La partera y la pujante (Detectives del Rivadavia, capítulo 12)


Con el filo de la noche

a punto de cortarles la yugular…

…El General del Imperio contempla la masacre en Ciudad Prohibida. Decenas de chinos mutilados, cuerpos destrozados, separados por guiones o comas o puntos y seguido de manufactura occidental, algo completamente incomprensible para el General, que queda absorto en una mano con sus dedos aplastados, alejada del resto de pedazos de cadáveres debidamente asesinados. La mano aplastada, una mano que intentó dejar un rastro, agarrarse al tobillo de su asesino. Una mano despreciada sobre el final del final. Un océano de sangre que marcará el fin de una era y el comienzo de otra peor, porque la partera de la Historia es esa Virgen de la Sangre, la imagen de una mujer con velo mirando sin pasión sobre todo un coro de plañideras que despiden al niño brutalmente muerto. Pero ella no, ella, la madre de occidente, la misericordiosa, no llora. Y si llora solamente es porque rebalsa sangre, sangre de miles de inocentes que la acompañan en cada una de sus apariciones, en pinturas, poemas, libros sacralizados por monjes pederastas. Era el fin de la Ciudad, era el fin del Emperador, era su fin. No hacía falta un proceso, una pesquisa, la presentación de pruebas. Se sabía culpable. El máximo culpable de no haber evitado la brutalidad en su territorio. La peor de las vergüenzas, vivir con eso le resultaba imposible. Su final ya estaba dictado. El Emperador que hiciera lo que quisiera, para el caso daba lo mismo, pero él sí que debía desaparecer de la faz de la tierra de la manera más deshonrosa. Ser borrado de la vida por sus propias manos, ser debidamente ignorado por la Historia. Que lo hiciera rehén para toda la eternidad esa Virgen occidental, esa falsa misericordiosa, esa mujer de ojos sangrantes, esa devoradora de almas en pena, de espíritus inocentes. Entregaba sus armas, su moral. Aquel pilar con el que había llegado a ocupar el cargo más importante que alguien de su clase hubiese imaginado. Traición al pueblo chino, traición a sus horas más fantásticas, a sus dragones voladores, a la imaginación máxima capaz de crear la Gran Muralla y esa Ciudad impenetrable. Pero todo se desmoronaba en esa escena, en esos cuerpos mutilados, cientos de ellos. No pudo llorar. Tomó coraje para no vomitar y se retiró al jardín imperial. Allí, entre los cerezos en flor, se arrodilló y colocó su espada delante, apoyando el mango en el césped. Luego tomó impulso y se lanzó de frente contra el filo, que lo atravesó a la altura de la boca del estómago. Cayó de costado y se fue desangrando, hasta que los cerezos se tiñeron de rojo sangre por acción del viento. Su mueca final fue de cierta decepción, consideraba que su final no tenía derecho a contar con un telón de fondo tan hermoso. Pero así fue, así sucedió. Los cadáveres son insoportables cuando se presentan en manada. De a uno en vez, se pueden ir procesando, era esperable en el oficio. Luego la investigación, la búsqueda de justicia. Pero cuando la brutalidad aparece toda junta, no hay manera de soportarlo. Fueron pasando los años, los siglos, las dinastías se sucedieron más o menos ordenadamente. Nunca más se habló del General del Imperio. Nunca más se dijo nada sobre la masacre en Ciudad Prohibida. Cientos de cuerpos desmembrados olvidados por la Historia. Cientos de espíritus apresados en un acto impune, dando vueltas por el aire, tomando cada rama de cada cerezo a punto de florecer. Y el silencio atroz de los que saben pero no pueden decir. Lenguas endiabladas, conjuradas por aquella presencia sangrienta de la Misericordiosa, la madre de todas las matanzas, la que ahora vuela en dirección al desierto de Sonora, para regar con su líquido rojo las grietas de la tierra seca. La Misericordiosa que después vuela hacia el sur, bien al sur. Y llega justo a la cita en el barrio Rivadavia. Otra muerte insoportable, pero concentrando toda la brutalidad en una sola víctima, en una de las más inocentes de la Historia. La partera y la pujante. Ambas convencidas de que se avanza con sangre, se pare con dolor, siempre. Confabuladas en que se necesita la cara de sorpresa de alguien que creía haberlo visto todo. Ese General de un imperio en decadencia, esos pinches detectives del desierto, ese pobre comisario de la Comisaría que te tocó en condena. ¡Qué bien sonaba ese nombre! La condena. El testigo de ese parto sangriento, de ese nuevo asesinato que continúa una serie que se expande, que no tiene vuelta atrás, que busca mostrarse como confirmación de que los dioses inventados por el Hombre son unos sádicos como ellos. Ellas, la partera y la pujante, la Misericordiosa y la Historia, la sangre y su sangre, mutilando y despellejando, abriendo los ojos de quienes van a testificar en un nuevo testamento, con el nombre que quieran, con las lágrimas en suspenso, con las noches sin dormir, con la falsa ilusión de justicia, con una realidad imposible de aceptar. Pero aceptando lo inevitable. No se puede vivir con esas imágenes en la cabeza, en el alma. La serie indica el camino del final. Tiene que ser una ciudad en ruinas, tiene que tener un jardín más o menos ordenado, tiene que haber algún árbol frutal a punto de florecer. Completar la serie. Un arma que se dispara en la tarde. Mucha sangre tiñiendo el horizonte, pintando los labios sonrientes de la Piadosa Madre de la Sangre. Un vuelo hacia otro continente, una cadena de plegarias que conducen a la próxima mutilación. El General no se levantó más, su espíritu se hundió en la última tarde Imperial. En Sonora las cosas continuaron con la monotonía del viento del desierto, entre mezcal y olvido. El barrio Rivadavia todavía latía. El comisario no reaccionaba, solo sangraba en el piso. No esperaba un milagro, sabía perfectamente que los milagros eran peor que la realidad desesperanzada. No esperaba nada, pero por algún motivo que no sabía discernir y explicar, seguía ahí.


******como que la escena de la muerte del General Imperial viene con esta música de fondo, no hay otra posible:

***************************humildemente y llorando por esa escena con esa música, Juan*****************************

La Virgen de Las Rocas (Detectives del Rivadavia, capítulo 11)


Recuerdo las caras demacradas,

el golpe de lo real sobre el asfalto,

el material del que se hacen los muertos,

los caprichos de la mujer

que maneja las situaciones,

mis quejas esparcidas al viento,

el llanto de los abismados,

la sed de revancha,

la copa que no se llena,

el cardo amaneciendo,

los cadáveres empolvados

sobre archivos

y la risa de las hienas

inaugurando su verano.

 

Personajes que no podrían pisar Ciudad Prohibida. No se aceptan manchas tan grandes. La Virgen de las rocas, que se ponen de pie y en mayúsculas, Las Rocas, porque dejan de ser cualquier cosa por obra y gracia de la dadora de fatalidades. Ocupando el centro de todas las escenas. Encerrada bajo la sombra de las estalactitas siempre grises, siempre a punto de caerse del cuadro. Los niños tienen la forma del Dios pero no pueden terminar de defenderse como es debido, el sátiro destino los apuñala por la espalda. Ellos quedan sonriendo destellos de luz hacia los ojos traidores de la que maneja las situaciones. La misma que acorrala a los detectives del Barrio Rivadavia en todas sus encrucijadas. Llorar, emborracharse a lo tijuanense, mirar a la Virgen y sentir que las agudas Rocas caen hiriendo los cuerpos de muerte…pero no morir, seguir con la maldita sensación de que se puede vivir por siempre con ese sufrimiento, el caso jamás resuelto, los ojos inyectados de ira de las madres sin sus retoños, con sus jacintos sin florecer en brazos, la mirada del espanto y la culpa y la sed de venganza contra las gargantas cerradas y secas de unos lastimeros detectives incompetentes, que no pueden sobrevivir al mar, que no saben de los peligros del amor, la muerte, el aire en pulmones pequeños, la muerte…El sueño colectivo de los condenados por inoperancia, la Virgen de Las Rocas levanta su mirada y señala sin querer el camino del fondo, un camino falsamente iluminado, el camino del oprobio, el descanso final para quienes no pudieron llegar a tiempo y debían.

El General del Imperio se fuma unos largos en las escalinatas de la recámara del Emperador. No hay nada que hacer, por lo menos esa tarde. Los acontecimientos que intuyó se sucederán en el futuro. Quienes vivieron miles de años saben todos los caminos del futuro, todas las esquinas que nacerán para terminar las noches de miles de almas en próximo sufrimiento. Ciudad Prohibida comienza a expandirse en el año 999 Antes de la Virgen de Las Rocas, como el fuego sangriento desde la boca del dragón, el fuego que dejará las cenizas de las civilizaciones venideras y todos sus trabajos y sus pesados días.

Se despierta en medio de cables, tubos, máquinas. Algo le impide hablar, una presión en la garganta que increíblemente no lo asfixia, por el contrario, es lo que parece darle el oxígeno más puro que aspiraron sus pulmones en décadas de vida inútil. No siente nada de su cuerpo, no puede hacer reaccionar ninguna de sus extremidades. Protagoniza una escena que conoce a la perfección, aunque nunca había estado desde ese lado. No la ve, pero la intuye. Su única compañera, la única que lo va a buscar en esa situación final. Se siente el aire como si se filtrara por Las Rocas, esas rocas mayúsculas. Ella es todo misericordia y piedad en sus ojos. No parece quedarle lujuria, no se tiene esa intención en un momento así. No la ve, pero la intuye. La culpable de todos sus males y la única que lo ama todavía. Su hijo, su padre, su amante. Las coordenadas necesarias para lograr establecer un argumento aceptable en una vida corriente más, en una vida baldía. Ella extendiendo su misericordia a través de sus ciclotímicos brazos. A veces mortales, otras dadores de vida, a veces vengadores, a veces piadosos. Siente que ahora la necesita más que nunca, no tanto para conseguir el perdón final de sus pecados y así irse yendo en paz. Lo que necesita de ella es la verdad. Una verdad como la sangre que derramó mientras se paseaba vendiendo perdones por el Barrio Rivadavia, por esa su Comisaría que te tocó en condena. Tantas veces tuvo la sensación de que estaba cerca, de que podía llegar a ella, de que podía apresarla para un interrogatorio que lo exculparía de todos los males. Al final del camino, él también necesitaba creer en algo, darle sentido a todos esos asesinatos, a ese cuerpo del pendejo, a esas miradas de las madres que nunca lo perdonarían, que siempre lo condenarían al peor de los infiernos, un círculo que ni Dante pudo imaginar. El círculo de la Virgen de la sangre, una esfera sanguinaria llena de cuerpos mutilados flotando sobre líquido rojo hirviente. Y él allí mirando por toda la eternidad, siendo el protagonista del peor de los castigos. Ahora estaba a su lado, en una versión inmaculada, en una versión de madre-abuela. Era la representación de todas las personas que lo habían estimado en su vida. No sentía el odio de siempre hacia su presencia asesina. Ese era el engaño del peor de los asesinos, no poderlo percibir al momento del castigo. Estaba escrito en sus ojos, en sus gestos, en sus expresiones. Perdonar para ser amado. Misericordia. A fin de cuentas, todos estarán sentados a la mesa de la Virgen y el resto de sus parientes. Aunque no pudo percibirlo, lloró. La Virgen de la sangre lo tomó con sus brazos, comenzó a elevarlo. Eso fue lo que pensaba, eso fue lo que imaginó.

Alguien le había disparado al Comisario, lo que causó que su cuerpo entrara en shock. Lo habían rescatado a tiempo, aunque todavía no podía respirar por sus propios medios. Ahora lo levantaban para sacarlo de la sala de cuidados intensivos. Comenzaba su lenta recuperación. Tendría que digerir todo lo experimentado. Tendría que volver sobre sus pasos esa noche. Tendría que hacer memoria. Pero sabía que había llegado a la culpable de todo el relato que habilitaba las injusticias y los asesinatos más brutales que lo tenían atrapado. Había estado tan cerca….

La Virgen de Las Rocas siguió su camino por las esquinas oscuras del Barrio Rivadavia, esa misma noche en la que el Comisario comenzaba a resucitar.


********música sugerida:

**********************humildemente, Scardanelli*******************buscando más referencias*******

La cena de fin de año (Detectives del Rivadavia, capítulo 10)


Tenés que ser feliz, le había dicho una maestra en la escuela, no se acordaba bien si en primaria o secundaria, daba lo mismo, él sentía que su infancia se había parecido mucho a su adolescencia, porque no sentía que las etapas de la vida tuvieran una separación tan tajante, mucho menos de fácil ecuación racional. Eso, los años en la Comisaría que te tocó en condena le habían demostrado que el tiempo podía ser una concentración total de acciones, un par de gestos, un montón de mañanas iguales, atardeceres con cansancio y un anochecer que siempre se mostraba prometedor pero que terminaba cayendo derrotado por el tedio. Subrayado: tal vez sea el Sistema en su máximo esplendor. El tema sería saber quién se beneficiaba con eso, él seguro que no. Y cada tanto sucedía algún tipo de celebración, un restaurante con gastos a cargo del Ministerio de Seguridad - ¿o ya era una secretaría o un proyecto de extensión de un Estado en degradación? – para fin de año, el Ayudante y los demás empleados de la comisaría comiendo y chupando lo que nunca comían y chupaban el resto de los días, colorados y felices de poder tener al menos un par de horas de festejo a lo grande, un acceso al paraíso del consumo ilimitado por un parpadeo de tiempo, antes de volver a la supervivencia con sueldos magros que se comía el 99% de sus vidas. Aceptar eso lo irritaba. No podía sentirse feliz por ser parte de ese migajeo, esa propina que les tiraban desde arriba. ¿Por qué tenía que ser feliz cuando le subrayaban que así debía ser? La terapeuta de la policía le había insistido en que intentara hacer una lectura diferente de la situación, que probara con relajarse al menos, no hacía falta que expresara una emoción que no sentía, pero sí valía el esfuerzo de tomarse la cena de fin de año un poco más a la ligera……conformarse con el 1%.....y eso lo irritaba aún más, porque la nueva Roma te enfermaba, después te curaba a la fuerza y si no era el caso, como decía el tema de los Redondos…a la silla eléctrica…..un artefacto que solo conocía por películas muy malas de Norteamérica. Un artefacto de castigo al delincuente que había cometido un delito mayor, grave, irreparable. Un show macabro que se completaba con la presencia de un público que había sido damnificado, y que en el día de la ejecución se presentaba a ver cómo la “sociedad” representada en la institución carcelaria se vengaba homeopáticamente. Ojo por ojo. Se equivocó, que devuelva con su vida puesta en manos de un mecanismo de asesinato completamente inhumano, pero formal, racional, programado. Y no pasaba nada, la “sociedad” encontraba alivio en lo inhumano, podía seguir al otro día como si nada o peor, simulando que lo que había presenciado era un “acto de justicia”. Como creer en que el agua corriente puede transformarse en bendita por el simple hecho de que un cura le hace una seña con las manos. Magia. Magia negra. Otra vez eso de la justificación para poder seguir con…..la cena de fin de año. Dejar a todos plantados y salir al patio del restaurante a fumar un cigarrillo, algo que no hacía casi nunca, pero que siempre pensaba que quedaría bien en un policial clase B, el General del Imperio fumándose unos chinos, largos y flacos y con un humo que dibujaba esos caracteres que él no podía entender, esos signos que contenían la verdad del universo, todo lo que necesitaría para saber cómo ser feliz en esa y cualquier otro tipo de situación…..había un cuerpo mutilado, un cuerpo de un niño, no tenían ningún culpable, ninguna pista, ninguna ayuda del Ministerio, que gastaba los fondos para ofrecer una comida de fin de año para un grupo de gente que no servía para nada, solo administrar una parte de hechos que la “sociedad” no tenía que ver, o tenía que ver muy poco, o tenía que ver muy parcialmente, o tenía que ver lo que solamente se podía mostrar….un tipo condenado y fritado en una silla eléctrica. ¿Si era culpable o no? Poco importaba, para el caso es lo mismo, la “sociedad” necesita dormir bien por las noches, lo que a él nunca le salía. La “sociedad” necesita rápidamente castigar a los culpables, a algún culpable, como si en realidad se tratase de una obra de teatro, la venganza debe suceder en el último acto, hay que reestablecer el Sistema luego de quitar la manzana podrida. La última escena era él, el comisario de la Comisaría que te tocó en condena, durmiendo en paz, con la tranquilidad que la terapeuta buscaba para su psiquis. Pero no, no pasaba nunca. Los casos se sucedían, los asesinatos brutales, a veces alguien terminaba preso, otras nadie, se apilaban los cadáveres mutilados sin cobrarse derecho de autor, su cabeza se sobrecargaba, su incapacidad de reacción lo abrumaba, el pecho se sentía como una escollera……desconexión, un stent y a seguir adelante con el aplauso de sus compañeros, los mismos que seguían cenando y brindando en la celebración de año nuevo. El stent que le canalizaba el humo del cigarrillo, su mirada que se perdía en un par de luces que mostraban el patio del restaurante, un patio que era como un desierto, el desierto de Sonora, el desierto que en verdad era un mar de cadáveres mal cubiertos por coyotes con poca delicadeza carnívora. Un lugar en el que había caído, un lugar que latía al revés. El humo del cigarro viajaba hacia el horizonte, las dos estrellas de siempre en un fondo que no quería imaginar. Lo conocía. Al final había un abismo, uno con unos dientes que esperaban por destriparlo, algún día. Podía ser esa noche, la del festejo de año nuevo. Podía, pero no, había que divertirse, ¿verdad? La terapeuta decía que un día a la vez, como la canción de Lennon. Obligado a seguir el ritmo de la muerte, el ritmo estremecedor de las noches en el barrio Rivadavia.


******************dicen mil rocanroles........


**********************humildemente, Juan**********************curado y matado*******

Una tarde en la Comisaría que te tocó en condena (Detectives del Rivadavia, capítulo 16)

No te rindas nunca porque eso no es propio de un ser honrado. Antes de entregar los ideales es preferible morir por acción del propio sable....