En el bar (Detectives del Rivadavia, capítulo 14)


Encogido en el fondo de tabernas,

me erizo. Riego con vino mi alma y el mantel

y veo:

en un rincón – mis ojos redondos como platos –

los ojos de la Virgen se me meten en el corazón. (Maiakovski)

 

Al menos no se sentía tan solo. En esa mesa rectangular y pequeña. En ese bar semivacío por la avenida Luro, en la zona donde cae la noche más oscura, aunque no debiera porque la estación ferroautomotora está muy cerca. Pero por alguna razón esas pocas cuadras de la avenida estaban mal iluminadas. Mucha gente dormía por ahí, tirada en las veredas o en algún hotel de media estrella con escasos servicios. Un apéndice olvidado por la ciudad, un epílogo de lo que la felicidad del turismo quería ocultar. Se llega a Mar del Plata como se puede, por la puerta de atrás, se baja en la estación y a partir de ahí corre el reloj, hay que salir a descansar donde se pueda y al otro día buscar la changa que se encuentre, ver qué pasa con el verano, ver si deja alguna moneda, ver si sirve por ahí quedarse un tiempito más, por lo menos antes de que ataque el frío más intenso, ese frío de la costa que es más fuerte y peligroso que el de la montaña en el sur. Nada romántico, un frío sin final feliz, un frío que sirve para alejar a las pocas personas que quedaban del último verano. La etapa de la supervivencia cerrada. Sería alguno de esos días. El Comisario estaba cansado, lo que no era nada novedoso. Siempre estaba cansado. Era de noche, tomaba un vino “de la casa”, quiero decir el más barato, el único que podía pagar con su sueldo magro. El consuelo era ese, no se sentía solo, aunque en la mesa no había nadie más. Habían pasado los días, las semanas y después los meses desde el episodio con el Desvariado. Ya estaba totalmente recuperado de la herida del disparo, que nunca tuvo autor declarado. Sí habían encontrado el cuerpo sin vida del Desvariado, a medio enterrar en el basural de la ciudad. ¿Por qué siempre a medio enterrar? Quería creer que los animales rebuscando terminaban por desenterrar los cadáveres, pero se acordaba sin querer de lo que le habían dicho los pinches detectives de Sonora: “ya quisieras hermanito que fuera así, pero acá en la tierra de la virgencita de Guadalupe que es el mundo enterito, el hambre más feroz lo pasan los pinches seres humanos, que son capaces de cualquier cosa cuando los gobierna el hambre, pobrecitos ellos, pobrecitos nosotros” ¿Por qué hablarían con tantos diminutivos, no se lo podía explicar. Se sintió fatal, pero no solo. Tomó otro vaso de vino, un fondo blanco que le dedicó a “su compañera indeseable”, “su Malinche”. El silencio y la nada misma le respondieron. Tomaba para olvidar, uno de los motivos clásicos de los bebedores empedernidos. “En-pedo-vivos”, dijo en voz alta y se causó gracia, pero nadie le prestó atención. Los demás bebedores estaban con sus propios fantasmas, como si fuera un bar en el desierto de Sonora y no uno en el barrio de la terminal de Mar del Plata. Dos desiertos con mucha arena, uno con mar, pero los dos llenos de fantasmas. Solamente en uno la gente les prestaba debida atención. En su ciudad no, en su ciudad a la muerte no se le daba bola hasta que se aparecía en primera del singular. El Comisario ya no podía separarse de eso, de la muerte, de los fantasmas, de la Virgen de la Sangre. Su aliada, su compañera, la que lo dejaba caer pero lo terminaba levantando siempre a último momento. Y le ponía fichas, todas las fichas. “¿Quién asesinó a ese niño tan brutalmente? ¿Quién liquidó al Desvariado? ¿Quién te disparó? ¿Cuándo vas a retomar el caso, no ves que está todo conectado?” Su cara cambiaba de semblante, se tensaba, se ponía oscuro y arrugado, miraba el vaso vacío de vino, no quería seguir escuchando, no tenía respuestas, no quería respuestas. A nadie le interesaba la verdad, como en todo policial. Solamente había que ir resolviendo los casos. Para lo del chico metieron en cana al padre que ya estaba prófugo por otros asesinatos, para el Desvariado agarraron a un gitano vecino con el que se llevaban a las patadas por culpa de su insoportable insistencia con el Maligno. Para acomodar su caso establecieron que el autor del disparo había sido el Desvariado, que ya no podía defenderse. “¿Y las pruebas?” A nadie le importaban. Todo se solucionó de cara a las elecciones de medio término. Había que mostrar que la ciudad era segura, que los casos violentos se resolvían y tenían un final justo. Todos sabían que era mentira, pero la mentira es la mejor herramienta para combatir el miedo. Convencerse es más fácil que vivir con la incertidumbre, porque de qué sirve saber la verdad. De nada, se decía en soledad sin sentirse solo. La verdad sirve para volverse loco o borracho, o las dos cosas al mismo tiempo. Y en su caso, además, servía para que nadie le rompiera las pelotas en la Comisaría que te tocó en condena. Ese era el pacto, nadie lo jodía mientras se mantuviera callado, tranquilo, sin mover el avispero. Pinches cabrones, enemigos del impoluto General del Imperio. Sentía mucha vergüenza. “Deberías arrojarte sobre la espada, en un patio con cerezos” Unas lágrimas cayeron de sus ojos irritados. “No te apenes, ya no estás más solo” No quería mirar más que su vaso vacío, pero no podía evitar esa maldita voz, como en la cama del hospital. “Yo nunca voy a dejar que te vayas por el mal camino, yo nunca te voy dejar caer, yo siempre te voy levantar con mis brazos de madre misericordiosa”. Fue entonces cuando miró para el frente y arrojó el vaso contra la pared del bar, porque no había nadie más. Ante la mirada sorprendida de los pocos parroquianos que quedaban y del barman, soltó un grito amenazante, siempre en esa misma dirección. Te voy a liquidar, de alguna manera, te voy a liquidar, y así me voy a ir yo también, de una vez por todas.  


**música de fondo sugerida para el capítulo:

*******************sacó una navaja**********y lo echaron del barrrrrrrrr**********humildemente expulsado, Juan**********************

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