La partera y la pujante (Detectives del Rivadavia, capítulo 12)


Con el filo de la noche

a punto de cortarles la yugular…

…El General del Imperio contempla la masacre en Ciudad Prohibida. Decenas de chinos mutilados, cuerpos destrozados, separados por guiones o comas o puntos y seguido de manufactura occidental, algo completamente incomprensible para el General, que queda absorto en una mano con sus dedos aplastados, alejada del resto de pedazos de cadáveres debidamente asesinados. La mano aplastada, una mano que intentó dejar un rastro, agarrarse al tobillo de su asesino. Una mano despreciada sobre el final del final. Un océano de sangre que marcará el fin de una era y el comienzo de otra peor, porque la partera de la Historia es esa Virgen de la Sangre, la imagen de una mujer con velo mirando sin pasión sobre todo un coro de plañideras que despiden al niño brutalmente muerto. Pero ella no, ella, la madre de occidente, la misericordiosa, no llora. Y si llora solamente es porque rebalsa sangre, sangre de miles de inocentes que la acompañan en cada una de sus apariciones, en pinturas, poemas, libros sacralizados por monjes pederastas. Era el fin de la Ciudad, era el fin del Emperador, era su fin. No hacía falta un proceso, una pesquisa, la presentación de pruebas. Se sabía culpable. El máximo culpable de no haber evitado la brutalidad en su territorio. La peor de las vergüenzas, vivir con eso le resultaba imposible. Su final ya estaba dictado. El Emperador que hiciera lo que quisiera, para el caso daba lo mismo, pero él sí que debía desaparecer de la faz de la tierra de la manera más deshonrosa. Ser borrado de la vida por sus propias manos, ser debidamente ignorado por la Historia. Que lo hiciera rehén para toda la eternidad esa Virgen occidental, esa falsa misericordiosa, esa mujer de ojos sangrantes, esa devoradora de almas en pena, de espíritus inocentes. Entregaba sus armas, su moral. Aquel pilar con el que había llegado a ocupar el cargo más importante que alguien de su clase hubiese imaginado. Traición al pueblo chino, traición a sus horas más fantásticas, a sus dragones voladores, a la imaginación máxima capaz de crear la Gran Muralla y esa Ciudad impenetrable. Pero todo se desmoronaba en esa escena, en esos cuerpos mutilados, cientos de ellos. No pudo llorar. Tomó coraje para no vomitar y se retiró al jardín imperial. Allí, entre los cerezos en flor, se arrodilló y colocó su espada delante, apoyando el mango en el césped. Luego tomó impulso y se lanzó de frente contra el filo, que lo atravesó a la altura de la boca del estómago. Cayó de costado y se fue desangrando, hasta que los cerezos se tiñeron de rojo sangre por acción del viento. Su mueca final fue de cierta decepción, consideraba que su final no tenía derecho a contar con un telón de fondo tan hermoso. Pero así fue, así sucedió. Los cadáveres son insoportables cuando se presentan en manada. De a uno en vez, se pueden ir procesando, era esperable en el oficio. Luego la investigación, la búsqueda de justicia. Pero cuando la brutalidad aparece toda junta, no hay manera de soportarlo. Fueron pasando los años, los siglos, las dinastías se sucedieron más o menos ordenadamente. Nunca más se habló del General del Imperio. Nunca más se dijo nada sobre la masacre en Ciudad Prohibida. Cientos de cuerpos desmembrados olvidados por la Historia. Cientos de espíritus apresados en un acto impune, dando vueltas por el aire, tomando cada rama de cada cerezo a punto de florecer. Y el silencio atroz de los que saben pero no pueden decir. Lenguas endiabladas, conjuradas por aquella presencia sangrienta de la Misericordiosa, la madre de todas las matanzas, la que ahora vuela en dirección al desierto de Sonora, para regar con su líquido rojo las grietas de la tierra seca. La Misericordiosa que después vuela hacia el sur, bien al sur. Y llega justo a la cita en el barrio Rivadavia. Otra muerte insoportable, pero concentrando toda la brutalidad en una sola víctima, en una de las más inocentes de la Historia. La partera y la pujante. Ambas convencidas de que se avanza con sangre, se pare con dolor, siempre. Confabuladas en que se necesita la cara de sorpresa de alguien que creía haberlo visto todo. Ese General de un imperio en decadencia, esos pinches detectives del desierto, ese pobre comisario de la Comisaría que te tocó en condena. ¡Qué bien sonaba ese nombre! La condena. El testigo de ese parto sangriento, de ese nuevo asesinato que continúa una serie que se expande, que no tiene vuelta atrás, que busca mostrarse como confirmación de que los dioses inventados por el Hombre son unos sádicos como ellos. Ellas, la partera y la pujante, la Misericordiosa y la Historia, la sangre y su sangre, mutilando y despellejando, abriendo los ojos de quienes van a testificar en un nuevo testamento, con el nombre que quieran, con las lágrimas en suspenso, con las noches sin dormir, con la falsa ilusión de justicia, con una realidad imposible de aceptar. Pero aceptando lo inevitable. No se puede vivir con esas imágenes en la cabeza, en el alma. La serie indica el camino del final. Tiene que ser una ciudad en ruinas, tiene que tener un jardín más o menos ordenado, tiene que haber algún árbol frutal a punto de florecer. Completar la serie. Un arma que se dispara en la tarde. Mucha sangre tiñiendo el horizonte, pintando los labios sonrientes de la Piadosa Madre de la Sangre. Un vuelo hacia otro continente, una cadena de plegarias que conducen a la próxima mutilación. El General no se levantó más, su espíritu se hundió en la última tarde Imperial. En Sonora las cosas continuaron con la monotonía del viento del desierto, entre mezcal y olvido. El barrio Rivadavia todavía latía. El comisario no reaccionaba, solo sangraba en el piso. No esperaba un milagro, sabía perfectamente que los milagros eran peor que la realidad desesperanzada. No esperaba nada, pero por algún motivo que no sabía discernir y explicar, seguía ahí.


******como que la escena de la muerte del General Imperial viene con esta música de fondo, no hay otra posible:

***************************humildemente y llorando por esa escena con esa música, Juan*****************************

La Virgen de Las Rocas (Detectives del Rivadavia, capítulo 11)


Recuerdo las caras demacradas,

el golpe de lo real sobre el asfalto,

el material del que se hacen los muertos,

los caprichos de la mujer

que maneja las situaciones,

mis quejas esparcidas al viento,

el llanto de los abismados,

la sed de revancha,

la copa que no se llena,

el cardo amaneciendo,

los cadáveres empolvados

sobre archivos

y la risa de las hienas

inaugurando su verano.

 

Personajes que no podrían pisar Ciudad Prohibida. No se aceptan manchas tan grandes. La Virgen de las rocas, que se ponen de pie y en mayúsculas, Las Rocas, porque dejan de ser cualquier cosa por obra y gracia de la dadora de fatalidades. Ocupando el centro de todas las escenas. Encerrada bajo la sombra de las estalactitas siempre grises, siempre a punto de caerse del cuadro. Los niños tienen la forma del Dios pero no pueden terminar de defenderse como es debido, el sátiro destino los apuñala por la espalda. Ellos quedan sonriendo destellos de luz hacia los ojos traidores de la que maneja las situaciones. La misma que acorrala a los detectives del Barrio Rivadavia en todas sus encrucijadas. Llorar, emborracharse a lo tijuanense, mirar a la Virgen y sentir que las agudas Rocas caen hiriendo los cuerpos de muerte…pero no morir, seguir con la maldita sensación de que se puede vivir por siempre con ese sufrimiento, el caso jamás resuelto, los ojos inyectados de ira de las madres sin sus retoños, con sus jacintos sin florecer en brazos, la mirada del espanto y la culpa y la sed de venganza contra las gargantas cerradas y secas de unos lastimeros detectives incompetentes, que no pueden sobrevivir al mar, que no saben de los peligros del amor, la muerte, el aire en pulmones pequeños, la muerte…El sueño colectivo de los condenados por inoperancia, la Virgen de Las Rocas levanta su mirada y señala sin querer el camino del fondo, un camino falsamente iluminado, el camino del oprobio, el descanso final para quienes no pudieron llegar a tiempo y debían.

El General del Imperio se fuma unos largos en las escalinatas de la recámara del Emperador. No hay nada que hacer, por lo menos esa tarde. Los acontecimientos que intuyó se sucederán en el futuro. Quienes vivieron miles de años saben todos los caminos del futuro, todas las esquinas que nacerán para terminar las noches de miles de almas en próximo sufrimiento. Ciudad Prohibida comienza a expandirse en el año 999 Antes de la Virgen de Las Rocas, como el fuego sangriento desde la boca del dragón, el fuego que dejará las cenizas de las civilizaciones venideras y todos sus trabajos y sus pesados días.

Se despierta en medio de cables, tubos, máquinas. Algo le impide hablar, una presión en la garganta que increíblemente no lo asfixia, por el contrario, es lo que parece darle el oxígeno más puro que aspiraron sus pulmones en décadas de vida inútil. No siente nada de su cuerpo, no puede hacer reaccionar ninguna de sus extremidades. Protagoniza una escena que conoce a la perfección, aunque nunca había estado desde ese lado. No la ve, pero la intuye. Su única compañera, la única que lo va a buscar en esa situación final. Se siente el aire como si se filtrara por Las Rocas, esas rocas mayúsculas. Ella es todo misericordia y piedad en sus ojos. No parece quedarle lujuria, no se tiene esa intención en un momento así. No la ve, pero la intuye. La culpable de todos sus males y la única que lo ama todavía. Su hijo, su padre, su amante. Las coordenadas necesarias para lograr establecer un argumento aceptable en una vida corriente más, en una vida baldía. Ella extendiendo su misericordia a través de sus ciclotímicos brazos. A veces mortales, otras dadores de vida, a veces vengadores, a veces piadosos. Siente que ahora la necesita más que nunca, no tanto para conseguir el perdón final de sus pecados y así irse yendo en paz. Lo que necesita de ella es la verdad. Una verdad como la sangre que derramó mientras se paseaba vendiendo perdones por el Barrio Rivadavia, por esa su Comisaría que te tocó en condena. Tantas veces tuvo la sensación de que estaba cerca, de que podía llegar a ella, de que podía apresarla para un interrogatorio que lo exculparía de todos los males. Al final del camino, él también necesitaba creer en algo, darle sentido a todos esos asesinatos, a ese cuerpo del pendejo, a esas miradas de las madres que nunca lo perdonarían, que siempre lo condenarían al peor de los infiernos, un círculo que ni Dante pudo imaginar. El círculo de la Virgen de la sangre, una esfera sanguinaria llena de cuerpos mutilados flotando sobre líquido rojo hirviente. Y él allí mirando por toda la eternidad, siendo el protagonista del peor de los castigos. Ahora estaba a su lado, en una versión inmaculada, en una versión de madre-abuela. Era la representación de todas las personas que lo habían estimado en su vida. No sentía el odio de siempre hacia su presencia asesina. Ese era el engaño del peor de los asesinos, no poderlo percibir al momento del castigo. Estaba escrito en sus ojos, en sus gestos, en sus expresiones. Perdonar para ser amado. Misericordia. A fin de cuentas, todos estarán sentados a la mesa de la Virgen y el resto de sus parientes. Aunque no pudo percibirlo, lloró. La Virgen de la sangre lo tomó con sus brazos, comenzó a elevarlo. Eso fue lo que pensaba, eso fue lo que imaginó.

Alguien le había disparado al Comisario, lo que causó que su cuerpo entrara en shock. Lo habían rescatado a tiempo, aunque todavía no podía respirar por sus propios medios. Ahora lo levantaban para sacarlo de la sala de cuidados intensivos. Comenzaba su lenta recuperación. Tendría que digerir todo lo experimentado. Tendría que volver sobre sus pasos esa noche. Tendría que hacer memoria. Pero sabía que había llegado a la culpable de todo el relato que habilitaba las injusticias y los asesinatos más brutales que lo tenían atrapado. Había estado tan cerca….

La Virgen de Las Rocas siguió su camino por las esquinas oscuras del Barrio Rivadavia, esa misma noche en la que el Comisario comenzaba a resucitar.


********música sugerida:

**********************humildemente, Scardanelli*******************buscando más referencias*******

La cena de fin de año (Detectives del Rivadavia, capítulo 10)


Tenés que ser feliz, le había dicho una maestra en la escuela, no se acordaba bien si en primaria o secundaria, daba lo mismo, él sentía que su infancia se había parecido mucho a su adolescencia, porque no sentía que las etapas de la vida tuvieran una separación tan tajante, mucho menos de fácil ecuación racional. Eso, los años en la Comisaría que te tocó en condena le habían demostrado que el tiempo podía ser una concentración total de acciones, un par de gestos, un montón de mañanas iguales, atardeceres con cansancio y un anochecer que siempre se mostraba prometedor pero que terminaba cayendo derrotado por el tedio. Subrayado: tal vez sea el Sistema en su máximo esplendor. El tema sería saber quién se beneficiaba con eso, él seguro que no. Y cada tanto sucedía algún tipo de celebración, un restaurante con gastos a cargo del Ministerio de Seguridad - ¿o ya era una secretaría o un proyecto de extensión de un Estado en degradación? – para fin de año, el Ayudante y los demás empleados de la comisaría comiendo y chupando lo que nunca comían y chupaban el resto de los días, colorados y felices de poder tener al menos un par de horas de festejo a lo grande, un acceso al paraíso del consumo ilimitado por un parpadeo de tiempo, antes de volver a la supervivencia con sueldos magros que se comía el 99% de sus vidas. Aceptar eso lo irritaba. No podía sentirse feliz por ser parte de ese migajeo, esa propina que les tiraban desde arriba. ¿Por qué tenía que ser feliz cuando le subrayaban que así debía ser? La terapeuta de la policía le había insistido en que intentara hacer una lectura diferente de la situación, que probara con relajarse al menos, no hacía falta que expresara una emoción que no sentía, pero sí valía el esfuerzo de tomarse la cena de fin de año un poco más a la ligera……conformarse con el 1%.....y eso lo irritaba aún más, porque la nueva Roma te enfermaba, después te curaba a la fuerza y si no era el caso, como decía el tema de los Redondos…a la silla eléctrica…..un artefacto que solo conocía por películas muy malas de Norteamérica. Un artefacto de castigo al delincuente que había cometido un delito mayor, grave, irreparable. Un show macabro que se completaba con la presencia de un público que había sido damnificado, y que en el día de la ejecución se presentaba a ver cómo la “sociedad” representada en la institución carcelaria se vengaba homeopáticamente. Ojo por ojo. Se equivocó, que devuelva con su vida puesta en manos de un mecanismo de asesinato completamente inhumano, pero formal, racional, programado. Y no pasaba nada, la “sociedad” encontraba alivio en lo inhumano, podía seguir al otro día como si nada o peor, simulando que lo que había presenciado era un “acto de justicia”. Como creer en que el agua corriente puede transformarse en bendita por el simple hecho de que un cura le hace una seña con las manos. Magia. Magia negra. Otra vez eso de la justificación para poder seguir con…..la cena de fin de año. Dejar a todos plantados y salir al patio del restaurante a fumar un cigarrillo, algo que no hacía casi nunca, pero que siempre pensaba que quedaría bien en un policial clase B, el General del Imperio fumándose unos chinos, largos y flacos y con un humo que dibujaba esos caracteres que él no podía entender, esos signos que contenían la verdad del universo, todo lo que necesitaría para saber cómo ser feliz en esa y cualquier otro tipo de situación…..había un cuerpo mutilado, un cuerpo de un niño, no tenían ningún culpable, ninguna pista, ninguna ayuda del Ministerio, que gastaba los fondos para ofrecer una comida de fin de año para un grupo de gente que no servía para nada, solo administrar una parte de hechos que la “sociedad” no tenía que ver, o tenía que ver muy poco, o tenía que ver muy parcialmente, o tenía que ver lo que solamente se podía mostrar….un tipo condenado y fritado en una silla eléctrica. ¿Si era culpable o no? Poco importaba, para el caso es lo mismo, la “sociedad” necesita dormir bien por las noches, lo que a él nunca le salía. La “sociedad” necesita rápidamente castigar a los culpables, a algún culpable, como si en realidad se tratase de una obra de teatro, la venganza debe suceder en el último acto, hay que reestablecer el Sistema luego de quitar la manzana podrida. La última escena era él, el comisario de la Comisaría que te tocó en condena, durmiendo en paz, con la tranquilidad que la terapeuta buscaba para su psiquis. Pero no, no pasaba nunca. Los casos se sucedían, los asesinatos brutales, a veces alguien terminaba preso, otras nadie, se apilaban los cadáveres mutilados sin cobrarse derecho de autor, su cabeza se sobrecargaba, su incapacidad de reacción lo abrumaba, el pecho se sentía como una escollera……desconexión, un stent y a seguir adelante con el aplauso de sus compañeros, los mismos que seguían cenando y brindando en la celebración de año nuevo. El stent que le canalizaba el humo del cigarrillo, su mirada que se perdía en un par de luces que mostraban el patio del restaurante, un patio que era como un desierto, el desierto de Sonora, el desierto que en verdad era un mar de cadáveres mal cubiertos por coyotes con poca delicadeza carnívora. Un lugar en el que había caído, un lugar que latía al revés. El humo del cigarro viajaba hacia el horizonte, las dos estrellas de siempre en un fondo que no quería imaginar. Lo conocía. Al final había un abismo, uno con unos dientes que esperaban por destriparlo, algún día. Podía ser esa noche, la del festejo de año nuevo. Podía, pero no, había que divertirse, ¿verdad? La terapeuta decía que un día a la vez, como la canción de Lennon. Obligado a seguir el ritmo de la muerte, el ritmo estremecedor de las noches en el barrio Rivadavia.


******************dicen mil rocanroles........


**********************humildemente, Juan**********************curado y matado*******

2026/66

 

Nadie presta atención a esos asesinatos, pero en ellos se esconde el secreto del mundo (R. Bolaño, 2666)


Hay una especie de culpa 

que funciona igual en todas partes,

un pájaro, que vaya uno a saber

cómo se llame, gorjea y se zambulle

a la pileta del mar como si fuera

un personaje de relato de Cheever,

levantar la cabeza cualquier tarde

y ver que, a cierta distancia 

-ni tan corta ni tan larga-,

se ve un océano castigado 

por el viento del este,

y unas torres que podrían ser

Dubai o Miami o Camboriú 

o cualquier círculo del infierno 

del Dante,

italiano o portugués,

barrio Don Bosco o Tijucas

casi -o el mismo- atardecer 

con rasguido de desierto

y un remero buscando arena

en la profundidad de Santa Teresa,

un muelle en el lago,

pescado fresco en la noche,

juntar esas latas para tomar algo

el próximo año, en el bolsillo,

quién sabe;

el sol naciente por ahí 

solo sea Dazai escupiendo sangre 

en un pañuelo blanco,

y todos los que no fuimos 

invitados a la fiesta

-los de menos-

tengamos que pensar 

en que lo mejor

-sea- quizás meditar

con patas en el pasto

hasta que nuestros cuerpos 

se transformen

en el negocio perfecto 


PD: Pero no olvidar nunca

dejar la casa ordenada

y llevar puesto un calzón 

sin agujeros,

nunca se sabe

cuándo y dónde 

puedan aterrizar

los disparos

al aire

de la fuerza aniquiladora 

de tu Humanidad.


Engaños autoinfligidos (Detectives del Rivadavia, capítulo 9)


Ese era un día particularmente malo. Para empezar, llovía y había dejado la ropa afuera, en ese patio de dos por dos al que llamaba patio por orgullo, por necesidad de engañarse para no entrar en pánico, como le había dicho la terapeuta. ¿Se lo había dicho o se imaginaba que se lo había dicho? Para el caso daba igual, le resultaba bien eso de engañarse con pequeñas cosas, eran engaños que se creía por necesidad imperial…..Imperio Chino, capítulo diez, la Ciudad Prohibida, el General persiguiendo traidores, la foto China, esos personajes que un año aparecen en los retratos junto al General pero que con el cambio del calendario -supuesta traición mediante – dejan de aparecer, súbitamente. Unas mismas caras, unos mismos gestos evidenciando la ausencia de aquellos aliados que fueron fusilados por sospecha. Las “muertes necesarias”, “quirúrgicas”, “sanitarias”, otro de esos engaños autoinfligidos que a veces se necesitan o se inventan para poder dormir por las noches Imperiales….Para seguir, le había solicitado a El ayudante el informe del caso del chico brutalmente asesinado. ¿Cuál? La respuesta lo hizo pensar lo peor de la humanidad del Barrio Rivadavia. Imaginate, pensalo, tomate un segundo, ¿cuál carajos va a ser? Y El ayudante sin decir nada, colorado, agachaba la cabeza y esperaba misericordia. La parodia tristemente real de policial clase B terminaba con él accediendo al archivo en formato digital. Una cagada más, la digitalización perdía cosas, confundía imágenes, estaba llena de errores “no forzados”, producto de la mala organización de la comisaría, de los malos sueldos y de la falta de personal. Aunque esa crítica la hacía con ignorancia, porque la verdad era que nunca había trabajado de otra forma. Siempre las mismas jornadas laborales que se fotocopiaban en décadas, ¿cuánto le quedaría para jubilarse? Deshizo la pregunta en el instante que la formuló, porque no se imaginaba un futuro más allá del fin de semana. Revisó todo el caso, unas pocas hojas con informe policial – a esto en las series yanquis se lo llama “police work”, y es eso que ningún oficial quiere hacer pero que al final resulta fundamental a la horade solucionar un caso, nada más alejado de la realidad-, informe de la morgue, etcétera. Para seguir con la línea de policial clásico, debería aparecer un testimonio clave, o tal vez una foto reveladora, todo eso puesto en una suerte de pizarra a lo largo y ancho de las paredes de su oficina, más el seguimiento personal que tendría en su casa, una especie de altar pagano que demostraría la obsesión insalubre del detective con su trabajo. Pero no, el informe no decía nada, los testimonios eran tan confusos que parecían pertenecer a otro caso. Las fotos no estaban bien tomadas, en algunos casos se veían los dedos del oficial a cargo. La parte de la descripción detallada del cadáver se asemejaba a un fax, tan poco desarrollada, tan poco detallada, que daba lo mismo leerla. Suspiró, o supongo que lo hizo. Tomó un mate. Estaba frío. Puteó. Abrió la ventana de la oficina. Entró un aire apenas frío que lo hizo sentirse un poco mejor. Se imaginó los informes que leería el General Imperial de China sobre cada acontecimiento en Ciudad Prohibida. Miles de hojas perfectamente dibujadas, todos esos signos tejiendo redes, resignificando la vida entera, abriendo puertas hacia la resolución definitiva, no solo de un caso de asesinato sino de todas las incógnitas del Universo. Dejó de divagar un instante, se volvió a sentar frente a la computadora. Estaba en suspensión. Movió el mouse, apretó el “enter” principal del teclado, pero la máquina no arrancó. Puteó otra vez. Reinició. Pero era un cpu viejo, tardaba mínimo diez minutos en ponerse en marcha. Llamó a El ayudante, que entró rápidamente con la cabeza gacha y ese sentimiento de culpable eterno que lo caracterizaba. Le preguntó por uno de los testigos, que era un vecino de la familia del chico brutalmente asesinado, porque en el informe decía “saber muchas cosas que el Maligno le susurraba al oído”. El ayudante no entendía, pero esta vez no dijo nada, prefirió guardar silencio por temor a represalias. No tenés idea de lo que te estoy hablando, ¿verdad? Silencio. Se tomó otro mate. Estaba un poquito más tibio, pasable. Ató cabos como en las mejores historias del género. Tal vez, al igual que el mate, el día vaya a poder ser un poco menos peor a partir de ese punto. El informe no valía un cuerno, el Intendente no quería que se investigara nada, había un testigo que hablaba del Maligno que muy probablemente lo llevaría a la nada misma, o al sermón proselitista religioso de un vecino del Barrio Rivadavia que no tenía nada que decir respecto al asesinato. No tenía mucho más que hacer. O sí, pero quería escribir algo más en el informe. Necesitaba, al menos, inventarse una esperanza. En definitiva, esos pequeños engaños eran su mejor herramienta para no incendiar la Comisaría que te tocó en condena. A El ayudante le cayó la ficha, fue por el dato del testigo. Volvió con el domicilio. ¿Y el celular? El ayudante agachó la cabeza, encogió los hombros, tomó valentía de la nada y le respondió que no tenía, que decía que “esas cosas las manejan desde las tinieblas aquellos que nos quieren mantener alejados de la palabra del Señor”. Se volvió a parar. Sacó la cabeza por la ventana. No fumó, aunque estuvo tentado. Siempre, en cualquier policial, alguien prende un cigarrillo y comienzan a pasar cosas, a darse episodios frenéticos que llevan al capítulo de la resolución del caso, “elemental mi querido… no lo dudes muñeca…etcétera”. Tomó la dirección, se puso la campera azul que simulaba el uniforme que hacía tiempo no usaba completo, porque tenía uno solo por estación y había que lavarlo. Había llovido. La ropa colgada. Se acordó, pero ya no tuvo ganas de insultar a la nada misma. Seguramente, para el comienzo del verano, les harían llegar uniformes nuevos, gentileza del Ministro de Seguridad para el próximo Operativo Sol (que no iba a disfrutar en todo el verano) o como sea que lo fueran a llamar ese año. Daba igual si llegaba, al menos, una chomba nueva. Engañarse con pequeñas cosas. El pan de cada día.


**para seguir de fondo con esa sensación de día malo.......

**************humil-de-mente, Juan****************no todo está tan mal*******************


18900 kilómetros (Detectives del Rivadavia, capítulo 8)


18900 kilómetros de distancia. Una línea recta imaginaria, imaginada, soñada, desde el basural del Barrio Rivadavia hasta el corazón de Ciudad Prohibida. ¿Cuántos cuerpos en el medio? ¿Cuántas ideas que se quedan en el camino? El camino. Uno que nunca termina de concretarse, porque antes de cualquier viaje hay que solucionar problemas del “día a día”, esos que tienen la particularidad de reproducirse con una velocidad incontrolable. Eso había dicho la terapeuta, “incontrolable”. Pero no lo sentía así. Desde su óptica, él era el comisario de la zona más auto controlado que había. Ni siquiera se metía en la repartija de algún botín, solamente tomaba la determinación de “dejar hacer”. ¿Por qué? Para sobrevivir, y porque entendía que ser buchón era el peor defecto humano. Además, porque el sueldo de policía era malísimo, una miseria, y porque las condiciones de trabajo eran todavía peores. Excusas. Siempre son lo adecuado, la herramienta que está más al alcance de las personas para no terminar de volverse locas, para no tener que hacer justicia por mano propia. Por lo menos era la herramienta que él encontró y que mejor le funcionó. La terapeuta sabía, lo sabía todo. Esos casos atroces que lo atormentaban, algo muy común, la pérdida de apetito sexual, la pérdida de interés en los seres humanos. Pérdidas. Todas las cosas que arrastraba por tener el trabajo que tenía. El precio a pagar por ser cobarde, eso tenía metido en su alma. Por no haber intentado vaya a saber qué cosa, tiempo atrás, cuando estaba con esa persona con la que se pensó conviviendo hasta el último día de sus vidas, porque sí que en un momento se habían prometido una estupidez semejante, eso de “yo no voy a seguir adelante si vos te vas primero”, y después las risas y el “yo tampoco podría” y coger toda la noche y luego ir a la Comisaría que tocó en condena con una energía inhumana, ver todo el panorama con otro color. Todo eso ya no estaba, la realidad había caído sobre su puerta con la fuerza de un golpazo en blanco y negro y finalmente gris, un adiós sin vuelta atrás, como los asesinatos que no podía solucionar o que no debía porque de arriba llegaba la orden de que no jodiera y que mirara para otro lado, y él muy cobarde miró para otro lado. Otros lados. No se animó. Se le fue el amor, esa misma semana, por las personas y por su profesión. Increíble, el tiempo, su manera de actuar, sus fluctuaciones improbables. Años de supuesta alegría para descubrir en una semana que nada de eso vivido había sido felicidad. Una semana para que se cayera el mundo encima con sus aborrecibles modos, sus gestos de economía degradada, sus paredes sin revocar. Un tiempo que se le notaba en el rostro, un rostro marcado por esas noches de insomnio, un cuerpo flaco pero desgarbado, largo pero encorvado, un pelo que apenas si se sostenía sobre una cabeza que ardía con asiduidad. La certeza de que todo lo que parecía una virtud en algún momento mostraba su otra cara, una muy terrible y que era la que iría a permanecer hasta que…

…¿no te parece que sos lo suficientemente joven como para rehacer tu vida?...

No entendía. La pregunta de la terapeuta era transparente, esperable, sin dudas. Pero aún así no la entendía. Las vidas no se pueden rehacer. Las vidas están hechas y se van haciendo como pueden. Y su caso no era la excepción. No sentía que debía rehacer algo que había terminado. Su convivencia, su pasión por algo habían pasado y ya no podía volver. Nada por re armar. Cualquier intento sería fallido, el intento de recuperar lo que ya no estaba. Un cuerpo existe hasta que algún hijo de la chingada (como decían los detectives de Santa Teresa) lo liquidaba y listo, ya no estaba más, ya no sería nada, ya está. Su cuerpo existía pero menos. Tenía cosas que ya no volverían, que había perdido para siempre. Ese circunstancial, ¿sonaría igual en el Imperio Chino? Seguramente no, porque los orientales tienen otra percepción del tiempo, tienen otras velocidades, otras creencias. Lamentablemente, asesinan más o menos igual que en el Barrio Rivadavia. Alguien había terminado con la vida de un pibe. Alguien había desatado la furia contenida en su cuerpo. Deseaba poder acabar de una vez con el asesino, pero sabía que eran unos cuantos, y que no iba a poder hacer nada. Ni siquiera se esperanzaba con la encarcelación, no habría pruebas concretas a la hora del juicio. Lo sabía porque el mismísimo Intendente había hecho trascender que el caso debía quedar congelado, eran tiempos de temporada vacacional, nadie quiere investigaciones de asesinatos, nadie quiere oír historias de niños muertos, eso aleja la única entrada importante de dinero en la ciudad, y el invierno había sido tan malo como siempre, estaba prohibido joder. Las muertes joden, nadie les quiere dar la cara, nadie quiere tener un cadáver en su cama, en sus pesadillas, en sus desayunos. Él lo tenía, el veía ese cuerpo ultrajado. Él veía los ojos de los familiares. Imaginaba la cara del Intendente. Y entonces se asqueaba de tal manera que no podía evitar el vómito. Se duchaba. Se tiraba en la cama y pensaba en el Impero Chino, en ese General que no podía solucionar otro asesinato. Con la comparación se tranquilizaba, alguien tan impotente como él, alguien tan desesperado como él, alguien tan puro como…y ahí tal vez conseguía dormir una hora o dos, luego las pesadillas volvían, el cuerpo del pendejo, los ojos, el Intendente, las arcadas. ¿Y las herramientas trabajadas con la terapeuta? ¡Cierto!, barrio Rivadavia – China, una línea recta imaginaria, nada de andar cavando pozos. La línea alrededor del planeta, una línea imaginaria, irreal, que lo llevaba a cruzar mares y tierras que no conocería jamás. Pero estaba bien, no había que conocer todas las cosas para ser feliz, con imaginarlas un rato cada día bastaba. Eso era su herramienta, la única que había podido guardar para mantenerse cuerdo. ¿Hasta cuándo? No lo sabía, la terapeuta tampoco. El tiempo tiene ideas raras.


*capítulo con la siguiente música sugerida:

***************************con humildad, Scardanelli************************encargado de escribir este capítulo desde el otro lado*******************


La Llorona (Detectives del Rivadavia, capítulo 7)

 

Un día más y ya no pasan como solían hacerlo en otros finales de primavera de la ciudad. Parece como si la luz se hubiera degradado, junto con toda la población. Pero eso era una imagen gastada, ¿quién no pensaba así de su propio lugar? Sin distancia es imposible ser sinceros, con distancia es imposible escribir porque duele, como cada palabra de poeta chino, como cada caso resuelto por el General Imperial dentro de Ciudad Prohibida, con sus asesinos implacables siempre dejando un rastro. Eso era la marca diferencial, la posibilidad de resolución, una suerte de crueldad con compensación. Pero para que existiera algo así debía pensar en otras realidades, no la suya, no la que tocaba en el papeleo a llenar en el escritorio de la comisaría que te tocó en desgracia. El único lugar utilizado para acumular información básica de algún delito, antes de guardar todo en un archivador oxidado y lleno de cucarachas, que se limpiaba cada tanto para no hacer más mugre. Un caso como una mata de polvo en el rincón, como una araña asustada que nadie quiere volver a mirar. Y ahí descansaban los asesinatos que no importaban, que eran la gran mayoría, con su versión digital guardada en la frágil memoria de una Pentium del siglo pasado. Gente sin recursos para nada, pobres diablos que nadie reclamaría jamás, personas destinadas al olvido. Ser consciente todas las mañanas del precio que hay que pagar para respirar dentro de este mundo, esa poética despiadada que en algún momento de la historia se fijó para siempre jamás y no hay nada que hacer. Un mate amargo, sacar esas carpetas manchadas, matar un par de cucarachas, las fotos de un cadáver que ya comenzó a pudrirse en la imagen, recordar algo, los ojos fulminantes de la madre del pendejo, ojos como orificios abiertos y sangrantes del mismísimo cuerpo asesinado, ojos como los de la Virgen de la sangre, ojos sedientos de su cabeza, una historia de terror que termina con su entierro en soledad y una puteada al aire: “Este hijo de puta nuca resolvió el asesinato más brutal de la historia del barrio” “Este hijo de puta sabía todo y se lo llevó a la tumba”. La cobardía del pacto de silencio que en verdad era incompetencia, pura incapacidad. Lloraba cada tanto por el efecto de esa mirada teñida de sangre y dolor, la de la madre. Los demás ojos puede que se vayan extinguiendo con el paso de las estaciones, como decían esos detectives mexicanos, “Buey, te puedes olvidar del mismísimo infierno la primera vez que lo viste, pero de los chingados ojos de una madre llorona no te olvidas nunca, ni que te explote la cabeza”. Tampoco se podía olvidar de las palabras que referían a eso. ¿No sería ese el mecanismo del poeta chino? Sublimar con esos signos dibujados las palabras que no quería escuchar más, o que se quedaban sonando en la cabeza hasta el día del perro que a cada quien le llega. ¿Otra frase mexicana? “Todo perro encuentra su día, más temprano que tarde, o en la noche de Jalisco a la salida del baile, cabeceando involuntariamente un disparo al corazón del cielo estrellado que se quedó muy bajo el cabrón”. O algo así.

La Llorona. La imagen de una madre sufriente. La estatua de una leyenda siempre viva, siempre resignificándose. Algunas veces, mártir sufriente de injustas muertes de sus hijos, en manos de traidores que abusaron de su poder, que aniquilaron a las madres faltando el respeto a la Madre de todas las madres, la madre propia, La Virgen de la sangre, la vengadora al final de las historias, la que se come con su ira el cuerpo de los asesinos, despellejando sus espaldas hasta que el dolor es insoportable, y luego volver a empezar con el padecimiento, el infierno de la repetición de tu situación más infame. Otras veces, asesina impiadosa de sus propios hijos, madre Malinche que traiciona a los suyos desoyendo el mandato popular materno, la loba que devora a los hermanos cuando estos están más indefensos, la Virgen que apuñala a su hijo camino a la cruz, la matadora que mira en los ojos pequeños su posibilidad de liberación, catarsis de muerte, sangre cayendo a los lados, para después despertar del lapsus y vivir en el arrepentimiento, llorando por el resto de la eternidad. La Llorona persiguiendo como fantasma a su próxima víctima, escondida en los micro basurales del Barrio Rivadavia, caminando por los terrenos baldíos, tomando vino del piso, fumando las tucas que la gente descarta en los tachos de basura de las plazas, devorando el alma de la tarde que se extingue por la ruta 226. Las lágrimas que caen como rastro, como pista para un comisario siempre dormido, mal alimentado, incapaz de saber cuándo va a ser el próximo golpe. Ficción o mito. La persecución que en algún momento se presenta, las sirenas sonando hasta que la batería del patrullero dice basta, continúa la secuencia a pie, carrera contra el tiempo, las lágrimas y su camino que es el camino de la perdición, el comisario que llega en soledad a la esquina de siempre, la esquina que lo muestra muerto contra el paredón, alguien siempre traiciona en el último momento, alguien sabía que iba a correr hasta ese punto, alguien quiso protegerlo, alguien se puso a llorar por él porque el amor es dado de formas que nadie más que el enamorado puede entender. La Llorona sale de su sombra para abrazar al cadáver, como siempre lo hizo, matadora y plañidera, ahora sonríe y toma por sorpresa los labios del comisario junto a los suyos, le toca la verga y se la mete en la boca, y el comisario gime muerto y acaba para siempre su sufrimiento, no hay tarde que sobreviva a la pasión desesperada de los animales de la noche, los que buscan entender algo de lo que quedó colgando de sus propios cuerpos, ahora trenzados, unidos, manchados de sangre y semen, la única unión posible más allá de la muerte. Y el comisario despierta y piensa en Ciudad Prohibida, en el asesinato del pendejo, en la Llorona. Tiene el pantalón azul mojado, lo tendrá que lavar para quedar listo el próximo día.


********fondo musical, por demás obvio:
**********************humildemente, Juan********¿qué tendrán esas flores, Llorona?*********************************

La partera y la pujante (Detectives del Rivadavia, capítulo 12)

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