Propaganda de Mundial
El mar
calmo de lluvia venidera,
los charcos
promiscuos en las calles
con baches
de estilo veneciano,
unas barcas
amarillas y hambrientas
en el
horizonte siempre lejano,
destellos
de una luz débil
que es de
otro tiempo – un tiempo –
pero
extrañamente ahora…
…hiato,
salto, pausa al vacío
o al futuro
congelado,
al pasado
en perspectiva,
mirada
sorprendida
de quien “vuelve
al primer amor”,
siempre;
y recoger
las lágrimas secas
de la
pérdida en la parada
de micros
más reciente,
y que te
suene la música
pero que ya
no te mienta
eso que,
sabíamos bien,
no iba a
estar,
no iba a
esperarte,
vuelta de
arrepentido
con
ausencia de todos
los
sentimientos que se venden
en una
propaganda de Mundial.
*****Día 23 de
junio, invierno y muerte…
Un colectivo perdió el control y atropelló a un grupo de gente en el skatepark del centro. A nadie le importó demasiado. O solamente es lo que yo sentí. Cierto, ese dolor de las víctimas y quienes las rodean, ese dolor ajeno que es llamado a ser compartido en una acción: empatizar. Un verbo gastadísimo, que es casi un slogan político de cuarta. Se siente o no. Se siente, fuerte. Una nena de dieciocho años, la yuta madre que nos parió a todos, todas, todes. Y seguir como si nada mirando algún partido del Mundial, porque no tenemos la culpa. ¡No! arrastramos la culpa, porque la ciudad es exactamente lo que nosotros decidimos hacer de ella. No vale eso de “yo no los voté”, o el alternativo “no puedo hacer nada”. Sería bueno terminar de una vez de esconder la cabeza, asumir las responsabilidades y empezar a cambiar las cosas. Pero, en mi caso, soy un gran cobarde. Un avestruz. Un tipo tan frío como este día de invierno. Lo que me sale es escribir un poema de mierda que está lleno de vacíos, de cosas y sentimientos que no quiero enfrentar, que no voy a enfrentar. Un poema como si fuera un psicólogo que dice siempre lo que quiero, que juega siempre de mi lado, que me extiende la mano para consolarme y ofrecerme el truco de salida: “Está bien, todo va a solucionarse, hay que trabajar en eso, hasta la semana que viene”. Y pasa la semana que viene, y las cosas se van acumulando, fingen pasar al olvido, pero no. Una de las consecuencias de envejecer es ir perdiendo la capacidad de olvidar las cosas, a menos que llegue una de esas enfermedades que solucionan los problemas de la acumulación. La memoria está llena y eso duele y es una cagada. Sí, claro, como todo el mundo, tengo ganas de agarrar la mochila y retirarme a cualquier otra parte del planeta. Sí, claro, como todo el mundo, no lo voy a hacer. ¿Por qué? No tengo respuesta, no ofrezco respuesta, solamente ese poema que es todo lo que me sale escribir un día como hoy, para arruinar mi propia fiesta siempre inconclusa. A lo mejor, lo único que me sale, es esa excusa de versos que espero sirvan de consuelo, al menos para mi.
**********************humildemente, Juan******************************
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