miércoles, 23 de noviembre de 2022

Algo del mundial


La cosa es más simple de lo que parece, ojo. Si uno se encuentra encerrado en un cuarto ciego, con solo una puerta como abertura, y tiene que decidir cómo escapar de ahí, ¿cuál sería la forma adecuada? Una pregunta que la China dejaba picando, como la pelota que había ingresado a espaldas del arquero de la selección Argentina. El Yo que dice yo, más atento a la desazón mundialista que al acertijo, insinuó que lo que había que hacer era voltear la puerta de una buena patada, esa misma que le hubiese dado al diez de Arabia Saudita para evitar el gol de la derrota. Pero no era una buena respuesta, estaba seguro. Porque todos sabemos cuando respondemos justamente lo que no se debe responder. Entonces Scardanelli, tomando la botella de cerveza en un horario que no parecía adecuado pero que venía bárbaro como desayuno nutritivo made in Barrio Rivadavia, expuso la teoría metafísica por la cual en realidad no hacía falta salir de ningún cuarto cerrado, porque no había cuarto al no haber sujeto, o porque al haber sujeto era imposible cualquier tipo de escape. Cosas de sujetos sujetados, y cierres cerrados que no vale la pena romper. Como le estaba pasando a todos los jugadores argentinos, las cartas estaban dadas y era imposible ir en contra del destino, si el partido mostraba la derrota como predicativo, ¿para qué intentar algo en su contra?. Nada se puede hacer contra la moira griega o destino romano. Mucho mejor seguir la corriente del aire acondicionado de los estadios cataríes y ser el perdedor que se está planteando, llevado en alfombra mágica marca Aladín. La China tomó su trago de cerveza, un poco aburrida de ver un partido más de un juego inglés que no entendía por qué le gustaba tanto a tanta gente, y mirando a los otros dos les dijo que la respuesta más acertada era la obvia. Para salir de un cuarto cerrado por una puerta hay que girar el picaporte. En caso de estar la puerta cerrada, más vale intentar con la llave correspondiente, porque la respuesta muchas veces es la más lógica, directa y sencilla. Todo lo demás, corresponde a esa inclinación ficcional que tienen todas las cabezas y corazones de los seres humanos. Y por eso es que hay tanta exageración alrededor de cualquier partido de ese juego inglés, que vaya a saber por qué impactaba tanto en el barrio. ¿Y dónde estaba la clave para mantenerse al margen de tanta locura futbolera? Tal vez las selecciones que hacían gestos para repudiar la violación constante de los derechos humanos en Catar saben a poco y nada, porque mucho mejor sería que no participaran del show, sino ¿qué impacto tienen un himno no cantado o un gesto a la cámara?. Si después se sigue jugando como si nada: ninguno. Pero los actos revolucionarios bajaron su intensidad y hay que resignarse. Ahora había selecciones de países piratas que se dedicaban a protestar por lo que sucedía en otras latitudes, ignorando las atrocidades cometidas por su propia monarquía. Todo eso llevaba al consuelo, ya que los tres amigos estaban en una situación más que complicada: encerrados en una piecita de Francia y Garay, a las ocho y media de la mañana de un martes, desayunando una cerveza tibia, mirando la derrota de la selección que representaba a su país en el mundial masculino del deporte inglés más popular de la cuadra. Parecían estar encerrados en ese cuarto, con una salida lógica que no se les aparecía por ninguna parte...

...En eso termina el partido, el árbitro – que parece que tiene un prontuario gigantesco de canalladas cometidas en su país natal – señala la mitad de la cancha, los jugadores argentinos caen al suelo desconsolados y los saudíes caen con sus frentes hacia la tierra para cumplir con el ritual de la religión que profesan, porque saben que su Dios atiende a pocas cuadras de la cancha y los ha escuchado y visto, por lo menos hasta el minuto treinta del segundo tiempo. Los tres amigos se miran como preguntándose y ahora qué, cómo arrancar un día después de todo ese ritual que los había dejado peor que al principio. Lo mejor sería ir en busca de alguna pista para resolver el crimen más perfecto de todos: la construcción de esos rituales, esos espacios, que nos inventamos y que no nos hacen para nada bien, pero que son tentadores. Porque sí, qué se yo, parecería un buen plan, compartir algo con amigos, como la Navidad, el Año nuevo cristiano o la conmemoración de una batalla en la que murieron unos cuantos de miles de personas para poner un mojón divisorio en un territorio que en verdad nadie quiere. ¿Y a qué dioses le rezarían sus jugadores? Por el barrio Rivadavia, no parecía haber huella de ninguno, o de ninguna. ¿Sería posible un pedazo de tierra sin dioses, sin diosas? A Scardanelli la idea no le interesaba demasiado, para su lógica materialista la pregunta carecía de sentido. Una ilusión óptica más, la idea de cualquier dios, cualquier diosa. Y por ahí por eso se habían perdido tantas cosas por el barrio, pensó la China. Rezar al dios o la diosa correcto sería fundamental para el buen desempeño de la economía, ¿verdad?. Claro, esa misma mañana había debutado el nuevo plan para congelar los precios de las cosas en los supermercados, y la China sabía que en el laburo iba a ser todo muy jodido, y que la idea era otra buena intención sin eficacia, como los centros del "huevo" Acuña. El Yo que dice yo miró hacia la puerta, sonriendo. ¿Estará abierta? "Qué ganas de pegarle una buena patada, ¿no?". Pensaron lo mismo los tres, pero no lo dijeron. Porque una cosa es lo adecuado, y otra muy distinta lo posible. 

 

 ***Y para seguir con la fiebre mundialera, nada mejor que una música como esta:

********************Humildemente, Juan*********de noche y de día*************


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