Calidad de
vida, que en verdad es proximidad de muerte.
Ya pasaron
un par de días, menos de una semana. Dejando de lado la originalidad, que es
algo que se pierde cuando uno es bien consciente de que se va a morir en poco
tiempo, confieso que ya perdí la noción de en qué día estoy / está / estamos.
Comienza a prevalecer la confusión, comienza a prevalecer este registro: el de
los pronto-a-morir o estirar-la-pata o ¿viste que al final
siempre se sale con las patas adelante, y a quién carajos le puede interesar
dónde suceda eso de dejar de suceder? Dejar
de suceder, un poco es lo que se respira en el aire de esta habitación de
traslado espiritual, un lugar que no es del todo la vida y tampoco la muerte,
está en el medio, trabaja como transmutador: llegar en un estado para salir en
otro, o no salir más. Convengamos, no se sale más como se conocía hasta entonces,
¿y el después? De nuevo, todavía no caí en la cuestión religiosa, en la certeza
de los zombis, en la reencarnación en una babosa, en la vida a través de las
hojas que caen de una planta donde alguna vez nos enamoramos…..Pensándolo bien,
tampoco es que ¿fui? ¿soy? ¿todavía? muy creyente en el concepto de amor. Lo
tomo (lo toma) como parte de lo mismo, cuestión de fe. Años sin sentir algo
así, lo que hace sospechar que nunca se sintió, porque ¿cómo describirlo? En
pasado resulta más posible, con la lejanía necesaria, esos sentimientos que ya
no están se pueden editar a gusto, uno puede poner en un pedestal la tarde que
quiera, la compañía que quiera, podando debidamente todas las cuestiones
corrosivas que llevaron al presente que ya no puede proyectar futuro, como un
cinematógrafo de los años cincuenta, ya no hay fílmico para pasar más allá de
una última escena: la habitación. Volvemos, antes un pequeño calmante con el
botón definitivo, la dosis de heroína que se necesita para que no duela, pero
que todavía no signifique el final final. Puede ser que en verdad se trate de
otro calmante, como el tan afamado fentanilo, pero yo le digo heroína en honor
a William Burroughs. Qué se yo, todavía recuerdo algún pasaje de Yonqui, y me sale automática una
sonrisa, y deja de darme tanto miedo la muerte. La invitada que nadie quiere
recibir, pero que es imposible no haberle mandado la dirección exacta y el
horario exacto, aunque uno mismo los olvidara. Imagino que todos nacemos
sabiendo cuándo y dónde nos vamos a morir, y que como en una tragedia griega
intentamos hacer todo lo contrario a estar en ese lugar a esa hora, pero que al
final nos distraemos lo suficiente como para olvidarlo y pasa lo que pasa.
Cuando me acuerde va a ser tarde. Pero ahora ya es tarde, ya estoy en ese lugar
y (casi) en esa hora. Puede que haya tenido ayuda, puede que en verdad mi
última charla con el médico haya sido el recordatorio: era hoy el prólogo, en
este consultorio, con la lectura de este estudio, la sentencia: eso de que
“lamentablemente ya no hay nada que hacer, podemos solamente asegurarnos de que
no sufra tanto los últimos días, y más vale que vaya acomodando las cosas, etc”
¿Pero no sentía que eso era exactamente lo que había estado haciendo toda mi (su)
vida? ¿No era eso despertarse por la mañana y luego caer en un etcétera de
acontecimientos que eran un desorden que debía ser puesto en algo menos caótico
para poder llegar al final del día y…..? Sería bueno un poco más de fentanilo,
pero sin pasarse demasiado. ¿Por qué no hay música en esta habitación maldita?
Espero que suene de fondo algo de SRV, quisiera irme al ritmo de su guitarra,
de su tan única manera de rasguear la guitarra. ¿Eso mejora la calidad de vida?
Alguien pregunta, desde uno de esos sillones que acompañan la cama-camilla-ataúd que tengo como
penúltima morada. No, nada mejora la calidad de vida porque ya no la tengo /
tiene. Lo que queda es mejorar la calidad de muerte, que no duela tanto, que no
signifique un gran impacto para los seres
queridos, que no parezca tan doloroso el trance, que sea un consuelo para
quien tenga que hablar después, eso de: por suerte no sufrió….tanto…porque
sufrir se sufre….siempre. ¿Cómo lo estarán soportando mis compañeros de muerte,
en las otras habitaciones? Debería averiguar si se puede interactuar con
alguien de acá, que esté en la misma situación, y que no se encuentre muy mal
como para no poder hablar. Difícil, porque es verdad que la muerte es muy
celosa, nos quiere para ella sola, no desea que otras cuestiones se interpongan
en su camino. Qué complejo que es. Me imaginé que mi caso sería más repentino, un golpe fuerte,
un accidente cerebro vascular definitivo, un paro cardíaco letal, la ingesta de
un veneno implacable, un disparo al corazón. Nada…..lo más seguro es irse
extinguiendo con el aumento del dolor, lentamente, una agonía controlada.
¡Alegrate! Por suerte, hoy día, existen los cuidados paleativos. Qué dos
palabras de mierda, pero no se puede culpar a nadie por esto, hay que devolver
una sonrisa y tratar de que las demás personas se sientan menos angustiadas, y
que se vayan rápido de la habitación. Un poco más de morfina o fentanilo o lo
que sea, subir el volumen de la música, más fuerte Stevie. Delirio de un solo
que nadie más pudo igualar, que se parece a este mi último estado, como escalar
la última montaña que no debe ser escalada porque uno llega arrastrándose,
agitado, cansado. ¿Qué hora era, qué día? Cuando el tiempo deja de importar
queda el consuelo de ganar ese último enfrentamiento. El consuelo de que mañana
se parece al ayer, y que dentro de muy poco no quedará nada. Creo que voy
encontrando un registro, unas palabras que se repiten, un sentimiento que no
conocía, una historia que quería contar antes de apagar la luz. Como ese
borracho que cae dormido en el tren, mientras William Burroughs lo bolsiquea y
le roba dos dólares, para poder conseguir al menos un algodón con rastro de
calmante, porque a veces es la vida lo que duele demasiado.
****la música de fondo sugerida:
++******************humildemente, Juan++++++++******************************************días en los que camino perdido por el barrio escuchando la viola de SRV, qué-se-yo*************************
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