jueves, 9 de julio de 2020

Bailar todos los días


- Baile con música -
- Silencio - (Entre paréntesis, ahora es el momento de describir sus sentimientos)
- Continúan bailando, los tres personajes -
- Silencio - (Arthur mira sus pies, pero piensa en la boca de Odile y sus besos románticos)
- Más baile musicalizado -
- Silencio - (Odile se pregunta si los muchachos notan cómo se mueven sus pechos al bailar)
- Música y baile -
- Silencio - (Franz piensa que todo y nada son lo mismo, si la realidad es un sueño inminente, o la realidad es sueño)
- Siguen los chasquidos, las palmas, los saltitos, la música y el baile -
- Franz se va del plano, caminando. Lo sigue Arthur. Odile continúa la coreografía en soledad, en el centro del café Madison. Ríe, parece feliz-

Se termina una de las escenas emblemáticas de la película de Jan Luc Godard, Bande a part...


A la mierda con el cine clásico. Al carajo con lo establecido - ¿por quién, por qué y para qué? - Que baile como nadie Anna Karina, y que vaya quedando sola con su gracia inigualable, sonriendo y pensando cómo se mueven sus tetas. Que los otros dos ladrones de medio pelo desaparezcan, porque la escena no los necesita más. Y que los tres formen esa banda inigualable de genios estúpidos, que se la van a pasar haciendo boludeces y hablando boludeces. Pero que todo eso sea bajo la atenta mirada del narrador, encargado de ir tejiendo las escenas, para que unidas tengan una profundidad impensada. Entonces que se trate de una película para disfrutar por siempre, como un buen día de sol en la playa, en la montaña o en el cine. Que quede, siempre, una sensación de que las cosas pueden presentarse de otra manera a la esperada. Y que esa manera puede ser muy genial, aunque polémica y lista para ser destrozada por quienes no se atreven a pensar diferente, al menos, lo que dura una película. Eso pensaba hoy, en otro día de la independencia, desde el corazón - a esta altura, con más o menos cinco bypass - del barrio Rivadavia ¿Por qué no podemos pensar, desde acá, de otra forma-con otra forma? A menudo nos limitamos a caer en las mismas trampas, una y otra vez, como disco rayado, de pasta, de los más antiguos. Peor aún, después de un tiempo - y probablemente en la última escena - terminamos por descubrir que los grandes hacedores de las mortales trampas somos nosotros mismos. Pero tranquilos, tranquilas, tranquiles, no somos nuestros peores enemigos. A menudo caemos en trampas que nos facilitan otros, y que tomamos como grandes paradigmas. Porque no es verdad que siempre se necesite tener un enemigo, no es verdad que la vida tiene que ser todos los días sacrificio y conformidad. Todavía existen, como dinosaurios que se van reconstruyendo fragmento a fragmento, esas jornadas dotadas de una épica propia. Por desgracia, no las advertimos a tiempo para poder disfrutarlas a pleno. Dudamos de la capacidad de ese instante, y solo podemos sacar la buena conclusión tiempo más tarde, cuando ya se terminó el buen momento. Por lo general, sobreviene un apocalipsis de algún tipo y parece que todo se fue al carajo, y que el futuro es un túnel sin luz, que el presente es un bosque sinuoso y que el pasado...¿Qué importa el pasado, donde suponemos que éramos más felices? Y entonces entran en juego las parcas del tiempo, que nos señalan todas las cosas de mierda que nos pasaron, nos pasan y nos pasarán, y con eso hacen programas de TV y segmentos para compartir en las redes (a)sociales. Porque lo mejor que podemos pensar es un tipo de aplicación o de hamburguesa para volvernos millonarios de la noche a la mañana. O apostar a los caballos de la bolsa, porque parece bastante fácil si uno sigue los concejos de un hawaiano que relata sus libros de autoayuda por Youtube. Un secreto a voces para millones de personas, ninguna de las cuales va a lograr cumplir su sueño implantado por alguien más. Ese otro que será el único beneficiado, obvio. Pero de tan obvio el engaño funciona. Carnada fácil, trampa de la que somos conscientes perooooo...¡Funciona! Y más vale, ¿quién quiere ponerse a bailar con Anna Karina a esta altura del partido? Demasiado, una película en blanco y negro que destella colores inimaginables, que todavía no podemos interpretar del todo. Porque no había mucho más que eso, bailar en un café para ser feliz por siempre..........Y espero que no hayas mordido el anzuelo, porque el narrador es muy astuto. Sabe a la perfección tejer redes para atraparnos, sabe como nadie tratar a sus personajes, los hace más especiales de lo que en verdad son, los hace ocupar los espacios de una forma que parece mágica de tan espontánea y hechicera. Entonces se mete, hace y deshace, corta la música, deja silencios, nos muestra que lo que hay son mecanismos que utiliza para insinuar una historia, que la ficción es porosa y nada simple, que el lenguaje no es transparente, que esto que digo a continuación no es nada: nada. Pero que, sin embargo, deja un efecto sobre los cuerpos, sobre los sonidos, sobre las interpretaciones posibles. Todo eso es cine, todo eso es arte. Después vienen el argumento, los fanátiques godardianos llenos de esnobismo y demás. Nada en su contra, todo en favor de las obras artísticas que movilizan algo, en tiempos donde los movimientos no vienen siendo muy virtuosos, tiempos donde parecen ahogarse todas las ideas, tiempos donde reinan la angustia y la maldad gratuita. Porque antes de que muevas algo, mejor quedate en tu lugar. Y listo, no molestes, limitate a tragar lo ya masticado por "los que saben" ¿Quién puede leer más de unos cuantos caracteres? Mejor hacete celular para que te acaricien un rato, ya ni el perro la liga demasiado. Conformate con la seguridad de lo malo conocido. Nada en las aguas tranquilas del círculo perfecto, viajando en el tiempo por los mismos dos o tres lugares. Pero no paro de pensar en Anna Karina bailando y sonriendo, en el narrador dándome una pista para toda la vida ¿La tomo o la dejo?

- ¿Qué es exactamente un artista?
- Un observatorio subterráneo.

La respuesta de Van, el joven enamorada de su prima Ada - que todavía no se enteró de que en verdad es su hermana - es de lo más brillante que escribió Nabokov en Ada or ardor. ¿Qué quiso decir?.....................................ESPACIO EN BLANCO....................................Porque para eso son las grandes obras de arte, ¿no? Y Ada puede ser en realidad Anna Karina, y yo puedo ser Van, y también puedo ser Franz o Arthur y arder de deseo. Como un faro, el deseo. Como un faro, las grandes obras de arte. Lleno de preguntas y de ganas de seguir bailando, seguir perdido ante las pasiones improbables, porque de las cosas posibles se sabe mucho. Demasiados opinólogues trazando rutas que no estimulan el viaje. Espero que nos encontremos del otro lado, pero del otro, por fuera de todas las tramas que inventamos hasta acá....................................El tiempo es la medida del movimiento entre dos instantes...................................

******Por supuesto que no queda más opción que compartir la escena de la película de Godard:
*********************Humildemente, Juan Scardanelli***********************bailando, este y todos los días****************************************Sin más comentarios****************************************************************************

lunes, 6 de julio de 2020

No te entusiasmes tanto



Por Juan M Penino

Algunas veces – demasiadas para mi gusto – me pasa eso tan poco original de sentir que estoy viviendo una situación que ya había leído en algún lugar de la obra de Franz Kafka. La referencia está tan ligada a nuestra cultura que hasta se inventó un adjetivo para consagrarla: kafkiano. Pero mi duda radica en qué cosa sería lo kafkiano, en qué momento es pertinente utilizar ese adjetivo. Hubo un tiempo en el que pensaba – aún antes de haber leído cualquier cosa de Kafka – en una solo y obvia respuesta, que ubicaría a lo kafkiano como aquella situación angustiante, con una connotación claramente negativa. Una situación asfixiante, una trampa que nos vendría a poner la misma sociedad que creamos. Supuestamente, la obra de Kafka nos reflejaría ese laberinto burocrático en el que caemos rutinariamente y que somos imposibles de romper, porque no podemos ceder a la presión del mismo engranaje del cual formamos parte, sin saber bien por qué. Bien, para mí hoy – en el Barrio Rivadavia de la ciudad de Mar del Plata -  esa es una manera de leer a Kafka y no debería tomarse como adjetivo. En realidad, ninguna obra de ningún escritor o escritora debiera utilizarse como adjetivo. Basta con tomar la obra como tal y con su complejidad, sino se corre el riesgo de imponer una interpretación al texto y quitarle la gracia a la lectura misma. Yo no pretendo hacer lo mismo, pero invito a que se fijen en este apartado de sus Diarios:
Antes de dormirme. Parece duro ser soltero, ya viejo, pedir, guardando a duras penas la dignidad, acogida cuando quiere pasar una velada con gente, llevarse en la propia mano la comida a casa, no poder aguardar ocasionalmente a nadie con tranquila confianza, hacer regalos a alguien solo con esfuerzo o con fastidio, despedirse delante de la puerta de casa, no subir nunca las escaleras con la propia mujer, estar enfermo y tener el único consuelo de mirar por la ventana, si es que uno puede incorporarse, tener en la habitación solo puertas laterales que dan a viviendas ajenas, percibir la extrañeza de los parientes, con los que solo se puede mantener lazos por medio del matrimonio, primero por el matrimonio de sus padres, luego, cuando el efecto de este decae, por el de uno mismo, tener que admirar niños ajenos sin poder repetir una y otra vez: Yo no tengo, tener un invariable sentimiento de vejez porque no hay una familia que crezca con uno, amoldarse en el aspecto y la conducta a uno de los solteros que uno recuerda de su juventud. Todo esto es verdad, solo que es fácil cometer el error de extender tanto ante sí los sufrimientos futuros que la mirada tenga que ir mucho más allá de ellos y ya no regrese, cuando en realidad, hoy y más tarde, será uno mismo quien esté ahí, con un cuerpo y una cabeza de verdad, también una frente para golpeársela con la mano.
¿Cuál es la sensación después de la lectura? Como hoy tuve un día que – convencionalmente, y si supiese a qué se refiere exactamente – podría calificar de kafkiano, decido releer sus diarios y dejarme llevar por mi propia lectura. La verdad es que, lo que descubrí en un rápido repaso, es que resulta muy posible plantear que Franz Kafka escribía Stand up-comedy. Así como acaban de leer, se me hace que Franz fue el primer standapero del siglo veinte. Tal vez lo haya sido de toda la historia.
En referencia a esta lectura que imagino descubrir, voy a destacar algunos apartados caprichosamente y de manera acotada, porque esto es solo una nota para la página web y todavía debo contar lo que me pasó el martes en la grisácea ciudad feliz. Comienzo con la enumeración al vuelo de lo que perfila a Kafka como escritor de stand up:
1) Los apartados dedicados al padre: De lo más recurrentes y graciosos. En sus diarios personales se la pasa criticando al padre. Aunque el tono de reproche, a veces, se acerca a lo expuesto en su famosa Carta al padre, es posible detectar un exceso en esa postura recurrente que termina por llevar al ridículo a toda una generación precedente, que se creía dueña de la ética y la moral absolutas. Ese cansancio de la rigidez moral detectada en su padre lleva a Kafka a conformar pasajes 100% standaperos como el siguiente: “Resulta desagradable escuchar cuando mi padre, entre continuas indirectas a la afortunada situación de los jóvenes de hoy y sobre todo de sus hijos, habla de los sufrimientos que él tuvo que soportar en su juventud”. A continuación enumera esos sinsabores, sacrificios exagerados que son expuestos hiperbólicamente hasta el ridículo. Ahí expone las frases favoritas de estos dinosaurios reprochones, burlándolos cual cómico de bar: ¡Qué sabe nadie hoy en día! ¡Qué saben los niños! ¡Nadie lo ha sufrido! ¡Qué pueden entender los niños ahora! Frases hechas, lugares comunes explotados y expuestos por el mejor standapero de todos los tiempos.
2) Breves reflexiones absurdas como esta del 22 de octubre de 1921: Un experto, un especialista, uno que sabe de lo suyo, un saber que, desde luego, no puede ser comunicado, pero, por fortuna, tampoco parece necesario para nadie. O como esta del 27 de enero de 1922: Mis fuerzas que se desmoronan durante el viaje en trineo.  Uno no puede organizar su vida a la manera como un gimnasta hace la vertical. De verdad, Kafka se manejaba en trineo por la ciudad. Acá me retiro a reír un rato, hace bien.
3) Sus pasajes de crítica teatral. Acá transcribo un fragmento que no habla de una obra en particular – como hay varios -, sino que esboza una especie de idea para un relato absurdo: Un director de teatro que tiene que crear él mismo todo desde cero, empezando por los actores. No dejan pasar una visita, el director está ocupado en cosas importantes. ¿De qué se trata? Está cambiando los pañales de un futuro actor. En serio les digo, si quieren iniciarse en el stand up no pueden dejar de leer los Diarios de Kafka.
4) Y, por último, destacar esos apartados en los que Franz es muy malo con algún amigo y crítico con el quehacer literario: 6 de septiembre de 1913. Viaje a Viena. Charla institucional y estúpida  sobre literatura con Pick. Bastante repugnante. Así (como Pick) se puede vivir metido en la rueda de la literatura, sin poder salirse porque se tienen las uñas clavadas en ella, pero por lo demás siendo un hombre libre y pataleando que da gusto. Es un maestro resoplando por la nariz – acá imagino a Kafka con el micrófono imitando el gesto de Pick -. Me tiraniza diciendo que yo lo tiranizo a él…Dos habitaciones con una sola entrada…Alojamiento insoportable. Encima tengo que salir a la calle con Pick. Dice que ando demasiado rápido, acelero todavía más.

Igual ojo, a no ser tan ansioso. La propuesta de lectura debería estar acompañada de bibliografía crítica y de una mejor selección de los textos a analizar. Pero eso se lo dejamos a lxs especialistas que los hay muy buenxs en la facultad de letras de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Yo freno por acá y paso a detallar la cuestión kafkiana en mi pasado día martes: Resulta que tuve que ir al Tribunal de Trabajo, el que está ubicado en Garay al mil setecientos y pico. Automáticamente, se me vino El proceso de Kafka encima como catarata. Ya saben, esa cruda exposición que hizo Franz de la organización judicial y su burocracia, en forma de novela. Me tocó salirle de testigo a un amigo, del que bajo ninguna circunstancia –previo coucheo del abogado -  podía afirmar que era mi amigo en ese espacio, a pesar de que todos ahí dentro saben sobradamente que en un juicio laboral el que te sale de testigo siempre es un amigo ¿Quién más sino? – Kafkiano todo -. Como tuve que dirigirme a un piso superior, quise tomar el ascensor. Pero, como todos los días según me anoticiaron, se encontraba averiado, hecho pelota, en criollo. Un grupo de abogadxs tipo ganado estaban encerrados esperando por salir en estampida en la búsqueda de nuevos clientes, son tiempos kafkianos. Aguardé un rato, hasta que decidí subir por la escalera. Como si se tratase del Infierno de Dante – otro día podemos charlar sobre el adjetivo dantesco – fui pasando por pasillos demasiado estrechos y por descansos de escalera con sillas destrozadas que contenían seres que padecían diversos castigos: abogadxs al borde de un ataque de nervios, trabajadores angustiadxs, ciudadanxs que no se imaginaban que eso podía ser una parte del poder judicial, testigos que no sabían en cuál sala tenían que testificar qué cosa. Más ascendía y más averiado y precario se volvía el edificio. Finalmente, llegué al círculo que correspondía, donde Saturno pasa sus días devorándose a su hijo. Era un despacho al que llamaban - con un cartel que daba lástima mirarlo – “Sala de audiencias”. Ahí estaba mi amigo, perdón abogado, quise decir conocido. Sorprendentemente me abrazó y me dijo: “Ya está arreglamos el asunto”. No tuve que hacer nada, solo aportar mi documento y alegrarme por la resolución del pleito. Así, nos fuimos abrazados a festejar el resultado de una audiencia que no se llegó a realizar: “Es que lo del ascensor retrasó todo y no hay mucho tiempo para casos como el mío. Me sacaron de encima”. Mucho menos importó que los abogados que representaban la otra parte descubrieran que el testigo  imparcial – o sea yo – era amigo directo de la parte adversaria. “Y qué carajos les importa, si ellos cobran igual”. Kafkiano, pensaba yo.
Y eso será, finalmente, lo kafkiano, como él mismo lo definiera un 6 de diciembre de 1921 en su diario: Las metáforas son una de las muchas cosas que me hacen desesperar de la escritura. La falta de autonomía de la escritura…Solo la escritura está desamparada, no habita en sí misma, es broma y desesperación.
Así debería ser interpretado lo kafkiano, justamente: Broma y desesperación. Algo así como un show standapero de Larry David.

jueves, 2 de julio de 2020

In-realidad parte 2, sobre La defensa


"Se propuso ser más circunspecto, vigilar el ulterior desarrollo de aquellos movimientos, si es que volvían a repetirse, y, por supuesto, mantener su descubrimiento en secreto, y ser feliz, extraordinariamente feliz. Pero a partir de ese día no habría descanso para él; debía, si era posible, idear una defensa contra esa pérfida combinación, liberarse de ella, y para ello tenía que prever un objetivo final, una dirección definitiva, lo que aún no parecía posible hacer"

Vladimir Nabokov, La defensa


Él despertó como Luzhin, ese maestro del ajedrez caído en desgracia. Pero haciendo un repaso de la novela de Nabokov que cuenta su historia, La defensa, más bien, toda su vida había sido una suerte de desgracia. Desde el momento en el que descubrió el tablero y las piezas, y decidió que el mundo podía tener un sentido, que era evadirse de la vida que no soportaba por fuera del juego…peeeeeero, tampoco eso lo llevó a buen puerto. Lejos, siempre muy lejos de la felicidad. Una jugada en una final de un campeonato, una crisis nerviosa y el colapso. Después, la vida de casado con una mujer que no amaba, y unos suegros que lo despreciaban, pero que lo mantenían bien para poder atormentarlo diariamente. Él, ahora, envuelto en un nuevo juego, que es siempre el mismo, se inventa una jugada final, un escape definitivo. Es la última escena que propone Nabokov para su personaje, el salto al vacío. Ahí despertó Él. Tal vez como consecuencia de la lectura de la novela, se vio encerrado en el regordete y deteriorado cuerpo de Luzhin. Le costaba horrores moverse, tenía el bastón lejos de donde estaba, al borde de la cama, en la habitación de la ventana que invitaba al suicidio. Pero Él no era exactamente como Luzhin, no jugaba para nada bien al ajedrez. Tampoco su departamento estaba en Berlín, y el siglo veinte era cada vez más un lejano recuerdo en sepia. Eso sí, hacía frío, mucho frío. Y el sentimiento era parecido, podía sentirse asimilado a Luzhin, podía sentir que estaba en medio de una historia que Nabokov había tejido, podía sentir que llegaba el momento del desenlace ¿Pero qué tenía que ver con Él todo eso? Era julio del 2020, estaba parado en el corazón del barrio Rivadavia, en Mar del Plata. No se había casado, aunque había estado cerca. Tenía recuerdos de todo tipo, hermosas tardes al sol en buena compañía. Pero en ese momento – que parecía el final – siempre se corporizaban los malos pensamientos. Su cabeza ya estaba planeando la última defensa. Afuera, el mundo lo había dejado de tratar. En algún momento, sentía esas cosas que la mayoría estaba padeciendo, entre crisis económicas, pandemia y malos discos que ahora salían directo en las llamadas plataformas. Tenía en su celular un par de aplicaciones: una que le decía que podía ir a trabajar y otra que le mandaba audios de personas que – alguna vez – había visto a la cara. Todas piezas borrosas de un juego cada vez más predecible y peligroso. En parte, sentía que casi todos los días eran el mismo día, como si fuese uno de esos personajes de la ficticia Winden, de la serie alemana Dark, o el mismísimo Bill Murray de El día de la marmota. Viajando en el tiempo todos los días, para volver a la misma cueva, para cruzarse con los mismos personajes, en las mismas dos o tres locaciones. Pensó, qué aburrido ser un personaje de esa serie alemana, destinado a viajar a los mismos espacios para siempre. Se lamentó que las historias no fueran ya como las que escribía Nabokov, y que al escritor ruso-norteamericano se lo recordara únicamente por Lolita, y que a raíz de eso se lo criticara por haber creado a ese degenerado machirulo de Humbert Humbert, una especie de Woody Allen de papel. Pero había que hacer algo, tenía que lanzarse, Él, hacia alguna liberación, la jugada maestra. Quería soltarse, defenderse. Quería soltar a Nabokov, defenderlo. Y se le ocurrió, entonces, que tenía que soñarse como Luzhin, porque era su personaje favorito ¿Por qué? Porque, en el fondo, lo apreciaba y se identificaba. El maestro ajedrecista ruso era un pobre tipo. Brillante en una sola cosa, que era justo lo que lo había llevado a la ruina emocional. En parte, Luzhin era un apasionado perfecto, tan puro que se había olvidado de la vida real, o la había dejado esperando en un costado, o que la había corrido para poner en su lugar el tablero. La seguridad del tablero, los movimientos perfectos de cada pieza, que terminaban en un desafío final. Porque toda partida comienza para finalizar en algún momento, ley de la vida, ley del juego. La de Luzhin terminaba en esa habitación, en esa ventana, en un último vacío. Así que Él había soñado ese mismo escenario, como un jugador aficionado que contempla el tablero con el desafío propuesto por el maestro. Las piezas eran las mismas, ocupando los mismos casilleros, él soñaba ahora que era Luzhin, estaba en su cuerpo, en su mente. Los dos eran el mismo personaje buscando la combinación adecuada, la defensa final, que es el mejor ataque. Saltar del tablero, para siempre... El narrador era Nabokov o era yo, daba igual. Él miró la ventana, estaba muy alta, más de lo que recordaba de la lectura, porque esto era un sueño, no era literatura. Igual se movió con dificultad, se acercó a esa mesa con la silla arriba. Se trepó como pudo y se abrazó al marco de la ventana. Quedó parado, haciendo un equilibrio imposible, con la mitad del cuerpo apuntando al vacío ¿Era eso lo que se sentía ser Luzhin? ¿Y las voces, dónde estaban esas voces que lo querían alejar de la decisión final? Él no las escuchaba, empezó a dudar. No de la jugada, que parecía irreversible, pero sí del sueño ¿Sería eso un sueño? La silla se movía, el cuerpo desbordado se volvió difícil de manipular. Quedó apenas colgado de la ventana, con casi la totalidad del cuerpo fuera, al borde del abismo. Ya estaba a punto de caer, solo el pie derecho sentía algo firme, que lo tenía todavía en la habitación de Luzhin ¿Y si no era un sueño? ¿Y si todo terminaba ese día, esa mañana, en ese departamento del barrio Rivadavia? Tuvo una descompostura existencial, Él. Porque ahora no se sentía tan Luzhin. No se sentía en el desenlace de una historia de Nabokov. Alguien lo había puesto allí, en ese trance, y lo había convencido de que no tenía una jugada B, que lo único que podía era mover hacia adelante, como un peón, como un personaje de una historia que no quería vivir, en un universo que no quería habitar ¿Y cómo se arregla eso? ¿Cuál es la jugada que te permite salir de esa jugada? ¿Se puede escapar uno del tablero, del tablero, del tablero...?

*Fin para el segundo capítulo de la in-real historia de personajes que son lectores psicópatas de las obras de Nabokov. Demasiada especificación, hora de relajar un poco para volver a la rutina,  y qué mejor que escuchar a García. En este caso, el tema que se me vino a la cabeza mientras leía el final de la novela de Nabokov:


************************************************************************************************Humildemente, Juan Scardanelli, ente ficcioreal del barrio Rivadavia, ciudad de Batán-Mar del Plata****************************************************************************************************************quiero verte la cara***********************************************************************************************me olvidé la letra, pero hay que seguir, ¿no?*****************************

lunes, 29 de junio de 2020

Una escena "Nostalghia"


The eternal son runs to the mother
She smoothes his brow and bids him
Drink from her well of hammered mist
Too long sweet lad, fog rises from the ground
The falling soot is just the dust of a shimmering gem
The black moon shines on a lake
White as a hand in the dark
She lifts the lamp to see his face
The silver ladle of his throat
The boy, the beast, and the butterfly*


Patti Smith, "Tarkovski (The second stop is Jupiter)"

Se abre la puerta, como si los ojos del espectador despertaran a un sueño. Comienza a jugar esa cosa que tiene el cine. Podría ser una definición del arte, una de las más convincentes. Un niño nos mira, con ojos oscuros y un tapado negro que le llega, casi, hasta los pies. El fondo es un paisaje en blanco y negro, con un lago rodeado por árboles y una neblina que parece tener vida. Al lado del niño hay un perro, un ovejero alemán, que mira hacia el fondo, en contraste con la atención del niño que cae sobre nosotros. Insisto, toda esa niebla, el niño, el perro, el blanco y negro, parecen un sueño o el arte en sí. El perro para sus orejas, nos mira, viene hacia nosotros. Desde mi posición, primera persona, se escapa una niña, como saliendo del interior de la casa; se pone un tapado negro, dándonos la espalda, camina en dirección al niño, lo abraza con su brazo derecho al mismo tiempo que gira el cuerpo y nos clava su mirada. Otra mujer sale como desde el lugar en el que estamos nosotros, observa de espaldas el ambiente boscoso, neblinoso, se coloca una capa negra también. Observa hacia atrás y se suma a los dos niños. Ahora los tres cambian la perspectiva, siguen la nueva escena, el nuevo cuadro, que muestra al perro junto a un caballo blanco, en ese mismo espacio boscoso y neblinoso. Parece un sueño, pero la falta de color le da un toque tan…real. Ahora la cámara (nuestros ojos) sigue una secuencia de izquierda a derecha, tomando a las mujeres, que miran con gestos indefinidos, al frente. La última mujer, la más grande, que está cubierta con un pañuelo negro, gira para mirar en todas direcciones. Ok, algo pasa. Estas mujeres están preocupadas por algo, o solo es la trama de un sueño. Una música se escucha como viniendo de lejos, es poco clara. La cámara, nuestros ojos, siguen la dirección de la mirada de la mujer del pañuelo en la cabeza, que finalmente encuentra esa escena, en otra perspectiva: Las dos niñas, el niño de los ojos oscuros, el caballo blanco, el perro, la niebla, y ahora sí aparece la casa de fondo. O sea que nosotros, nuestros ojos, están del otro lado, contrario al de la posición inicial. Para colmo, la casa y todos los personajes están en declive, siguiendo la línea de la montaña o loma que se intuye. La escena que queda plasmada en el plano es un cuadro bellísimo, así se queda unos segundos: Las tres mujeres con el niño mirándonos (y nosotros a ellas), el perro también observándonos (y nosotros a él), el caballo blanco pastando, la casa de fondo medio borrada por la niebla y rodeada por tres árboles desabridos. Todo en blanco y negro difuso, por la niebla. Una bocina, que parece de barco, suena de fondo, las mujeres giran sus cabezas, el perro también. Un sol asoma desde el fondo de la casa, es una pequeña bola de luz blanca, tenue. Las mujeres y el niño se tornan para contemplarlo, entonces ahora nos dan la espalda, nos invitan a prestarle atención a ese tímido sol. Se oye el ladrido de otro perro. En ese final de escena se escucha el sonido de un mar o un río, que nunca se ve. Todo se intuye en la escena, especialmente los sentimientos. ¿Estábamos ahí, de verdad?
Toda esta escena pertenece al film del director soviético Andrei Tarkovski, “Nostalghia”. Es del año 1983, es la primera película que realiza el director fuera de su país y es su obra más personal. En ella, trata de rememorar recuerdos de lo que era su lugar en el mundo. Un lugar que le fue arrebatado, un lugar que insiste, ahora, en recuerdos, que se asemejan más al sueño que a la realidad. No hay mejor manera que el lenguaje artístico para expresar todo lo que Tarkovski siente. No hay mejor manera de disfrute que estar encima de una película de Tarkovski, que nunca te deja quieto, pasivo, inerte. Eso es el arte, supongo. Y todo esto lo consigo mientras estoy en un lugar de trabajo, en una pequeña pausa. La escena, gracias al avance tecnológico, la veo en una pantalla de celular. Son apenas tres minutos, pero es algo que me acompaña todo el día, y que me hace existir de otra manera, que imagino mucho más interesante que la que llevaba antes de no haber visto ese fragmento. Y me dirás que ¿qué carajos tiene que ver todo esto con la actualidad en el país, la ciudad y el barrio Rivadavia? No tengo la menor idea. Claro que eso es lo genial del cine, porque intuyo que tiene mucho que ver. Pero las cosas no se quedan quietas, siempre están en movimiento, las escenas, los planos, nosotros, todo se va moviendo y está bien. A lo mejor estamos en una película de Tarkovski. Tenemos, afortunadamente, mucho para descubrir…

*Una aproximación en castellano:
El hijo eterno corre hacia la madre
Ella acaricia su frente y le pide
Que beba de su manantial de niebla batida
Demasiado dulce para el muchacho, la niebla se levanta desde el suelo
El hollín que cae es solo el polvo de una reluciente gema
La luna negra brilla sobre el lago
Blanca como una mano en la oscuridad
Ella levanta la lámpara para ver su rostro
La cuchara de plata de su garganta
El niño, la bestia y la mariposa.

jueves, 25 de junio de 2020

In-realidad


Estamos absurdamente acostumbrados al milagro de unos pocos signos escritos capaces de contener una imaginería inmortal, evoluciones del pensamiento, nuevos mundos con personas vivientes que hablan, lloran, se ríen. Aceptamos eso tan simplemente que en cierto sentido, por el hecho mismo de una aceptación automática y grosera, deshacemos la obra de los tiempos, la historia de la elaboración gradual de la descripción y la construcción poéticas, desde la época del arborícola hasta Browning, desde el troglodita hasta Keats. ¿Y si un día nos despertáramos, todos nosotros, y descubriéramos que somos absolutamente incapaces de leer? Quisiera que se maravillasen no sólo de lo que leen sino del milagro de que sea legible.

Pálido fuego, Vladimir Nabokov


Porque salía a la calle pensó que estaba vivo. - Y eso es mentira -. Respiraba hacía tiempo y no se había dado cuenta, porque todas las cosas las olvidaba con el paso de los segundos. Entonces se empezaba a dar cuenta de que los sentimientos se curaban si los dejaba de mirar. Pensó en todos esos amores que no pudo concretar o que fallaron, en todas las aventuras erráticas, en todas las broncas, las peleas, los éxtasis, los festejos y los velorios…Todo tan real en cada instante y tan in-real después de que los días normalizaban su curso. Y siempre ese malestar del nuevo presente, todo el tiempo recomenzando, todo el tiempo resignificándose, todo el tiempo volviendo a empezar. Si se quiere, se trata de volver al presente, eternamente. Comenzaba a sospechar que ni la muerte cambiaría la ecuación. Sería el presente en un instante, y pasado, y vuelta, y así… ¿Pero qué sucedía con la literatura?. En algún lado había leído esa historia del rey devenido en crítico literario. El monarca omnipotente que escapa de su reino antes de ser ajusticiado por el bando con ansias regicidas. Aparecía un pasadizo facilitado por un actor que lo ayudaba a concretar el escape final, nada glorioso. Y una nueva-vieja vida en un vecindario lejano, al lado de la casa donde vivía su poeta favorito. ¿Y qué otra cosa puede hacer un ex-rey salvo ser un lector psicópata? ¿Y qué clase de lector psicópata? el peor de todos, el que es capaz de interpretar tendenciosamente los versos que no lo tienen en cuenta para nada. Pero los lectores debemos ser así, debemos vampirizar las historias, chupar de la sangre de esas letras, esos signos escritos que - mágicamente - entendemos a la perfección, y a los que - más sorprendentemente - otorgamos sentidos exagerados. Y ese ex-rey recordaba que en alguno de sus presentes lograba hacerse de lo más importante para un lector: la obra del escritor favorito. Y llegado el momento de la elección definitiva, ni lo dudaba. Porque en algún momento de la historia aparecía un asesino gris y lleno de resentimiento, que debía ajusticiar al ex-rey. Pero claro, como no son buenos momentos para el gremio, el asesino resultaba ser un inexperto total y no tardaba en poner en riesgo la vida y la obra del poeta. ¿Y qué hace un buen ex-rey, un buen lector psicópata, un comentador canalla y egocéntrico en esa situación límite? Elige salvar la obra, obvio. Entonces, en la historia, el poeta favorito cae herido de muerte y el ex-rey se guarda ese último atisbo de realidad. Porque esas letras juntas, esos signos garabateados que conforman versos son la realidad, no hay duda. Entonces se guarda el manuscrito cerca del corazón, pensando que en esas páginas pueden estar perfilados él y su esencia. Desea como un loco llegar a su casa para leer y descubrirse allí, donde las cosas sí que tienen sentido. Pero siempre llega el momento del desengaño, porque la in-realidad es así. La in-realidad del texto descubre que no está él, no está su historia, no está todo lo que le dio al poeta por ningún lado. ¿Y cómo puede pasar algo así? ¿Cómo puede fallar de esa manera la poesía? Y la salida, la respuesta del ex-rey, del lector psicópata es nada menos que publicar el texto inédito, el último suspiro literario del poeta, y acompañar cada verso con una parrafada interpretativa, que lo incluya a él, a su reino, su pasado y sus personajes. El mejor lector es un ladrón compulsivo de historias. Entonces no hace más que forzar cada línea, cada expresión del poeta en su último texto, porque quiere estar ahí, tiene que estar ahí…Recordó todo eso, que era Pálido fuego de Nabokov. Pensó en la in-realidad de las historias, cada una con su propio universo, en su propio tiempo, en su especial presente que es pasado milimétrico en cada instante. Se dio cuenta que esa in-realidad era la única verdad que tenía, y que estaba en cada texto que había leído…Pero tampoco era definitivo, caramba. Porque el narrador de esa historia tiraba todo por la borda, porque podía ser el verdadero poeta detrás de todo el entramado ¡Claro! A lo mejor, nada de eso había sido verdad, la historia era el invento de la historia. El ex-rey y el asesino gris, y el poeta, todos creaciones de un escritor más allá, que tampoco se puede tocar, porque forma parte de otra in-realidad…Y la suya estaba ahí en presente, pasado, presente, y vuelta… Salía a buscar lo que pensó que había perdido, y se dio cuenta que eso nunca había estado ahí. Porque no había un ahí por fuera de la literatura, esos signos escritos que mágicamente entendía. Volvió a su departamentito, se pegó una ducha, se permitió creer en alguien, se arrepintió antes de acostarse. En la cama, tomó otro libro, del mismo autor. Los primeros capítulos lo invitaban a descubrir la historia iniciática de un maestro del ajedrez. Todo comenzaba con la muerte de un rey, un ex-rey. Ya estaba metido de lleno en otra in-realidad, que tomaría psicopáticamente prestada, lo que durase el vínculo, hasta el próximo desengaño.



*Ahora pensaba yo, que el nueve siempre es un número que trae suerte, y que hay otros lados que sí pueden estar buenos y que no son aquí, y que nadie te quiere cuando estás mal:


*************Humildemente, Juan Scardanelli, leyendo Nabokov compulsivamente, desde el corazón del barrio Rivadavia, mientras el mundo pos-anormal va para cualquier lado que se le antoja, y no hay manera de pararlo, y no hay para qué. Nadie te necesita cuando estás viejo y cada vez más gris*************************************************

jueves, 18 de junio de 2020

Sobre la lectura y el excremento



En quinientas veintisiete veces que fui al baño a cagar, pude terminar de leer el Ulysses de Joyce. La gran novela interminable que es apenas un día en Dublín, de un par de personajes que no hacen mucho, y que son tan corrientes como el corcho. En el mismo inodoro, también, completé la Divina Comedia, en un total de cuatrocientas sesentaitrés deposiciones. Sí, todo el periplo de Dante, infierno – purgatorio y paraíso. Días más tarde, me di cuenta que el hecho de cagar es algo similar a la idea de la obra, el infierno del primer impulso de la mierda, el purgatorio que es mientras sale y el paraíso final, cuando ya todo terminó. El canto extra sería el de la ventilación del departamento y la utilización de algún desodorante de ambiente o sahumerio. En fin, dos casos que dejan en claro que el baño es un aliado fundamental para la literatura. A lo mejor ya entiendo ese grupo extremo de lectura, que aparece en Estrella distante de Roberto Bolaño, cuyos integrantes se juntaban a leer los clásicos y los cagaban encima, hoja por hoja. Sumamos, entonces, el excremento como parte fundamental de la lectura. ¿Por qué no pueden mis textos formar parte de este acto tan noble, tan tradicional? ¿Por qué no cargás mi blog mientras cagás? Es una idea, no te alteres. Podés seguir leyendo en otro lado, también. La cocina y sus comidas, con el peligro de las llamas de las hornallas y ese horno, que por ahí trae recuerdos de Sylvia Plath, preparando el último platillo del sábado por la noche, su propia muerte. Mejor, a veces, leer donde resulta más conveniente. Son los lugares por excelencia, el living y la habitación. En esos espacios están las bibliotecas, siempre. Además, son los lugares donde más cómodes nos sentimos. Pero cuidado, eso es también una trampa, porque la comodidad es amiga del sueño, y eso de leer entes de dormir nunca funciona bien. ¿Cuántas veces te habrás quedado dormide en medio de una historia? A lo mejor dejaste suelto al asesino, con el arma cargada y el instinto liberado. En tal caso tener algo de Conan Doyle al lado, por si hace falta la intervención de un Sherlock. Yo lo prefiero a Marlowe, porque sabe jugar sucio. La diferencia entre un detective inglés y uno yanqui. Pero sobre todo me quedo con el Etchenique de Sasturain, porque sabe mejor que nadie lo que pasó en las peores noches de mí país, y sabe jugar más sucio que el peor de los embarrados. Si vamos a tomar el té, que sea con alguna de las hermanas Ocampo. Para siempre, la mejor, va a ser Silvina, porque es más rara, más copada y no tan estirada como la otra. Ella, el etcétera de la familia, con su relato de la cara en la mano. Dale, en el patio recontra va Cabezón Cámara, porque sabe como nadie sobre plantas y perros, y además te escupe las historias con total libertad, sin prejuicio, un gaucho trolo y la china empoderada. Y si tenés un lugar medio oscuro, ponele una especie de galpón extraño, que te espere Mariana Enríquez fumando, con una de esas historias de terror que tanto tienen que ver con uno, y con todes. El terror cercano y palpable. Pero nada de esto vale si vivís en un departamento de dos por dos, como yo. En el departamento solo puede habitar un autor por vez, y al mío lo tomó Nabokov con su Pálido fuego. Donde voy me persiguen los versos de un poeta que no me interesa conocer. Lo sí interesante es saber quién carajos es ese comentador, por qué comenta lo que comenta. Y en eso estoy, pasado por la semana vaya a saber cuál de la cuarentena, la del virus inmortal… Pero también recibo Llamadas telefónicas, de gente que no me quiere ver, que no debería interesarme. Igual atiendo y me llegan las historias y las opiniones que rompen con el santuario nabokoviano, y por ahí lo expanden, hasta que ya no sé qué mierda pensar. Porque se me van escapando los argumentos, se me terminan las ideas. Es normal, algún día me iba a pasar como al personaje de la trilogía de Rodrigo Fresán, ese ex-critor que se queda vacío de ideas para seguir con su profesión. Y tampoco nadie me va a pagar por esto, con toda la razón del universo. Yo no pagaría por estas dos últimas oraciones que escribí. ¿Por qué? ¿Para qué? Y por qué y para qué escribir. Ojalá tuviese una respuesta, pero, ya lo anticipé antes, no tengo más ideas, se me agotaron los razonamientos coherentes. A lo mejor, me dedico a crear grupos extremistas de lectores noctámbulos. Una raza de kamikazes literarios, que salen a buscar autores para pervertirlos y destrozarlos en una especie de hoguera comunitaria, donde yacen todos los libros posibles, ardiendo para siempre, como la biblioteca del Quijote. Todo para que nadie más pueda leer lo que ese grupo ya cosechó. Entonces cambiarían de rol, ahora serían escritores kamikazes, destinados a inventar historias terribles, para que otra humanidad lectora nazca, y sea mucho más terrible que ellos, nosotres. Todo para que el mundo aprenda, de manera completa, que nadie puede escribir un verso y sentarse a esperar que la primavera se genere por sí sola. Porque no funciona así, lo siento. No hay una concatenación lógica de procesos que se llaman, uno más virtuoso que el otro, para hacer más lindo y perfumado tu mundo. Lo que hay son espacios reducidos y muchas personas. Todas, además, cagan. Gran parte sabe leer y no tira el botón del inodoro. Pero enfrentamos tiempos dificultosos, tiempos sin memoria, tiempos sin desodorante de ambiente. Hay que apurarse a escribir lo de pasado mañana, porque se corre la bola de que a lo mejor dan de baja Instagram y gana la batalla Tik tok. Y ahí te quiero ver, cómo hace un escribiente para sobrevivir al invierno. ¿Yo? No necesito demasiado. Lo tengo a Nabokov conmigo, son tiempos en que nadie lo quiere. ¿Sabían que Nick Cave lo eligió como uno de sus escritores favoritos? ¿Tendrá desodorante de ambiente, Nick, aroma pino, tal vez? Yo no, tengo uno de limón que es más feo que la diarrea de domingo. Pero es tarde, cagué y no tengo otra cosa a mano…a menos que…¡Eso! Hubo un día en que no estaba muy bien y pasé por la librería del barrio. El Rivadavia, obvio. Y me compré una novela de Houellebecq, no sé por qué, ni para qué. La idea es la siguiente: abrir el libro, cagar adentro y quemar todo junto. En honor a Kafka, porque las cosas que fueron destinadas al fuego, en el fuego tienen que terminar. Perdón, perdón, perdón por pedir perdón tantas veces. Igual, no me creas mucho, no te lo merecías. Es solo que, varias veces – más de las deseables – me dan ganas de exagerar para saber qué se siente ser vos. ¿Te habrás escandalizado por lo que escribí más arriba? Bueno, a lo mejor es hora de que agarres ese celular que no soltaste en todo el día, cargues / cagues este blog y te lo lleves al baño: ¡Tiralo! ¡Tirame! Liberanos en un solo acto de justicia divina. Que no es justicia. Que no es divina. Mañana o cualquier día, nos volvemos a mensajear.    

*Este texto fue escrito en el baño, mientras cagaba. Cuando terminé, tiré la cadena y me acordé de la siguiente música, que se llama igual que la novela de Nabokov, y que es de un cantante de Ohio:
******************Humildemente, Juan Scardanelli, a.k.a juanmanuelpenino@yahoo.com.ar******************Si todavía no nos entendemos, danos tiempo, la ansiedad hace mal y caga todas las cosas****************De verdad, ya no tengo desodorante de ambiente**********************ya no**********************

domingo, 14 de junio de 2020

Confesión

Ahora sí me puedo sincerar:
me la paso alimentando fantasmas,
haciendo crecer sombras, 
dándole de comer a los espantapájaros,
rodeado de tierras fértiles si utilizar,
replicando ecos infernales,
que son voces distantes,
quimeras con apariencia de cariño

Me la paso mendigando expresiones de albatros,
vuelos de sentimientos artificiales,
rayos que partan la niebla del domingo,
migajas de mesas de bares vacíos,
un vino fuerte y desechado,
transmutación de pordiosero resucitado,
al que nadie le avisó que el mundo
- y todo lo conocido - yace enterrado

Atlántida de pura melancolía,
surcada por babosas sin corazón,
que arrastran sus cadenas hacia el abismo,
porque el sufrimiento es un escudo contra la verdad
y se contagia y se expande
y es un gran éxito entre jóvenes ciegos,
danzarines de los espacios rectangulares,
modernidad de los artefactos lumínicos

Ahora sí que no me escondo más,
puedo confesar que me la paso jugando
a que son las seis de la tarde
y que mi patio es un pelotón de fusilamiento
y que yo me pongo de espaldas al paredón
y que todas las sombras y fantasmas dicen: ¡Fuego!
como ecos infernales, voces distantes,
quimeras con apariencia de cariño.


****Hay algo de musicalidad en ese verso: "quimeras con apariencia de cariño". Pero no estoy seguro que alcance para hablar de poesía. Por lo general, existen dos preguntas que te pueden arruinar el día, además de un mal poema: 1) ¿Cómo estás? 2) ¿Por?
Calculo que también tiene que ver con la musicalidad. Suenan algo irritantes. La 2) es la peor, porque como que se agudiza en esa "o". Y eso es molesto. La 1) resulta, por ahí, más cruel, es una pregunta con respuesta inabarcable, y que denota desinterés por la persona a la que se consulta. Una suerte de fórmula para cumplir el trámite con algún conocido. Preferible que te manden a la mierda, así por lo menos hay pasión. ¿Cómo estás? es la nada misma, la no-pregunta. El ¿por? es lo que sigue, una suerte de no-pregunta obligada por haber hecho la primera, una manera de habilitar a que ese otre diga lo que tenga que decir, lo más rápido y concreto que pueda y que se arregle, porque "perdoname pero estoy apurado". "Nos vemos" y, súper insoportablemente, "que sigas bien".