiambre, vamos a estar con esta misma cerveza en las esquina de Francia y Garay, contra la medianera que creo ahora es blanca porque la volvieron a pintar”. Así, la China se sumó a los dos esquineros de todas las semanas. También funciona como un aporte de aire renovado, y logra la paridad de género en esta historia. Al menos esta semana, en la que se me ocurrió salir del personaje y narrar en tercera omnisciente, el sabelotodo alejado hasta de él mismo. Porque están Scardanelli, filósofo berreta, y ahora la China, y después estaría el que dice Yo, pero que hoy no soy yo. Como sea, la China llega y los ve a los otros dos sentados, con la cerveza a medio terminar o a medio empezar. “Qué hacés China, qué ves en la botella: ¿Está medio vacía o medio llena?” La china se sienta en el medio, agarra la botella y se toma un primer trago.”Ahora no hay duda, está medio matada”.“Matada”, parecés este bruto que dice Yo, dice Scardanelli. “No me jodan que la compré con mi guita, para variar, ¿cuándo van a comprar algo ustedes?” .“¿Sabés cuánto me paga el Chino del orto ese? Cincuenta lucas al mes, por diez horas diarias que pierdo ahí entre los embutidos y la máquina de cortar toda desafilada que tiene”. Ninguno de los otros dos se sorprendió, porque no había nada para sorprenderse, los laburos en el barrio se pagaban así, se trabajaban todos los días menos uno y nunca por debajo  de las diez horas, y jamás en blanco. Siempre había sido así, seguía siendo así y terminaría el mundo siendo así. “El Bocha, en el almacén, paga un toque mejor”, dijo Scarda. “Claro, pero es un pajero de mierda, duré una semana ahí, me cansé de que me estuviera mirando el orto todo el tiempo sin siquiera mosquearse el muy hijo de yuta”. La China había laburado en todos lados por el barrio, sabía mejor que nadie lo que eran cada uno de los dueños de locales de la zona. “Y vos, qué onda Yo que dice yo, estás muy cayado hoy”. El Yo que dice yo estaba pensando en su propio destino solitario, en lo que había hecho para llegar a ese atardecer que era tan parecido a los de las semanas anteriores, y que solo le disparaba un conjunto de versos desordenados, que la China ayudaba a ordenar:

Estaba pensando en que estoy muy solo,

No, lo que te pasa es que vivís solo,

Y son las 20:19 y es domingo,

Hoy es martes, pero dale con eso que es más bajonero,

Veo por la ventana unas palomas cogiendo,

Seguro que en el patio de la piecita, ¿no?,

Y que a la vez cagan,

Porque no se guardan el placer para nada,

Entonces yo quiero ser esas palomas,

Algo en la actitud tenés,

Apagar un poco el cerebro,

Eso mismo, te percibís como un pelotudo,

Pero no para desaparecer,

Querés sacarte la responsabilidad,

Fundirme con la naturaleza y no sufrir,

Ser libre de pecado y culpa,

Porque la sociedad me obliga,

Y sos el Yo perfecto, un idiota con culpa,

Me obliga a tratar de contener lo imposible,

Un invento del mercado, a nadie le importa qué hacés,

Por qué no me das la cerveza,

Por qué no te vas a cagar y te apiolás un poco,

Es que hoy me duele la cabeza,

Eso es porque no cogés hace meses,

Y qué si no soy lo que pensé,

Sos lo pensado por otros pelotudos que son tan chabones como vos que me da bastante pena, y me rompe soberanamente los ovarios tener que estar entre dos idiotas como ustedes dos para alzar un poquito mi voz, pero como que un poco una los quiere, y no soy China pero les dejo que me digan, porque también es feo levantarse todos los días para ir al supermercado del orto, pateando para el costado gente que quedó enganchada y que no deja de pincharse o jalar poxi para anularse un rato, y que el pibe esté doblado con un chumbo en la mano que le dieron los ratis para que se la ponga a cualquiera y ellos después cobrar lo que se pueda, en dólares, criptomonedas o sobrante de vida callejera, y así llegar al comercio donde me van a cuerear todo el día por dos mangos, que apenas me van a alcanzar para pagar algo del alquiler, porque las cincuenta lucas no me las dan todas juntas ni en pedo, pero yo sí que tengo que estar al día, y toda esa bronca la remato en esta esquina con ustedes dos, los escucho hablar de pavadas y como que elijo identificarme para no morir sola esta y ninguna noche,

El próximo domingo a las 20:19,

Eso China, el día y el horario de los corazones solitarios y la banda del Sargento de la merca,

Cayó el domingo pasado, en vacaciones,

Un bajón, porque caer es lo peor,

Pero igual lo van a soltar cuando les haga falta,

Pasa siempre en el barrio,

Y en todos los barrios,

En Skid Row también,

Obvio, somos una copia barata de Baltimore,

También pagan mierda ahí,

Y la gente se caga muriendo en la calle,

Y los corren con la suela del pie de la ley,

Eso es un crimen mundial,

A nadie le importa,

Lo que te decía, Yo que dice yo, son un bajón, vos y Scardanelli deberían probar irse del barrio Rivadavia.

¿Y qué podría escribir si le hiceran caso a la China? Afortunadamente, terminan la cerveza, con sus cuerpos satisfechos. Todavía es martes, hace un frío que escarcha los labios. Ni siquiera se dicen chau, saben que mañana van a verse, porque tolo lo importante siempre termina por suceder.

¿La mariposa?,

Bien gracias,

¿Cuánto hace que no ves volar una mariposa por el barrio?


*Y estoy seguro que la banda sonora adecuada para este texto es un agujero negro en el sol de cualquier barrio:

********************************************************************************************************Humildemente, Juan*************************algunos días me siento así, y prefiero un poco esconderme**********************************

martes, 14 de junio de 2022

Visita al doctor



 El te ayuda a entender,

hace todo lo que puede

(The Beatles, Dr Robert)


Después de 253 noches sin dormir, decidí ir al médicx. En verdad no sabía el género, por eso la x al final. Estaba dispuesto a ir a cualquiera, al que primero me abriese la puerta para ir a jugar. Después de penar unas largas horas, alguien me abrió un espacio en su tan ocupada agenda llena de consultas que terminan en apenas dos minutos, pero que se cobran por quince. Como sea, antes medió el papelerío correspondiente con el secretariado, el gremio que más escribe a mano y que más aguante tiene, como si fueran los primeros pacientes. Entonces lo que siguió fue “pacientar”, no sin antes tener en cuenta que todavía tenía que autorizar la orden para proceder al reintegro de una plata que no tenía. En fin, el cuerpo muy dolido, la cabeza muerta de sueño, el problema a solucionar. Y buenas tardes ¿doctor? “x”, cómo te va. ¿A mí? La verdad que para el culo, imaginate lo que me costó decidirme a venir hasta acá, y lo que todavía me va a costar. Comento mi problema y lo que sigue es una “revisión general”, seguida de preguntas “generales”, sobre hábitos de vida, situaciones tensas, y etcétera. Mientras me masajeaba los ganglios, le expliqué lo que más o menos era mi vida, como en una especie de confesionario o sesión espiritista o de psicología. No se enojen, pero todxs hacen las mismas preguntas. Así que lo suyo seguro que es estrés, me dijo. Por lo dialogado casi socráticamente, todo derivó en ese compañero culpable de todas las penurias y tan difícil de atrapar. ¿Pero cómo hacer para medicar algo así? Y me dio unas pastillas inductoras del sueño, para empezar, antes de seguir con drogas cada vez más duras, y mucho más caras. Pero vio que está la guerra en Ucrania, la inflación, la caída de las bolsas y las criptomonedas, la pandemia a mitad de control, la separación de Shakira y el megajuicio de Johnny Depp, y las temporadas interminables de series que ya creíamos que se habían terminado, y esa cosa tan gelatinosa y poco probable que llamamos futuro…Y lo entendí perfectamente, es más, si no estaba estresado, después de eso, tenía que ir por la droga más dura, el revienta caballo. Pero no, te juro doctor “x” que todas esas cosas no son las que me quitan el sueño. Es más, si supiera cuál es la cosa que me quita el sueño, ya habría resuelto el asunto, ¿no te parece? Me felicitó por la deducción, como si fuera prueba de que, por lo menos, no parecía más comprometido de lo que estaba. Bien, lo que puede ser –me dijo- es que haya algo en su vida que no lo deja en paz, una situación que lo tiene angustiado, un trastorno de ansiedad. ¿No sería eso la vida?, le dije. A lo que el doctor “x” me recomendó una psicóloga amiga, con la que se suelen intercambiar clientes. ¿Clientes? No señor, pacientes, todos son pacientes. Claro, sobre todo los clientes, fue lo que no le dije, porque no tenía ganas de seguir una discusión más en mi vida diurna. Le pedí que tratase de ser más preciso, eran muchos días sin dormir. Nada se puede con una consulta general, debería derivarlo con algún especialista, como ya le dije, o mandarle a hacer estudios…Ahí mi cabeza se fue para otro lado, porque el solo hecho de imaginarme sacando más turnos y autorizando más órdenes, empeoraba mi crisis emocional. ¿Sería una crisis emocional? Calculo que cada momento de la Historia tiene sus propios dilemas, y que estos afectan de alguna forma la manera en que los seres humanos nos diagnosticamos. Hoy es muy común el estrés, más todavía la ansiedad, y todo amparado en los grandes males que nos tocan vivir a nivel mundial, y esa bendita pandemia que llegó para quedarse hasta que algún día nos miremos al espejo y digamos: ¿Qué carajos estoy haciendo? Y al otro día a dormir temprano. Pero puede que las secuelas sean demasiado grandes, porque puede que todo ese pasado de la Historia vaya acumulando traumas, que no son más que cadáveres y pedazos de historias que se apagan, que se alejan, emociones que se van congelando con los primeros días del invierno…Eso que todavía no empezó el invierno, por lo menos el de calendario. Todas las veces que se escucha esa frase en cualquier parte del barrio Rivadavia, me deprimo un poco más. La rutina está para aniquilarte, dice el doctor “x”, pero yo le respondo que también está para generar hábito, y que eso puede ser bueno, porque el hábito es la búsqueda de la tranquilidad y el confort, y eso deviene en felicidad, que no es más que el develamiento de la verdad. ¿Y cuánto hace que no cambia el colchón? Silencio. Creo que desde que me mudé, contesté. Ahí está. Elemental mi querido padeciente. Es el colchón. ¿Y hay receta para eso? Porque para salir del consultorio y comprarme un colchón en este preciso momento, estoy un poco apretado. Pruebe con dormir en el piso, como los japoneses. Gracias doctor “x”, de verdad, no te hubieses molestado. Vuelta en el 554, directo al barrio Rivadavia, casa, colchón viejo o piso, esa es la cuestión. Para relajarme un poco paso por la esquina de siempre, me siento a tomar una birra – aunque no debería mezclar con la pastilla- y me voy quedando dormido con un rayito tibio de sol. Para mi desgracia se acerca Scardanelli, me despierta. Lo miro mal, una vez que me había podido quedar dormido. ¿Dormido?, me dice. Te desmayaste, por eso te desperté, ¿no vez la cara pálida que tenés? ¿Por qué no vas al médico, por las dudas? Lo miro con mis ojeras por el piso, me pego un fondo con lo que queda de la cerveza, no le pienso convidar un carajo esta vez. Miro el solcito que ya se me esconde, vuelvo a los ojos de Scardanelli y sentencio: "¿Ir al médico? Pero por qué no te vas a cagar".

 

*Cualquier cosa que tengan que tomar una pastilla, ni se les ocurra leer los efectos adversos. Al parecer, inventamos curas que son peores que la enfermedad:

*********************************************************************************************************Humildemente, Juan, desde el piso y tratando de pegar un ojo**********************la felicidad es tan simple**********a veces.-.-.-.****


martes, 31 de mayo de 2022

La última hora

Estaba seguro, ahí debía terminar su historia. Un punto final que no promete secuelas con agregados innecesarios, y mucho menos precuelas que contasen pasados que mejor  ni haber transitado. Era uno de esos finales de verdad, de los que no dejan más hojas del otro lado. Y no era cualquier final, era el suyo y el de nadie más. Protagonista absoluto de su última hora y minuto y segundo y final. Ese personaje que tanto le había costado desarrollar, uno del que se había enamorado a destiempo. Sí claro, era tarde para volver el segundero atrás, porque lejos era demasiado tiempo. Se amaba ahora, cuando no quedaba casi nada de presente, cuando el agua nieve le penetraba la última capa resistente del cuerpo. El fin se avecinaba una noche, daba igual que fuese de frío polar, de calor sofocante o de primavera a medio camino. Esa era su noche final, y era el momento en el que se entendía por primera y última vez. Lástima, se hubiese ahorrado miles de pesos en analistas, pastillas y entrenadores espirituales que, palabras más drogas menos, le decían lo mismo, que debía aceptarse para sanar. Y otro montón de cosas más que él razonaba pero que no sentía para nada. Para analizarse hay que estar enamorado, sino es al pedo, no va a funcionar. Ahora reía, porque finalmente se había enamorado de sí mismo, que era la única forma de amor que había experimentado. Empezaba a entender ese tipo de búsqueda, esas palabras que parecen un relleno de versos innecesarios, que no mueven la aguja de ningún sistema de poder, porque son como pajearse en la playa a la luz de la luna, un lunes de diciembre. Se amaba y se podía entender y se tenía pena, pero también mucha compasión. Se perdonó por todo, por haber hecho lo que había podido, por haber sido una persona – al menos de vez en cuando -, por todas sus muertes y todas sus vidas. Con él, esa noche, se terminaba el karma, cerraban todos los ciclos. Seguramente, al día siguiente, se iba a poder sembrar el mundo por enésima vez, porque con él se iban las plagas y las malas rachas. Estaba contento plenamente, por primera y única y última vez en su corta vida. No se acordaba qué edad tenía, pero cuando se avecina la muerte, la sensación es que no se tuvo el suficiente tiempo para desarrollar nada. Era una pena, pero aceptó que por algo sería, a lo mejor las cosas tienen que tener solo cinco minutos de eternidad en la memoria y listo. Un recuerdo para llevar por siempre, y la nostalgia ocupando el resto de los universos de la vida. Pensó levemente, pero pensó, en todos los caminos que había tomado, en todos los daños que había causado. Recordó ese sendero lleno de musgos y pastos largos que denotaban la escasa circulación. Sería ese el camino de la verdad, pocas veces transitado. Pero él lo hizo, a fuerza de arrancar con sus sangrantes manos cada pedazo de hipocresía, a pesar de que doliera y no dejara nada a cambio. Lo hizo, al menos una vez. Y ahí estaba, muriendo de a poco, sintiendo el calor de la locura en medio del frío más crudo del que se tuviera memoria. La escarcha empezó a congelarle el pecho. Sintió el corazón latiendo con una debilidad increíble. Se acercaba el último trato, el recuerdo del final. Se vio alejado del resto de los animales del universo, individualizado como nunca lo hubiese imaginado. La soledad era toda suya y de nadie más. No quedaba más que ese aislamiento definitivo, la aceptación de que la naturaleza separaba su cuerpo vital del resto de las cosas, sin pasión ni resentimiento. Ninguna vida le pasó resumida ante sus desorbitados ojos. Solo un plano cenital en blanco y negro, una suerte de noche devorando el alumbrado de la esquina de cualquier barrio. Daba lo mismo, se muere en cualquier parte, en cualquier idioma. Eran los últimos segundos de un día cualquiera, pero eran sus últimos segundos del día de su muerte. Solo para él, en ese instante, la escena era lo más trascendental de la historia. Y no era nada. Era un tipo más, recostado contra una medianera, arropado por el viento y la escarcha, escuchando el último latido de la noche…Uno más…todavía era difícil morirse…costaba un par de disparos de diafragma… …dejó de ver cualquier cosa… … … estaba…¿no estaba?... … … … le dolía por última vez un pesar, algún residuo de amor que no era de su parte… … … … … ¿Un disparo, un ladrido, un grito salvaje, el sonido primigenio?... … … … … ----------Nada era nada, y mejor no confiar en dioses insensibles a partir de acá, preferible el respetuoso y anhelado silencio________________________

 

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********************************Con humildad y en silencio, Juan***************

martes, 24 de mayo de 2022

Respirar



“Si voy a ahogarme…si he de morir ahogado…si me ahogo...” (Stephen Crane: El bote abierto)

 

Nada especial, algo siempre suele fallar. La gente falla, las cosas fallan, el destino falla. Un desperfecto en cualquier momento y un giro terráqueo que vuelve sus fauces sobre alguien. De tantos y tantas solo uno se perdería el mañana en aquel naufragio. Lo ideal hubiese sido no estar allí. Pero lo ideal nunca termina de suceder por completo. Somos eso, un ideal que choca contra las rocas de la realidad, y que deja de serlo. Pero nos damos cuenta cuando ya es tarde, la única manera que tenemos de entender lo que nos rodea. Todo es comprensible cuando ya no importa, cuando ya no está.

Lo lindo que es poder respirar. Seguramente no hay nada mejor que poder salir a la superficie, levantar la mirada al cielo, reconocer las nubes y tomar impulso para meter todo el aire posible para hinchar los pulmones, y que queden al borde de reventar. Unas malas olas, violentas olas que te juegan en contra. Aunque en verdad no juegan para nadie, solo están allí como manifestación de la indiferencia de la fuerza natural hacia los seres en general, hacia mí en particular. No hay sentimiento alguno, solamente prepotencia de la naturaleza, que impone sus condiciones cuando le viene en ganas. Lo importante es no estar ahí en ese preciso instante, ser un animal inteligente, leer el ambiente de la mejor manera, rastrear algo de sabiduría heredada. Desafortunadamente, no siempre es así. A veces, el azar juega su partida de espaldas al púlpito y puede tocar el peor de los números. Esta vez, de todas las personas que están varadas en el mar, me tocó a mí quedar envuelto entre el oleaje más pesado, en un punto donde es imposible escapar. Y comenzó a sacudir la furia del agua salada, la peor cara de la borrasca del Atlántico sur. No tuve más remedio que empezar una lucha que sabía perdida de antemano. Como la vida misma, pensé, el final es único e irrepetible, y hay que estar a su altura. Pero igual está ese impulso hacia la vida, tan inútil como valorable, honrado, que compartimos con todas las especies. Las brazadas eran una verdadera bestialidad, con todas las fuerzas y dos posibles desgarros exagerados de extremidades casi muertas. El resultado cada segundo empeoró, como es natural. Jamás estuvimos a la par, era claro que tenía perdido el intento, y así pasó, así se fue mi esfuerzo hacia el fondo del oscuro mar. Los ojos cerrados, las vueltas eternas y el golpe en el fondo de todo, el fondo de la humanidad, el final de la vida. Y claro que sentí esa especie de goce del final, esa suerte de salida tranquilizadora. Dejar de luchar, abandonar los esfuerzos y liberar el cuerpo hacia la muerte, el dulce descanso. Pero sentir que no se puede respirar es algo terrible, es lo peor que puede sufrir un ser vivo, incluso más insufrible que cualquier dolor. Porque hay una impotencia encima que golpea en el medio del pecho también. Dos dolores que se unen para crear uno nuevo y aterrador, el sentimiento del ahogo. La vida que no se pasa en ese instante, porque el pensamiento se apaga por falta de energía, no hay caras extrañas ni escenas de un pasado ideal que, por cierto, nunca existió. Pero claro, la posible muerte embellece cualquier momento en el que uno se recuerde respirando profundamente. Eso sí, lo que se siente es un arrepentimiento por no haber aprovechado todos esos momentos en los que uno se despertaba y daba las primeras exhalaciones en el amanecer, cuando el aire es más puro porque no fue contaminado por los quehaceres del día, los tumultos de la rutina. Único e irreparable instante, menospreciado por ser tan recurrente y normal. Si hubiera aprendido lo hermoso que era sentarse en la cama a respirar, una, dos, tres, cuatro, cinco veces, a lo mejor no estaría rodando por el fondo de alguna playa desierta, sin poder escapar al poder irrevocable de las olas, que no me van a dejar en paz. Entonces llegan los últimos instantes de vida, las pequeñas partículas de aire que quedan alojadas en los pulmones antes de que sea todo una realidad líquida, mortal. El cuerpo ya no puede hacer nada, no hay más resistencia. La batalla terminó y no va a cambiar en el último suspiro, como un boxeador que se desconecta por unos diez segundos y pierde toda su valía. Salvo que esta vez, sí que toca llegar al final. 

Y resulta que todo esto se termina acá, esta noche, en estas aguas, a la deriva de un paseo que no tenía pensado. Uno de tantos caminos que podría haber elegido, un dado tirado al aire por el destino, y mi número en el firmamento. De todas las personas que están flotando en el mar, una sola termina su vida acá, ahora, hoy, en este naufragio. Ese final es el peor, porque es una cuenta regresiva de oxígeno, que se va escapando del cuerpo hasta que se siente que algo está por romperse, bien adentro. Otro fondo, el hueco hondo del cuerpo, un algo que estaba ahí adentro y que no había sentido nunca. Un último acto reflejo, un sacudón espasmódico de existencia, el último eslabón perdido de vida, eso que también compartimos todas las especies. Y las olas que siguen su curso, como si nada se hubiera apagado. Un eterno rebotar entre sí contra piedras y fondos de arena, un espectáculo de espuma y burbujas que explotan de rabia para dar una imagen ideal a quien puede ver a lo lejos, tiempo después, desde lo más firme de la tierra, mientras con los ojos cerrados, se exhala una generosa y deliciosa porción de aire puro de mar, pensando en el futuro, en el horizonte perdido por algún desgraciado que apagó lo único que tenía, un suspiro, un cigarrillo consumido por el frío de la última noche.   

 

*****Sobre lo lindo que es respirar…

********************************************************************************************************Humildemente Juan*****************Desde el Rivadavia, sin olvidarse de respirar*************************************************************************************************************

lunes, 16 de mayo de 2022

Escritura



Escritura 1

Agoté mis ideas en la cama,

no me quedaron fuerzas

para jugarme la vida

en la escritura

 

¿Qué otra cosa me puede salir salvo

malas imitaciones fragmentadas que,

una vez reunidas, se asemejan a ese chiste,

el del remate tan obvio que ya se olvidó

 

Esa escritura tiene una sola virtud:

no ser escritura del yo,

pero es un odioso gesto de soberbia,

ese rastro que muerde los versos

 

Que pide a los gritos: D e s a p a r e c e r,

no habría que tomarse la molestia,

mejor no pasar un mal rato,

tampoco hacía falta.

 

 

Escritura 2

No importa esto que se escribe,

va a desaparecer mañana

con el primer mate,

cabalgando a bordo

de algún plagio

que de tan malo

será irreconocible

¡Vanguardia por siempre!

Un gesto de escritor

apenas reformista,

que retoma las historias

a la hora de los mandados

y que prefiere jugarse

la vida los domingos

en alguna rompiente,

y que todo el resto

sea despilfarro sexual,

cigarrillos, malas series de TV

y lecturas desordenadas.

Poses sin sentido ni pasión.

 

No puedo ser ese idiota que se pone una campera de cuero y sale los fines de semana a jugar en moto, a perseguir escenas de nacido para ser salvaje, sin ser nacido y mucho menos salvaje. No me sale la parodia del beatnik sudaca, ni el mamón de agenda en mano que se piensa el Che poeta, tampoco el delirio de los maricones que gritan por su inclusión en un mundo que es una cagada. Nada en contra de nadie, solo digo que a mí no me sale, no soy políticamente incorrecto porque me cuesta cagarme en las cosas que quiero tratar bien. Lo más acertado sería pensar que soy un poeta pelotudo, de esos que no sirven nada más que para leer y escribir, y que el mundo olvida demasiado rápido.

 

Escritura 3

Un sueño es el recuerdo de que todavía estás vivo,

con dos recortes novedosos del diario de ayer:

“Murió por falta de sueños intensos”

“Abrió lata y se olvidó de la vida”

 

Hay una imagen de una mujer,

que no es nadie del día,

el obituario que te recuerda

una lista impersonal de nombres

ausentes que son todos el tuyo

 

Y por último, aparecen unos versos raros,

como el agua fría del mar en verano,

que envuelven nuestros ríos

hasta que se hace la hora de recordar:

 

Que nadie puede leer en un sueño.

Que nadie puede retener mucho tiempo un sueño.

Que nadie puede tocar un sueño.

Y que nadie puede escribir en un sueño.

 

Sobre todo eso te quería hablar, pero pasaron los minutos y llegó el 51. Creo que era tarde, que hacía frío y que  a tu campera de jean le faltaban los botones. Todavía, por entonces, yo fumaba. Pero no tenía un mango y nadie me convidó porque generaba desconfianza. Vos también. Éramos dos pobres poetas pelotudos, que todavía se resistían a pagar cuotas sociales, para pertenecer a una logia sin sentido, que respiraba por el solo hecho de que nadie les exigía algo más allá- Poetas pelotudos, que leían a Rimbaud como si estuvieran cerca de sentir esos versos, forzándose en parecer una caricatura de escritor, con Rey Arturo coronando mediante filosa espada de Parra, vuelta en contra de esas espaldas, que no tenían nada de glorioso, porque sus calles eran todo menos gloria. Nos separamos para siempre, la distancia empezó a generar versos, chistes, imágenes plegables y todo lo que dos poetas pelotudos se pueden imaginar, para poder seguir soñando que el 51 todavía no pasó, y que arriba espera Rimbaud con sus versos inmortales de pasión, para regalarnos.

jueves, 12 de mayo de 2022

Literatura y algo más

 

Pupé le preguntó si estaba escribiendo alguna cosa y Tomatis sacudió la cabeza varias veces, entrecerrando los ojos y dijo: “Sí. Alguna cosa estoy escribiendo”. Pupé le preguntó qué era. “No sé bien todavía”, dijo Tomatis. “No llevo escritas más que trescientas páginas”. “Pero es una novela ¿o qué?”, dijo Pupé. “Hay un solo género literario”, dijo Tomatis. “No hay más que un solo género literario, y ese género es la novela. Hicieron falta muchos años para descubrirlo. Hay tres cosas que tienen realidad en la literatura: la conciencia, el lenguaje, y la forma. La literatura da forma, a través del lenguaje, a momentos particulares de la conciencia. Y eso es todo. La única forma posible es la narración, porque la sustancia de la conciencia es el tiempo” (Cicatrices, Juan José Saer)

 

Una tarde más de otoño en el barrio Rivadavia. Mientras el sol termina por despedirse de todos los patios desordenados, de todos los largos pasillo que conducen a la nada misma, llegar a ese cruce divino es parte del ritual. Al menos cuando lo puedo pasar a la escritura. Porque en verdad, todas esas cosas se dan por sentado, se dan por existentes automáticamente en la rutina diaria. Este barrio, cualquier barrio, para sus geniales habitantes está dado, cae al mundo ya establecido, como la propia conciencia. Entonces, nadie repara mucho en esas estructuras, en la arquitectura y el diseño de cada rincón, que conforman las obras de arte que más contemplamos diariamente. Pero para poder reparar en esos detalles tan obvios, debe mediar el lenguaje, claro. También, tiene que acompañar el tiempo y, si me permite Tomatis, el lugar. Esta esquina, sentarse en esta vereda, es sinónimo de momento reflexivo, fluir de la conciencia, nacimiento de esta o cualquier narración. Hay una magia, si se quiere, o una intención que sólo se da en la esquina de Francia y Garay. Seguro habrá más sitios similares en el resto de la ciudad de Mar del Plata-Batán. Pero yo conseguí este. Y no fue nada fácil buscar esquina, encontrar vereda amable para tareas literarias. Confieso que tuve que vagar por distintos barrios, conocer y probar cantidad indefinida de veredas. Finalmente, di con esta. Ahora, tal vez más por pereza que por otra cosa, no me pienso ir de acá. Declaro que es el lugar adecuado para mí. ¿Falta de ambición? ¿Pereza intelectual? Si y sí. Pido perdón por eso y por todas las tardes que voy a regalar al universo entero, desde este diminuto rectángulo de cemento, contra esta medianera grafitiada dos veces a la semana, vuelta a pintar cada mes, vuelta a grafitear. Una suerte de bucle espacio-temporal, un marco adecuado para sentarse a tomar una cerveza de cualquier gusto, pero siempre de litro. No sean caretas, las latas y los porrones son muy de serie televisiva de amigxs yanquis. Por este lado de la sombra nos sentamos seguido junto al filósofo berreta, el tan amado como odiado Escardanelli, y la pasamos hablando de cosas que a lo mejor no van a tener ningún impacto más allá de la avenida Jara. Vale decir, mucho menos impacto que ese cráter que parece ir alimentándose de la calle, un agujero negro que no tiene ningún tipo de control. Pero mejor así, para qué queremos que nos vengan a “modernizar” el barrio desde el centro del poder. Allá ellos con sus asfaltos y plazas limpias, acá nosotrxs con…lo que sea que nos quede a disposición, ya vinimos al mundo como estaba dado. Y no, claro, aceptamos que no lo vamos a poder cambiar. Tampoco queremos eso, somos bien conscientes de que nuestra idea de ciudad sería un caos muy precario. No somos tan engreídos, aceptamos que no tenemos idea de qué cosa habría que hacer para ser mejores. Si hay algo de lo que nos enorgullecemos es de que nos aceptamos así como somos, con nuestros defectos y nuestras pocas virtudes…nulas virtudes. Tenemos un mantra que nos gusta divulgar cuando podemos: no cagarle la vida a nadie es salud. Con eso nos manejamos en la vida, que no son más que un par de calles y algunos ambientes mal iluminados que alquilamos como podemos. No buscamos las ofertas del día, eso es para campeones. Vamos atrás de lo que podemos llegar a conseguir. Leemos, eso sí, con desesperación. Tanto Escardanelli como yo, somos enfermos de la lectura. Nos encanta y bancamos a Stephen Crane, adoramos sus historias más crudas, esas que tanto le criticaron sus contemporáneos por ser demasiado oscuritas. También somos especialistas en Tomatis, ese personaje de Saer que es el mejor de toda la historia de la literatura mundial. No, no leímos todo porque eso es imposible. Leemos lo que tenemos más a mano, pero somos muy buenos compartiendo. A veces robamos libros de casas de amigos o conocidos, porque sabemos que son objetos que nadie tiene contados. Están más de adorno que otra cosa. Entonces les hacemos el favor, hacemos justicia literaria. Igual, después de la lectura se los recomendamos y hasta podemos llegar a prestárselos. Es un lindo giro del destino del libro-objeto. ¿En celulares? Claro, leemos donde podemos y como podemos, somos esa clase de lectores. ¿Escribir? No tanto, ¿para qué? ¿Quién sería nuestro público? Los mejores relatos son los que nos salen mientras terminamos la cerveza y charlamos. O eso es lo que la situación nos hace creer. Cuántas veces me habrá dicho Escardanelli “eso tendrías que escribirlo, es una muy buena historia, tiene todo lo que un buen relato debería tener. Lo primero, es que no se entiende un carajo, lo segundo es que termina abruptamente, y lo tercero es que me parece que no tienen sentido esos personajes, no existen en ninguna vidriera de shopping”. Este barrio -y todos los barrios- permite que las tardes se queden un rato más, lo que genera ese extra de conciencia que es la literatura. Al menos es nuestra literatura.  Algo así como la de Tomatis, trescientas páginas que no conducen a nada, que no se sabe bien qué carajos son. Estas fueron, más o menos, mil palabras. Contalas si querés, yo te espero………….¿Viste? Bien, ahora decime qué carajos es la literatura para vos, pero en tu vida, de verdad.  


*****no hay más noches estrelladas...

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Suave ya no es la noche

Volvía a Francis Scott Fitzgerald porque había escuchado algo en la radio, una escritora que hablaba de sus novelas y sus relatos, y de esas...