No te rindas
nunca porque eso no es propio de un ser honrado. Antes de entregar los ideales
es preferible morir por acción del propio sable. Los deberes del General del
Imperio en Ciudad Prohibida eran claros. En algún lugar estaba escrito y desde
esos miles de años, la idea había sido tan fuerte que estaba en el aire. En su
aire. En la sala de interrogatorios de la Comisaría que te tocó en condena,
aunque en verdad era una suerte de sala de usos múltiples porque siempre
faltaba espacio para demorar gente antes de los traslados o antes de que
alguien los pasara a retirar, lo mismo daba. Ya no tenía en cuenta si estaba
tomando mates al lado de un asesino o al lado de un perejil guardado por error
o a causa de un mal día de alguno de sus subordinados. Subordinados. ¿Cómo
serían los subordinados del General del Imperio? De seguro que mucho más
implacables que su excelentísimo superior. De seguro que no fallaban en ningún
aspecto, ni físico, ni emocional, ni mucho menos moral. De seguro que el tiempo
fue el culpable de terminar de corromper a todos los seres humanos. Caían los
imperios en silencio y eran olvidados como débiles huellas en la orilla de un
río de sangre. La sangre se limpiaba con la subida. Volvía el agua pura, pero
los rastros quedaban en los hombres. Fotocopias cada vez más impropias de sus
fantasmas, todos en serie hasta la actualidad. Sangre que se respira entre el
polvo de los espacios descuidados de una comisaría en franca decadencia, para
siempre. El tiempo en el que se desgranaba de manera continua toda una ciudad
con sus estructuras y su gente, sus sombras. Y los que están allí se mueven
como comadrejas, pensando que eso que les toda es la eternidad. Pero no pueden
ver más allá en el glorioso pasado. El pasado de la moral, el pasado de Ciudad
Prohibida. Un nombre que alejaba a los terrenales, los expulsaba para después
desaparecer y ubicarse en el mundo amorfo de lo perfecto, solo para joder. Ahí
no podría ingresar nunca. Ahí no podría resolver su caso. Todas las respuestas
a sus preguntas, a sus obsesiones, encerradas bajo llaves amorfas. La
imposibilidad, la resignación, el llanto, la desesperación. El momento de ser
rescatado por la Virgen de la Sangre. La que le abría el corazón con todas sus
espinas, sin ombligo. La nunca parida paridora del universo. De su
universo, uno sin moral y con mucha violencia. El paraíso para ella y su rostro
sufriente. Los brazos abiertos invitando a la rendición. “Descansá, es hora,
pero no te vayas nunca, no te voy a dejar, perdurarás hasta que mi reino
desaparezca, no importa tu moral, no importa la justicia, solo la piedad y la
misericordia, el amor a la sangre, tu sangre, la de mi hijo, la nuestra”. No
rendirse nunca, pero ¿cómo combatir lo que no se ve? ¿cómo trabajar sobre lo
que no se sabe?
El Comisario se
quedó mirando la ventana del salón. Fuera, una mujer pasó andando en bicicleta.
Llevaba una pequeña canasta que contenía lo que parecía ser algo comestible. La
conocía. Esa mujer vendía viandas saludables por todo el barrio Rivadavia. Pasaba
a toda hora por cualquier calle, en cualquier situación, llevando y trayendo
las viandas de comida. Se proyectó como un pintor romántico, se imaginó
pedaleando por el barrio. Se visualizó parando en una plaza a comer una de esas
viandas. Puso todo su empeño en imaginar sabores que no conocía, tardes que
nunca había experimentado. Cerró los ojos y creyó escuchar un disparo. No sabía
quién había caído, pero la bicicleta estaba derramada en la calle. Un charco de
sangre se apoderó de la cuadra. Los gritos de la gente que pasaba se hicieron
escuchar aún más que la sirena del patrullero que salió persiguiendo a quien
habría sido el tirador, el verdugo. Su imaginación había sido traicionada, una
vez más. La mal parida Madre de la Sangre lo había dejado vacío para siempre.
Un alma inocente más, sacrificada para su propio beneficio. La misericordia, el
abrazo de la muerte. De su rostro cayeron lágrimas y no se pudo mover. La
comisaría estaba en ebullición. El Ayudante le gritaba, le exigía una respuesta
rápida. No hizo nada. El cuerpo muerto de la mujer. La vianda desparramada por
el piso, se mezcló con la sangre. Ya no tendría el sabor que no se podía
imaginar. La tarde era otra muy parecida a las anteriores. Un cadáver más, un
legajo más, un informe, una investigación sin rumbo. Una bala que no era para
ella. Una bala sin contenido. La forma de la violencia final auspiciada por el
sueño de escapar hacia un lugar mucho mejor. Estar del lado de los que ganaron
las tardes, de los que pedalearon las calles, de los que probaron los bocados
del Dios. Él se quedaba en la sobra, encerrado por los fantasmas que se
apresuraban en tomarlo de las piernas. No lo soltarían hasta su día final. El
día de su juicio. Culpable siempre. El único culpable que necesitaba ser
sentenciado para poder caminar una última vez, unos pasos de liviandad hasta
que por fin se desconectara de todo. Ese día no llegaba. Ese día era aplazado
por la Madre de la Sangre, que lo necesitaba a él, el hijo de la sangre, el
perpetuador de la sangre inocente derramada, el testigo eterno de los
infiernos, esos lugares a los que ella tomaba como escenarios de su lujuria.
“Gracias, hijo mío, toda esta sangre inocente derramada me pertenece, pero
existe por tus ojos”. No quería resolver el caso, los casos. Deseaba
desaparecer antes de todo, poder entrar en el Jardín Imperial de Ciudad
Prohibida, recuperar por fin la moral infranqueable del General, poner el sable
sobre la tierra, debajo de los cerezos en flor, y arrojarse arriba para
derramar la única sangre que deseaba ver derramada de una vez. La sangre
propia, la sangre de la Madre, los culpables.
*************Música de fondo para cualquier historia de semana:
***********************humildemente, Juan************************suspirando penas************************sobre la cornisa******************





