Cuidados paliativos (capítulo tres)

- Comer / amar y coger en tiempos de muerto

"Está claro que aquí nadie va a dormir mucho" (Thomas Pynchon, A oscuras)

La manía de citar pedazos dispersos de lecturas recientes, también es indicativo de que se acerca el día final. No hay tiempo para grandes pensamientos, no hay esa concentración que te otorga el no saber el día exacto de tu muerte. Pero llegado el caso, como ahora el suyo (mío), los pocos instantes de lucidez son como los últimos fragmentos de un capítulo, que muy probablemente sea el penúltimo. Por eso hay que anotarlo en algún lado, porque esa llama es un leve intento de trascendencia, el miedo a la muerte. Un poco más de ese calmante, el dolor de cabeza es casi insoportable, el zumbido es tremendo, como cien trombones sonando sin sentido al lado de la única oreja que todavía funciona...Funcionar. Eso, hay muchas cosas del cuerpo que ya van dejando de funcionar. Soy (es) consciente de que nunca más habrá sexo. Es imposible, o muy improbable. En la habitación solo hay espacio para aplacar el sufrimiento hacia el final, y los sillones de visita son como confesionarios, la gente que entra abandona cualquier idea de excitación, a diferencia de lo que era en el siglo diecinueve, cuando la palidez y fragilidad de la tuberculosis activaba el apetito sexual más animal y enfermizo que la poesía romántica utilizó hasta el hartazgo. Lo sexy de la enfermedad, algo que en este siglo no funciona para nada. Lo enfermo, la enfermedad, producen otro tipo de sentimientos, la gente quiere apiadarse, angustiarse por el otro y tener lejos a la enfermedad. Hay un temor...tumor...Hay una exageración de lo sensual que es el hecho de estar sano, comer huevos crudos y matarse en el gimnasio. La mente sana en un cuerpo sano. Pero acá se está con la mente afiebrada en un cuerpo debilitado, enfermo. Y cómo cambia la cuestión sexual la enfermedad. La voracidad, el deseo, se aplacan más por ese impedimento que se ve en los otros que en lo que siente uno. Cada época tiene sus cosas, y esta tiene una obsesión por la salud, lo saludable. A la par que un desprecio por el enfermo y su condición. Un enfermo debería comer, pero nunca coger. Lo que un enfermo necesita es descansar, más nunca follar. Un enfermo tiene prohibido el goce, solamente le sirve estar concentrado y obsesionado con su enfermedad. Un enfermo está retirado del paraíso de la vida de los sanos. Un enfermo está apartado de la manada. Un enfermo debe tener su habitación completamente higienizada para que la enfermedad no huela mal. Pero la enfermedad ya está ahí y no se va a ir. ¿Entonces? Claro, de coger ni hablar. Drogas que calmen el dolor: permitidas todas. Sexo que calme el dolor: una aberración condenada por la sociedad entera. Despreciable deseo del enfermo terminal. ¿Qué cosa quisieras como último deseo antes de tu muerte? Tal vez no morir, pero ese deseo es el único que no se puede pedir. O casi, porque tampoco se puede pedir sexo, es repugnante. El enfermo acá viene a morir, en pocas horas para no joder tanto la rutina de los sanos, para dejar la cama vacía lo más pronto que se pueda porque habrá otros esperando por su turno…el deseo final: una sala de cuidados paliativos, un botón rojo que inyecte la dosis definitiva de calmante para apagar todo el sistema y que se lleve a la enfermedad con él. Y ahí sí, comienza el viaje del enfermo devenido en muerto, y tal vez como aparición fantasmagórica tenga más chances de ser recordado como amante. ¿Se sentirá algo? ¿Cómo será eyacular con cuarentaicuatro grados de fiebre? Comer, entonces, como paliativo. Un plato de pastas pero con poca sal y sin pan y sin repetir y sin vino y sin salsa…y para qué cuidar la comida si ya está todo dicho. Tal vez por no manchar las sábanas blancas, tal vez por no darle un trabajo tan pesado a un estómago que ya se prepara para transformarse en otra cosa, en un órgano en descomposición. ¿O tal vez se pueda donar algo? Chequeo semifinal que dice que no, que esos órganos ya están demasiado tomados, como si se tratara de la sede de gobierno de un país en franco subdesarrollo de sus capacidades gubernamentales. Órganos que no sirven ni para ser regalados. Órganos tan descartables como esa persona que se prepara para ser descartada también. Órganos que ya no darán placer. Órganos a los que se les niega un último deseo. Órganos que solo pueden aguantar hasta que el calmante haga lo suyo. Un control más, un hisopado, una medición de no sé qué corno, unas pastillas que no sabemos qué diferencia tienen con los calmantes que van por vena, y que vaya a saber para qué son recetados, a lo mejor los auditores descubran en un tiempo a qué se debió y todo termine en un juicio que no le importe a nadie, sobre todo al cuerpo enfermo que para entonces será cadáver…¿todavía enfermo? ¿O será que una vez muerto lo que queda del cuerpo ya deja de ser atacado por la enfermedad? ¿La enfermedad solo detecta vida, solo consume vida? ¿Y si la expansión infecciosa alcanzó el alma o el espíritu, y la condición de enfermo se carga para toda la eternidad? Basta de preguntas. No sé cuántas horas llevo, y ya no interesa. Una luz por la ventana, podría ser el sol, un destello, una frase de una novela de lectura reciente: ¿estar a oscuras es no tener luz o es tenerla pero cerrar los ojos…para siempre? Creo que se le (me) paró el pene, que es la única manera de nombrar esa parte del cuerpo que ya no cumple funciones, está prohibido, solo se puede nombrar como si se tratara de cualquier otra extremidad que reposa esperando su turno de despedirse. El rayo tibio del sol lo despierta un poco…si pudiera pedir un último desea sería coger, coger esta última noche, en este último pensamiento. Llegar, acabar, y ya está...


***una música que no sea de muerte, o de próximo a lo muerto, y que diga que todo va a estar bien aunque no:

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