Esa última
comida, o últimas comidas, las que le eran servidas por encantadora última
enfermera que ya sabía que no debía contenerse en el trato, porque era obvio para los dos
que el intercambio obligado tardaría horas en apagarse.
Por el lado de ella, la costumbre de quien trabaja con pre-cadáveres más o menos formalmente, con un
consuelo, el de saber que esas serían sus últimas horas, era imposible
recuperarse en ese lugar, justamente inventado para enfermos como yo (él),
enfermos cuya enfermedad los abdujo al punto de que no hay vuelta atrás, el
viaje ingresa al último tramo y el final es definitivo, lo único que se puede
hacer es acompañar al pasajero hasta que su transe derive en la muer….todavía
no hacía falta hablar de eso, ¿no?, o tal vez sí pero no tan literalmente,
mejor no hablar de esa cosa, esa cosa que no quiere ser nombrada y que solo
tendrá entidad cuando él (yo) ya no esté para hacerlo, entonces será otra voz
la que ponga en presencia esa nueva ausencia final: Ausencia final y constante
a partir de ese ahora, que ya no sería nada para mí (él). Los calmantes tienen
sus malditos efectos secundarios, la cabeza empieza a desvariar, la
comida….esa muy probable última comida, que podía ser cena o almuerzo o
desayuno o merienda o un trago de agua a mitad de la noche, el tiempo es difícil de segmentar en un estado como ese (este). ¿Cuál era el sabor de una
muy probable última comida? Primero había que tener ganas de tragar, algo que
se vuelve cada vez más difícil conforme pasan las horas. Por ahí recuerdo
(recuerda) la última vez que pudo (e) tomar mates, antes de que su (mi) estado se
lo prohibiera. Por ahí se me (le) mezcla la sensación de la bombilla con la del
tubo del respirador. El mate como un respirador saborizado, como la sensación
horrible de ahogamiento que queda cuando una partícula de yerba se queda
molestando en el borde del precipicio de la garganta. El tubo del respirador
invadiendo todo ese espacio, semejando a la imposibilidad de respirar pero
permitiendo que pasara el aire, una contradicción que sabía a pronto paso a
dejar de respirar, a dejar de tomar mates porque una vida entera ya se había
ido en ese ejercicio que ahora le (me) parecía tan lejano, tan lejano como la
vida en otra parte, la vida cuando se sentía que todavía existía / era
imaginable un…..¿futuro? ¡Eso! Exactamente, el tiempo perdido, el tiempo que
todavía ofrece la esperanza de vida, el más mentiroso de todos, el que no es y
ya nunca será. Por eso sería lo de la presencia de la novela de Proust, tal
vez. ¿por qué había llevado esa novela inmensa si no tendría tiempo ni fuerza
para leerla? ¿Por lo del tiempo perdido? ¿por esa intensa esperanza que arroja
a Marcel hacia el bizcocho o galleta o magdalena – o como la quieran llamar –
en perfecto maridaje con un te y el poder hipnótico de editar los recuerdos, montarlos,
hacerlos funcionar como si estuviesen sucediendo una vez más pero inmortales,
proyectándolos hacia un futuro en el que nada y nadie espera, un futuro que es
el no-tiempo, el lado oscuro del tiempo, de su (mi) tiempo. Caminar por esos
lugares que ya no están con las personas que ya no existen más, para hacerlos
eternos en el futuro de la lectura, pero ya a cargo de alguien más. Tal vez eso quería (quiero). Leer en la
novela de Proust una inmortalidad que me (le) ofrezca un consuelo. Nada de
biblias ni textos filosóficos o psicológicos sobre cómo enfrentar a la muer...a la palabra innombrable por ahora. O
a lo mejor sí, elegir el mejor texto religioso-filosófico-psicológico para
hacerle frente a esas seguras últimas horas: En busca del tiempo perdido. Y
mientras lee (leo) esa angustia del pequeño Marcel que espera el beso de las
buenas noches que su madre no le dará, el fondo debería ser de música clásica, sinfónico, sentimental, lastimera, llorona ¿no? No, por supuesto que no. Una guitarra más, un guitarrista más, una
guitarrista que nunca pudo (pude) aceptar muerta, pero que murió a los pocos
días de haberla visto en un escenario, un triste día de invierno. Una guitarrista que debería tocar
mientras se (me) prepara (preparo) para la que casi seguro será la última cena.
Sí, pienso (piensa), la última comida debe ser necesariamente la de la noche,
por peso histórico, porque después de eso viene el beso de una persona que es
la que siempre traiciona en el momento justo. La persona que está al lado del Próximo-a-convertirse-en-cadáver. Esa persona capaz de señalar a la parca sin
necesidad de que le ofrezcan monedas de plata a cambio. El que carga la bala de
plata. El que está encargado de colocar la insignia para que El-ya-una-vez-llegado-al-momento, cruce al otro lado del río, más allá de la vida, más acá de la muer……Todavía
no, no hace falta. Las cosas se irán nombrando con el paso de las horas, y será
su (mi) última vez. Todo sucediendo al mismo tiempo para irse borrando hasta
que no pueda pensar en nada. Ni una nota al pie, ni un epílogo. Nada. Ya no en busca del
tiempo perdido, porque sin sujeto nadie puede llevar la acción, es en vano.
Regla de la ortografía, regla de la vida. Todavía y para el futuro en las
páginas de quien lo escribió todo mejor que nadie. No era su (mi) caso. Eso
sería el vómito de un neurótico más. Un lector-neurótico. Uno que se llevó el
mejor libro de todos para alcanzar el final. No un final feliz. Un final nomás.
Un final sin punto, porque nadie puede terminar antes de tiempo, y cuando llega
el tiempo, cuando llegue el tiempo ¿quién puede / podría estar preparado?
*Final sin punto con la guitarrista de fondo...
*************************humildemente, Juan******************extrañando cada vez más**************a todas esas personas que no suenan más**************por allá**********por acá*******