jueves, 18 de junio de 2020

Sobre la lectura y el excremento



En quinientas veintisiete veces que fui al baño a cagar, pude terminar de leer el Ulysses de Joyce. La gran novela interminable que es apenas un día en Dublín, de un par de personajes que no hacen mucho, y que son tan corrientes como el corcho. En el mismo inodoro, también, completé la Divina Comedia, en un total de cuatrocientas sesentaitrés deposiciones. Sí, todo el periplo de Dante, infierno – purgatorio y paraíso. Días más tarde, me di cuenta que el hecho de cagar es algo similar a la idea de la obra, el infierno del primer impulso de la mierda, el purgatorio que es mientras sale y el paraíso final, cuando ya todo terminó. El canto extra sería el de la ventilación del departamento y la utilización de algún desodorante de ambiente o sahumerio. En fin, dos casos que dejan en claro que el baño es un aliado fundamental para la literatura. A lo mejor ya entiendo ese grupo extremo de lectura, que aparece en Estrella distante de Roberto Bolaño, cuyos integrantes se juntaban a leer los clásicos y los cagaban encima, hoja por hoja. Sumamos, entonces, el excremento como parte fundamental de la lectura. ¿Por qué no pueden mis textos formar parte de este acto tan noble, tan tradicional? ¿Por qué no cargás mi blog mientras cagás? Es una idea, no te alteres. Podés seguir leyendo en otro lado, también. La cocina y sus comidas, con el peligro de las llamas de las hornallas y ese horno, que por ahí trae recuerdos de Sylvia Plath, preparando el último platillo del sábado por la noche, su propia muerte. Mejor, a veces, leer donde resulta más conveniente. Son los lugares por excelencia, el living y la habitación. En esos espacios están las bibliotecas, siempre. Además, son los lugares donde más cómodes nos sentimos. Pero cuidado, eso es también una trampa, porque la comodidad es amiga del sueño, y eso de leer entes de dormir nunca funciona bien. ¿Cuántas veces te habrás quedado dormide en medio de una historia? A lo mejor dejaste suelto al asesino, con el arma cargada y el instinto liberado. En tal caso tener algo de Conan Doyle al lado, por si hace falta la intervención de un Sherlock. Yo lo prefiero a Marlowe, porque sabe jugar sucio. La diferencia entre un detective inglés y uno yanqui. Pero sobre todo me quedo con el Etchenique de Sasturain, porque sabe mejor que nadie lo que pasó en las peores noches de mí país, y sabe jugar más sucio que el peor de los embarrados. Si vamos a tomar el té, que sea con alguna de las hermanas Ocampo. Para siempre, la mejor, va a ser Silvina, porque es más rara, más copada y no tan estirada como la otra. Ella, el etcétera de la familia, con su relato de la cara en la mano. Dale, en el patio recontra va Cabezón Cámara, porque sabe como nadie sobre plantas y perros, y además te escupe las historias con total libertad, sin prejuicio, un gaucho trolo y la china empoderada. Y si tenés un lugar medio oscuro, ponele una especie de galpón extraño, que te espere Mariana Enríquez fumando, con una de esas historias de terror que tanto tienen que ver con uno, y con todes. El terror cercano y palpable. Pero nada de esto vale si vivís en un departamento de dos por dos, como yo. En el departamento solo puede habitar un autor por vez, y al mío lo tomó Nabokov con su Pálido fuego. Donde voy me persiguen los versos de un poeta que no me interesa conocer. Lo sí interesante es saber quién carajos es ese comentador, por qué comenta lo que comenta. Y en eso estoy, pasado por la semana vaya a saber cuál de la cuarentena, la del virus inmortal… Pero también recibo Llamadas telefónicas, de gente que no me quiere ver, que no debería interesarme. Igual atiendo y me llegan las historias y las opiniones que rompen con el santuario nabokoviano, y por ahí lo expanden, hasta que ya no sé qué mierda pensar. Porque se me van escapando los argumentos, se me terminan las ideas. Es normal, algún día me iba a pasar como al personaje de la trilogía de Rodrigo Fresán, ese ex-critor que se queda vacío de ideas para seguir con su profesión. Y tampoco nadie me va a pagar por esto, con toda la razón del universo. Yo no pagaría por estas dos últimas oraciones que escribí. ¿Por qué? ¿Para qué? Y por qué y para qué escribir. Ojalá tuviese una respuesta, pero, ya lo anticipé antes, no tengo más ideas, se me agotaron los razonamientos coherentes. A lo mejor, me dedico a crear grupos extremistas de lectores noctámbulos. Una raza de kamikazes literarios, que salen a buscar autores para pervertirlos y destrozarlos en una especie de hoguera comunitaria, donde yacen todos los libros posibles, ardiendo para siempre, como la biblioteca del Quijote. Todo para que nadie más pueda leer lo que ese grupo ya cosechó. Entonces cambiarían de rol, ahora serían escritores kamikazes, destinados a inventar historias terribles, para que otra humanidad lectora nazca, y sea mucho más terrible que ellos, nosotres. Todo para que el mundo aprenda, de manera completa, que nadie puede escribir un verso y sentarse a esperar que la primavera se genere por sí sola. Porque no funciona así, lo siento. No hay una concatenación lógica de procesos que se llaman, uno más virtuoso que el otro, para hacer más lindo y perfumado tu mundo. Lo que hay son espacios reducidos y muchas personas. Todas, además, cagan. Gran parte sabe leer y no tira el botón del inodoro. Pero enfrentamos tiempos dificultosos, tiempos sin memoria, tiempos sin desodorante de ambiente. Hay que apurarse a escribir lo de pasado mañana, porque se corre la bola de que a lo mejor dan de baja Instagram y gana la batalla Tik tok. Y ahí te quiero ver, cómo hace un escribiente para sobrevivir al invierno. ¿Yo? No necesito demasiado. Lo tengo a Nabokov conmigo, son tiempos en que nadie lo quiere. ¿Sabían que Nick Cave lo eligió como uno de sus escritores favoritos? ¿Tendrá desodorante de ambiente, Nick, aroma pino, tal vez? Yo no, tengo uno de limón que es más feo que la diarrea de domingo. Pero es tarde, cagué y no tengo otra cosa a mano…a menos que…¡Eso! Hubo un día en que no estaba muy bien y pasé por la librería del barrio. El Rivadavia, obvio. Y me compré una novela de Houellebecq, no sé por qué, ni para qué. La idea es la siguiente: abrir el libro, cagar adentro y quemar todo junto. En honor a Kafka, porque las cosas que fueron destinadas al fuego, en el fuego tienen que terminar. Perdón, perdón, perdón por pedir perdón tantas veces. Igual, no me creas mucho, no te lo merecías. Es solo que, varias veces – más de las deseables – me dan ganas de exagerar para saber qué se siente ser vos. ¿Te habrás escandalizado por lo que escribí más arriba? Bueno, a lo mejor es hora de que agarres ese celular que no soltaste en todo el día, cargues / cagues este blog y te lo lleves al baño: ¡Tiralo! ¡Tirame! Liberanos en un solo acto de justicia divina. Que no es justicia. Que no es divina. Mañana o cualquier día, nos volvemos a mensajear.    

*Este texto fue escrito en el baño, mientras cagaba. Cuando terminé, tiré la cadena y me acordé de la siguiente música, que se llama igual que la novela de Nabokov, y que es de un cantante de Ohio:
******************Humildemente, Juan Scardanelli, a.k.a juanmanuelpenino@yahoo.com.ar******************Si todavía no nos entendemos, danos tiempo, la ansiedad hace mal y caga todas las cosas****************De verdad, ya no tengo desodorante de ambiente**********************ya no**********************

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