Y acá empieza el
tiempo de la declaración del único culpable de todo. El único culpable de la
historia final. El único culpable de resolver los casos uno por uno, como si
fueran cartas que se caen derribando las demás, una cadena desgraciada que
finaliza con él y en él. A ti, hijo del Hombre, pero sobre todas las cosas,
hijo de la Madre de la Sangre. Empieza el tiempo del entendimiento y la
resignación final, esa que todavía no había experimentado. Un Comisario nada
puede, nada. A menos que sea transformado en ficción. La realidad es esa cosa
compleja que nadie puede explicar, porque cunado se la empieza a entender llega
el momento de la despedida, o la forzosa y abrupta retirada. No por nada
aquellas personas que parecían saber cosas importantes morían temprano, como si
una fuerza extraña supiera que para poder mantener el orden había que sacarlas
de la Historia, lo más rápido posible. Después quedaban intérpretes más o menos
intrépidos, más o menos agudos, más o menos molestos. Pero eran solo
intérpretes, estaban diluidos, era más fácil borrarles o dejarles de prestar
atención. Acá empieza el tiempo de la declaración del Comisario de la Comisaría
que te tocó en condena, un actor primordial y secundario, un intérprete
fundamental. Por tal motivo, no tendrá salida. Tal vez esta sea la única
oportunidad en que lo escuchemos hablar con cierta razón, luego le espera un
largo período de reclusión. A lo mejor, uno de esos días después de tanto
encierro, pueda llegar a aportar un poco más de lógica y claridad a tanta
brutalidad, pero sería mucho pedir. En este momento – el de la declaración –
todavía hay algo que lo conecta con la realidad que conocemos. Su declaración
en interrogatorio sucede en la sala de usos múltiples de la Comisaría que te
tocó en condena. Rigurosamente hablando, no es una declaración, sino más
bien un arreglo entre colegas, mediado por el abogado que escribe las condenas de
los miembros del cuerpo policial, el buitre aliado, el tu peor es nada.
La tarde cae por la ruta 226 y entra en plena avenida Luro, el barrio todo está
consternado una vez más. En el salón están los cuerpos sin vida de la chica de
las viandas y de tres policías, uno de ellos El Ayudante, que fue rematado con
un tiro en el pecho y otro en la cabeza, cuando ya estaba mirando al techo
desde el suelo. De entre los casos que había intentado dilucidar el cuerpo
policial en el año, este era el primero que se solucionaba con algo cercano a
la realidad. Los culpables de cada uno de los disparos estaban claros, los
muertos tenían su firma de autor cada uno, las armas concordaban con quienes
las habían disparado, estaban todas registradas, eran de la policía. Ahí es
donde la cuestión se empiojaba, porque una verdad tan tremenda no podía ser
comunicada de esa forma a la sociedad. Había que inventar una segunda historia,
un relato policial convincente que se pareciera en algo a lo que había
sucedido. Algo similar a la verdad, una concatenación de hechos y motivos
verosímiles. Sería sencillo, pensaban los altos mandos, porque todo quedaba en
casa. Los que habían disparado eran los policías de esa comisaría, cada uno de
ellos con sus armas en regla. La única víctima a cuidar era la mujer de las
viandas, que no tenía nada que ver con la fuerza policial. Ahí tendrían que
afilar el lápiz que escribiría una infamia más. ¿Impunidad? Casi. Porque se
simularía un falso enfrentamiento, como en épocas de asesinatos de la
dictadura, o de la maldita policía, o de la gendarmería made in siglo XXI. Eso
era la parte más fácil. Lo complicado era ese momento. Lo crucial era ese
momento. Acá empieza la declaración que marca si es posible obtener justicia o
no. De un lado, el abogado y dos altos mandos del cuerpo policial, dispuestos a
escribir la historia que haga falta “por el bien de la ciudad, de la provincia,
del país y del mundo occidental”. Del otro lado, el Comisario y su cabeza
tomada por la emoción violenta, la venganza, el hartazgo, los ideales del
General del Imperio que habitaba una Ciudad Prohibida que solo existía en
sueños, en ese maldito libro chino que había encontrado tirado en la calle y
que tanto lo había obsesionado. De su lado también estaban los Comisarios de
Sonora, los pinches comisarios del desierto. Y ni siquiera de su lado, esos
estaban del lado que se pudiera, del lado posible del oficio. “Un buen día,
buey, vas a necesitar que te den una mano, que te acomoden alguna historia, y
vas a sentirte un pinche estafador, la peor de las basuras. No lo tomes tan
personalito, cabrón, quién no tiene un par de muertos en el placard”. El tiempo
de la declaración es un suspenso, una pausa en los hechos que serán ordenados.
Ese orden es lo que se disputa en el contrapunto. Las conveniencias van tirando
de la negociación. Esa es la vida en democracia, ¿no? Un sistema que calza al
dedillo con el sistema económico imperante. Negociar para poder seguir.
Negociar para empezar a olvidar lo más rápido y urgente que se pueda. Negociar
para ir en busca del final más decoroso, ese que no había podido concretar. Ese
intento de escape que sabía que sería imposible. Porque tomó el arma sin
prestar atención, se fue corriendo hasta donde estaba la figura de esa maldita
Virgen ensangrentada, siempre ensangrentada. Se arrodilló frente a ella
mirándola con la mirada más odiosa que había destinado a alguien en su vida,
“mirame bien, perra”, le había dicho a la figura de cerámica. Se llevó el caño
del revólver a la cien, pero ya no había más balas en la recámara. El tiro
vacío confirmó lo que ya sabía y había olvidado por un instante, el instante de
locura que pareció haberle otorgado una salida. Como consecuencia estaba ahí,
en el salón de usos múltiples, rodeado por cuatro cadáveres, dos agentes de
alto rango y el abogado carancho. Y acá empieza la declaración del Comisario:
***de fondo:
*******************************Humildemente,****************************Juan***********************************************************************

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