Sería más o
menos finales de los noventa, o un cachito antes, no recuerdo bien. De algún
comercio del centro (nuestro Miami) habíamos logrado afanar un par de cds para
volver lo más rápido al barrio y escucharlos, después agarrar la criolla y
rasgar algo que sonara más o menos parecido. Era en un departamento de dos por
dos, como siempre. Una tarde de sábado, seguro, porque no había escuela y los
negocios estaban abiertos, no podía ser día de semana ni domingo. Como sea,
llegamos y derecho al minicomponente al que le poníamos un diccionario encima
para que no saltara el cd. Bueno, por lo menos teníamos el cd y no el casete, era
el consuelo, porque para nosotros sonaba mejor. Pusimos el primero, era uno
rojo con una serpiente peligrosísima, negra, dispuesta a atacar. Alice Cooper
aparecía en primer plano, con esa voz tan particular cargada de rebeldía y
terror. Killer arrancaba con un rocanrol
poderoso y que sonaba bastante clásico, aunque ensuciado por la energía de esa
voz de Alice en los setenta. Pero el sonido en general de ese álbum era más
bien festivo. Bien robado, pensamos. Algunas cosas con la guitarra íbamos a
poder imitar, adaptando el inglés a nuestro balbuceo espanglish marca barrio
Bernardino Rivadavia. Un descanso, un par de acordes y desafinadas, alguna
cerveza y a poner el segundo disco. Este era de los Redondos, pero para
nosotros una decepción porque no era el último, Luzbelito. Y qué cagada porque nos encantaba ese sonido que arrancaba
con “Luzbelito y las Sirenas” y terminaba con las “banderas de tu corazón” de Juguetes perdidos, y que “este asunto
está ahora y para siempre en tus manos, nene”. El manifiesto estaba ahí, cuando
vos quisieras, esa magia única en línea directa con una música y una poética
que se abría, por fuera de los circuitos cerrados de las instituciones. Pero no
era ese cd, sino que era Un baión para el
ojo idiota, uno de los primeros de la banda, uno de los viejos, uno que
quedaba un toque lejos para nuestra generación. Pero ni tanto. Empezar la
escucha era como estar en uno de los bares a los que íbamos casi todas las
noches de los fines de semana, una cerveza a cinco pesos comprada entre diez
personas y el puticlub y su rock siempre fuerte, las noticias de ayer extra
extra “perfectos atentados bien iluminados”, la vaca solitaria que aguanta en
el Caribe porque “la civilización la amaba justo a tiempo” con ese solo de saxo
rompedor, “si esta cárcel sigue así, todo preso es político”, los Vencedores
vencidos y “me voy a ver qué escribe en mi pared la tribu de mi calle” con ese
reef impresionante, la ironía corrosiva de Vamos las bandas “¿y cuánto vale
dormir tan custodiado?”, el rocanroleo de ruta y amor de Ella debe estar tan
linda y eso de “ella es tan linda, no puede durar”, porque lo lindo viene con
vencimiento, y el final que me quedó atragantado y que ahora sí que me hace
llorar. Todo un palo cierra el disco, y es el tema con el que cerré esa tarde
noche mi primer amor profundo con los Redondos. Una hermosa intro de Skay y la
voz del Indio diciendo que “el futuro llegó hace rato”, lo que nos entusiasmaba
pero había algo de angustiante, la poética que se abría aumentando su potencia
con el reef taladrante de Skay, y sí que “el futuro llegó hace rato” pero es “todo
un palo”. Ese futuro que “llegó como vos no lo esperabas”. Era mi generación,
la que viaja en trenes (o bondis si estabas en Mar del Plata), tediosos por eso
que era el fin de la Historia y el comienzo del liberalismo que nos lanzaba al
mundo en pelotas, con una economía crujiendo y rumbo a chocar contra la
realidad. No teníamos donde ir, nada nos iba a arreglar, claro. La poesía del
Indio nos interpelaba por primera y última vez. Después, los años fueron pasando,
nos chocamos, nos desarreglamos por completo, nos alejamos lo más que pudimos,
apagamos esos discos y seguimos con otros porque necesitábamos alguna luz al
final de lo que ya sabíamos que no existía, porque ese futuro era eso que el
Indio decía, ya no estaba, había que pensarlo otra vez. Y todo terminaba con
ese glorioso solo de Skay, y nos dijimos que era imposible que existiera algo
mejor que eso. Y había pasado hacía una década. Llegamos tarde, siempre.
Pasaron más años, envejecimos. Con este amigo no nos volvimos a ver nunca más,
vaya a saber por qué. A los Redondos los dejé esa tarde noche, vaya a saber por
qué. Hasta que el año pasado se produjo una epifanía. Otra tarde noche, en un
recital. Una banda que no voy a nombrar, pero que disfruto mucho por estos días,
tocaba en lo que antes era Gap. La previa de siempre, con amigos de ahora. Unas
cervezas o un fernet o todo junto, algún cigarro de canuto y escuchar la música
que suena de fondo, mientras se prepara el escenario. La noche era fría, la
banda se hacía rogar, y comenzó a sonar despacio y muy de fondo Todo un palo.
La magia, el recuerdo, las distancias que se borraron. De repente, mis ojos
tenían lágrimas. De repente, el público estaba coreando la canción de los
Redondos, como si estuvieran tocando ahí. De repente, yo estaba cantando con
toda la tribu. Mi tribu. Se me cayó encima el pasado. Me reconocí en las
heridas de quienes coreaban a mi lado, era un himno de nuestra generación. Y
sí, claro, el futuro había sido todo un palo, pero todavía estábamos ahí. La
tribu con su ritual, la poética del Indio que se abre….y se seguirá abriendo.
Porque sabés qué, amigo, todavía no tengo adonde ir, pero algo me late y no es
mi corazón.
*esto se completa (se abre) a partir de acá……..
**************************humildemente****************************
Ufff... Que hermoso y melancólicos recuerdos..
ResponderBorrar