En el bar (Detectives del Rivadavia, capítulo 14)


Encogido en el fondo de tabernas,

me erizo. Riego con vino mi alma y el mantel

y veo:

en un rincón – mis ojos redondos como platos –

los ojos de la Virgen se me meten en el corazón. (Maiakovski)

 

Al menos no se sentía tan solo. En esa mesa rectangular y pequeña. En ese bar semivacío por la avenida Luro, en la zona donde cae la noche más oscura, aunque no debiera porque la estación ferroautomotora está muy cerca. Pero por alguna razón esas pocas cuadras de la avenida estaban mal iluminadas. Mucha gente dormía por ahí, tirada en las veredas o en algún hotel de media estrella con escasos servicios. Un apéndice olvidado por la ciudad, un epílogo de lo que la felicidad del turismo quería ocultar. Se llega a Mar del Plata como se puede, por la puerta de atrás, se baja en la estación y a partir de ahí corre el reloj, hay que salir a descansar donde se pueda y al otro día buscar la changa que se encuentre, ver qué pasa con el verano, ver si deja alguna moneda, ver si sirve por ahí quedarse un tiempito más, por lo menos antes de que ataque el frío más intenso, ese frío de la costa que es más fuerte y peligroso que el de la montaña en el sur. Nada romántico, un frío sin final feliz, un frío que sirve para alejar a las pocas personas que quedaban del último verano. La etapa de la supervivencia cerrada. Sería alguno de esos días. El Comisario estaba cansado, lo que no era nada novedoso. Siempre estaba cansado. Era de noche, tomaba un vino “de la casa”, quiero decir el más barato, el único que podía pagar con su sueldo magro. El consuelo era ese, no se sentía solo, aunque en la mesa no había nadie más. Habían pasado los días, las semanas y después los meses desde el episodio con el Desvariado. Ya estaba totalmente recuperado de la herida del disparo, que nunca tuvo autor declarado. Sí habían encontrado el cuerpo sin vida del Desvariado, a medio enterrar en el basural de la ciudad. ¿Por qué siempre a medio enterrar? Quería creer que los animales rebuscando terminaban por desenterrar los cadáveres, pero se acordaba sin querer de lo que le habían dicho los pinches detectives de Sonora: “ya quisieras hermanito que fuera así, pero acá en la tierra de la virgencita de Guadalupe que es el mundo enterito, el hambre más feroz lo pasan los pinches seres humanos, que son capaces de cualquier cosa cuando los gobierna el hambre, pobrecitos ellos, pobrecitos nosotros” ¿Por qué hablarían con tantos diminutivos, no se lo podía explicar. Se sintió fatal, pero no solo. Tomó otro vaso de vino, un fondo blanco que le dedicó a “su compañera indeseable”, “su Malinche”. El silencio y la nada misma le respondieron. Tomaba para olvidar, uno de los motivos clásicos de los bebedores empedernidos. “En-pedo-vivos”, dijo en voz alta y se causó gracia, pero nadie le prestó atención. Los demás bebedores estaban con sus propios fantasmas, como si fuera un bar en el desierto de Sonora y no uno en el barrio de la terminal de Mar del Plata. Dos desiertos con mucha arena, uno con mar, pero los dos llenos de fantasmas. Solamente en uno la gente les prestaba debida atención. En su ciudad no, en su ciudad a la muerte no se le daba bola hasta que se aparecía en primera del singular. El Comisario ya no podía separarse de eso, de la muerte, de los fantasmas, de la Virgen de la Sangre. Su aliada, su compañera, la que lo dejaba caer pero lo terminaba levantando siempre a último momento. Y le ponía fichas, todas las fichas. “¿Quién asesinó a ese niño tan brutalmente? ¿Quién liquidó al Desvariado? ¿Quién te disparó? ¿Cuándo vas a retomar el caso, no ves que está todo conectado?” Su cara cambiaba de semblante, se tensaba, se ponía oscuro y arrugado, miraba el vaso vacío de vino, no quería seguir escuchando, no tenía respuestas, no quería respuestas. A nadie le interesaba la verdad, como en todo policial. Solamente había que ir resolviendo los casos. Para lo del chico metieron en cana al padre que ya estaba prófugo por otros asesinatos, para el Desvariado agarraron a un gitano vecino con el que se llevaban a las patadas por culpa de su insoportable insistencia con el Maligno. Para acomodar su caso establecieron que el autor del disparo había sido el Desvariado, que ya no podía defenderse. “¿Y las pruebas?” A nadie le importaban. Todo se solucionó de cara a las elecciones de medio término. Había que mostrar que la ciudad era segura, que los casos violentos se resolvían y tenían un final justo. Todos sabían que era mentira, pero la mentira es la mejor herramienta para combatir el miedo. Convencerse es más fácil que vivir con la incertidumbre, porque de qué sirve saber la verdad. De nada, se decía en soledad sin sentirse solo. La verdad sirve para volverse loco o borracho, o las dos cosas al mismo tiempo. Y en su caso, además, servía para que nadie le rompiera las pelotas en la Comisaría que te tocó en condena. Ese era el pacto, nadie lo jodía mientras se mantuviera callado, tranquilo, sin mover el avispero. Pinches cabrones, enemigos del impoluto General del Imperio. Sentía mucha vergüenza. “Deberías arrojarte sobre la espada, en un patio con cerezos” Unas lágrimas cayeron de sus ojos irritados. “No te apenes, ya no estás más solo” No quería mirar más que su vaso vacío, pero no podía evitar esa maldita voz, como en la cama del hospital. “Yo nunca voy a dejar que te vayas por el mal camino, yo nunca te voy dejar caer, yo siempre te voy levantar con mis brazos de madre misericordiosa”. Fue entonces cuando miró para el frente y arrojó el vaso contra la pared del bar, porque no había nadie más. Ante la mirada sorprendida de los pocos parroquianos que quedaban y del barman, soltó un grito amenazante, siempre en esa misma dirección. Te voy a liquidar, de alguna manera, te voy a liquidar, y así me voy a ir yo también, de una vez por todas.  


**música de fondo sugerida para el capítulo:

*******************sacó una navaja**********y lo echaron del barrrrrrrrr**********humildemente expulsado, Juan**********************

El Desvariado (Detectives del Rivadavia, capítulo 13)


Ahí seguía a pesar de todo. A pesar de la bala que entró y salió casi quirúrgicamente. ¿Qué había pasado? No recordaba. Tampoco le interesó demasiado. Pudo advertir a El Ayudante en el asiento al lado de su cama. La máquina para respirar ya no estaba, perfecto, su cuerpo ya empezaba a adaptarse nuevamente al aire putrefacto de la ciudad, a ese olor insoportable de las salas de hospital. Sería uno de esos calabozos que destinan a los pacientes más afortunados en El hospital que te tocó en desgracia. Al estar uniformado, era lo mínimo que podían hacer por él, un comisario más postrado en una cama, consumiendo recursos, pero debidamente utilizado para protagonizar los noticieros en esa jornada y hasta que saliera del peligro. A lo mejor, hasta el Intendente lo iría a visitar para una foto, una condecoración, una invitación a restaurante cheto para “vos y toda tu familia”. No tenía familia, no le quedaba familia. En un momento de su historia decidió alejarse de todos sus seres conocidos. Eso eran para él, como extraterrestres o monstruos a los que denominaba “seres”, podrían haber sido zombis. Deberían ser zombis, personajes extraños que no tenían nada que ver con lo que esperaba de la realidad. ¿Estaría desvariando? Como sea, no había querido alejarse de ellos con anécdotas feas, y por eso decidió autoexiliarse, mudarse a otra ciudad y comenzar su trabajo allí, siempre en una comisaría, el único lugar que lo soportaba. Tal vez, el único espacio que él podía soportar, porque ahí ya casi nada era humano. Entonces la cosa sería, en verdad, al revés. Él sería el “ser”, la pieza que no encajaba en las fiestas de fin de año, los domingos y los cumpleaños. Autoexiliado, ahora recuperándose en un hospital tan aterrador como la muerte, y con un compañero que apenas lo conocía haciendo las veces de “ser querido”, aunque no lo quería para nada y sabía que el sentimiento era mutuo, no podía ni debía ser de otra manera. No quiso hacer movimiento alguno, no tenía ganas de que El Ayudante lo molestara con preguntas pelotudas sobre cómo se sentía y si necesitaba algo. Se quedó mirando al techo mientras el otro dormía en la silla, porque si trabajás en la Comisaría que te tocó en condena el sueño te persigue y te encuentra en cualquier lugar más o menos cómodo y silencioso. Trató de recordar lo que había sucedido. Sintió que le dolía todo el cuerpo, pero el vendaje estaba a la altura del pecho, por lo que la herida de fuego habría entrado y salido por allí. ¿Qué había hecho ese día? Cierto, la investigación del asesinato del pibe. ¡El supuesto testigo! Ese fanático religioso que hablaba del Maligno, así con mayúsculas, y todo su poder mágico o milagroso. Eso que necesitamos sublimar todos los seres humanos, una suerte de enemigo supra poderoso al que poder culpar de todos los males que existen en nuestra diminuta realidad. Ese hombre desvariaba, ese hombre recitaba poemas que tenían siempre al mismo protagonista, el Maligno. Una suerte de campesino desclasado, que ya de pequeño no cesaba de hacer maldades. Una suerte de poema épico, a lo Martín Fierro, pero donde el viejo Vizcacha terminaba siendo coronado como rey junto al Juez que le redactaba las verdades más injustas para su propio beneficio. Entonces esta especie de apóstol jurídico escribía unas “sagradas escrituras” pero en signo inverso, porque inmortalizaba en palabras todas las inequidades más terribles imaginadas por ese “ser”, ese Maligno, ese culpable, entre otras cosas, de que su vida siguiera siendo un interminable calvario. El culpable, entre otras cosas, de la muerte del pobre niño. ¡No, eso no! Le había dicho el Desvariado. Lo del pibe fue otra fuerza, otra cosa. Así dijo, otra cosa, ahora empezaba a recordar….ese momento fundamental que viene anunciado desde la poética de Aristóteles, la anagnórisis, el reconocimiento, cuando el personaje principal se entera de algo que no sabía y así las cosas cambian en la historia, comienza el desenlace…No se había tratado del accionar del Maligno, porque no actuaba así. El Maligno hacía todo a plena luz del día porque le interesaba aleccionar, sembrar el terror. Estaba muy interesado en que su autoría saliera en primera plana. Por eso trabajaban a viva voz tantos curas y pastores, señalándolo en cada tropelía, en cada crimen. Su huella estaba retratada, reclamaba autoría. Pero lo del pibe no. No había huellas. Lo que había era una escena aberrante. El cuerpo más frágil e inocente completamente mutilado, empalado. Un sacrilegio que ni el Maligno aprobaba. Era otra fuerza. Recordó que el Desvariado en algún momento del interrogatorio comenzó a transpirar, se puso visiblemente nervioso, alterado. Luego de aquel último recuerdo las cosas se oscurecieron en su memoria. El Comisario supuso que ahí habría recibido el disparo. Del resto se enteraría más tarde, una vez recuperado y luego del diálogo con El Ayudante. Cuando arribaron a la casa del Desvariado estaba él solo herido en el piso, nadie más. Había comenzado la búsqueda del Desvariado en la ciudad y zonas aledañas, pedido de captura inmediata con recompensa, según el Ministro de seguridad de la provincia. Le causó gracia, le dolió la herida. ¿Quién carajos iba a pagar? ¿con qué guita, con el sueldo tuyo y el mío? No alcanza ni para una muzzarella. Se rieron con El Ayudante, pero todo se volvió al instante en seriedad silenciosa. ¿Quién había disparado? ¿por qué? ¿habría sido el verdadero asesino del pibe? Del Desvariado estaba seguro, era apenas un chiflado del barrio, que siempre estuvo delante suyo sin armas a la vista. Van a buscar al próximo cadáver, le dijo a El Ayudante. ¿Quién? El Desvariado. ¿Cómo? "Después de dispararme, de seguro lo habrán liquidado y habrán tirado su cuerpo por ahí, ya lo vamos a encontrar, seguro". ¿Y por qué no hicieron lo mismo con usted? "Decime vos, boludo", respondió más o menos o como pudo el comisario. La respuesta a esa última pregunta no la tenía, pero empezaba a palpitar su intuición, imaginaba y quería creer por última vez.   


******voy a salvarte esta noche.....que.......

***************humil-de-mente, Juan****************transmitiendo una historia desde el barrio Rivadavia de la ciudad de ¿?¿?no me acuerdo*********no te olvides, no me olvides********



La partera y la pujante (Detectives del Rivadavia, capítulo 12)


Con el filo de la noche

a punto de cortarles la yugular…

…El General del Imperio contempla la masacre en Ciudad Prohibida. Decenas de chinos mutilados, cuerpos destrozados, separados por guiones o comas o puntos y seguido de manufactura occidental, algo completamente incomprensible para el General, que queda absorto en una mano con sus dedos aplastados, alejada del resto de pedazos de cadáveres debidamente asesinados. La mano aplastada, una mano que intentó dejar un rastro, agarrarse al tobillo de su asesino. Una mano despreciada sobre el final del final. Un océano de sangre que marcará el fin de una era y el comienzo de otra peor, porque la partera de la Historia es esa Virgen de la Sangre, la imagen de una mujer con velo mirando sin pasión sobre todo un coro de plañideras que despiden al niño brutalmente muerto. Pero ella no, ella, la madre de occidente, la misericordiosa, no llora. Y si llora solamente es porque rebalsa sangre, sangre de miles de inocentes que la acompañan en cada una de sus apariciones, en pinturas, poemas, libros sacralizados por monjes pederastas. Era el fin de la Ciudad, era el fin del Emperador, era su fin. No hacía falta un proceso, una pesquisa, la presentación de pruebas. Se sabía culpable. El máximo culpable de no haber evitado la brutalidad en su territorio. La peor de las vergüenzas, vivir con eso le resultaba imposible. Su final ya estaba dictado. El Emperador que hiciera lo que quisiera, para el caso daba lo mismo, pero él sí que debía desaparecer de la faz de la tierra de la manera más deshonrosa. Ser borrado de la vida por sus propias manos, ser debidamente ignorado por la Historia. Que lo hiciera rehén para toda la eternidad esa Virgen occidental, esa falsa misericordiosa, esa mujer de ojos sangrantes, esa devoradora de almas en pena, de espíritus inocentes. Entregaba sus armas, su moral. Aquel pilar con el que había llegado a ocupar el cargo más importante que alguien de su clase hubiese imaginado. Traición al pueblo chino, traición a sus horas más fantásticas, a sus dragones voladores, a la imaginación máxima capaz de crear la Gran Muralla y esa Ciudad impenetrable. Pero todo se desmoronaba en esa escena, en esos cuerpos mutilados, cientos de ellos. No pudo llorar. Tomó coraje para no vomitar y se retiró al jardín imperial. Allí, entre los cerezos en flor, se arrodilló y colocó su espada delante, apoyando el mango en el césped. Luego tomó impulso y se lanzó de frente contra el filo, que lo atravesó a la altura de la boca del estómago. Cayó de costado y se fue desangrando, hasta que los cerezos se tiñeron de rojo sangre por acción del viento. Su mueca final fue de cierta decepción, consideraba que su final no tenía derecho a contar con un telón de fondo tan hermoso. Pero así fue, así sucedió. Los cadáveres son insoportables cuando se presentan en manada. De a uno en vez, se pueden ir procesando, era esperable en el oficio. Luego la investigación, la búsqueda de justicia. Pero cuando la brutalidad aparece toda junta, no hay manera de soportarlo. Fueron pasando los años, los siglos, las dinastías se sucedieron más o menos ordenadamente. Nunca más se habló del General del Imperio. Nunca más se dijo nada sobre la masacre en Ciudad Prohibida. Cientos de cuerpos desmembrados olvidados por la Historia. Cientos de espíritus apresados en un acto impune, dando vueltas por el aire, tomando cada rama de cada cerezo a punto de florecer. Y el silencio atroz de los que saben pero no pueden decir. Lenguas endiabladas, conjuradas por aquella presencia sangrienta de la Misericordiosa, la madre de todas las matanzas, la que ahora vuela en dirección al desierto de Sonora, para regar con su líquido rojo las grietas de la tierra seca. La Misericordiosa que después vuela hacia el sur, bien al sur. Y llega justo a la cita en el barrio Rivadavia. Otra muerte insoportable, pero concentrando toda la brutalidad en una sola víctima, en una de las más inocentes de la Historia. La partera y la pujante. Ambas convencidas de que se avanza con sangre, se pare con dolor, siempre. Confabuladas en que se necesita la cara de sorpresa de alguien que creía haberlo visto todo. Ese General de un imperio en decadencia, esos pinches detectives del desierto, ese pobre comisario de la Comisaría que te tocó en condena. ¡Qué bien sonaba ese nombre! La condena. El testigo de ese parto sangriento, de ese nuevo asesinato que continúa una serie que se expande, que no tiene vuelta atrás, que busca mostrarse como confirmación de que los dioses inventados por el Hombre son unos sádicos como ellos. Ellas, la partera y la pujante, la Misericordiosa y la Historia, la sangre y su sangre, mutilando y despellejando, abriendo los ojos de quienes van a testificar en un nuevo testamento, con el nombre que quieran, con las lágrimas en suspenso, con las noches sin dormir, con la falsa ilusión de justicia, con una realidad imposible de aceptar. Pero aceptando lo inevitable. No se puede vivir con esas imágenes en la cabeza, en el alma. La serie indica el camino del final. Tiene que ser una ciudad en ruinas, tiene que tener un jardín más o menos ordenado, tiene que haber algún árbol frutal a punto de florecer. Completar la serie. Un arma que se dispara en la tarde. Mucha sangre tiñiendo el horizonte, pintando los labios sonrientes de la Piadosa Madre de la Sangre. Un vuelo hacia otro continente, una cadena de plegarias que conducen a la próxima mutilación. El General no se levantó más, su espíritu se hundió en la última tarde Imperial. En Sonora las cosas continuaron con la monotonía del viento del desierto, entre mezcal y olvido. El barrio Rivadavia todavía latía. El comisario no reaccionaba, solo sangraba en el piso. No esperaba un milagro, sabía perfectamente que los milagros eran peor que la realidad desesperanzada. No esperaba nada, pero por algún motivo que no sabía discernir y explicar, seguía ahí.


******como que la escena de la muerte del General Imperial viene con esta música de fondo, no hay otra posible:

***************************humildemente y llorando por esa escena con esa música, Juan*****************************

La Virgen de Las Rocas (Detectives del Rivadavia, capítulo 11)


Recuerdo las caras demacradas,

el golpe de lo real sobre el asfalto,

el material del que se hacen los muertos,

los caprichos de la mujer

que maneja las situaciones,

mis quejas esparcidas al viento,

el llanto de los abismados,

la sed de revancha,

la copa que no se llena,

el cardo amaneciendo,

los cadáveres empolvados

sobre archivos

y la risa de las hienas

inaugurando su verano.

 

Personajes que no podrían pisar Ciudad Prohibida. No se aceptan manchas tan grandes. La Virgen de las rocas, que se ponen de pie y en mayúsculas, Las Rocas, porque dejan de ser cualquier cosa por obra y gracia de la dadora de fatalidades. Ocupando el centro de todas las escenas. Encerrada bajo la sombra de las estalactitas siempre grises, siempre a punto de caerse del cuadro. Los niños tienen la forma del Dios pero no pueden terminar de defenderse como es debido, el sátiro destino los apuñala por la espalda. Ellos quedan sonriendo destellos de luz hacia los ojos traidores de la que maneja las situaciones. La misma que acorrala a los detectives del Barrio Rivadavia en todas sus encrucijadas. Llorar, emborracharse a lo tijuanense, mirar a la Virgen y sentir que las agudas Rocas caen hiriendo los cuerpos de muerte…pero no morir, seguir con la maldita sensación de que se puede vivir por siempre con ese sufrimiento, el caso jamás resuelto, los ojos inyectados de ira de las madres sin sus retoños, con sus jacintos sin florecer en brazos, la mirada del espanto y la culpa y la sed de venganza contra las gargantas cerradas y secas de unos lastimeros detectives incompetentes, que no pueden sobrevivir al mar, que no saben de los peligros del amor, la muerte, el aire en pulmones pequeños, la muerte…El sueño colectivo de los condenados por inoperancia, la Virgen de Las Rocas levanta su mirada y señala sin querer el camino del fondo, un camino falsamente iluminado, el camino del oprobio, el descanso final para quienes no pudieron llegar a tiempo y debían.

El General del Imperio se fuma unos largos en las escalinatas de la recámara del Emperador. No hay nada que hacer, por lo menos esa tarde. Los acontecimientos que intuyó se sucederán en el futuro. Quienes vivieron miles de años saben todos los caminos del futuro, todas las esquinas que nacerán para terminar las noches de miles de almas en próximo sufrimiento. Ciudad Prohibida comienza a expandirse en el año 999 Antes de la Virgen de Las Rocas, como el fuego sangriento desde la boca del dragón, el fuego que dejará las cenizas de las civilizaciones venideras y todos sus trabajos y sus pesados días.

Se despierta en medio de cables, tubos, máquinas. Algo le impide hablar, una presión en la garganta que increíblemente no lo asfixia, por el contrario, es lo que parece darle el oxígeno más puro que aspiraron sus pulmones en décadas de vida inútil. No siente nada de su cuerpo, no puede hacer reaccionar ninguna de sus extremidades. Protagoniza una escena que conoce a la perfección, aunque nunca había estado desde ese lado. No la ve, pero la intuye. Su única compañera, la única que lo va a buscar en esa situación final. Se siente el aire como si se filtrara por Las Rocas, esas rocas mayúsculas. Ella es todo misericordia y piedad en sus ojos. No parece quedarle lujuria, no se tiene esa intención en un momento así. No la ve, pero la intuye. La culpable de todos sus males y la única que lo ama todavía. Su hijo, su padre, su amante. Las coordenadas necesarias para lograr establecer un argumento aceptable en una vida corriente más, en una vida baldía. Ella extendiendo su misericordia a través de sus ciclotímicos brazos. A veces mortales, otras dadores de vida, a veces vengadores, a veces piadosos. Siente que ahora la necesita más que nunca, no tanto para conseguir el perdón final de sus pecados y así irse yendo en paz. Lo que necesita de ella es la verdad. Una verdad como la sangre que derramó mientras se paseaba vendiendo perdones por el Barrio Rivadavia, por esa su Comisaría que te tocó en condena. Tantas veces tuvo la sensación de que estaba cerca, de que podía llegar a ella, de que podía apresarla para un interrogatorio que lo exculparía de todos los males. Al final del camino, él también necesitaba creer en algo, darle sentido a todos esos asesinatos, a ese cuerpo del pendejo, a esas miradas de las madres que nunca lo perdonarían, que siempre lo condenarían al peor de los infiernos, un círculo que ni Dante pudo imaginar. El círculo de la Virgen de la sangre, una esfera sanguinaria llena de cuerpos mutilados flotando sobre líquido rojo hirviente. Y él allí mirando por toda la eternidad, siendo el protagonista del peor de los castigos. Ahora estaba a su lado, en una versión inmaculada, en una versión de madre-abuela. Era la representación de todas las personas que lo habían estimado en su vida. No sentía el odio de siempre hacia su presencia asesina. Ese era el engaño del peor de los asesinos, no poderlo percibir al momento del castigo. Estaba escrito en sus ojos, en sus gestos, en sus expresiones. Perdonar para ser amado. Misericordia. A fin de cuentas, todos estarán sentados a la mesa de la Virgen y el resto de sus parientes. Aunque no pudo percibirlo, lloró. La Virgen de la sangre lo tomó con sus brazos, comenzó a elevarlo. Eso fue lo que pensaba, eso fue lo que imaginó.

Alguien le había disparado al Comisario, lo que causó que su cuerpo entrara en shock. Lo habían rescatado a tiempo, aunque todavía no podía respirar por sus propios medios. Ahora lo levantaban para sacarlo de la sala de cuidados intensivos. Comenzaba su lenta recuperación. Tendría que digerir todo lo experimentado. Tendría que volver sobre sus pasos esa noche. Tendría que hacer memoria. Pero sabía que había llegado a la culpable de todo el relato que habilitaba las injusticias y los asesinatos más brutales que lo tenían atrapado. Había estado tan cerca….

La Virgen de Las Rocas siguió su camino por las esquinas oscuras del Barrio Rivadavia, esa misma noche en la que el Comisario comenzaba a resucitar.


********música sugerida:

**********************humildemente, Scardanelli*******************buscando más referencias*******

La cena de fin de año (Detectives del Rivadavia, capítulo 10)


Tenés que ser feliz, le había dicho una maestra en la escuela, no se acordaba bien si en primaria o secundaria, daba lo mismo, él sentía que su infancia se había parecido mucho a su adolescencia, porque no sentía que las etapas de la vida tuvieran una separación tan tajante, mucho menos de fácil ecuación racional. Eso, los años en la Comisaría que te tocó en condena le habían demostrado que el tiempo podía ser una concentración total de acciones, un par de gestos, un montón de mañanas iguales, atardeceres con cansancio y un anochecer que siempre se mostraba prometedor pero que terminaba cayendo derrotado por el tedio. Subrayado: tal vez sea el Sistema en su máximo esplendor. El tema sería saber quién se beneficiaba con eso, él seguro que no. Y cada tanto sucedía algún tipo de celebración, un restaurante con gastos a cargo del Ministerio de Seguridad - ¿o ya era una secretaría o un proyecto de extensión de un Estado en degradación? – para fin de año, el Ayudante y los demás empleados de la comisaría comiendo y chupando lo que nunca comían y chupaban el resto de los días, colorados y felices de poder tener al menos un par de horas de festejo a lo grande, un acceso al paraíso del consumo ilimitado por un parpadeo de tiempo, antes de volver a la supervivencia con sueldos magros que se comía el 99% de sus vidas. Aceptar eso lo irritaba. No podía sentirse feliz por ser parte de ese migajeo, esa propina que les tiraban desde arriba. ¿Por qué tenía que ser feliz cuando le subrayaban que así debía ser? La terapeuta de la policía le había insistido en que intentara hacer una lectura diferente de la situación, que probara con relajarse al menos, no hacía falta que expresara una emoción que no sentía, pero sí valía el esfuerzo de tomarse la cena de fin de año un poco más a la ligera……conformarse con el 1%.....y eso lo irritaba aún más, porque la nueva Roma te enfermaba, después te curaba a la fuerza y si no era el caso, como decía el tema de los Redondos…a la silla eléctrica…..un artefacto que solo conocía por películas muy malas de Norteamérica. Un artefacto de castigo al delincuente que había cometido un delito mayor, grave, irreparable. Un show macabro que se completaba con la presencia de un público que había sido damnificado, y que en el día de la ejecución se presentaba a ver cómo la “sociedad” representada en la institución carcelaria se vengaba homeopáticamente. Ojo por ojo. Se equivocó, que devuelva con su vida puesta en manos de un mecanismo de asesinato completamente inhumano, pero formal, racional, programado. Y no pasaba nada, la “sociedad” encontraba alivio en lo inhumano, podía seguir al otro día como si nada o peor, simulando que lo que había presenciado era un “acto de justicia”. Como creer en que el agua corriente puede transformarse en bendita por el simple hecho de que un cura le hace una seña con las manos. Magia. Magia negra. Otra vez eso de la justificación para poder seguir con…..la cena de fin de año. Dejar a todos plantados y salir al patio del restaurante a fumar un cigarrillo, algo que no hacía casi nunca, pero que siempre pensaba que quedaría bien en un policial clase B, el General del Imperio fumándose unos chinos, largos y flacos y con un humo que dibujaba esos caracteres que él no podía entender, esos signos que contenían la verdad del universo, todo lo que necesitaría para saber cómo ser feliz en esa y cualquier otro tipo de situación…..había un cuerpo mutilado, un cuerpo de un niño, no tenían ningún culpable, ninguna pista, ninguna ayuda del Ministerio, que gastaba los fondos para ofrecer una comida de fin de año para un grupo de gente que no servía para nada, solo administrar una parte de hechos que la “sociedad” no tenía que ver, o tenía que ver muy poco, o tenía que ver muy parcialmente, o tenía que ver lo que solamente se podía mostrar….un tipo condenado y fritado en una silla eléctrica. ¿Si era culpable o no? Poco importaba, para el caso es lo mismo, la “sociedad” necesita dormir bien por las noches, lo que a él nunca le salía. La “sociedad” necesita rápidamente castigar a los culpables, a algún culpable, como si en realidad se tratase de una obra de teatro, la venganza debe suceder en el último acto, hay que reestablecer el Sistema luego de quitar la manzana podrida. La última escena era él, el comisario de la Comisaría que te tocó en condena, durmiendo en paz, con la tranquilidad que la terapeuta buscaba para su psiquis. Pero no, no pasaba nunca. Los casos se sucedían, los asesinatos brutales, a veces alguien terminaba preso, otras nadie, se apilaban los cadáveres mutilados sin cobrarse derecho de autor, su cabeza se sobrecargaba, su incapacidad de reacción lo abrumaba, el pecho se sentía como una escollera……desconexión, un stent y a seguir adelante con el aplauso de sus compañeros, los mismos que seguían cenando y brindando en la celebración de año nuevo. El stent que le canalizaba el humo del cigarrillo, su mirada que se perdía en un par de luces que mostraban el patio del restaurante, un patio que era como un desierto, el desierto de Sonora, el desierto que en verdad era un mar de cadáveres mal cubiertos por coyotes con poca delicadeza carnívora. Un lugar en el que había caído, un lugar que latía al revés. El humo del cigarro viajaba hacia el horizonte, las dos estrellas de siempre en un fondo que no quería imaginar. Lo conocía. Al final había un abismo, uno con unos dientes que esperaban por destriparlo, algún día. Podía ser esa noche, la del festejo de año nuevo. Podía, pero no, había que divertirse, ¿verdad? La terapeuta decía que un día a la vez, como la canción de Lennon. Obligado a seguir el ritmo de la muerte, el ritmo estremecedor de las noches en el barrio Rivadavia.


******************dicen mil rocanroles........


**********************humildemente, Juan**********************curado y matado*******

2026/66

 

Nadie presta atención a esos asesinatos, pero en ellos se esconde el secreto del mundo (R. Bolaño, 2666)


Hay una especie de culpa 

que funciona igual en todas partes,

un pájaro, que vaya uno a saber

cómo se llame, gorjea y se zambulle

a la pileta del mar como si fuera

un personaje de relato de Cheever,

levantar la cabeza cualquier tarde

y ver que, a cierta distancia 

-ni tan corta ni tan larga-,

se ve un océano castigado 

por el viento del este,

y unas torres que podrían ser

Dubai o Miami o Camboriú 

o cualquier círculo del infierno 

del Dante,

italiano o portugués,

barrio Don Bosco o Tijucas

casi -o el mismo- atardecer 

con rasguido de desierto

y un remero buscando arena

en la profundidad de Santa Teresa,

un muelle en el lago,

pescado fresco en la noche,

juntar esas latas para tomar algo

el próximo año, en el bolsillo,

quién sabe;

el sol naciente por ahí 

solo sea Dazai escupiendo sangre 

en un pañuelo blanco,

y todos los que no fuimos 

invitados a la fiesta

-los de menos-

tengamos que pensar 

en que lo mejor

-sea- quizás meditar

con patas en el pasto

hasta que nuestros cuerpos 

se transformen

en el negocio perfecto 


PD: Pero no olvidar nunca

dejar la casa ordenada

y llevar puesto un calzón 

sin agujeros,

nunca se sabe

cuándo y dónde 

puedan aterrizar

los disparos

al aire

de la fuerza aniquiladora 

de tu Humanidad.


Engaños autoinfligidos (Detectives del Rivadavia, capítulo 9)


Ese era un día particularmente malo. Para empezar, llovía y había dejado la ropa afuera, en ese patio de dos por dos al que llamaba patio por orgullo, por necesidad de engañarse para no entrar en pánico, como le había dicho la terapeuta. ¿Se lo había dicho o se imaginaba que se lo había dicho? Para el caso daba igual, le resultaba bien eso de engañarse con pequeñas cosas, eran engaños que se creía por necesidad imperial…..Imperio Chino, capítulo diez, la Ciudad Prohibida, el General persiguiendo traidores, la foto China, esos personajes que un año aparecen en los retratos junto al General pero que con el cambio del calendario -supuesta traición mediante – dejan de aparecer, súbitamente. Unas mismas caras, unos mismos gestos evidenciando la ausencia de aquellos aliados que fueron fusilados por sospecha. Las “muertes necesarias”, “quirúrgicas”, “sanitarias”, otro de esos engaños autoinfligidos que a veces se necesitan o se inventan para poder dormir por las noches Imperiales….Para seguir, le había solicitado a El ayudante el informe del caso del chico brutalmente asesinado. ¿Cuál? La respuesta lo hizo pensar lo peor de la humanidad del Barrio Rivadavia. Imaginate, pensalo, tomate un segundo, ¿cuál carajos va a ser? Y El ayudante sin decir nada, colorado, agachaba la cabeza y esperaba misericordia. La parodia tristemente real de policial clase B terminaba con él accediendo al archivo en formato digital. Una cagada más, la digitalización perdía cosas, confundía imágenes, estaba llena de errores “no forzados”, producto de la mala organización de la comisaría, de los malos sueldos y de la falta de personal. Aunque esa crítica la hacía con ignorancia, porque la verdad era que nunca había trabajado de otra forma. Siempre las mismas jornadas laborales que se fotocopiaban en décadas, ¿cuánto le quedaría para jubilarse? Deshizo la pregunta en el instante que la formuló, porque no se imaginaba un futuro más allá del fin de semana. Revisó todo el caso, unas pocas hojas con informe policial – a esto en las series yanquis se lo llama “police work”, y es eso que ningún oficial quiere hacer pero que al final resulta fundamental a la horade solucionar un caso, nada más alejado de la realidad-, informe de la morgue, etcétera. Para seguir con la línea de policial clásico, debería aparecer un testimonio clave, o tal vez una foto reveladora, todo eso puesto en una suerte de pizarra a lo largo y ancho de las paredes de su oficina, más el seguimiento personal que tendría en su casa, una especie de altar pagano que demostraría la obsesión insalubre del detective con su trabajo. Pero no, el informe no decía nada, los testimonios eran tan confusos que parecían pertenecer a otro caso. Las fotos no estaban bien tomadas, en algunos casos se veían los dedos del oficial a cargo. La parte de la descripción detallada del cadáver se asemejaba a un fax, tan poco desarrollada, tan poco detallada, que daba lo mismo leerla. Suspiró, o supongo que lo hizo. Tomó un mate. Estaba frío. Puteó. Abrió la ventana de la oficina. Entró un aire apenas frío que lo hizo sentirse un poco mejor. Se imaginó los informes que leería el General Imperial de China sobre cada acontecimiento en Ciudad Prohibida. Miles de hojas perfectamente dibujadas, todos esos signos tejiendo redes, resignificando la vida entera, abriendo puertas hacia la resolución definitiva, no solo de un caso de asesinato sino de todas las incógnitas del Universo. Dejó de divagar un instante, se volvió a sentar frente a la computadora. Estaba en suspensión. Movió el mouse, apretó el “enter” principal del teclado, pero la máquina no arrancó. Puteó otra vez. Reinició. Pero era un cpu viejo, tardaba mínimo diez minutos en ponerse en marcha. Llamó a El ayudante, que entró rápidamente con la cabeza gacha y ese sentimiento de culpable eterno que lo caracterizaba. Le preguntó por uno de los testigos, que era un vecino de la familia del chico brutalmente asesinado, porque en el informe decía “saber muchas cosas que el Maligno le susurraba al oído”. El ayudante no entendía, pero esta vez no dijo nada, prefirió guardar silencio por temor a represalias. No tenés idea de lo que te estoy hablando, ¿verdad? Silencio. Se tomó otro mate. Estaba un poquito más tibio, pasable. Ató cabos como en las mejores historias del género. Tal vez, al igual que el mate, el día vaya a poder ser un poco menos peor a partir de ese punto. El informe no valía un cuerno, el Intendente no quería que se investigara nada, había un testigo que hablaba del Maligno que muy probablemente lo llevaría a la nada misma, o al sermón proselitista religioso de un vecino del Barrio Rivadavia que no tenía nada que decir respecto al asesinato. No tenía mucho más que hacer. O sí, pero quería escribir algo más en el informe. Necesitaba, al menos, inventarse una esperanza. En definitiva, esos pequeños engaños eran su mejor herramienta para no incendiar la Comisaría que te tocó en condena. A El ayudante le cayó la ficha, fue por el dato del testigo. Volvió con el domicilio. ¿Y el celular? El ayudante agachó la cabeza, encogió los hombros, tomó valentía de la nada y le respondió que no tenía, que decía que “esas cosas las manejan desde las tinieblas aquellos que nos quieren mantener alejados de la palabra del Señor”. Se volvió a parar. Sacó la cabeza por la ventana. No fumó, aunque estuvo tentado. Siempre, en cualquier policial, alguien prende un cigarrillo y comienzan a pasar cosas, a darse episodios frenéticos que llevan al capítulo de la resolución del caso, “elemental mi querido… no lo dudes muñeca…etcétera”. Tomó la dirección, se puso la campera azul que simulaba el uniforme que hacía tiempo no usaba completo, porque tenía uno solo por estación y había que lavarlo. Había llovido. La ropa colgada. Se acordó, pero ya no tuvo ganas de insultar a la nada misma. Seguramente, para el comienzo del verano, les harían llegar uniformes nuevos, gentileza del Ministro de Seguridad para el próximo Operativo Sol (que no iba a disfrutar en todo el verano) o como sea que lo fueran a llamar ese año. Daba igual si llegaba, al menos, una chomba nueva. Engañarse con pequeñas cosas. El pan de cada día.


**para seguir de fondo con esa sensación de día malo.......

**************humil-de-mente, Juan****************no todo está tan mal*******************


En el bar (Detectives del Rivadavia, capítulo 14)

Encogido en el fondo de tabernas, me erizo. Riego con vino mi alma y el mantel y veo: en un rincón – mis ojos redondos como platos – ...