Epílogo (Detectives del Rivadavia)


Un libro chino sobre el escritorio, todo un pasado de polvo soplado por el viento que entra desde la ventana que nunca fue abierta, hasta hoy. El nuevo mandato, el nuevo encargado del limbo, la orilla del infierno, una comisaría más caída en desgracia, una desgracia anterior a su existencia; pero las cosas ya vienen dadas, los papeles están asignados, los escenarios prefabricados, los registros caídos al vacío de una ciudad más, un barrio. El nuevo cancerbero con su abanico de llaves para abrir y cerrar puertas y rejas siempre en decadencia, el lugar donde el sótano está en la planta baja, el pozo de la sociedad, el pozo ciego donde el tuerto es el más cagado de todos, el que se queda hasta la última gota salada de víctima fatal, gota roja, el derrame que nadie quiere ver hasta que lo ve. Una maniobra del destino y las almas quedan encalladas ahí para toda la eternidad. Almas inocentes, culpables, cómplices, asesinas, traidoras, misericordiosas, reflejando su actitud contra el espejo de cada una de las vidas, que circulan como partículas de polvo volando desde ese libro chino. Un desvío, algo que despierte a quien está destinado a dormir, el desvío que parece la salvación, pero en verdad es el comienzo de uno de esos finales de policial B, uno en el que tal vez el detective del barrio Rivadavia llega a la escena del crimen, tarde, como debe ser. Lo que encuentra es un cuerpo o varios cuerpos dibujados con tiza en el suelo, o lo que sea que no tiene más vida pero que la tuvo, y la tendrá un poco en los ojos de quienes lloran, esos despojos de la ciudad que penetran en el saco del detective que llegó tarde, como siempre. Y su destino es abrir todas esas puertas y rejas de una institución que detesta pero que necesita, como cagar cuando está descompuesto de muerte. Ventilar el polvo viciado y esperar por que no lo maten o lo contagien, para después ser expurgado por traidor, a nadie le gusta que lo descubran en sus desgracias, en sus mezquindades, en sus violencias, pero es la tarea del detective: descubrir para empezar a olvidar, encontrar consuelo en voces que no sean las que ya conoce, una esquizofrenia como epifanía, tratar de mantener el equilibrio, mirar el horizonte por la noche y fumar hasta que se termina el último deseo, que el amanecer venga con la ejecución en el patio de atrás, de esa misma comisaría, mientras vuelan el polvo y los restos de hojas del libro que parecía estar escrito en chino, el final del desvío. Volver a la senda justa, mentir una declaración esclarecedora, buscar en la enciclopedia el modo correcto para nombrar la brutalidad para hacerla pasar por justicia…el tiempo y todo lo inventado encolumnándose detrás de un error, el cuerpo del detective arrojado al basural o a lo profundo del océano desde el acantilado, y que su historia se pierda en el vacío de la noche. Siempre es de noche cuando los cuerpos desaparecen, cuando las historias se apagan, cuando la piel esconde sus marcas para que el mundo abra los ojos por la madrugada y ya sea hora de cambiar de ropa. Será primavera y después verano, habrá una fiesta con tela de encaje nueva, estarán presentes las autoridades de donde sea y se servirán copas para brindar la abundancia por llegar. Y llega. Y sí, es abundante. Y es dinero. Y es sangre. Y los ojos se levantan por última vez, alguien todavía quiere defender una moral, una filosofía estoica, un General del Imperio. Y las voces suenan para calmar las ansiedades de los indignados de siempre, unas gargantas cargadas de tequila, unos detectives que ya no mueren porque saber caminar y respirar sobre la basura podrida. Y los ojos, los ojos inyectados de sangre y misericordia, la túnica cubriendo su cabeza de santa protectora de asesinos y asesinados, la aureola de la culpa compartida, los brazos extendidos que invitan a la danza infernal, entrar a la muerte en manos de la Virgen de la Sangre, entrar en su eternidad para seguir la caída en una tumba sin tiempo, cenizas esparcidas en el paraíso artificial de un cementerio, el descanso final que es un cuento para niños que siguen mirando de espaldas a la vida. Un detective llegando tarde, como siempre. Una comisaría incendiada y destruida por los vecinos cansados de la muerte. Unos días de enero que pasan al ritmo del hit del verano. Una comisaría que se inaugura para fines de febrero, porque comienzan las clases y hay que proteger lo más sagrado. Un nuevo encargado del infierno que sonríe ante las cámaras, con un gesto que cuenta todo el pasado sin nombrarlo. Una mueca que miente el presente de esperanza y progreso. Una carcajada con la ironía del futuro en la punta de su lengua. El saludo con el Intendente y el ingreso al despacho, donde ya no hay libros, porque nadie los necesita más, es la era digitalizada. Los crímenes serán por ahí, las persecuciones y los disparos sonarán en pantallas. Otra mueca socarrona, el saludo para las autoridades de la provincia. Las celdas limpias y preparadas para comenzar a derruirse con las torturas diarias. Violencia analógica. Los patrulleros saliendo a recorrer los quioscos y los lugares de siempre, para hacer los recados de siempre. Las zapatillas colgando de las ramas de los árboles de las plazas. El intento de mantener el equilibrio, acallar las voces. Las especies, dicen, evolucionan aprendiendo de los errores del pasado. Pero tal vez no sea así, porque a lo mejor esta especie evoluciona perfeccionando los errores del pasado, aprendiendo a soportarlos, cambiando las fichas hasta que llega la correcta, la que es capaz de guardar en su memoria todas las atrocidades del mundo sin siquiera preguntarse por qué. El nuevo encargado de la comisaría. El que va a sobrevivir. El adecuado para hacer caso omiso a las voces. El único capaz de convivir con ese polvo, esas puertas, esas rejas, ese olvido.


*Y este sí que es el final:

**********************humildemente, Juan**************************************************************todo lo dicho**********************


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