La cena de fin de año (Detectives del Rivadavia, capítulo 10)


Tenés que ser feliz, le había dicho una maestra en la escuela, no se acordaba bien si en primaria o secundaria, daba lo mismo, él sentía que su infancia se había parecido mucho a su adolescencia, porque no sentía que las etapas de la vida tuvieran una separación tan tajante, mucho menos de fácil ecuación racional. Eso, los años en la Comisaría que te tocó en condena le habían demostrado que el tiempo podía ser una concentración total de acciones, un par de gestos, un montón de mañanas iguales, atardeceres con cansancio y un anochecer que siempre se mostraba prometedor pero que terminaba cayendo derrotado por el tedio. Subrayado: tal vez sea el Sistema en su máximo esplendor. El tema sería saber quién se beneficiaba con eso, él seguro que no. Y cada tanto sucedía algún tipo de celebración, un restaurante con gastos a cargo del Ministerio de Seguridad - ¿o ya era una secretaría o un proyecto de extensión de un Estado en degradación? – para fin de año, el Ayudante y los demás empleados de la comisaría comiendo y chupando lo que nunca comían y chupaban el resto de los días, colorados y felices de poder tener al menos un par de horas de festejo a lo grande, un acceso al paraíso del consumo ilimitado por un parpadeo de tiempo, antes de volver a la supervivencia con sueldos magros que se comía el 99% de sus vidas. Aceptar eso lo irritaba. No podía sentirse feliz por ser parte de ese migajeo, esa propina que les tiraban desde arriba. ¿Por qué tenía que ser feliz cuando le subrayaban que así debía ser? La terapeuta de la policía le había insistido en que intentara hacer una lectura diferente de la situación, que probara con relajarse al menos, no hacía falta que expresara una emoción que no sentía, pero sí valía el esfuerzo de tomarse la cena de fin de año un poco más a la ligera……conformarse con el 1%.....y eso lo irritaba aún más, porque la nueva Roma te enfermaba, después te curaba a la fuerza y si no era el caso, como decía el tema de los Redondos…a la silla eléctrica…..un artefacto que solo conocía por películas muy malas de Norteamérica. Un artefacto de castigo al delincuente que había cometido un delito mayor, grave, irreparable. Un show macabro que se completaba con la presencia de un público que había sido damnificado, y que en el día de la ejecución se presentaba a ver cómo la “sociedad” representada en la institución carcelaria se vengaba homeopáticamente. Ojo por ojo. Se equivocó, que devuelva con su vida puesta en manos de un mecanismo de asesinato completamente inhumano, pero formal, racional, programado. Y no pasaba nada, la “sociedad” encontraba alivio en lo inhumano, podía seguir al otro día como si nada o peor, simulando que lo que había presenciado era un “acto de justicia”. Como creer en que el agua corriente puede transformarse en bendita por el simple hecho de que un cura le hace una seña con las manos. Magia. Magia negra. Otra vez eso de la justificación para poder seguir con…..la cena de fin de año. Dejar a todos plantados y salir al patio del restaurante a fumar un cigarrillo, algo que no hacía casi nunca, pero que siempre pensaba que quedaría bien en un policial clase B, el General del Imperio fumándose unos chinos, largos y flacos y con un humo que dibujaba esos caracteres que él no podía entender, esos signos que contenían la verdad del universo, todo lo que necesitaría para saber cómo ser feliz en esa y cualquier otro tipo de situación…..había un cuerpo mutilado, un cuerpo de un niño, no tenían ningún culpable, ninguna pista, ninguna ayuda del Ministerio, que gastaba los fondos para ofrecer una comida de fin de año para un grupo de gente que no servía para nada, solo administrar una parte de hechos que la “sociedad” no tenía que ver, o tenía que ver muy poco, o tenía que ver muy parcialmente, o tenía que ver lo que solamente se podía mostrar….un tipo condenado y fritado en una silla eléctrica. ¿Si era culpable o no? Poco importaba, para el caso es lo mismo, la “sociedad” necesita dormir bien por las noches, lo que a él nunca le salía. La “sociedad” necesita rápidamente castigar a los culpables, a algún culpable, como si en realidad se tratase de una obra de teatro, la venganza debe suceder en el último acto, hay que reestablecer el Sistema luego de quitar la manzana podrida. La última escena era él, el comisario de la Comisaría que te tocó en condena, durmiendo en paz, con la tranquilidad que la terapeuta buscaba para su psiquis. Pero no, no pasaba nunca. Los casos se sucedían, los asesinatos brutales, a veces alguien terminaba preso, otras nadie, se apilaban los cadáveres mutilados sin cobrarse derecho de autor, su cabeza se sobrecargaba, su incapacidad de reacción lo abrumaba, el pecho se sentía como una escollera……desconexión, un stent y a seguir adelante con el aplauso de sus compañeros, los mismos que seguían cenando y brindando en la celebración de año nuevo. El stent que le canalizaba el humo del cigarrillo, su mirada que se perdía en un par de luces que mostraban el patio del restaurante, un patio que era como un desierto, el desierto de Sonora, el desierto que en verdad era un mar de cadáveres mal cubiertos por coyotes con poca delicadeza carnívora. Un lugar en el que había caído, un lugar que latía al revés. El humo del cigarro viajaba hacia el horizonte, las dos estrellas de siempre en un fondo que no quería imaginar. Lo conocía. Al final había un abismo, uno con unos dientes que esperaban por destriparlo, algún día. Podía ser esa noche, la del festejo de año nuevo. Podía, pero no, había que divertirse, ¿verdad? La terapeuta decía que un día a la vez, como la canción de Lennon. Obligado a seguir el ritmo de la muerte, el ritmo estremecedor de las noches en el barrio Rivadavia.


******************dicen mil rocanroles........


**********************humildemente, Juan**********************curado y matado*******

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