Tenés que ser
feliz, le había dicho una maestra en la escuela, no se acordaba bien si en
primaria o secundaria, daba lo mismo, él sentía que su infancia se había
parecido mucho a su adolescencia, porque no sentía que las etapas de la vida
tuvieran una separación tan tajante, mucho menos de fácil ecuación racional.
Eso, los años en la Comisaría que te tocó en condena le habían
demostrado que el tiempo podía ser una concentración total de acciones, un par
de gestos, un montón de mañanas iguales, atardeceres con cansancio y un
anochecer que siempre se mostraba prometedor pero que terminaba cayendo
derrotado por el tedio. Subrayado: tal vez sea el Sistema en su máximo
esplendor. El tema sería saber quién se beneficiaba con eso, él seguro que no.
Y cada tanto sucedía algún tipo de celebración, un restaurante con gastos a
cargo del Ministerio de Seguridad - ¿o ya era una secretaría o un proyecto de
extensión de un Estado en degradación? – para fin de año, el Ayudante y los
demás empleados de la comisaría comiendo y chupando lo que nunca comían y
chupaban el resto de los días, colorados y felices de poder tener al menos un par
de horas de festejo a lo grande, un acceso al paraíso del consumo ilimitado por
un parpadeo de tiempo, antes de volver a la supervivencia con sueldos magros
que se comía el 99% de sus vidas. Aceptar eso lo irritaba. No podía sentirse
feliz por ser parte de ese migajeo, esa propina que les tiraban desde arriba.
¿Por qué tenía que ser feliz cuando le subrayaban que así debía ser? La
terapeuta de la policía le había insistido en que intentara hacer una lectura
diferente de la situación, que probara con relajarse al menos, no hacía falta
que expresara una emoción que no sentía, pero sí valía el esfuerzo de tomarse
la cena de fin de año un poco más a la ligera……conformarse con el 1%.....y eso
lo irritaba aún más, porque la nueva Roma te enfermaba, después te curaba a la
fuerza y si no era el caso, como decía el tema de los Redondos…a la silla
eléctrica…..un artefacto que solo conocía por películas muy malas de Norteamérica.
Un artefacto de castigo al delincuente que había cometido un delito mayor,
grave, irreparable. Un show macabro que se completaba con la presencia de un
público que había sido damnificado, y que en el día de la ejecución se
presentaba a ver cómo la “sociedad” representada en la institución carcelaria
se vengaba homeopáticamente. Ojo por ojo. Se equivocó, que devuelva con su vida
puesta en manos de un mecanismo de asesinato completamente inhumano, pero
formal, racional, programado. Y no pasaba nada, la “sociedad” encontraba alivio
en lo inhumano, podía seguir al otro día como si nada o peor, simulando que lo
que había presenciado era un “acto de justicia”. Como creer en que el agua
corriente puede transformarse en bendita por el simple hecho de que un cura le
hace una seña con las manos. Magia. Magia negra. Otra vez eso de la
justificación para poder seguir con…..la cena de fin de año. Dejar a todos
plantados y salir al patio del restaurante a fumar un cigarrillo, algo que no
hacía casi nunca, pero que siempre pensaba que quedaría bien en un policial
clase B, el General del Imperio fumándose unos chinos, largos y flacos y con un
humo que dibujaba esos caracteres que él no podía entender, esos signos que
contenían la verdad del universo, todo lo que necesitaría para saber cómo ser
feliz en esa y cualquier otro tipo de situación…..había un cuerpo mutilado, un
cuerpo de un niño, no tenían ningún culpable, ninguna pista, ninguna ayuda del
Ministerio, que gastaba los fondos para ofrecer una comida de fin de año para
un grupo de gente que no servía para nada, solo administrar una parte de hechos
que la “sociedad” no tenía que ver, o tenía que ver muy poco, o tenía que ver
muy parcialmente, o tenía que ver lo que solamente se podía mostrar….un tipo
condenado y fritado en una silla eléctrica. ¿Si era culpable o no? Poco
importaba, para el caso es lo mismo, la “sociedad” necesita dormir bien por las
noches, lo que a él nunca le salía. La “sociedad” necesita rápidamente castigar
a los culpables, a algún culpable, como si en realidad se tratase de una obra
de teatro, la venganza debe suceder en el último acto, hay que reestablecer el Sistema
luego de quitar la manzana podrida. La última escena era él, el comisario de la
Comisaría que te tocó en condena, durmiendo en paz, con la tranquilidad que
la terapeuta buscaba para su psiquis. Pero no, no pasaba nunca. Los casos se
sucedían, los asesinatos brutales, a veces alguien terminaba preso, otras
nadie, se apilaban los cadáveres mutilados sin cobrarse derecho de autor, su
cabeza se sobrecargaba, su incapacidad de reacción lo abrumaba, el pecho se
sentía como una escollera……desconexión, un stent y a seguir adelante con el
aplauso de sus compañeros, los mismos que seguían cenando y brindando en la
celebración de año nuevo. El stent que le canalizaba el humo del cigarrillo, su
mirada que se perdía en un par de luces que mostraban el patio del restaurante,
un patio que era como un desierto, el desierto de Sonora, el desierto que en
verdad era un mar de cadáveres mal cubiertos por coyotes con poca delicadeza
carnívora. Un lugar en el que había caído, un lugar que latía al revés. El humo
del cigarro viajaba hacia el horizonte, las dos estrellas de siempre en un
fondo que no quería imaginar. Lo conocía. Al final había un abismo, uno con
unos dientes que esperaban por destriparlo, algún día. Podía ser esa noche, la
del festejo de año nuevo. Podía, pero no, había que divertirse, ¿verdad? La
terapeuta decía que un día a la vez, como la canción de Lennon. Obligado a
seguir el ritmo de la muerte, el ritmo estremecedor de las noches en el barrio
Rivadavia.
******************dicen mil rocanroles........
**********************humildemente, Juan**********************curado y matado*******
