Un robo absurdo en un supermercado, el encarcelamiento de un capo de la mafia y un asesinato cometido durante la Segunda Guerra Mundial... ¿Encierran algo más estos casos? Para el melancólico investigador siciliano si. (Andrea Camilleri, "El perro de terracota")
Pero por mucho
que lo desees nunca te vas solamente con desearlo. Eso pasa en las películas,
en las muy malas, que por lo general cuentan con un presupuesto similar al de
los países emergentes que no emergen ni emergerán nunca porque es indispensable
que así se mantengan hundidos para poder mantener flotando a las -siempre muy
pocas- grandes naciones. Un Comisario es un ser despreciable antes de que
empiece cualquier historia. Solo puede obtener la redención muriendo
heroicamente o abandonando su labor después de denunciar toda la corrupción que
tuvo que aguantar estoicamente, hasta que su moral impoluta no dio para más.
Viejas historias, malas historias, historias como pasas de uva en estado de
putrefacción. A nadie le interesa una historia así de esta ciudad, menos de
este barrio, menos de este género y mucho menos si viene escrita. Para ser
recordable – al menos un par de semanas- debería salir la serie televisada por
la plataforma tal. Pero eso de plataforma siempre le recordaba la terminal de
micros, la -casi- siempre triste terminal de micros. Todas las horas gastadas
ahí esperando por viajar mal y con frío, por la madrugada, con el uniforme
sucio, hasta la ciudad de la costa a la que lo habían asignado por el verano,
solamente por la temporada alta, porque el gobernador y el presidente necesitan
mostrarse en cada parador costero y alguien tiene que salir de fondo con el
uniforme azul y la gorra. ¡La gorra! Ese artefacto que lo condenaba al peor de
los papeles que se le puede otorgar a un ser humano, el del ortiva, el cobani,
el dueño de la violencia homeopática autorizado por algún artículo de la
Constitución, que siempre está reformándose en los incisos que nadie atiende.
“Actuó en defensa propia” ¡siempre se dispara en defensa de la propi-edad! ¡de
la propiedad de otros! Pero él tenía que firmar, cada vez. Luego, mirar para
otro lado. Igual que cuando se le quejaban los comerciantes de la zona o algún
grupo de vecinos indignaos con la actuación policial. Cada uno tenía su
rebusque, su labor era firmar y mirar para otro lado, poner la cara para que se
la escupieran y saludar con una sonrisa prometiendo la pronta solución del
inconveniente ocasionado. Soltarle la mano al que se zarpó, de vez en cuando.
Pagar lealtad, callarse la boca en los juicios, decir poco y certero, copiar
con la voz lo que ya se había copiado en el informe dictado por el que llamaban
“el abogado del diablo”, que laburaba codo a codo con la Comisaría que te
tocó en condena. Y llegaban cada tanto esos casos en los que se podría
reivindicar, él, sus compañeros y toda la Institución. Pero jamás se resolvían,
no. Los importantes, los que de verdad contaban, nunca tenían solución justa.
Se inventaba a la larga, se tapaba a la corta, se dejaba todo cubierto con un
manto de dudas e impunidad. Impunidad, la palabra que le dolía como si le
metieran el dedo en la herida del pulmón y revolvieran. Impunidad. No lo
soportaba. “le tenés que hacer la guerra, pinche comisario” “No es un juego que
termine bien, y lo sabes bien buey” Palabras desérticas de los detectives que
nacieron en el lugar y el tiempo equivocados, pero que se adaptaron porque son
como cucarachas, y las cucarachas lo mismo pueden estar en el día de la bomba
atómica en Hiroshima, que en el desembarco inglés en Puerto Argentino, que en la
maratón de Nueva York, que en el día más sangriento de la invasión de Vietnam,
que en el Palacio de la Moneda dentro del zapato izquierdo de Allende el 11 de
septiembre, que el 3 de febrero en San Lorenzo bajo el sable –¿también corvo?-
del sargento Cabral, que en un patio sin afeitar de un monoambiente en el
barrio Rivadavia una noche de verano del año 2666. Lo mismo daba. La adaptación
es total. Su naturaleza era la misma, lo sabía. Entendía por qué los hechos se
desarrollaban como se iban desarrollando, con toda esa impunidad que para él
terminaría siendo una anécdota en pie de página. Sí, un mal trago de temporada,
un par de días pintados de negro en la agenda. Pero después se sigue, se sigue
caminando con las patas quebradas, sin pensarlo, como una cucaracha. Se ronda
la basura como si nada, se contempla a las otras cucarachas y se las ignora por
completo. Se ven sus cuerpos desmembrados y se las pasa por encima, buscando
llegar hasta un punto en el que se espera que la vida pase a ser ese final
feliz que se contaba en los cuentos de la infancia. ¿Una mentira? ¿Qué más da?
Costumbre, la herramienta perfecta para naturalizarlo todo. Esa había sido su
última frase con la terapeuta del cuerpo policial, o pensaba que debería haber
sido. Costumbre la de confesar para alivianar el peso. La culpa depositada en
el diván o en el confesionario o en la cabeza de alguien más. Pero de cada culpa
queda la cicatriz. Y jode. Y siempre aparece una que no cierra nunca, que es la
que te vuelca, la que te jubila de la vida. Él la había sufrido. Soñaba todas
las noches con el pibe, el pibe despellejado, el pibe empalado, el pibe
llorando de dolor en los brazos de la Virgen de la Sangre, esa que no lo miraba
más, que recuperaba nuevamente su expresión de misericordia apuntada a un cielo
cada vez más lejano, como indicando el camino de paz que él nunca podría tomar.
Era de noche,
volvía a su casa, hacía frío, nadie lo esperaba, sabía que tampoco podría
dormir esa madrugada, sabía que el próximo día tendría que simular en la
comisaría un turno de doce horas, que tendría que firmar papeles, que tendría
que mirar para otro lado, que tendría que festejar algún comentario misógino,
que un grupo de familiares y amigos de próxima víctima le escupirían la cara,
que él devolvería su mejor actuación de comisario: “estamos haciendo todo lo
humanamente posible para solucionar el caso”. El caso era que el comisario no
tenía solución.
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**************************humildemente**********************todavía escribiendo*************************
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