Una tarde en la Comisaría que te tocó en condena (Detectives del Rivadavia, capítulo 16)


No te rindas nunca porque eso no es propio de un ser honrado. Antes de entregar los ideales es preferible morir por acción del propio sable. Los deberes del General del Imperio en Ciudad Prohibida eran claros. En algún lugar estaba escrito y desde esos miles de años, la idea había sido tan fuerte que estaba en el aire. En su aire. En la sala de interrogatorios de la Comisaría que te tocó en condena, aunque en verdad era una suerte de sala de usos múltiples porque siempre faltaba espacio para demorar gente antes de los traslados o antes de que alguien los pasara a retirar, lo mismo daba. Ya no tenía en cuenta si estaba tomando mates al lado de un asesino o al lado de un perejil guardado por error o a causa de un mal día de alguno de sus subordinados. Subordinados. ¿Cómo serían los subordinados del General del Imperio? De seguro que mucho más implacables que su excelentísimo superior. De seguro que no fallaban en ningún aspecto, ni físico, ni emocional, ni mucho menos moral. De seguro que el tiempo fue el culpable de terminar de corromper a todos los seres humanos. Caían los imperios en silencio y eran olvidados como débiles huellas en la orilla de un río de sangre. La sangre se limpiaba con la subida. Volvía el agua pura, pero los rastros quedaban en los hombres. Fotocopias cada vez más impropias de sus fantasmas, todos en serie hasta la actualidad. Sangre que se respira entre el polvo de los espacios descuidados de una comisaría en franca decadencia, para siempre. El tiempo en el que se desgranaba de manera continua toda una ciudad con sus estructuras y su gente, sus sombras. Y los que están allí se mueven como comadrejas, pensando que eso que les tocó es toda la eternidad. Pero no pueden ver más allá en el glorioso pasado. El pasado de la moral, el pasado de Ciudad Prohibida. Un nombre que alejaba a los terrenales, los expulsaba para después desaparecer y ubicarse en el mundo amorfo de lo perfecto, solo para joder. Ahí no podría ingresar nunca. Ahí no podría resolver su caso. Todas las respuestas a sus preguntas, a sus obsesiones, encerradas bajo llave. La imposibilidad, la resignación, el llanto, la desesperación. El momento de ser rescatado por la Virgen de la Sangre. La que le abría el corazón con todas sus espinas, sin ombligo. La nunca parida paridora del universo. De su universo, uno sin moral y con mucha violencia. El paraíso para ella y su rostro sufriente. Los brazos abiertos invitando a la rendición. “Descansá, es hora, pero no te vayas nunca, no te voy a dejar, perdurarás hasta que mi reino desaparezca, no importa tu moral, no importa la justicia, solo la piedad y la misericordia, el amor a la sangre, tu sangre, la de mi hijo, la nuestra”. No rendirse nunca, pero ¿cómo combatir lo que no se ve? ¿cómo trabajar sobre lo que no se sabe?

El Comisario se quedó mirando la ventana del salón. Fuera, una mujer pasó andando en bicicleta. Llevaba una pequeña canasta que contenía lo que parecía ser algo comestible. La conocía. Esa mujer vendía viandas saludables por todo el barrio Rivadavia. Pasaba a toda hora por cualquier calle, en cualquier situación, llevando y trayendo las viandas de comida. Se proyectó como un pintor romántico, se imaginó pedaleando por el barrio. Se visualizó parando en una plaza a comer una de esas viandas. Puso todo su empeño en imaginar sabores que no conocía, tardes que nunca había experimentado. Cerró los ojos y creyó escuchar un disparo. No sabía quién había caído, pero la bicicleta estaba derramada en la calle. Un charco de sangre se apoderó de la cuadra. Los gritos de la gente que pasaba se hicieron escuchar aún más que la sirena del patrullero que salió persiguiendo a quien habría sido el tirador, el verdugo. Su imaginación había sido traicionada, una vez más. La mal parida Madre de la Sangre lo había dejado vacío para siempre. Un alma inocente más, sacrificada para su propio beneficio. La misericordia, el abrazo de la muerte. De su rostro cayeron lágrimas y no se pudo mover. La comisaría estaba en ebullición. El Ayudante le gritaba, le exigía una respuesta rápida. No hizo nada. El cuerpo muerto de la mujer. La vianda desparramada por el piso, se mezcló con la sangre. Ya no tendría el sabor que no se podía imaginar. La tarde era otra muy parecida a las anteriores. Un cadáver más, un legajo más, un informe, una investigación sin rumbo. Una bala que no era para ella. Una bala sin contenido. La forma de la violencia final auspiciada por el sueño de escapar hacia un lugar mucho mejor. Estar del lado de los que ganaron las tardes, de los que pedalearon las calles, de los que probaron los bocados del Dios. Él se quedaba en la sombra, encerrado por los fantasmas que se apresuraban en tomarlo de las piernas. No lo soltarían hasta su día final. El día de su juicio. Culpable siempre. El único culpable que necesitaba ser sentenciado para poder caminar una última vez, unos pasos de liviandad hasta que por fin se desconectara de todo. Ese día no llegaba. Ese día era aplazado por la Madre de la Sangre, que lo necesitaba a él, el hijo de la sangre, el perpetuador de la sangre inocente derramada, el testigo eterno de los infiernos, esos lugares a los que ella tomaba como escenarios de su lujuria. “Gracias, hijo mío, toda esta sangre inocente derramada me pertenece, pero existe por tus ojos”. No quería resolver el caso, los casos. Deseaba desaparecer antes de todo, poder entrar en el Jardín Imperial de Ciudad Prohibida, recuperar por fin la moral infranqueable del General, poner el sable sobre la tierra, debajo de los cerezos en flor, y arrojarse arriba para derramar la única sangre que deseaba ver derramada de una vez. La sangre propia, la sangre de la Madre, los culpables.   


*************Música de fondo para cualquier historia de semana:

***********************humildemente, Juan************************suspirando penas************************sobre la cornisa******************


El Comisario (Detectives del Rivadavia, capítulo 15)

Un robo absurdo en un supermercado, el encarcelamiento de un capo de la mafia y un asesinato cometido durante la Segunda Guerra Mundial... ¿Encierran algo más estos casos? Para el melancólico investigador siciliano si. (Andrea Camilleri, "El perro de terracota") 


Pero por mucho que lo desees nunca te vas solamente con desearlo. Eso pasa en las películas, en las muy malas, que por lo general cuentan con un presupuesto similar al de los países emergentes que no emergen ni emergerán nunca porque es indispensable que así se mantengan hundidos para poder mantener flotando a las -siempre muy pocas- grandes naciones. Un Comisario es un ser despreciable antes de que empiece cualquier historia. Solo puede obtener la redención muriendo heroicamente o abandonando su labor después de denunciar toda la corrupción que tuvo que aguantar estoicamente, hasta que su moral impoluta no dio para más. Viejas historias, malas historias, historias como pasas de uva en estado de putrefacción. A nadie le interesa una historia así de esta ciudad, menos de este barrio, menos de este género y mucho menos si viene escrita. Para ser recordable – al menos un par de semanas- debería salir la serie televisada por la plataforma tal. Pero eso de plataforma siempre le recordaba la terminal de micros, la -casi- siempre triste terminal de micros. Todas las horas gastadas ahí esperando por viajar mal y con frío, por la madrugada, con el uniforme sucio, hasta la ciudad de la costa a la que lo habían asignado por el verano, solamente por la temporada alta, porque el gobernador y el presidente necesitan mostrarse en cada parador costero y alguien tiene que salir de fondo con el uniforme azul y la gorra. ¡La gorra! Ese artefacto que lo condenaba al peor de los papeles que se le puede otorgar a un ser humano, el del ortiva, el cobani, el dueño de la violencia homeopática autorizado por algún artículo de la Constitución, que siempre está reformándose en los incisos que nadie atiende. “Actuó en defensa propia” ¡siempre se dispara en defensa de la propi-edad! ¡de la propiedad de otros! Pero él tenía que firmar, cada vez. Luego, mirar para otro lado. Igual que cuando se le quejaban los comerciantes de la zona o algún grupo de vecinos indignaos con la actuación policial. Cada uno tenía su rebusque, su labor era firmar y mirar para otro lado, poner la cara para que se la escupieran y saludar con una sonrisa prometiendo la pronta solución del inconveniente ocasionado. Soltarle la mano al que se zarpó, de vez en cuando. Pagar lealtad, callarse la boca en los juicios, decir poco y certero, copiar con la voz lo que ya se había copiado en el informe dictado por el que llamaban “el abogado del diablo”, que laburaba codo a codo con la Comisaría que te tocó en condena. Y llegaban cada tanto esos casos en los que se podría reivindicar, él, sus compañeros y toda la Institución. Pero jamás se resolvían, no. Los importantes, los que de verdad contaban, nunca tenían solución justa. Se inventaba a la larga, se tapaba a la corta, se dejaba todo cubierto con un manto de dudas e impunidad. Impunidad, la palabra que le dolía como si le metieran el dedo en la herida del pulmón y revolvieran. Impunidad. No lo soportaba. “le tenés que hacer la guerra, pinche comisario” “No es un juego que termine bien, y lo sabes bien buey” Palabras desérticas de los detectives que nacieron en el lugar y el tiempo equivocados, pero que se adaptaron porque son como cucarachas, y las cucarachas lo mismo pueden estar en el día de la bomba atómica en Hiroshima, que en el desembarco inglés en Puerto Argentino, que en la maratón de Nueva York, que en el día más sangriento de la invasión de Vietnam, que en el Palacio de la Moneda dentro del zapato izquierdo de Allende el 11 de septiembre, que el 3 de febrero en San Lorenzo bajo el sable –¿también corvo?- del sargento Cabral, que en un patio sin afeitar de un monoambiente en el barrio Rivadavia una noche de verano del año 2666. Lo mismo daba. La adaptación es total. Su naturaleza era la misma, lo sabía. Entendía por qué los hechos se desarrollaban como se iban desarrollando, con toda esa impunidad que para él terminaría siendo una anécdota en pie de página. Sí, un mal trago de temporada, un par de días pintados de negro en la agenda. Pero después se sigue, se sigue caminando con las patas quebradas, sin pensarlo, como una cucaracha. Se ronda la basura como si nada, se contempla a las otras cucarachas y se las ignora por completo. Se ven sus cuerpos desmembrados y se las pasa por encima, buscando llegar hasta un punto en el que se espera que la vida pase a ser ese final feliz que se contaba en los cuentos de la infancia. ¿Una mentira? ¿Qué más da? Costumbre, la herramienta perfecta para naturalizarlo todo. Esa había sido su última frase con la terapeuta del cuerpo policial, o pensaba que debería haber sido. Costumbre la de confesar para alivianar el peso. La culpa depositada en el diván o en el confesionario o en la cabeza de alguien más. Pero de cada culpa queda la cicatriz. Y jode. Y siempre aparece una que no cierra nunca, que es la que te vuelca, la que te jubila de la vida. Él la había sufrido. Soñaba todas las noches con el pibe, el pibe despellejado, el pibe empalado, el pibe llorando de dolor en los brazos de la Virgen de la Sangre, esa que no lo miraba más, que recuperaba nuevamente su expresión de misericordia apuntada a un cielo cada vez más lejano, como indicando el camino de paz que él nunca podría tomar.

Era de noche, volvía a su casa, hacía frío, nadie lo esperaba, sabía que tampoco podría dormir esa madrugada, sabía que el próximo día tendría que simular en la comisaría un turno de doce horas, que tendría que firmar papeles, que tendría que mirar para otro lado, que tendría que festejar algún comentario misógino, que un grupo de familiares y amigos de próxima víctima le escupirían la cara, que él devolvería su mejor actuación de comisario: “estamos haciendo todo lo humanamente posible para solucionar el caso”. El caso era que el comisario no tenía solución.


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**************************humildemente**********************todavía escribiendo*************************


En el bar (Detectives del Rivadavia, capítulo 14)


Encogido en el fondo de tabernas,

me erizo. Riego con vino mi alma y el mantel

y veo:

en un rincón – mis ojos redondos como platos –

los ojos de la Virgen se me meten en el corazón. (Maiakovski)

 

Al menos no se sentía tan solo. En esa mesa rectangular y pequeña. En ese bar semivacío por la avenida Luro, en la zona donde cae la noche más oscura, aunque no debiera porque la estación ferroautomotora está muy cerca. Pero por alguna razón esas pocas cuadras de la avenida estaban mal iluminadas. Mucha gente dormía por ahí, tirada en las veredas o en algún hotel de media estrella con escasos servicios. Un apéndice olvidado por la ciudad, un epílogo de lo que la felicidad del turismo quería ocultar. Se llega a Mar del Plata como se puede, por la puerta de atrás, se baja en la estación y a partir de ahí corre el reloj, hay que salir a descansar donde se pueda y al otro día buscar la changa que se encuentre, ver qué pasa con el verano, ver si deja alguna moneda, ver si sirve por ahí quedarse un tiempito más, por lo menos antes de que ataque el frío más intenso, ese frío de la costa que es más fuerte y peligroso que el de la montaña en el sur. Nada romántico, un frío sin final feliz, un frío que sirve para alejar a las pocas personas que quedaban del último verano. La etapa de la supervivencia cerrada. Sería alguno de esos días. El Comisario estaba cansado, lo que no era nada novedoso. Siempre estaba cansado. Era de noche, tomaba un vino “de la casa”, quiero decir el más barato, el único que podía pagar con su sueldo magro. El consuelo era ese, no se sentía solo, aunque en la mesa no había nadie más. Habían pasado los días, las semanas y después los meses desde el episodio con el Desvariado. Ya estaba totalmente recuperado de la herida del disparo, que nunca tuvo autor declarado. Sí habían encontrado el cuerpo sin vida del Desvariado, a medio enterrar en el basural de la ciudad. ¿Por qué siempre a medio enterrar? Quería creer que los animales rebuscando terminaban por desenterrar los cadáveres, pero se acordaba sin querer de lo que le habían dicho los pinches detectives de Sonora: “ya quisieras hermanito que fuera así, pero acá en la tierra de la virgencita de Guadalupe que es el mundo enterito, el hambre más feroz lo pasan los pinches seres humanos, que son capaces de cualquier cosa cuando los gobierna el hambre, pobrecitos ellos, pobrecitos nosotros” ¿Por qué hablarían con tantos diminutivos, no se lo podía explicar. Se sintió fatal, pero no solo. Tomó otro vaso de vino, un fondo blanco que le dedicó a “su compañera indeseable”, “su Malinche”. El silencio y la nada misma le respondieron. Tomaba para olvidar, uno de los motivos clásicos de los bebedores empedernidos. “En-pedo-vivos”, dijo en voz alta y se causó gracia, pero nadie le prestó atención. Los demás bebedores estaban con sus propios fantasmas, como si fuera un bar en el desierto de Sonora y no uno en el barrio de la terminal de Mar del Plata. Dos desiertos con mucha arena, uno con mar, pero los dos llenos de fantasmas. Solamente en uno la gente les prestaba debida atención. En su ciudad no, en su ciudad a la muerte no se le daba bola hasta que se aparecía en primera del singular. El Comisario ya no podía separarse de eso, de la muerte, de los fantasmas, de la Virgen de la Sangre. Su aliada, su compañera, la que lo dejaba caer pero lo terminaba levantando siempre a último momento. Y le ponía fichas, todas las fichas. “¿Quién asesinó a ese niño tan brutalmente? ¿Quién liquidó al Desvariado? ¿Quién te disparó? ¿Cuándo vas a retomar el caso, no ves que está todo conectado?” Su cara cambiaba de semblante, se tensaba, se ponía oscuro y arrugado, miraba el vaso vacío de vino, no quería seguir escuchando, no tenía respuestas, no quería respuestas. A nadie le interesaba la verdad, como en todo policial. Solamente había que ir resolviendo los casos. Para lo del chico metieron en cana al padre que ya estaba prófugo por otros asesinatos, para el Desvariado agarraron a un gitano vecino con el que se llevaban a las patadas por culpa de su insoportable insistencia con el Maligno. Para acomodar su caso establecieron que el autor del disparo había sido el Desvariado, que ya no podía defenderse. “¿Y las pruebas?” A nadie le importaban. Todo se solucionó de cara a las elecciones de medio término. Había que mostrar que la ciudad era segura, que los casos violentos se resolvían y tenían un final justo. Todos sabían que era mentira, pero la mentira es la mejor herramienta para combatir el miedo. Convencerse es más fácil que vivir con la incertidumbre, porque de qué sirve saber la verdad. De nada, se decía en soledad sin sentirse solo. La verdad sirve para volverse loco o borracho, o las dos cosas al mismo tiempo. Y en su caso, además, servía para que nadie le rompiera las pelotas en la Comisaría que te tocó en condena. Ese era el pacto, nadie lo jodía mientras se mantuviera callado, tranquilo, sin mover el avispero. Pinches cabrones, enemigos del impoluto General del Imperio. Sentía mucha vergüenza. “Deberías arrojarte sobre la espada, en un patio con cerezos” Unas lágrimas cayeron de sus ojos irritados. “No te apenes, ya no estás más solo” No quería mirar más que su vaso vacío, pero no podía evitar esa maldita voz, como en la cama del hospital. “Yo nunca voy a dejar que te vayas por el mal camino, yo nunca te voy dejar caer, yo siempre te voy levantar con mis brazos de madre misericordiosa”. Fue entonces cuando miró para el frente y arrojó el vaso contra la pared del bar, porque no había nadie más. Ante la mirada sorprendida de los pocos parroquianos que quedaban y del barman, soltó un grito amenazante, siempre en esa misma dirección. Te voy a liquidar, de alguna manera, te voy a liquidar, y así me voy a ir yo también, de una vez por todas.  


**música de fondo sugerida para el capítulo:

*******************sacó una navaja**********y lo echaron del barrrrrrrrr**********humildemente expulsado, Juan**********************

El Desvariado (Detectives del Rivadavia, capítulo 13)


Ahí seguía a pesar de todo. A pesar de la bala que entró y salió casi quirúrgicamente. ¿Qué había pasado? No recordaba. Tampoco le interesó demasiado. Pudo advertir a El Ayudante en el asiento al lado de su cama. La máquina para respirar ya no estaba, perfecto, su cuerpo ya empezaba a adaptarse nuevamente al aire putrefacto de la ciudad, a ese olor insoportable de las salas de hospital. Sería uno de esos calabozos que destinan a los pacientes más afortunados en El hospital que te tocó en desgracia. Al estar uniformado, era lo mínimo que podían hacer por él, un comisario más postrado en una cama, consumiendo recursos, pero debidamente utilizado para protagonizar los noticieros en esa jornada y hasta que saliera del peligro. A lo mejor, hasta el Intendente lo iría a visitar para una foto, una condecoración, una invitación a restaurante cheto para “vos y toda tu familia”. No tenía familia, no le quedaba familia. En un momento de su historia decidió alejarse de todos sus seres conocidos. Eso eran para él, como extraterrestres o monstruos a los que denominaba “seres”, podrían haber sido zombis. Deberían ser zombis, personajes extraños que no tenían nada que ver con lo que esperaba de la realidad. ¿Estaría desvariando? Como sea, no había querido alejarse de ellos con anécdotas feas, y por eso decidió autoexiliarse, mudarse a otra ciudad y comenzar su trabajo allí, siempre en una comisaría, el único lugar que lo soportaba. Tal vez, el único espacio que él podía soportar, porque ahí ya casi nada era humano. Entonces la cosa sería, en verdad, al revés. Él sería el “ser”, la pieza que no encajaba en las fiestas de fin de año, los domingos y los cumpleaños. Autoexiliado, ahora recuperándose en un hospital tan aterrador como la muerte, y con un compañero que apenas lo conocía haciendo las veces de “ser querido”, aunque no lo quería para nada y sabía que el sentimiento era mutuo, no podía ni debía ser de otra manera. No quiso hacer movimiento alguno, no tenía ganas de que El Ayudante lo molestara con preguntas pelotudas sobre cómo se sentía y si necesitaba algo. Se quedó mirando al techo mientras el otro dormía en la silla, porque si trabajás en la Comisaría que te tocó en condena el sueño te persigue y te encuentra en cualquier lugar más o menos cómodo y silencioso. Trató de recordar lo que había sucedido. Sintió que le dolía todo el cuerpo, pero el vendaje estaba a la altura del pecho, por lo que la herida de fuego habría entrado y salido por allí. ¿Qué había hecho ese día? Cierto, la investigación del asesinato del pibe. ¡El supuesto testigo! Ese fanático religioso que hablaba del Maligno, así con mayúsculas, y todo su poder mágico o milagroso. Eso que necesitamos sublimar todos los seres humanos, una suerte de enemigo supra poderoso al que poder culpar de todos los males que existen en nuestra diminuta realidad. Ese hombre desvariaba, ese hombre recitaba poemas que tenían siempre al mismo protagonista, el Maligno. Una suerte de campesino desclasado, que ya de pequeño no cesaba de hacer maldades. Una suerte de poema épico, a lo Martín Fierro, pero donde el viejo Vizcacha terminaba siendo coronado como rey junto al Juez que le redactaba las verdades más injustas para su propio beneficio. Entonces esta especie de apóstol jurídico escribía unas “sagradas escrituras” pero en signo inverso, porque inmortalizaba en palabras todas las inequidades más terribles imaginadas por ese “ser”, ese Maligno, ese culpable, entre otras cosas, de que su vida siguiera siendo un interminable calvario. El culpable, entre otras cosas, de la muerte del pobre niño. ¡No, eso no! Le había dicho el Desvariado. Lo del pibe fue otra fuerza, otra cosa. Así dijo, otra cosa, ahora empezaba a recordar….ese momento fundamental que viene anunciado desde la poética de Aristóteles, la anagnórisis, el reconocimiento, cuando el personaje principal se entera de algo que no sabía y así las cosas cambian en la historia, comienza el desenlace…No se había tratado del accionar del Maligno, porque no actuaba así. El Maligno hacía todo a plena luz del día porque le interesaba aleccionar, sembrar el terror. Estaba muy interesado en que su autoría saliera en primera plana. Por eso trabajaban a viva voz tantos curas y pastores, señalándolo en cada tropelía, en cada crimen. Su huella estaba retratada, reclamaba autoría. Pero lo del pibe no. No había huellas. Lo que había era una escena aberrante. El cuerpo más frágil e inocente completamente mutilado, empalado. Un sacrilegio que ni el Maligno aprobaba. Era otra fuerza. Recordó que el Desvariado en algún momento del interrogatorio comenzó a transpirar, se puso visiblemente nervioso, alterado. Luego de aquel último recuerdo las cosas se oscurecieron en su memoria. El Comisario supuso que ahí habría recibido el disparo. Del resto se enteraría más tarde, una vez recuperado y luego del diálogo con El Ayudante. Cuando arribaron a la casa del Desvariado estaba él solo herido en el piso, nadie más. Había comenzado la búsqueda del Desvariado en la ciudad y zonas aledañas, pedido de captura inmediata con recompensa, según el Ministro de seguridad de la provincia. Le causó gracia, le dolió la herida. ¿Quién carajos iba a pagar? ¿con qué guita, con el sueldo tuyo y el mío? No alcanza ni para una muzzarella. Se rieron con El Ayudante, pero todo se volvió al instante en seriedad silenciosa. ¿Quién había disparado? ¿por qué? ¿habría sido el verdadero asesino del pibe? Del Desvariado estaba seguro, era apenas un chiflado del barrio, que siempre estuvo delante suyo sin armas a la vista. Van a buscar al próximo cadáver, le dijo a El Ayudante. ¿Quién? El Desvariado. ¿Cómo? "Después de dispararme, de seguro lo habrán liquidado y habrán tirado su cuerpo por ahí, ya lo vamos a encontrar, seguro". ¿Y por qué no hicieron lo mismo con usted? "Decime vos, boludo", respondió más o menos o como pudo el comisario. La respuesta a esa última pregunta no la tenía, pero empezaba a palpitar su intuición, imaginaba y quería creer por última vez.   


******voy a salvarte esta noche.....que.......

***************humil-de-mente, Juan****************transmitiendo una historia desde el barrio Rivadavia de la ciudad de ¿?¿?no me acuerdo*********no te olvides, no me olvides********



El Comisario en un rincón (Detectives del Rivadavia, capítulo 23)

Algún día se haría justicia, esa era la única certeza con la que contaba el Comisario, encerrado en una habitación de una institución que ya...