Un final (Detectives del Rivadavia)


Ya no era su caso, preocuparse por las instituciones, fomentar la salud de la sociedad o la filosofía centrada en tratar de comprender el tiempo. Porque sentía. El sentimiento es enemigo natural de la razón, y ya no tenía espacio para otra cosa. El Comisario encerrado solamente sentía. Arrepentimiento, ira, pero jamás misericordia. Esa palabra le generaba miedo, el miedo a esos ojos, a esa Virgen de la Sangre. Su límite, el momento de la caída, las alarmas que se encendían y las enfermeras ingresando en su cuarto oscuro para compensar lo que ya estaba completamente desequilibrado. Después, pasar las horas y los días hasta olvidar, y volver de a poco a perder el efecto narcótico y recordar, otra vez, las caras de sus enemigos, los espacios y rincones de esa maldita comisaría, sus olores a encierro y muerte y la injusticia en cada baldosa y el arrepentimiento y la ira y…….otros días y semanas que pasaban, y una noche y un sueño recurrente, uno en el que su cuerpo era sacrificado en el medio de un ritual en el patio sagrado de Ciudad Prohibida, una redención incompleta en la que el General Imperial sacaba su espada dispuesto a darle el descanso merecido. Pero nunca terminaba. Esa escena final del sueño era lo que le impedía sanar, descansar de una vez. Él era el Comisario, parte fundamental de la institución, su cara visible, su celoso guardián, el encargado de proteger las sagradas escrituras que conformaban esos reglamentos tan especiales, preparados más para la subsistencia de los usos y costumbres de un grupo de personas que para impartir justicia. Pero él debía enunciar al revés, siempre al revés. Luego seguir hasta el próximo día, mirar para otro lado, dejar que cada personaje diseñado por la misma maquinaria que lo había diseñado a él, siguiera cumpliendo su papel, costara lo que costase. Para poder dormir correctamente, para que esas paredes y esas rejas desvencijadas tuviesen un sentido. Entrar en la Comisaría que te tocó en condena era el paso previo al infierno. Después, nada es igual, nada es lo que parece, un pedazo de la realidad se cae sobre tu cuerpo. Y con eso había que convivir, viendo esos cuerpos sufrientes y desengañados, todos los días. Ver vírgenes perder su primera vez, violadas y violados sistemáticamente por ese Sistema que estaban empezando a mirar a la cara para darse cuenta que mejor no mirar, mejor buscar otros ojos, unos de misericordia y perdón. El perdón para los infelices que acaban por enterarse de que la justicia era lo mismo que el tiempo, algo que nadie puede explicar, algo que cada quien mide como puede, y nunca de la misma manera. A veces un minuto es más largo que una hora, y otras ese minuto dura lo que un segundo, y un segundo parece un año. Buscar un sentido, una razón, una certeza. Imposible. Pero el Comisario debía garantizar ese falso orden, al menos un alivio, un instante, un “estamos trabajando para resolver”, “ya tenemos individualizados a los responsables” “pusimos todo los recursos con los que disponemos para…..” ¿cómo era esa palabra….ya se le había perdido en la memoria?....y volvía y se mordía la lengua para no mentirla, la sangre se le llenaba en la boca, comenzaba a ahogarse, las enfermeras entraban y limpiaban la escena ¡Limpiar la escena!, lo reprendían, lo inyectaban, quedaba desmayado…pasaban las horas…..agradecía el deterioro lento pero constante de su memoria….agradecía el hecho de irse desgranando…..agradecía acercarse a lo más parecido a un final……agradecía poder olvidarse de sí mismo, aunque no era el final.

No todavía,

No nunca,

¿Cómo era esa palabra?

Esa que tanto sonaba en los pasillos de la Comisaría, en el desierto de Sonora, en Ciudad Prohibida, en los ojos de la Virgen de la Sangre, en los pasillos de lo que quedaba de su memoria...

Apagar las voces...

Olvidarlo…

Olvidarlo todo…


*Un temazo de final: 

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