Con el filo de la
noche
a punto de
cortarles la yugular…
…El General del
Imperio contempla la masacre en Ciudad Prohibida. Decenas de chinos mutilados,
cuerpos destrozados, separados por guiones o comas o puntos y seguido de
manufactura occidental, algo completamente incomprensible para el General, que
queda absorto en una mano con sus dedos aplastados, alejada del resto de
pedazos de cadáveres debidamente asesinados. La mano aplastada, una mano que
intentó dejar un rastro, agarrarse al tobillo de su asesino. Una mano
despreciada sobre el final del final. Un océano de sangre que marcará el fin de
una era y el comienzo de otra peor, porque la partera de la Historia es esa
Virgen de la Sangre, la imagen de una mujer con velo mirando sin pasión sobre
todo un coro de plañideras que despiden al niño brutalmente muerto. Pero ella
no, ella, la madre de occidente, la misericordiosa, no llora. Y si llora
solamente es porque rebalsa sangre, sangre de miles de inocentes que la
acompañan en cada una de sus apariciones, en pinturas, poemas, libros
sacralizados por monjes pederastas. Era el fin de la Ciudad, era el fin del Emperador,
era su fin. No hacía falta un proceso, una pesquisa, la presentación de
pruebas. Se sabía culpable. El máximo culpable de no haber evitado la
brutalidad en su territorio. La peor de las vergüenzas, vivir con eso le
resultaba imposible. Su final ya estaba dictado. El Emperador que hiciera lo
que quisiera, para el caso daba lo mismo, pero él sí que debía desaparecer de
la faz de la tierra de la manera más deshonrosa. Ser borrado de la vida por sus
propias manos, ser debidamente ignorado por la Historia. Que lo hiciera rehén
para toda la eternidad esa Virgen occidental, esa falsa misericordiosa, esa
mujer de ojos sangrantes, esa devoradora de almas en pena, de espíritus
inocentes. Entregaba sus armas, su moral. Aquel pilar con el que había llegado
a ocupar el cargo más importante que alguien de su clase hubiese imaginado.
Traición al pueblo chino, traición a sus horas más fantásticas, a sus dragones
voladores, a la imaginación máxima capaz de crear la Gran Muralla y esa Ciudad
impenetrable. Pero todo se desmoronaba en esa escena, en esos cuerpos
mutilados, cientos de ellos. No pudo llorar. Tomó coraje para no vomitar y se
retiró al jardín imperial. Allí, entre los cerezos en flor, se arrodilló y
colocó su espada delante, apoyando el mango en el césped. Luego tomó impulso y
se lanzó de frente contra el filo, que lo atravesó a la altura de la boca del
estómago. Cayó de costado y se fue desangrando, hasta que los cerezos se
tiñeron de rojo sangre por acción del viento. Su mueca final fue de cierta
decepción, consideraba que su final no tenía derecho a contar con un telón de
fondo tan hermoso. Pero así fue, así sucedió. Los cadáveres son insoportables
cuando se presentan en manada. De a uno en vez, se pueden ir procesando, era
esperable en el oficio. Luego la investigación, la búsqueda de justicia. Pero
cuando la brutalidad aparece toda junta, no hay manera de soportarlo. Fueron
pasando los años, los siglos, las dinastías se sucedieron más o menos
ordenadamente. Nunca más se habló del General del Imperio. Nunca más se dijo
nada sobre la masacre en Ciudad Prohibida. Cientos de cuerpos desmembrados
olvidados por la Historia. Cientos de espíritus apresados en un acto impune,
dando vueltas por el aire, tomando cada rama de cada cerezo a punto de
florecer. Y el silencio atroz de los que saben pero no pueden decir. Lenguas
endiabladas, conjuradas por aquella presencia sangrienta de la Misericordiosa,
la madre de todas las matanzas, la que ahora vuela en dirección al desierto de
Sonora, para regar con su líquido rojo las grietas de la tierra seca. La
Misericordiosa que después vuela hacia el sur, bien al sur. Y llega justo a la
cita en el barrio Rivadavia. Otra muerte insoportable, pero concentrando toda
la brutalidad en una sola víctima, en una de las más inocentes de la Historia.
La partera y la pujante. Ambas convencidas de que se avanza con sangre, se pare
con dolor, siempre. Confabuladas en que se necesita la cara de sorpresa de
alguien que creía haberlo visto todo. Ese General de un imperio en decadencia,
esos pinches detectives del desierto, ese pobre comisario de la Comisaría
que te tocó en condena. ¡Qué bien sonaba ese nombre! La condena. El testigo
de ese parto sangriento, de ese nuevo asesinato que continúa una serie que se
expande, que no tiene vuelta atrás, que busca mostrarse como confirmación de
que los dioses inventados por el Hombre son unos sádicos como ellos. Ellas, la
partera y la pujante, la Misericordiosa y la Historia, la sangre y su sangre,
mutilando y despellejando, abriendo los ojos de quienes van a testificar en un
nuevo testamento, con el nombre que quieran, con las lágrimas en suspenso, con
las noches sin dormir, con la falsa ilusión de justicia, con una realidad
imposible de aceptar. Pero aceptando lo inevitable. No se puede vivir con esas
imágenes en la cabeza, en el alma. La serie indica el camino del final. Tiene
que ser una ciudad en ruinas, tiene que tener un jardín más o menos ordenado,
tiene que haber algún árbol frutal a punto de florecer. Completar la serie. Un
arma que se dispara en la tarde. Mucha sangre tiñiendo el horizonte, pintando
los labios sonrientes de la Piadosa Madre de la Sangre. Un vuelo hacia otro
continente, una cadena de plegarias que conducen a la próxima mutilación. El
General no se levantó más, su espíritu se hundió en la última tarde Imperial.
En Sonora las cosas continuaron con la monotonía del viento del desierto, entre
mezcal y olvido. El barrio Rivadavia todavía latía. El comisario no reaccionaba, solo sangraba en el piso.
No esperaba un milagro, sabía perfectamente que los milagros eran peor que la
realidad desesperanzada. No esperaba nada, pero por algún motivo que no sabía
discernir y explicar, seguía ahí.
******como que la escena de la muerte del General Imperial viene con esta música de fondo, no hay otra posible:
***************************humildemente y llorando por esa escena con esa música, Juan*****************************
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