En cada una
de sus manifestaciones, el tiempo pierde contra la muerte, que sería el lugar
vedado al tiempo, a todos los tiempos. Ahora estoy (está) tirado en la cama,
porque le (me) duele el cuerpo, y es muy difícil pensar así. Hay desvarío,
dificultad para escribir, como si se tratase de un sueño. Y el tiempo, los
tiempos, en este caso se dan todos juntos y de una vez y para siempre jamás. Se
agolpa el pasado con todas sus imágenes y voces recortadas, editadas, montajes
de cosas que no fueron exactamente así pero…….en un presente de dolor y calmantes
y habitación consciente de su (mi) final, un presente cada vez menos habitable,
menos habitado, hasta que no quede nada……un futuro que no está en la lista de invitados,
porque es el tiempo que (casi) ha dejado de existir. Un futuro que se confunde
entre los vapores febriles de la cama – que en verdad es una camilla muy mal
disimulada – de una residencia de cuidados paliativos – que en verdad es una
clínica privada de las más caras, porque el momento de la enfermedad final y la
pronta muerte es el instante exacto donde las billeteras de los seres más o
menos queridos se vuelven bondadosas, dadivosas, generosas – que pronto será un
alivio no ir a visitar nunca más. El tiempo del pronto a morir es uno solo, o
es todos en uno: el tiempo de la enfermedad, el tiempo en el que la enfermedad
se hace presente, se desarrolla y luego se revisa en pasado, se lamenta su presencia
en el ahora y se proyecta levemente hasta un futuro efímero y con un solo vértice.
Ese punto final que determina que la recta no es infinita. Hasta acá….y es el
final del tiempo, de los tiempos, el final también del padecimiento y de los
calmantes y de la enfermedad, que encuentra su muerte unos instantes luego de la
muerte del enfermo. ¿Y después? La gran pregunta que abre un nuevo infinito,
una recta que no parará de precipitarse, a menos que se encuentre con la dura
realidad universal de la nada, porque en el principio – que sería nuestro
pasado – habían la nada y el caos, hasta que en el futuro hubo algo que explotó
y se expandió y decidió irse consumiendo hasta que volvió a ser lo que era: el
polvo, la nada, tu nada, mi (su) nada. Enfermar de tiempo ni bien se tiene
consciencia, capacidad de dividir la recta – que se bifurca y dobla
indeterminada cantidad de veces, pero que siempre termina – en tres estados que
en el final serán lo mismo, una enfermedad sin cura, una enfermedad inevitable,
un estado de gracia que va mutando hasta que se llega a la conclusión de que la
mejor manera de atravesar el viaje es sin pensar en eso demasiado, sentado en la
primera fila y bien agarrado del asiento, dejando en manos del piloto el
desarrollo de los acontecimientos, manteniendo las ventanas cerradas con
hermetismo terapéutico, porque perder el rumbo sería volverse loco y saltar
tirando al demonio la puerta de emergencia, que siempre tiene un mecanismo de
apertura para la que hay que estar debidamente entrenado. De las enfermedades solo se puede
esperar un buen trato, un acompañamiento más o menos civilizado, y un final en
silencio, tranquilo, sin el sonido estridente de esa guitarra….¿cuál era la de
hoy, la que sonaba como a lo lejos en medio de su (mi) delirio fentanílico?
¡Eddie Van Halen! Saltando con la eléctrica en sus brazos, Eddie Van Halen
mostrando el camino del glamour, trazando la recta con un sonido lleno de
brillo, casi como su pelo. Quiero (quiere) escuchar esos sonidos en su final. Nada
de silencios mortuorios antes de la muerte. Ese horrible silencio de hospital
que predispone los cuerpos hacia la muerte. ¿Por qué irse muriendo en silencio?
¿Es para tranquilidad de los empleados de la clínica? ¿Para que los médicos se
sientan más relajados? ¿Para que los seres más o menos queridos entren en
clima? ¿Para indicarle al tiempo que se vaya preparando, que la recta es un
indicio claro de que las ondas dejan de agitarse, de que el mar está calmo, de
que ya no hay viento de vida, de que el futuro no existe más, de que el pasado
dejó de editarse y de que el presente es un último fraseo de guitarra chillona,
que cuando termina lo suyo le baja la persiana al show y apaga la luz, otra vez
el silencio del comienzo de todo?. En serio, ya ni sabía (sé) qué día de
internación estoy (estaba) transitando. Por la condición general, por lo acordado
con la médica, la perspectiva de supervivencia sería más o menos de tres días,
luego de eso un cóctel esperaba como para finalizar el asunto. Un cóctel como
ese último trago que pide el detective acodado a la barra, antes de confesarle
al cantinero que el caso fue resuelto pero que nadie se había salvado. Y el
escritor hace que se levante, se ponga el saco largo y se retire en una noche
neblinosa, consumiendo un cigarrillo en dirección incierta hacia un hogar, que
sabe muy bien que no tiene y nunca tendrá. Ese tiempo de detective entre
neblina y humo, el tiempo del último cóctel, el tiempo en el que todas las
piezas encajan para demostrar una verdad irrefutable, insoportable: el tiempo
era una enfermedad, que se había tratado con su partición durante lo que se
considera “vida”. Entonces, algún día, se vuelve al cauce inicial de todo, no
hay más enfermedad, por lo que tampoco hace falta más la “vida”. ¿Tiempo? Ya no
importaba. Entonces…..más tarde….habrá una última comida.
**la música sugerida:
**********************humildemente, Juan************la idea es ir escuchando músicas que no tengan nada que ver con la muerte***************una intención***********sonora.....






