Esta ciudad me la cambiaron (para Hugo, presente siempre)



Desde el primero hasta el último

de los días

que camino buscando huellas

vacías de presente y sin futuro,

con rastros de pasado despojado,

tarea para resolver

en tiempo de fábrica

sobre un diván vacío,

eso de buscar respuestas

fantasías consoladoras

para evitar el clona

y por ahí lograr dormir

una noche entera de un tirón

¿para qué?

Dejar tranquilas 

a las dos o tres personas

que preguntan ¿cómo andás?

mirando una pantalla de celular;

y sí, y no,

caminamos las mismas calles

del Jorge Newbery

y no parecemos tan distintos,

pero no nos encontramos

en ninguna historia,

porque la última la esquivé,

todavía no pude,

tengo varios epílogos

por escribir,

más todo ese pasado que dejaste

como rastro sin cuerpo,

el estigma de los ausentes-presentes,

es la misma ciudad

sí, y también no,

somos y también no somos

nos bañamos en el mismo mar

en cualquier punto:

Camet, Consti, La Perla, La Popu,

con la esperanza

de encontrarnos

en una de ciencia ficción,

un futuro para siempre distópico

en donde nuestros sueños

terminan por mal interpretarse,

y otra vez es medianoche

de marzo,

y la Historia hace pelota

nuestras calles / nuestros cuerpos;

vuelvo a escribir este

mismo epílogo,

tus huellas no aparecen

y el barrio no es

lo que imaginaba,

hoy seguro que marcho

por esos lugares de siempre

y me va a doler la panza

y alguna lágrima se escapará,

la sensación de que conocimos

muy bien esta ciudad,

la sensación de que

a esta ciudad

me la cambiaron.


Declaración del abogado (Detectives del Rivadavia, capítulo 19)


Es bueno hacer catarsis, no lo dude querido Comisario. Es bueno estar preparado para lo peor. Es bueno afrontar las consecuencias de cada acto injusto que se haya cometido contra una cosa o tercero. Es bueno operar desde las sombras para salvar a los que merecen ser salvados…como a usted, querido Comisario. En nuestro trabajo hay que mantener las apariencias casi todo el tiempo. En verdad, en eso es igual a cualquier otra labor humana. Pero este instante nos sirve para reflexionar, pensar entre todos cuál es el camino correcto a seguir. Ponernos de acuerdo, querido Comisario. Yo lo conozco y sé muy bien el trabajo que se viene haciendo en esta bendita comisaría del barrio Rivadavia. Una de las peores seccionales de la zona, pero por culpa del contexto, que es en definitiva lo que nos condena siempre. Puede sonar determinista lo que les digo, Comisario, enviados del Ministerio, pero sabemos muy bien que la realidad no tiene mayor encanto que ese. Determinismo y punto final. Sé muy bien que en otro contexto, distinto sería su accionar y el de sus subordinados. Sé de las horas mal pagas, los problemas edilicios de la Comisaría que te tocó en condena, conozco muy bien la escasa preparación del personal y la nula capacitación ofrecida este último tiempo, sé de la falta de recursos y material y de que el barrio está cada vez peor. Claro, el narcotráfico y lo que lo rodea, sí. Los quioscos, las bandas, la violencia en las calles, nada nuevo bajo el puente del arroyo La Tapera. ¿Les conté de la vez que me caí en ese arroyo inmundo? Eran otros tiempos, el barrio era diferente, la gente era distinta, no había tanta violencia, tanta prensa para la violencia, tanto cine para la violencia. En algún punto, todos somos culpables e inocentes a la vez. ¿Parece contradictorio? Es contradictorio, querido Comisario. Por eso le ruego que no se condene tan precipitadamente, porque puede ser que lo necesitemos para construir un futuro….¿cómo decirle en términos verosímiles, posibles?....para construir un futuro un poco más habitable. Sigo la comparación, tal vez La Tapera ya no tenga el caudal que tenía en otros tiempos, y de seguro que donde está desértico ya no va a pasar agua, pero puede que en algunos días del otoño sí suba el agua un poquito y se vean unos charcos. No sé si me explico. En comparación a toda la violencia y muerte que vio hasta hoy en esta comisaría de mierda, lo suyo es apenas un accidente. ¿Evitable? Puede ser. ¿Injusto para las víctimas? Tal vez, habría que ver con detalle. Pero yo no estoy acá para decir qué cosa es justa y cuál no. Yo soy el representante legal del cuerpo, el que pone lo suyo para facilitarles el trabajo a ustedes, querido Comisario. Lo suyo fue una reacción desmedida ante una clara injusticia, y lo entiendo. Por eso lo perdono, como buen cristiano. Lloro sangre con usted, aunque no me guste. Esa sangre merece su justicia también, lo entiendo, lo comparto, no vaya a pensar mal de mí. Pero disiento en la condena apresurada. Querido Comisario, su condena sería la condena para todo el barrio, para la comisaría, para todos nosotros, los que mantenemos el verosímil de la violencia en términos soportables para la sociedad entera. Ese es nuestro primer mandamiento. Antes que nada, estamos obligados a servir al prójimo, por lo que su declaración no puede ser realizada ante el juez, jamás. En defensa de los ciudadanos de bien, de sus días en paz, debemos acordar otro tipo de declaración. Y quédese tranquilo, querido Comisario, los héroes caídos en servicio tendrán su condecoración, su reconocimiento. Jamás los tiraríamos a la jaula del león. Los cuidaremos como a usted. Servidores públicos, eso es lo que somos, y por eso nos cuidamos por el bien de la humanidad. Héroes, eso es lo que la sociedad necesita. Muchos héroes. Como usted, querido Comisario. Exactamente como usted, aunque ahora no se sienta precisamente en esa posición. Su reacción es una condena para la impunidad. Usted arregló la cloaca de este inmundo espacio urbano. Y se ensució, por supuesto, fue inevitable. Lo que nos queda es arreglar lo que se pueda. Y lo que debemos hacer es centrarnos en eso, querido Comisario. A lo mejor, un tiempo fuera del cuerpo policial le haga bien, con seguimiento terapéutico, por supuesto. Y después vamos evaluando. Daremos por hecho el enfrentamiento, las muertes inevitables, el estado de shock en el que usted quedó y esa es la salida más conveniente, créame. No solo para usted, que se lo merece aunque ahora le cueste creerlo. Sino para todas las fuerzas de seguridad y quienes trabajamos día a día con ellas. Esto ya lo hemos sufrido incontable cantidad de veces. No es la primera comisaría ni será la última, en la que un evento desafortunado desencadenó una matanza desgraciada. Pero la Institución es la prioridad, el Sistema tiene que ser salvado siempre, a cualquier costo. Imagine si mañana saliera a la luz su declaración. ¿Qué se supone que tendríamos que hacer con la comisaría? ¿Quién se haría cargo de reflotarla? ¿Quién confiaría su seguridad al cuerpo? No se puede, debe entrar en razón. Se lo suplico, querido Comisario. Y, una vez más, le doy la razón, por supuesto que es un desastre todo lo que sucedió, por supuesto que somos asesinos reglamentarios, por supuesto que nos dedicamos a administrar la delincuencia. Sin dudas. ¿Corruptos? ¿Impunes? ¡El subsuelo del Sistema todo! Claro, pero necesarios. Para que más o menos funcionen los barrios, las ciudades, las provincias, el país y el mundo, debemos existir a pesar de nuestros errores. Todo lo que sucede en el mundo cada día, son males necesarios, por algo seguimos existiendo en el planeta. Esto es lo mismo, querido Comisario. Somos una pieza más, con la forma y el olor que sea, pero necesaria. Le ruego, por última vez, que considere rever su declaración. Le damos el tiempo que necesite, no se haga problema. No existe nada más importante que redactar con responsabilidad. Un texto, ya sea escrito o en voz alta, puede generar el final del mundo. No lo dude, querido Comisario. 


**Creo que este era la música para el final de la historia, pero no aguantó más:

**************************humildemente, Juna***************mucho gusto*****************************

Declaración del Comisario (Detectives del Rivadavia, capítulo 18)

No se puede respirar. Es imposible. Intento todos los días, desde hace años. Es imposible. Trato de hablar de corrido. Me cuesta. Mis pulmones no dan el aire que necesito para contar lo que tengo que contar. Si tuviera una bala más, me volaría la cabeza. Si tuviera dos balas más, remataría al abogado de mierda y después me volaría la cabeza. Si tuviera más balas les pegaría un tiro a cada uno de ustedes y al Ministro y al Gobernador y al Presidente, y con la última bala me iría yo. Pero sé que no serviría de nada, porque los hijos de yuta se reproducen como las cucarachas, son invencibles. Mierdas de seres humanos siempre hay y habrá y no se puede hacer nada. ¿Emoción violenta? ¿estado de descontrol psicológico? ¿fingir demencia post trauma? No fue lo que pasó, ni merece la pena intentar decir otra cosa. Ese maldito registro que inventamos los policías para hacer nuestro propio policial clase B. Una parrafada de mentiras acompañadas por la adulteración de pruebas, todo dispuesto para que terminen condenando a quien no tuvo nada que ver, y liberando a quien sí lo hizo. Después, los capítulos que siguen siempre, como la culpa, hasta que de alguna manera pasa algo, los verdaderos responsables se quiebran o alguien los persigue y los quiebra con toda la fuerza de la lógica y la razón. Policiales. La realidad es esta, son ustedes. El buitre que va a escribir la declaración, que va a llevar el rótulo de un juez y, con esa firma, ser transmutado, de ficción a documento probatorio legal y punto final. Obediencia debida y todos inocentes hasta que se demuestre….Pero nadie va a demostrar un carajo, ¿no? Ustedes dos, los enviados de “arriba”, con esas caras de “ya sabemos cómo fueron las cosas, quédense tranquilos que lo arreglamos todo”, como si se tratara de una mala película hollywoodense, uno de esos thrillers donde ganan los que deben ganar para que la sociedad continúe con sus compras. Nada más, cuestión de “orden y control”. Control, pensar que decían que ese tipo de sociedad ya no existía. Pero sí. El control, la necesidad de saberlo todo para escribirlo todo, de nuevo. Narrador omnisciente. Un boludo asustado por un escape, por descuido propio, en el corazón de la comisaría. El Ayudante que sale corriendo y saca el arma y tira ese tiro que da en el cuerpo de una inocente que justo pasaba por ahí, en el lugar menos indicado en el momento menos indicado. No me van a creer, pero ya lo sabía. La Virgen de la Sangre. Anote, abogado, el Comisario y sus desvaríos, ¿no? ¿no le sirve al argumento de su novela? Bien, las desgracias las construye esa perra desde las sombras. Luego las llevan a cabo seres humanos incapaces de cualquier cosa y, finalmente, llegan los escritores, ustedes, los que novelan los sucesos para que todo siga igual. Yo en un hospital psiquiátrico, obvio. Los cadáveres debidamente condecorados, la inocente resarcida con guita, por lo menos ganancia para lo que le quede de familia. Todos contentos. O no, pero al menos tranquilos por un tiempo más, un tiempo que se termina con el próximo asesinato, ¿verdad? Porque saben perfectamente que la cadena no se corta nunca, vendrán más cadáveres y ustedes seguirán escribiendo policiales, firmados por juez, hasta que un día les toque. Decir que no me quedaron más balas en el arma, zafaron. ¿Escribiste, abogado? ¿Llamamos al juez? Ese mal parido amigo de ustedes que está pensando en el culo de su empleada y en qué carajos de droga va a probar el fin de semana en ese puto barrio privado en el que vive fuera del mundo, para después subirse a su trono y juzgar todo aquello que no tiene ni remota idea de cómo mierda funciona. Mierda. Su cara de mierda y su vida de mierda y su manera de regalar impunidad a ustedes. Control y poder. Nunca vamos a salir de ahí. No hace falta. ¿No les queda mejor pegarme un tiro y sumarme a estos cadáveres? Me harían un gran favor. Hay un olor a podrido insoportable, carne quemada por proyectiles. ¿Quieren saber por qué los rematé a sangre fría? Porque fue el único acto de justicia que se me ocurrió posible en esta comisaría mal cagada. Los vi armando la escena, como si nada. Ayudando al asesino por compartir uniforme. Camaradería de la fuerza. Y no pude más. Otro tanto para analizar, el General del Imperio apareciendo por detrás de mis acciones, ayudándome a reaccionar. Impartir justicia con la moral compartida. Sin escatimar acciones. Sin perdonar lo imperdonable. No podemos devolver las vidas inocentes, eso ya lo sé, no estoy tan loco. Pero sí podemos despejar la oscuridad del camino. Eso hice, nada más. Salvé el honor del General del Imperio. Salvé Ciudad Prohibida. Me salvé. Dejé de lado el desierto impune. Claro, la Virgen de la Sangre no me lo va a perdonar. Me seguirá buscando aún después de esto, después del encierro, quizás durante. Ya tendrá tiempo de tenderme su próxima emboscada. Tal vez otro paciente tome un cuchillo y se corte las venas de los brazos o se abalance contra una enfermera delante mío, y la sangre me salpique la cara, y la muy puta me mire y me diga: “misericordia, Comisario, misericordia. Lloremos lágrimas juntos mientras oramos, te necesito, todavía” Y ya no la voy a mirar más, porque ya hice lo que tenía que hacer. Solamente me faltó una bala, una sola bala más. Juro que la miré y supe en ese instante que no iba a salir ese tiro. Lo sé perfectamente ahora. No me va a dejar. Mi consuelo, ustedes. Con esas caras burocráticas. Sépanlo, están en sus manos también, y no los va a dejar tampoco. Tendrán que seguir navegando entre ríos de sangre por donde sea que vayan. Tendrán que seguir inventando historias hasta que un día no puedan más. ¿Saben lo que va a suceder ese día? Tienen tiempo para imaginarlo, me tienen a mí de ejemplo. Ojalá estén lo suficientemente lúcidos en ese instante para tener ese último tiro a mano. No se sientan mal, la justicia no es nada.


****Música de fondo, que va con el personaje, al menos hoy:

****************humildemente, Juan*********************no hay maquillaje para quien no ve.....++++++++++++********************

Prólogo a la declaración del Comisario (Detectives del Rivadavia, capítulo 17)


Y acá empieza el tiempo de la declaración del único culpable de todo. El único culpable de la historia final. El único culpable de resolver los casos uno por uno, como si fueran cartas que se caen derribando las demás, una cadena desgraciada que finaliza con él y en él. A ti, hijo del Hombre, pero sobre todas las cosas, hijo de la Madre de la Sangre. Empieza el tiempo del entendimiento y la resignación final, esa que todavía no había experimentado. Un Comisario nada puede, nada. A menos que sea transformado en ficción. La realidad es esa cosa compleja que nadie puede explicar, porque cunado se la empieza a entender llega el momento de la despedida, o la forzosa y abrupta retirada. No por nada aquellas personas que parecían saber cosas importantes morían temprano, como si una fuerza extraña supiera que para poder mantener el orden había que sacarlas de la Historia, lo más rápido posible. Después quedaban intérpretes más o menos intrépidos, más o menos agudos, más o menos molestos. Pero eran solo intérpretes, estaban diluidos, era más fácil borrarles o dejarles de prestar atención. Acá empieza el tiempo de la declaración del Comisario de la Comisaría que te tocó en condena, un actor primordial y secundario, un intérprete fundamental. Por tal motivo, no tendrá salida. Tal vez esta sea la única oportunidad en que lo escuchemos hablar con cierta razón, luego le espera un largo período de reclusión. A lo mejor, uno de esos días después de tanto encierro, pueda llegar a aportar un poco más de lógica y claridad a tanta brutalidad, pero sería mucho pedir. En este momento – el de la declaración – todavía hay algo que lo conecta con la realidad que conocemos. Su declaración en interrogatorio sucede en la sala de usos múltiples de la Comisaría que te tocó en condena. Rigurosamente hablando, no es una declaración, sino más bien un arreglo entre colegas, mediado por el abogado que escribe las condenas de los miembros del cuerpo policial, el buitre aliado, el tu peor es nada. La tarde cae por la ruta 226 y entra en plena avenida Luro, el barrio todo está consternado una vez más. En el salón están los cuerpos sin vida de la chica de las viandas y de tres policías, uno de ellos El Ayudante, que fue rematado con un tiro en el pecho y otro en la cabeza, cuando ya estaba mirando al techo desde el suelo. De entre los casos que había intentado dilucidar el cuerpo policial en el año, este era el primero que se solucionaba con algo cercano a la realidad. Los culpables de cada uno de los disparos estaban claros, los muertos tenían su firma de autor cada uno, las armas concordaban con quienes las habían disparado, estaban todas registradas, eran de la policía. Ahí es donde la cuestión se empiojaba, porque una verdad tan tremenda no podía ser comunicada de esa forma a la sociedad. Había que inventar una segunda historia, un relato policial convincente que se pareciera en algo a lo que había sucedido. Algo similar a la verdad, una concatenación de hechos y motivos verosímiles. Sería sencillo, pensaban los altos mandos, porque todo quedaba en casa. Los que habían disparado eran los policías de esa comisaría, cada uno de ellos con sus armas en regla. La única víctima a cuidar era la mujer de las viandas, que no tenía nada que ver con la fuerza policial. Ahí tendrían que afilar el lápiz que escribiría una infamia más. ¿Impunidad? Casi. Porque se simularía un falso enfrentamiento, como en épocas de asesinatos de la dictadura, o de la maldita policía, o de la gendarmería made in siglo XXI. Eso era la parte más fácil. Lo complicado era ese momento. Lo crucial era ese momento. Acá empieza la declaración que marca si es posible obtener justicia o no. De un lado, el abogado y dos altos mandos del cuerpo policial, dispuestos a escribir la historia que haga falta “por el bien de la ciudad, de la provincia, del país y del mundo occidental”. Del otro lado, el Comisario y su cabeza tomada por la emoción violenta, la venganza, el hartazgo, los ideales del General del Imperio que habitaba una Ciudad Prohibida que solo existía en sueños, en ese maldito libro chino que había encontrado tirado en la calle y que tanto lo había obsesionado. De su lado también estaban los Comisarios de Sonora, los pinches comisarios del desierto. Y ni siquiera de su lado, esos estaban del lado que se pudiera, del lado posible del oficio. “Un buen día, buey, vas a necesitar que te den una mano, que te acomoden alguna historia, y vas a sentirte un pinche estafador, la peor de las basuras. No lo tomes tan personalito, cabrón, quién no tiene un par de muertos en el placard”. El tiempo de la declaración es un suspenso, una pausa en los hechos que serán ordenados. Ese orden es lo que se disputa en el contrapunto. Las conveniencias van tirando de la negociación. Esa es la vida en democracia, ¿no? Un sistema que calza al dedillo con el sistema económico imperante. Negociar para poder seguir. Negociar para empezar a olvidar lo más rápido y urgente que se pueda. Negociar para ir en busca del final más decoroso, ese que no había podido concretar. Ese intento de escape que sabía que sería imposible. Porque tomó el arma sin prestar atención, se fue corriendo hasta donde estaba la figura de esa maldita Virgen ensangrentada, siempre ensangrentada. Se arrodilló frente a ella mirándola con la mirada más odiosa que había destinado a alguien en su vida, “mirame bien, perra”, le había dicho a la figura de cerámica. Se llevó el caño del revólver a la cien, pero ya no había más balas en la recámara. El tiro vacío confirmó lo que ya sabía y había olvidado por un instante, el instante de locura que pareció haberle otorgado una salida. Como consecuencia estaba ahí, en el salón de usos múltiples, rodeado por cuatro cadáveres, dos agentes de alto rango y el abogado carancho. Y acá empieza la declaración del Comisario:


***de fondo:

*******************************Humildemente,
****************************Juan

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Una noche punk (fragmento del diario del noescritor del barrio Rivadavia)

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