Recuerdo las
caras demacradas,
el golpe de lo
real sobre el asfalto,
el material del que
se hacen los muertos,
los caprichos de
la mujer
que maneja las
situaciones,
mis quejas
esparcidas al viento,
el llanto de los
abismados,
la sed de
revancha,
la copa que no se
llena,
el cardo
amaneciendo,
los cadáveres
empolvados
sobre archivos
y la risa de las
hienas
inaugurando su
verano.
Personajes que no
podrían pisar Ciudad Prohibida. No se aceptan manchas tan grandes. La Virgen de
las rocas, que se ponen de pie y en mayúsculas, Las Rocas, porque dejan de ser
cualquier cosa por obra y gracia de la dadora de fatalidades. Ocupando el
centro de todas las escenas. Encerrada bajo la sombra de las estalactitas
siempre grises, siempre a punto de caerse del cuadro. Los niños tienen la forma
del Dios pero no pueden terminar de defenderse como es debido, el sátiro
destino los apuñala por la espalda. Ellos quedan sonriendo destellos de luz
hacia los ojos traidores de la que maneja las situaciones. La misma que
acorrala a los detectives del Barrio Rivadavia en todas sus encrucijadas.
Llorar, emborracharse a lo tijuanense, mirar a la Virgen y sentir que las
agudas Rocas caen hiriendo los cuerpos de muerte…pero no morir, seguir con la
maldita sensación de que se puede vivir por siempre con ese sufrimiento, el
caso jamás resuelto, los ojos inyectados de ira de las madres sin sus retoños,
con sus jacintos sin florecer en brazos, la mirada del espanto y la culpa y la
sed de venganza contra las gargantas cerradas y secas de unos lastimeros
detectives incompetentes, que no pueden sobrevivir al mar, que no saben de los
peligros del amor, la muerte, el aire en pulmones pequeños, la muerte…El sueño
colectivo de los condenados por inoperancia, la Virgen de Las Rocas levanta su
mirada y señala sin querer el camino del fondo, un camino falsamente iluminado,
el camino del oprobio, el descanso final para quienes no pudieron llegar a
tiempo y debían.
El General del
Imperio se fuma unos largos en las escalinatas de la recámara del Emperador. No
hay nada que hacer, por lo menos esa tarde. Los acontecimientos que intuyó se
sucederán en el futuro. Quienes vivieron miles de años saben todos los caminos
del futuro, todas las esquinas que nacerán para terminar las noches de miles de
almas en próximo sufrimiento. Ciudad Prohibida comienza a expandirse en el año
999 Antes de la Virgen de Las Rocas, como el fuego sangriento desde la boca del
dragón, el fuego que dejará las cenizas de las civilizaciones venideras y todos
sus trabajos y sus pesados días.
Se despierta en
medio de cables, tubos, máquinas. Algo le impide hablar, una presión en la
garganta que increíblemente no lo asfixia, por el contrario, es lo que parece
darle el oxígeno más puro que aspiraron sus pulmones en décadas de vida inútil.
No siente nada de su cuerpo, no puede hacer reaccionar ninguna de sus
extremidades. Protagoniza una escena que conoce a la perfección, aunque nunca
había estado desde ese lado. No la ve, pero la intuye. Su única compañera, la
única que lo va a buscar en esa situación final. Se siente el aire como si se
filtrara por Las Rocas, esas rocas mayúsculas. Ella es todo misericordia y
piedad en sus ojos. No parece quedarle lujuria, no se tiene esa intención en un
momento así. No la ve, pero la intuye. La culpable de todos sus males y la
única que lo ama todavía. Su hijo, su padre, su amante. Las coordenadas
necesarias para lograr establecer un argumento aceptable en una vida corriente
más, en una vida baldía. Ella extendiendo su misericordia a través de sus
ciclotímicos brazos. A veces mortales, otras dadores de vida, a veces
vengadores, a veces piadosos. Siente que ahora la necesita más que nunca, no
tanto para conseguir el perdón final de sus pecados y así irse yendo en paz. Lo
que necesita de ella es la verdad. Una verdad como la sangre que derramó
mientras se paseaba vendiendo perdones por el Barrio Rivadavia, por esa su Comisaría
que te tocó en condena. Tantas veces tuvo la sensación de que estaba cerca,
de que podía llegar a ella, de que podía apresarla para un interrogatorio que
lo exculparía de todos los males. Al final del camino, él también necesitaba
creer en algo, darle sentido a todos esos asesinatos, a ese cuerpo del pendejo,
a esas miradas de las madres que nunca lo perdonarían, que siempre lo
condenarían al peor de los infiernos, un círculo que ni Dante pudo imaginar. El
círculo de la Virgen de la sangre, una esfera sanguinaria llena de cuerpos
mutilados flotando sobre líquido rojo hirviente. Y él allí mirando por toda la
eternidad, siendo el protagonista del peor de los castigos. Ahora estaba a su
lado, en una versión inmaculada, en una versión de madre-abuela. Era la
representación de todas las personas que lo habían estimado en su vida. No
sentía el odio de siempre hacia su presencia asesina. Ese era el engaño del
peor de los asesinos, no poderlo percibir al momento del castigo. Estaba
escrito en sus ojos, en sus gestos, en sus expresiones. Perdonar para ser
amado. Misericordia. A fin de cuentas, todos estarán sentados a la mesa de la Virgen
y el resto de sus parientes. Aunque no pudo percibirlo, lloró. La Virgen de la sangre
lo tomó con sus brazos, comenzó a elevarlo. Eso fue lo que pensaba, eso fue lo
que imaginó.
Alguien le había
disparado al Comisario, lo que causó que su cuerpo entrara en shock. Lo habían
rescatado a tiempo, aunque todavía no podía respirar por sus propios medios.
Ahora lo levantaban para sacarlo de la sala de cuidados intensivos. Comenzaba
su lenta recuperación. Tendría que digerir todo lo experimentado. Tendría que
volver sobre sus pasos esa noche. Tendría que hacer memoria. Pero sabía que
había llegado a la culpable de todo el relato que habilitaba las injusticias y
los asesinatos más brutales que lo tenían atrapado. Había estado tan cerca….
La Virgen de Las Rocas siguió su camino por las esquinas oscuras del Barrio Rivadavia, esa misma noche en la que el Comisario comenzaba a resucitar.
********música sugerida:
**********************humildemente, Scardanelli*******************buscando más referencias*******
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