18900
kilómetros de distancia. Una línea recta imaginaria, imaginada, soñada, desde
el basural del Barrio Rivadavia hasta el corazón de Ciudad Prohibida. ¿Cuántos
cuerpos en el medio? ¿Cuántas ideas que se quedan en el camino? El camino. Uno
que nunca termina de concretarse, porque antes de cualquier viaje hay que
solucionar problemas del “día a día”, esos que tienen la particularidad de
reproducirse con una velocidad incontrolable. Eso había dicho la terapeuta,
“incontrolable”. Pero no lo sentía así. Desde su óptica, él era el comisario de
la zona más auto controlado que había. Ni siquiera se metía en la repartija de
algún botín, solamente tomaba la determinación de “dejar hacer”. ¿Por qué? Para
sobrevivir, y porque entendía que ser buchón era el peor defecto humano. Además,
porque el sueldo de policía era malísimo, una miseria, y porque las condiciones
de trabajo eran todavía peores. Excusas. Siempre son lo adecuado, la
herramienta que está más al alcance de las personas para no terminar de
volverse locas, para no tener que hacer justicia por mano propia. Por lo menos
era la herramienta que él encontró y que mejor le funcionó. La terapeuta sabía,
lo sabía todo. Esos casos atroces que lo atormentaban, algo muy común, la
pérdida de apetito sexual, la pérdida de interés en los seres humanos. Pérdidas.
Todas las cosas que arrastraba por tener el trabajo que tenía. El precio a
pagar por ser cobarde, eso tenía metido en su alma. Por no haber intentado vaya
a saber qué cosa, tiempo atrás, cuando estaba con esa persona con la que
se pensó conviviendo hasta el último día de sus vidas, porque sí que en un
momento se habían prometido una estupidez semejante, eso de “yo no voy a seguir
adelante si vos te vas primero”, y después las risas y el “yo tampoco podría” y
coger toda la noche y luego ir a la Comisaría que tocó en condena con
una energía inhumana, ver todo el panorama con otro color. Todo eso ya no
estaba, la realidad había caído sobre su puerta con la fuerza de un golpazo en
blanco y negro y finalmente gris, un adiós sin vuelta atrás, como los
asesinatos que no podía solucionar o que no debía porque de arriba llegaba la
orden de que no jodiera y que mirara para otro lado, y él muy cobarde miró para
otro lado. Otros lados. No se animó. Se le fue el amor, esa misma semana, por
las personas y por su profesión. Increíble, el tiempo, su manera de actuar, sus
fluctuaciones improbables. Años de supuesta alegría para descubrir en una
semana que nada de eso vivido había sido felicidad. Una semana para que se
cayera el mundo encima con sus aborrecibles modos, sus gestos de economía
degradada, sus paredes sin revocar. Un tiempo que se le notaba en el rostro, un
rostro marcado por esas noches de insomnio, un cuerpo flaco pero desgarbado,
largo pero encorvado, un pelo que apenas si se sostenía sobre una cabeza que
ardía con asiduidad. La certeza de que todo lo que parecía una virtud en algún
momento mostraba su otra cara, una muy terrible y que era la que iría a
permanecer hasta que…
…¿no te
parece que sos lo suficientemente joven como para rehacer tu vida?...
No
entendía. La pregunta de la terapeuta era transparente, esperable, sin dudas.
Pero aún así no la entendía. Las vidas no se pueden rehacer. Las vidas están
hechas y se van haciendo como pueden. Y su caso no era la excepción. No sentía
que debía rehacer algo que había terminado. Su convivencia, su pasión por algo habían
pasado y ya no podía volver. Nada por re armar. Cualquier intento sería
fallido, el intento de recuperar lo que ya no estaba. Un cuerpo existe hasta
que algún hijo de la chingada (como decían los detectives de Santa Teresa) lo
liquidaba y listo, ya no estaba más, ya no sería nada, ya está. Su cuerpo
existía pero menos. Tenía cosas que ya no volverían, que había perdido para
siempre. Ese circunstancial, ¿sonaría igual en el Imperio Chino? Seguramente no,
porque los orientales tienen otra percepción del tiempo, tienen otras
velocidades, otras creencias. Lamentablemente, asesinan más o menos igual que
en el Barrio Rivadavia. Alguien había terminado con la vida de un pibe. Alguien
había desatado la furia contenida en su cuerpo. Deseaba poder acabar de una vez
con el asesino, pero sabía que eran unos cuantos, y que no iba a poder hacer
nada. Ni siquiera se esperanzaba con la encarcelación, no habría pruebas
concretas a la hora del juicio. Lo sabía porque el mismísimo Intendente había
hecho trascender que el caso debía quedar congelado, eran tiempos de temporada
vacacional, nadie quiere investigaciones de asesinatos, nadie quiere oír
historias de niños muertos, eso aleja la única entrada importante de dinero en la
ciudad, y el invierno había sido tan malo como siempre, estaba prohibido joder.
Las muertes joden, nadie les quiere dar la cara, nadie quiere tener un cadáver
en su cama, en sus pesadillas, en sus desayunos. Él lo tenía, el veía ese
cuerpo ultrajado. Él veía los ojos de los familiares. Imaginaba la cara del
Intendente. Y entonces se asqueaba de tal manera que no podía evitar el vómito.
Se duchaba. Se tiraba en la cama y pensaba en el Impero Chino, en ese General
que no podía solucionar otro asesinato. Con la comparación se tranquilizaba,
alguien tan impotente como él, alguien tan desesperado como él, alguien tan
puro como…y ahí tal vez conseguía dormir una hora o dos, luego las pesadillas
volvían, el cuerpo del pendejo, los ojos, el Intendente, las arcadas. ¿Y las
herramientas trabajadas con la terapeuta? ¡Cierto!, barrio Rivadavia – China,
una línea recta imaginaria, nada de andar cavando pozos. La línea alrededor del
planeta, una línea imaginaria, irreal, que lo llevaba a cruzar mares y tierras
que no conocería jamás. Pero estaba bien, no había que conocer todas las cosas
para ser feliz, con imaginarlas un rato cada día bastaba. Eso era su
herramienta, la única que había podido guardar para mantenerse cuerdo. ¿Hasta
cuándo? No lo sabía, la terapeuta tampoco. El tiempo tiene ideas raras.
*capítulo con la siguiente música sugerida:
***************************con humildad, Scardanelli************************encargado de escribir este capítulo desde el otro lado*******************
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