Sobre Roberto de Troya y una última lectura



Se terminaba mayo, hacía frío y me tomaba una birra en la esquina de siempre…..

Hasta luego Roberto, te dejo acá una vez más, y vaya a saber cuándo te vuelva a convocar ¡sombra terrible! Roberto de Troya, el más valiente de los escritores, o el más cobarde de todos los seres humanos, depende de cómo se te lea. Pero te abandono una vez más, adiós a las “Notas para una autobiografía”, y ese final con entrevistas tuyas setentosas, la última de todas al más que interesante Poli Délano, con la clara intención de terminar el libro mostrando tu faceta de detective salvaje. Un gancho publicitario, pongamoslé, o un final romántico, que hubieses odiado, estoy seguro. Y eso es algo extraño, porque estar seguro de algo sobre alguien que murió hace ya más de veinte años y que nunca conocí. Digamos, confesemos, nada de eso es posible, pero por suerte existe la literatura que sirve para leer. Igual, podemos convenir que notas que recoge alguien más sobre tus entrevistas y charlas sería lo mejor que te pudo pasar, porque ni a cañonazos podrías haber escrito tu autobiografía, o publicado un diario imposible de un escritor que se murió esperando por el trasplante de hígado. Confieso que he vivido, y tenés razón, qué título de mierda, de otro poeta chileno que hoy no merece mención, y que mejor dejarlo ahí porque esta noche no tengo ganas de versos de mierda. Mejor seguir en busca del tiempo perdido, y que esa sea la única autobiografía o diario que valga la pena, porque de verdad que poco van a importar los nombres cien años después, que es un estornudo para el universo, porque toda esa gente que era importante ya no será más que un recuerdo genialmente escrito por Proust, y esas es la cuestión. Ser buen escritor o no serlo. Y el que perdure que arroje la primera piedra sobre toda su generación, que lo miró de costado preparando un cuchillo que nunca iba a alcanzar la yugular, porque hay que tener altura para hacerlo. ¿Qué te quiero decir? Nada, las generaciones esas están todas bien muertas y enterradas, a lado de tu hígado descompuesto, y yo leo, los leo a todos, y no me puedo creer que pasó tanto tiempo y que estoy envejeciendo y que no tengo nada mejor que hacer que invocar y hablar con un escritor muerto. Eso sí, el más valiente de todos. Me corrijo, después de mil lecturas, el que elijo como el más valiente de todos, porque en la vida no hay tiempo para leer  tantos libros, para ir a buscar las tumbas de todos los escritores y escritoras, y que mejor hubiesen sido escuetos y perfectos como Rimbaud, o cortos y desesperados como Sophie Podolski. Tal vez, a lo mejor, no deberían haber tomado tanto mezcal, digo, como un consejo totalmente a destiempo y que por eso no funciona como consejo. Se vuelve complicado este fragmento, pero te sigo hablando porque ya perdí la esperanza con mi vecina. En verdad, te aclaro, mi vecina no lee porque ya tiene muchos años y los ojos no le permiten, y la jubilación es una mierda que no deja comprar libros, y ahora encima parece que, como si fuera mala ciencia ficción, hay empresas de inteligencia artificial que compran libros para aniquilar la publicación en papel. Sí, ya sé, a Philip K. Dick por ahí le hubiese encantado el tema, tanto como una estudiante anarquista en minifalda, seguro. Decía, dejaba ese libro sobre tu voz de entrevistado, tus palabras de entrevistado y tu labor de entrevistador de esos estridentistas que quisieron acabar con todo en el primer tiempo del siglo veinte, para terminar expulsados en la segunda parte, como jugadores de fútbol que se van cansando y que no pueden reconocer más el campo que antes manejaban al dedillo. Y esos estridentistas anárquicos y escandalosos, son los infrarrealistas de los setenta en la misma México, pero distinta México, donde la revolución se rescribe todo el tiempo, para intentar corregirse después, y ser editada para padecer la incomprensión y volver al exilio autoimpuesto por cansancio, y que cada uno haga lo que pueda para sobrevivir. Se trata de acabar con todo para empezar después, para terminar acabado en algún cordón del DF, o en un hospital de Barcelona, lo mismo da. Las historias se repiten, pero vuelven cargadas de humor negro, porque para ser dramáticos hay tantos malos escritores, que dan ganas de vomitar delante de uno de esos concursos literarios que tanto te sirvieron para comer en un momento, y que luego te sirvieron para nada, un detalle, un empuje para tu siempre próxima y más imposible novela. Esa última que todavía espero, y que no va a llegar. Porque siempre se pierde, siempre perdemos. Es el juego de la literatura.


*Vaya como tema musical de fondo, algo que escuchabas mientras escribías, creo:

*************************************humil-demente, Juan***********************************de vez en cuando hay que tomarse tiempo para pasearse por el lado salvaje******siempre de la mano del Virgilio más valiente de su tiempo*********


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