Un día trágico de otoño que no se va a volver a repetir, como una película de Almodóvar. ¿Qué carajos quiere decir eso? Nada, en un principio. Algo, es lo deseado. Sí, una buena historia es eso que camina con espejos por un camino que va reflejando historias. En el caso de Amarga navidad lo que camina es un cuerpo con máscaras, sobre ese sendero lleno de espejos. El cuerpo sería el propio director español, y las historias vaya uno a saber. Máscaras, el cine dentro del cine. La película nos pone como primera instancia ficcional a un director de cine que padece una especie de bloqueo creativo, que logra romper comenzando a escribir una historia que no tiene muy en claro, y que inicia con lo que sería la segunda instancia ficcional. La historia que se le ocurre y que nosotros vemos en pantalla es la de una directora de cine que por ser de culto, no logra encontrar el momento para realizar su nueva película, ya que tiene que laburar en propagandas que le dan de comer y la mantienen con una buena calidad de vida. Entonces conoce a un joven bombero – y estríper- que sería el reflejo del joven novio del director en la primera instancia ficcional. A partir de ahí, comienza la danza de historias y personajes que van y vienen reflejándose en lo que sería la ficción y la realidad dentro de la película. Como cajas chinas. El leit motiv de las historias sería – como es muy común en una de Almodóvar- el dolor y la desesperación de las mujeres, particularmente, el dolor por la muerte de un hijo, la pérdida del sentido de la vida, la depresión y el suicidio. En el medio, el miedo, los ataques de pánico, la pérdida de la madre y Chavela Vargas con esa voz impresionante en cada momento de su vida. Para llorar un buen rato. Y después, en el grado cero, estarían el director y sus obsesiones, el director y su mosaico de películas que conforman su gran y unívoca obra. Más o menos esto sería el resumen de la experiencia cinematográfica, siempre más fuerte que cualquier otra cosa que me pueda pasar en el día. Más tarde, la noche con La Nieve cerrado, la búsqueda de algo con roquefort para cenar, un fernet, un loco que se tira un lance en la calle, la malaria retratada en la gente que duerme donde encuentra un reparo, y el seguir peregrinando con esa sensación de que va a ser muy difícil sentirse feliz este invierno. Otra sensación que se me apareció de repente fue la de la pérdida total de sentido de todas las cosas que hago. Un universo abierto, pero que no debería haberse abierto tanto. El recuerdo del suicidio del Sapo, un compañero de la primaria que se ahorcó en el patio de su casa en Parque Luro, y la leyenda escrita en los murales del barrio: “el Sapo no murió, descansa”. No sé por qué me acordé de eso, la verdad es que en la película nadie termina suicidándose, y el tema más pesado al final es lo inescrupuloso que puede ser Almodóvar (o su alter ego, o el alter ego de su alter ego) a la hora de utilizar el sufrimiento de sus seres queridos para escribir una historia. ¿Hace falta ir tan lejos? No creo, por lo que la historia del Sapo no la pienso contar. ¿Y la mía? Tampoco. Si he de morir…es obvio que eso va a pasar, entonces: Voy a morir, pero prefiero no tener nada que ver con eso. Lo que queda al final es esta identificación rotunda con aquellas personas que ya pasaron de todo, y que esperan pacientemente su capítulo final. Esa es la resignación que siento, eso es lo que me acompaña desde hace meses. No me deprime, sigo haciendo las cosas que tanto me gustan, pero ese sentimiento de que lo bueno ya me pasó y solo queda esperar la tragedia….eso es lo que me mantiene escribiendo. Imagino que el día que no lo sienta más, dejaré de escribir y solo seré feliz leyendo. Pero no creo que eso pase. Mañana es mitad de semana y no tengo muchas ganas de que sea, y es la cosa más parecida a sentirme humano que me pasó hoy. Hay un tema de Patti Smith que escuché recientemente y que me voló la cabeza, de una mujer que labura en una fábrica por dos mangos y no tiene futuro, que se enoja de una manera que solo Patti puede contar, y que termina llevando su sueño de libertad a Nueva York. En el tema queda como promesa, en la realidad Patti pudo. También es autorreferencial, es un espejo, una máscara. Seguiré caminando y espero poder llevar mis espejos sin romper, no vaya a ser cosa que me caiga una maldición de más de mil años, de esas que te acompañan más allá de la muerte – o más acá de la vida -.
*Epílogo: A veces es muy difícil creer que las cosas más brutales pueden estar sucediendo en la realidad. Más fácil poner todo eso en la ficción, en particular, en alguna de las novelas de frontera de Cormac McCarthy. Pero la realidad supera a la ficción. O mejor dicho, la realidad juega con la ficción, entonces pueden generarse obras artísticas geniales, o engendros de horror muy reales. Eso pasaba también, en paralelo a la expedición cinematográfica, cerca de donde estaba, a unos cuantos kilómetros, dentro de una misma frontera, de un territorio, de algo que llamamos país y que supuestamente es el lugar donde nos identificamos, donde esos espejos nos reflejan y….y es que a veces el reflejo es un horror indecible. Un cuerpo asesinado más, un femicidio más, una niña descartada más. Luego, la horrorosa complicidad de la justicia que mira para otro lado, con ojos bien patriarcales, bien clasistas, bien inhumanos. La política que hace su juego de usos y abusos de asesinatos desgarradores, y las familias que estallan de impotencia. Todos mediados por el espantoso coro del periodismo nacional, concentrado en Capital Federal, que pone cara compungida y a los dos segundos se ríe del siguiente meme que es un jugador de fútbol de cualquier país a quien los “hinchas virtuales” decidieron apoyar porque nadie lo conocía. La realidad, la ficción, el absurdo y el dolor y el horror. Por una combinación talentosa podemos llegar a una obra de arte, por un error en el cálculo terminamos cayendo en lo peor de la humanidad. Después, queda volver y tomar el frío necesario como para no perder la capacidad de asombro, sea cual fuere el camino que se elija: el asombro por el horror de la realidad, el asombro por lo genial de una obra de arte. En el medio, el yo que dice Yo, haciendo fuerza para deconstruirse mientras las heridas lo hacen pelota, mientras las caricias lo animan. ¿Cómo termina esta historia? Ojalá podamos acomodar la fórmula, y que el futuro sea un lugar donde nos podamos imaginar mejores.






