Cuidados paliativos (intro)

“Este es el punto exacto donde comienza el final de todas las cosas” (R. Fresán, en Vida de santos)

“Nos movemos cerca del final sin saberlo pero sospechándolo” (Ídem)

 

Dicen que julio los prepara y agosto se los lleva, al menos, en este lado del universo. En otros rincones oscuros habrá que ver, porque tal vez el trabajo ya esté terminado hace tiempo. Todavía no elegí cómo voy a llevar adelante esta historia, si con una primera persona bien confesional, bien literatura yoica, o una tercera más fría y distante, pero picante y muy irónica. Calculo que da lo mismo, como la sentencia del principio. Podría ser que cualquier mes sea el que te prepara para el final, y ese mismo mes un año adelante, también sea el encargado de llevarte. Llevarte. Eso, un estado en el que el transporte sale para el lado desconocido, el no lado, y siempre de la misma manera: como levitando de repente. Uno está tirado sobre una cama, camilla o el suelo, la muerte hace su transporte, y entonces lo que sería “el alma” comienza a flotar como atraída hacia la parte superior del lugar que sea, o hacia el mismo cielo, para seguir un viaje que vaya a saber cuándo finaliza, si existe una parada celestial o si simplemente la elevación continúa eternamente, como el viaje final de 2001 odisea del espacio. Puede que tampoco sea así, necesariamente. A lo mejor, el traslado final es diferente para cada quien. Digo, si todas las personas somos distintas, por qué íbamos a ser iguales en la muerte, al diablo con eso de que la muerte iguala, ya sería hora de ir viendo que ese estado utópico es eso y nada más: un viaje en el tiempo, pero equivocado, con errores de diseño. Al menos hoy, impera la desigualdad. Ergo, todas las muertes son distintas, y su viaje posterior también. Lo que sí sería común es el final de estar desde este lado, de atender de este sector del mostrador. Esas cosas que vemos y tocamos –si podemos- todos los días ya empiezan a no estar más ahí. Pero no es que las cosas dejan de estar a disposición, somos nosotros los que ya no estamos para ellas. Pasar hacia otra vida, a través de la muerte. Como un puente que va perdiendo consistencia, que debajo primero tiene agua y después lo que hay es una cosa que no sabíamos que podía existir. O eso es lo que me imagino yo, hoy. Mañana, tal vez, me hago fan de una religión y empiezo a adoptar sus ideas de lo que sería “el más allá”. Dejemos eso por ahora: de vuelta al más acá, pero en modo despedida. Ser “ingresado” como paciente en estos lugares que son residencias para la despedida. Una atención final, como para estar tranquilos y que no duela tanto. Lo primero, saber que siempre hay un dispositivo con un botón rojo que es el encargado de ir apagándonos, como si se tratara de un interruptor, pero que solo funciona una vez y ya. No hay que sufrir dolor al pedo, si se hace insoportable, entonces acudir al paliativo final. Después, hay un lugar como para recibir las visitas, muy tranquilo, con una luz tenue, unas sillas que parecen muy cómodas, una mesa con una lámpara, y un libro esperando por ser leído hasta que ya no se pueda más. ¿Qué libro eligirías? Depende de la situación, porque si la estadía empieza a parecer cada vez más corta, pues mejor un libro de relatos. No creo que haya alguien que elija el Ulises de Joyce o Contraluz de Pynchon, novelas demasiado largas. Poco importa, yo me llevo los tres tomos de En busca del tiempo perdido de Proust, porque para irme muriendo que sea como si el mismo Marcel estuviera ahí al lado mío, para consolarme, porque sé muy bien que la muerte lo encuentra siempre tirado en su cama escribiendo. Y bien, yo lo acompaño leyendo, una suerte de pareja de policial, pero que se relaciona a través de la literatura. ¿Para qué carajos servía la literatura? Para leer, Marcel, para leer, jamás para escribir. Esa parte me toca como consuelo. El tratamiento paliativo incluye unas duchas amables y unas comidas sobrias, que no son ni tan saludables ni tan calóricas. Medidas, como el estado que se acerca al final. A media luz, a media sombra. La gente que entra acá empieza por calmar sus pasos. Se escuchan solamente susurros, como si se tratara de un templo. Quien se pone a hablar lo hace con el tono que piensa que es el adecuado para un pronto-a-morir. ¿Por qué será? No tengo idea, calculo que es culpa de las películas, esas donde personas con enfermedades terminales parecen estar entre tranquilas y resignadas, mientras de fondo suena una melodía suave, horrible desde mi punto de vista, desesperante. Preferiría que sonara algo heavy en estas últimas horas que me quedan….¿O debería decir le quedan? Todavía no decido el estilo, la forma, el tono, la persona, el género de lo que ya empecé a escribir. Lo que sí, no tengo tiempo para editar, asique no se quejen si encuentran errores, y si se van a quejar, por favor, háganlo en voz baja, porque estamos en una habitación de cuidados paliativos, que en realidad debería llamarse la última morada antes de la morada definitiva. Entro (entra) en la habitación sabiendo muy bien que de ahí nadie saldrá con vida. Y no es nada original, porque ese final antes del final sí que es democrático y universal. No tengan pena por mi situación, ninguno va a salir ileso de esta aventura a la que denominamos vida, y yo no soy la excepción. Para ser mis primeras horas acá, todo transcurre de manera serena y natural, parece como si me hubiera preparado para esto toda mi…..habría que ver qué cosa decir en ese momento. No soy bueno para encajar las palabras adecuadas en los momentos acertados, más bien soy especialista en desencajar en los instantes más erráticos, como si en verdad estuviera naciendo en vez de morir. Tal vez, digo, esta historia sea eso, el inicio de algo y no lo que parecía un final con fundido a negro……


***********por las calles silenciosas del suburbio va mi alma:

********humildemente, Juan************imagino ir muriendo pero con ese sonido de fondo************continuará......***************************


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