Declaración del Comisario (Detectives del Rivadavia, capítulo 18)

No se puede respirar. Es imposible. Intento todos los días, desde hace años. Es imposible. Trato de hablar de corrido. Me cuesta. Mis pulmones no dan el aire que necesito para contar lo que tengo que contar. Si tuviera una bala más, me volaría la cabeza. Si tuviera dos balas más, remataría al abogado de mierda y después me volaría la cabeza. Si tuviera más balas les pegaría un tiro a cada uno de ustedes y al Ministro y al Gobernador y al Presidente, y con la última bala me iría yo. Pero sé que no serviría de nada, porque los hijos de yuta se reproducen como las cucarachas, son invencibles. Mierdas de seres humanos siempre hay y habrá y no se puede hacer nada. ¿Emoción violenta? ¿estado de descontrol psicológico? ¿fingir demencia post trauma? No fue lo que pasó, ni merece la pena intentar decir otra cosa. Ese maldito registro que inventamos los policías para hacer nuestro propio policial clase B. Una parrafada de mentiras acompañadas por la adulteración de pruebas, todo dispuesto para que terminen condenando a quien no tuvo nada que ver, y liberando a quien sí lo hizo. Después, los capítulos que siguen siempre, como la culpa, hasta que de alguna manera pasa algo, los verdaderos responsables se quiebran o alguien los persigue y los quiebra con toda la fuerza de la lógica y la razón. Policiales. La realidad es esta, son ustedes. El buitre que va a escribir la declaración, que va a llevar el rótulo de un juez y, con esa firma, ser transmutado, de ficción a documento probatorio legal y punto final. Obediencia debida y todos inocentes hasta que se demuestre….Pero nadie va a demostrar un carajo, ¿no? Ustedes dos, los enviados de “arriba”, con esas caras de “ya sabemos cómo fueron las cosas, quédense tranquilos que lo arreglamos todo”, como si se tratara de una mala película hollywoodense, uno de esos thrillers donde ganan los que deben ganar para que la sociedad continúe con sus compras. Nada más, cuestión de “orden y control”. Control, pensar que decían que ese tipo de sociedad ya no existía. Pero sí. El control, la necesidad de saberlo todo para escribirlo todo, de nuevo. Narrador omnisciente. Un boludo asustado por un escape, por descuido propio, en el corazón de la comisaría. El Ayudante que sale corriendo y saca el arma y tira ese tiro que da en el cuerpo de una inocente que justo pasaba por ahí, en el lugar menos indicado en el momento menos indicado. No me van a creer, pero ya lo sabía. La Virgen de la Sangre. Anote, abogado, el Comisario y sus desvaríos, ¿no? ¿no le sirve al argumento de su novela? Bien, las desgracias las construye esa perra desde las sombras. Luego las llevan a cabo seres humanos incapaces de cualquier cosa y, finalmente, llegan los escritores, ustedes, los que novelan los sucesos para que todo siga igual. Yo en un hospital psiquiátrico, obvio. Los cadáveres debidamente condecorados, la inocente resarcida con guita, por lo menos ganancia para lo que le quede de familia. Todos contentos. O no, pero al menos tranquilos por un tiempo más, un tiempo que se termina con el próximo asesinato, ¿verdad? Porque saben perfectamente que la cadena no se corta nunca, vendrán más cadáveres y ustedes seguirán escribiendo policiales, firmados por juez, hasta que un día les toque. Decir que no me quedaron más balas en el arma, zafaron. ¿Escribiste, abogado? ¿Llamamos al juez? Ese mal parido amigo de ustedes que está pensando en el culo de su empleada y en qué carajos de droga va a probar el fin de semana en ese puto barrio privado en el que vive fuera del mundo, para después subirse a su trono y juzgar todo aquello que no tiene ni remota idea de cómo mierda funciona. Mierda. Su cara de mierda y su vida de mierda y su manera de regalar impunidad a ustedes. Control y poder. Nunca vamos a salir de ahí. No hace falta. ¿No les queda mejor pegarme un tiro y sumarme a estos cadáveres? Me harían un gran favor. Hay un olor a podrido insoportable, carne quemada por proyectiles. ¿Quieren saber por qué los rematé a sangre fría? Porque fue el único acto de justicia que se me ocurrió posible en esta comisaría mal cagada. Los vi armando la escena, como si nada. Ayudando al asesino por compartir uniforme. Camaradería de la fuerza. Y no pude más. Otro tanto para analizar, el General del Imperio apareciendo por detrás de mis acciones, ayudándome a reaccionar. Impartir justicia con la moral compartida. Sin escatimar acciones. Sin perdonar lo imperdonable. No podemos devolver las vidas inocentes, eso ya lo sé, no estoy tan loco. Pero sí podemos despejar la oscuridad del camino. Eso hice, nada más. Salvé el honor del General del Imperio. Salvé Ciudad Prohibida. Me salvé. Dejé de lado el desierto impune. Claro, la Virgen de la Sangre no me lo va a perdonar. Me seguirá buscando aún después de esto, después del encierro, quizás durante. Ya tendrá tiempo de tenderme su próxima emboscada. Tal vez otro paciente tome un cuchillo y se corte las venas de los brazos o se abalance contra una enfermera delante mío, y la sangre me salpique la cara, y la muy puta me mire y me diga: “misericordia, Comisario, misericordia. Lloremos lágrimas juntos mientras oramos, te necesito, todavía” Y ya no la voy a mirar más, porque ya hice lo que tenía que hacer. Solamente me faltó una bala, una sola bala más. Juro que la miré y supe en ese instante que no iba a salir ese tiro. Lo sé perfectamente ahora. No me va a dejar. Mi consuelo, ustedes. Con esas caras burocráticas. Sépanlo, están en sus manos también, y no los va a dejar tampoco. Tendrán que seguir navegando entre ríos de sangre por donde sea que vayan. Tendrán que seguir inventando historias hasta que un día no puedan más. ¿Saben lo que va a suceder ese día? Tienen tiempo para imaginarlo, me tienen a mí de ejemplo. Ojalá estén lo suficientemente lúcidos en ese instante para tener ese último tiro a mano. No se sientan mal, la justicia no es nada.


****Música de fondo, que va con el personaje, al menos hoy:

****************humildemente, Juan*********************no hay maquillaje para quien no ve.....++++++++++++********************

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