18900 kilómetros (Detectives del Rivadavia, capítulo 8)


18900 kilómetros de distancia. Una línea recta imaginaria, imaginada, soñada, desde el basural del Barrio Rivadavia hasta el corazón de Ciudad Prohibida. ¿Cuántos cuerpos en el medio? ¿Cuántas ideas que se quedan en el camino? El camino. Uno que nunca termina de concretarse, porque antes de cualquier viaje hay que solucionar problemas del “día a día”, esos que tienen la particularidad de reproducirse con una velocidad incontrolable. Eso había dicho la terapeuta, “incontrolable”. Pero no lo sentía así. Desde su óptica, él era el comisario de la zona más auto controlado que había. Ni siquiera se metía en la repartija de algún botín, solamente tomaba la determinación de “dejar hacer”. ¿Por qué? Para sobrevivir, y porque entendía que ser buchón era el peor defecto humano. Además, porque el sueldo de policía era malísimo, una miseria, y porque las condiciones de trabajo eran todavía peores. Excusas. Siempre son lo adecuado, la herramienta que está más al alcance de las personas para no terminar de volverse locas, para no tener que hacer justicia por mano propia. Por lo menos era la herramienta que él encontró y que mejor le funcionó. La terapeuta sabía, lo sabía todo. Esos casos atroces que lo atormentaban, algo muy común, la pérdida de apetito sexual, la pérdida de interés en los seres humanos. Pérdidas. Todas las cosas que arrastraba por tener el trabajo que tenía. El precio a pagar por ser cobarde, eso tenía metido en su alma. Por no haber intentado vaya a saber qué cosa, tiempo atrás, cuando estaba con esa persona con la que se pensó conviviendo hasta el último día de sus vidas, porque sí que en un momento se habían prometido una estupidez semejante, eso de “yo no voy a seguir adelante si vos te vas primero”, y después las risas y el “yo tampoco podría” y coger toda la noche y luego ir a la Comisaría que tocó en condena con una energía inhumana, ver todo el panorama con otro color. Todo eso ya no estaba, la realidad había caído sobre su puerta con la fuerza de un golpazo en blanco y negro y finalmente gris, un adiós sin vuelta atrás, como los asesinatos que no podía solucionar o que no debía porque de arriba llegaba la orden de que no jodiera y que mirara para otro lado, y él muy cobarde miró para otro lado. Otros lados. No se animó. Se le fue el amor, esa misma semana, por las personas y por su profesión. Increíble, el tiempo, su manera de actuar, sus fluctuaciones improbables. Años de supuesta alegría para descubrir en una semana que nada de eso vivido había sido felicidad. Una semana para que se cayera el mundo encima con sus aborrecibles modos, sus gestos de economía degradada, sus paredes sin revocar. Un tiempo que se le notaba en el rostro, un rostro marcado por esas noches de insomnio, un cuerpo flaco pero desgarbado, largo pero encorvado, un pelo que apenas si se sostenía sobre una cabeza que ardía con asiduidad. La certeza de que todo lo que parecía una virtud en algún momento mostraba su otra cara, una muy terrible y que era la que iría a permanecer hasta que…

…¿no te parece que sos lo suficientemente joven como para rehacer tu vida?...

No entendía. La pregunta de la terapeuta era transparente, esperable, sin dudas. Pero aún así no la entendía. Las vidas no se pueden rehacer. Las vidas están hechas y se van haciendo como pueden. Y su caso no era la excepción. No sentía que debía rehacer algo que había terminado. Su convivencia, su pasión por algo habían pasado y ya no podía volver. Nada por re armar. Cualquier intento sería fallido, el intento de recuperar lo que ya no estaba. Un cuerpo existe hasta que algún hijo de la chingada (como decían los detectives de Santa Teresa) lo liquidaba y listo, ya no estaba más, ya no sería nada, ya está. Su cuerpo existía pero menos. Tenía cosas que ya no volverían, que había perdido para siempre. Ese circunstancial, ¿sonaría igual en el Imperio Chino? Seguramente no, porque los orientales tienen otra percepción del tiempo, tienen otras velocidades, otras creencias. Lamentablemente, asesinan más o menos igual que en el Barrio Rivadavia. Alguien había terminado con la vida de un pibe. Alguien había desatado la furia contenida en su cuerpo. Deseaba poder acabar de una vez con el asesino, pero sabía que eran unos cuantos, y que no iba a poder hacer nada. Ni siquiera se esperanzaba con la encarcelación, no habría pruebas concretas a la hora del juicio. Lo sabía porque el mismísimo Intendente había hecho trascender que el caso debía quedar congelado, eran tiempos de temporada vacacional, nadie quiere investigaciones de asesinatos, nadie quiere oír historias de niños muertos, eso aleja la única entrada importante de dinero en la ciudad, y el invierno había sido tan malo como siempre, estaba prohibido joder. Las muertes joden, nadie les quiere dar la cara, nadie quiere tener un cadáver en su cama, en sus pesadillas, en sus desayunos. Él lo tenía, el veía ese cuerpo ultrajado. Él veía los ojos de los familiares. Imaginaba la cara del Intendente. Y entonces se asqueaba de tal manera que no podía evitar el vómito. Se duchaba. Se tiraba en la cama y pensaba en el Impero Chino, en ese General que no podía solucionar otro asesinato. Con la comparación se tranquilizaba, alguien tan impotente como él, alguien tan desesperado como él, alguien tan puro como…y ahí tal vez conseguía dormir una hora o dos, luego las pesadillas volvían, el cuerpo del pendejo, los ojos, el Intendente, las arcadas. ¿Y las herramientas trabajadas con la terapeuta? ¡Cierto!, barrio Rivadavia – China, una línea recta imaginaria, nada de andar cavando pozos. La línea alrededor del planeta, una línea imaginaria, irreal, que lo llevaba a cruzar mares y tierras que no conocería jamás. Pero estaba bien, no había que conocer todas las cosas para ser feliz, con imaginarlas un rato cada día bastaba. Eso era su herramienta, la única que había podido guardar para mantenerse cuerdo. ¿Hasta cuándo? No lo sabía, la terapeuta tampoco. El tiempo tiene ideas raras.


*capítulo con la siguiente música sugerida:

***************************con humildad, Scardanelli************************encargado de escribir este capítulo desde el otro lado*******************


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