Reflexiones berretas, trozos de ficción, ensayos bonsai , trampas de lectura y escenas robadas, realizados por el Yo que dice yo: Juan Manuel Penino, habitante del barrio Rivadavia / Don Bosco nacido en los ochenta. Tomate unos minutos y sumergite en alguno de estos textos. Contacto juanmanuelpenino@yahoo.com.ar
Un
colectivo perdió el control y atropelló a un grupo de gente en el skatepark
del centro. A nadie le importó demasiado. O solamente es lo que yo sentí.
Cierto, ese dolor de las víctimas y quienes las rodean, ese dolor ajeno que es
llamado a ser compartido en una acción: empatizar. Un verbo gastadísimo, que es
casi un eslogan político de cuarta. Se siente o no. Se siente, fuerte. Una nena
de dieciocho años, la yuta madre que nos parió a todos, todas, todes. Y seguir
como si nada mirando algún partido del Mundial, porque no tenemos la culpa. ¡No!
arrastramos la culpa, porque la ciudad es exactamente lo que nosotros decidimos
hacer de ella. No vale eso de “yo no los voté”, o el alternativo “no puedo
hacer nada”. Sería bueno terminar de una vez de esconder la cabeza, asumir las
responsabilidades y empezar a cambiar las cosas. Pero, en mi caso, soy un gran
cobarde. Un avestruz. Un tipo tan frío como este día de invierno. Lo que me
sale es escribir un poema de mierda que está lleno de vacíos, de cosas y sentimientos
que no quiero enfrentar, que no voy a enfrentar. Un poema como si fuera un
psicólogo que dice siempre lo que quiero, que juega siempre de mi lado, que me
extiende la mano para consolarme y ofrecerme el truco de salida: “Está bien,
todo va a solucionarse, hay que trabajar en eso, hasta la semana que viene”. Y
pasa la semana que viene, y las cosas se van acumulando, fingen quedar en el olvido, pero no. Una de las consecuencias de envejecer es ir perdiendo la
capacidad de olvidar las cosas, a menos que llegue una de esas enfermedades que
solucionan los problemas de la acumulación. La memoria está llena y eso duele y
es una cagada. Sí, claro, como todo el mundo, tengo ganas de agarrar la mochila
y retirarme a cualquier otra parte del planeta. Sí, claro, como todo el mundo,
no lo voy a hacer. ¿Por qué? No tengo respuesta, no ofrezco respuesta,
solamente ese poema que es todo lo que me sale escribir un día como hoy, para arruinar
mi propia fiesta siempre inconclusa. A lo mejor, lo único que me sale, es esa
excusa de versos que espero sirvan de consuelo, al menos para mi.
Sería más o
menos finales de los noventa, o un cachito antes, no recuerdo bien. De algún
comercio del centro (nuestro Miami) habíamos logrado afanar un par de cds para
volver lo más rápido al barrio y escucharlos, después agarrar la criolla y
rasgar algo que sonara más o menos parecido. Era en un departamento de dos por
dos, como siempre. Una tarde de sábado, seguro, porque no había escuela y los
negocios estaban abiertos, no podía ser día de semana ni domingo. Como sea,
llegamos y derecho al minicomponente al que le poníamos un diccionario encima
para que no saltara el cd. Bueno, por lo menos teníamos el cd y no el casete, era
el consuelo, porque para nosotros sonaba mejor. Pusimos el primero, era uno
rojo con una serpiente peligrosísima, negra, dispuesta a atacar. Alice Cooper
aparecía en primer plano, con esa voz tan particular cargada de rebeldía y
terror. Killer arrancaba con un rocanrol
poderoso y que sonaba bastante clásico, aunque ensuciado por la energía de esa
voz de Alice en los setenta. Pero el sonido en general de ese álbum era más
bien festivo. Bien robado, pensamos. Algunas cosas con la guitarra íbamos a
poder imitar, adaptando el inglés a nuestro balbuceo espanglish marca barrio
Bernardino Rivadavia. Un descanso, un par de acordes y desafinadas, alguna
cerveza y a poner el segundo disco. Este era de los Redondos, pero para
nosotros una decepción porque no era el último, Luzbelito. Y qué cagada porque nos encantaba ese sonido que arrancaba
con “Luzbelito y las Sirenas” y terminaba con las “banderas de tu corazón” de Juguetes perdidos, y que “este asunto
está ahora y para siempre en tus manos, nene”. El manifiesto estaba ahí, cuando
vos quisieras, esa magia única en línea directa con una música y una poética
que se abría, por fuera de los circuitos cerrados de las instituciones. Pero no
era ese cd, sino que era Un baión para el
ojo idiota, uno de los primeros de la banda, uno de los viejos, uno que
quedaba un toque lejos para nuestra generación. Pero ni tanto. Empezar la
escucha era como estar en uno de los bares a los que íbamos casi todas las
noches de los fines de semana, una cerveza a cinco pesos comprada entre diez
personas y el puticlub y su rock siempre fuerte, las noticias de ayer extra
extra “perfectos atentados bien iluminados”, la vaca solitaria que aguanta en
el Caribe porque “la civilización la amaba justo a tiempo” con ese solo de saxo
rompedor, “si esta cárcel sigue así, todo preso es político”, los Vencedores
vencidos y “me voy a ver qué escribe en mi pared la tribu de mi calle” con ese
reef impresionante, la ironía corrosiva de Vamos las bandas “¿y cuánto vale
dormir tan custodiado?”, el rocanroleo de ruta y amor de Ella debe estar tan
linda y eso de “ella es tan linda, no puede durar”, porque lo lindo viene con
vencimiento, y el final que me quedó atragantado y que ahora sí que me hace
llorar. Todo un palo cierra el disco, y es el tema con el que cerré esa tarde
noche mi primer amor profundo con los Redondos. Una hermosa intro de Skay y la
voz del Indio diciendo que “el futuro llegó hace rato”, lo que nos entusiasmaba
pero había algo de angustiante, la poética que se abría aumentando su potencia
con el reef taladrante de Skay, y sí que “el futuro llegó hace rato” pero es “todo
un palo”. Ese futuro que “llegó como vos no lo esperabas”. Era mi generación,
la que viaja en trenes (o bondis si estabas en Mar del Plata), tediosos por eso
que era el fin de la Historia y el comienzo del liberalismo que nos lanzaba al
mundo en pelotas, con una economía crujiendo y rumbo a chocar contra la
realidad. No teníamos donde ir, nada nos iba a arreglar, claro. La poesía del
Indio nos interpelaba por primera y última vez. Después, los años fueron pasando,
nos chocamos, nos desarreglamos por completo, nos alejamos lo más que pudimos,
apagamos esos discos y seguimos con otros porque necesitábamos alguna luz al
final de lo que ya sabíamos que no existía, porque ese futuro era eso que el
Indio decía, ya no estaba, había que pensarlo otra vez. Y todo terminaba con
ese glorioso solo de Skay, y nos dijimos que era imposible que existiera algo
mejor que eso. Y había pasado hacía una década. Llegamos tarde, siempre.
Pasaron más años, envejecimos. Con este amigo no nos volvimos a ver nunca más,
vaya a saber por qué. A los Redondos los dejé esa tarde noche, vaya a saber por
qué. Hasta que el año pasado se produjo una epifanía. Otra tarde noche, en un
recital. Una banda que no voy a nombrar, pero que disfruto mucho por estos días,
tocaba en lo que antes era Gap. La previa de siempre, con amigos de ahora. Unas
cervezas o un fernet o todo junto, algún cigarro de canuto y escuchar la música
que suena de fondo, mientras se prepara el escenario. La noche era fría, la
banda se hacía rogar, y comenzó a sonar despacio y muy de fondo Todo un palo.
La magia, el recuerdo, las distancias que se borraron. De repente, mis ojos
tenían lágrimas. De repente, el público estaba coreando la canción de los
Redondos, como si estuvieran tocando ahí. De repente, yo estaba cantando con
toda la tribu. Mi tribu. Se me cayó encima el pasado. Me reconocí en las
heridas de quienes coreaban a mi lado, era un himno de nuestra generación. Y
sí, claro, el futuro había sido todo un palo, pero todavía estábamos ahí. La
tribu con su ritual, la poética del Indio que se abre….y se seguirá abriendo.
Porque sabés qué, amigo, todavía no tengo adonde ir, pero algo me late y no es
mi corazón.
Un día trágico de
otoño que no se va a volver a repetir, como una película de
Almodóvar. ¿Qué carajos quiere decir eso? Nada, en un principio.
Algo, es lo deseado. Sí, una buena historia es eso que camina con
espejos por un camino que va reflejando historias. En el caso de
Amarga navidad
lo que camina es un cuerpo con máscaras, sobre ese sendero lleno de
espejos. El cuerpo sería el propio director español, y las
historias vaya uno a saber. Máscaras, el cine dentro del cine. La
película nos pone como primera instancia ficcional a un director de
cine que padece una especie de bloqueo creativo, que logra romper
comenzando a escribir una historia que no tiene muy en claro, y que
inicia con lo que sería la segunda instancia ficcional. La historia
que se le ocurre y que nosotros vemos en pantalla es la de una
directora de cine que por ser de culto, no logra encontrar el momento
para realizar su nueva película, ya que tiene que laburar en
propagandas que le dan de comer y la mantienen con una buena calidad
de vida. Entonces conoce a un joven bombero – y estríper- que
sería el reflejo del joven novio del director en la primera
instancia ficcional. A partir de ahí, comienza la danza de historias
y personajes que van y vienen reflejándose en lo que sería la
ficción y la realidad dentro de la película. Como cajas chinas. El
leit motiv de las historias sería – como es muy común en una de
Almodóvar- el dolor y la desesperación de las mujeres,
particularmente, el dolor por la muerte de un hijo, la pérdida del
sentido de la vida, la depresión y el suicidio. En el medio, el
miedo, los ataques de pánico, la pérdida de la madre y Chavela
Vargas con esa voz impresionante en cada momento de su vida. Para
llorar un buen rato. Y después, en el grado cero, estarían el
director y sus obsesiones, el director y su mosaico de películas que
conforman su gran y unívoca obra. Más o menos esto sería el
resumen de la experiencia cinematográfica, siempre más fuerte que
cualquier otra cosa que me pueda pasar en el día. Más tarde, la
noche con La Nieve cerrado, la búsqueda de algo con roquefort para
cenar, un fernet, un loco que se tira un lance en la calle, la
malaria retratada en la gente que duerme donde encuentra un reparo, y
el seguir peregrinando con esa sensación de que va a ser muy difícil
sentirse feliz este invierno. Otra sensación que se me apareció de
repente fue la de la pérdida total de sentido de todas las cosas que
hago. Un universo abierto, pero que no debería haberse abierto
tanto. El recuerdo del suicidio del Sapo, un compañero de la
primaria que se ahorcó en el patio de su casa en Parque Luro, y la
leyenda escrita en los murales del barrio: “el Sapo no murió,
descansa”. No sé por qué me acordé de eso, la verdad es que en
la película nadie termina suicidándose, y el tema más pesado al
final es lo inescrupuloso que puede ser Almodóvar (o su alter ego, o
el alter ego de su alter ego) a la hora de utilizar el sufrimiento de
sus seres queridos para escribir una historia. ¿Hace falta ir tan
lejos? No creo, por lo que la historia del Sapo no la pienso contar.
¿Y la mía? Tampoco. Si he de morir…es obvio que eso va a pasar,
entonces: Voy a morir, pero prefiero no tener nada que ver con eso.
Lo que queda al final es esta identificación rotunda con aquellas
personas que ya pasaron de todo, y que esperan pacientemente su
capítulo final. Esa es la resignación que siento, eso es lo que me
acompaña desde hace meses. No me deprime, sigo haciendo las cosas
que tanto me gustan, pero ese sentimiento de que lo bueno ya me pasó
y solo queda esperar la tragedia….eso es lo que me mantiene
escribiendo. Imagino que el día que no lo sienta más, dejaré de
escribir y solo seré feliz leyendo. Pero no creo que eso pase.
Mañana es mitad de semana y no tengo muchas ganas de que sea, y es
la cosa más parecida a sentirme humano que me pasó hoy. Hay un tema
de Patti Smith que escuché recientemente y que me voló la cabeza,
de una mujer que labura en una fábrica por dos mangos y no tiene
futuro, que se enoja de una manera que solo Patti puede contar, y que
termina llevando su sueño de libertad a Nueva York. En el tema queda
como promesa, en la realidad Patti pudo. También es
autorreferencial, es un espejo, una máscara. Seguiré caminando y
espero poder llevar mis espejos sin romper, no vaya a ser cosa que me
caiga una maldición de más de mil años, de esas que te acompañan
más allá de la muerte – o más acá de la vida -.
*Epílogo:
A veces es muy difícil creer que las cosas más brutales pueden
estar sucediendo en la realidad. Más fácil poner todo eso en la
ficción, en particular, en alguna de las novelas de frontera de
Cormac McCarthy. Pero la realidad supera a la ficción. O mejor
dicho, la realidad juega con la ficción, entonces pueden generarse
obras artísticas geniales, o engendros de horror muy reales. Eso
pasaba también, en paralelo a la expedición cinematográfica, cerca
de donde estaba, a unos cuantos kilómetros, dentro de una misma
frontera, de un territorio, de algo que llamamos país y que
supuestamente es el lugar donde nos identificamos, donde esos espejos
nos reflejan y….y es que a veces el reflejo es un horror indecible.
Un cuerpo asesinado más, un femicidio más, una niña descartada
más. Luego, la horrorosa complicidad de la justicia que mira para
otro lado, con ojos bien patriarcales, bien clasistas, bien
inhumanos. La política que hace su juego de usos y abusos de
asesinatos desgarradores, y las familias que estallan de impotencia.
Todos mediados por el espantoso coro del periodismo nacional,
concentrado en Capital Federal, que pone cara compungida y a los dos
segundos se ríe del siguiente meme que es un jugador de fútbol de
cualquier país a quien los “hinchas virtuales” decidieron apoyar
porque nadie lo conocía. La realidad, la ficción, el absurdo y el
dolor y el horror. Por una combinación talentosa podemos llegar a
una obra de arte, por un error en el cálculo terminamos cayendo en
lo peor de la humanidad. Después, queda volver y tomar el frío
necesario como para no perder la capacidad de asombro, sea cual fuere
el camino que se elija: el asombro por el horror de la realidad, el
asombro por lo genial de una obra de arte. En el medio, el
yo que dice Yo, haciendo fuerza para
deconstruirse mientras las heridas lo hacen pelota, mientras las
caricias lo animan. ¿Cómo termina esta historia? Ojalá podamos
acomodar la fórmula, y que el futuro sea un lugar donde nos podamos
imaginar mejores.
**esta escena, con esta música:
**y la música sugerida de Patti:*******************humildemente************************************