Un efecto de adivinador, el que intuye algo que está escrito sin estarlo. Alguien que se adelanta ante algún suceso que todavía no aconteció, pero lo siente con el cuerpo al menos unos instantes antes de que se materialice. Un poder así no es adecuado para los días que acontecen, que suceden en un pequeño pasado, porción de presente que acaba de consumirse. Como el rey tuerto en reino de ciegos, alguien que tiene una cosa distinta a todos los demás, alguien que maneja el fuego el día que se descubre. Detentar el poder por obra y gracia de un descubrimiento ínfimo, que separa a toda una especie. Un golpe de fortuna tan ínfimo, que es increíble que pueda ocasionar el cimbronazo que genera. Como aquel que puede escribir bien, en territorio donde la realidad es una conjunción de obras muy mal escritas. Esa llama robada en la cara de los dioses, de dioses cuya pobre imaginación acaba por configurar un mundo con demasiados errores. ¿Por qué los cuerpos son incapaces de detectar cosas tan obvias? ¿Por qué no pueden deshacerse de enfermedades tan pobremente pensadas? Seguir avanzando las décadas para descubrir los ínfimos cambios que trastocan todo el futuro. Es muy común imaginarse que con el deterioro de uno se empieza a deteriorar el mundo. Pero no, las energías van hacia otros lados, que ahora son la contraparte de quienes ya empezamos a despedirnos. Y el adivinador esto lo sabe mejor que nadie, por eso mismo es la persona más triste del mundo. Lo que hay para adivinar no es nada agradable, su trabajo es el más insano de todos, debería cobrarlo caro porque el cliente siempre estará descontento. No hay manera de dar una buena noticia, porque todos los imperios, sistemas y proyectos terminan por caer, fracasarán, serán debidamente reemplazados por lo próximo que sea, que más pronto que tarde también se derrumbará. Esas obras hoy inmensas e intocables, mañana serán polvo y recuerdo de una generación que cometió los siguientes errores: 1) Se alimentó muy mal, ¡como pudieron ser tan idiotas de comer todo aquello que estaba tan contaminado! 2) No tenía buen humor. ¡Se la pasaban entre guerras y crisis económicas! Personas verdaderamente poco interesantes y totalmente equivocadas, que sin embargo pensaban que estaban en lo correcto. 3) Pecar de egocentrismo. Nada más terrible que imaginarse en la cúspide de la Historia, en lo más alto de la cadena alimenticia, en la cima de las especies, nada más errado, nada más peligroso para esa misma especie. 4) Inventar palabras sin sentido como amor, paz y guerra, y llegar hasta matar y morir por eso. 5) Pensar que un territorio es un pedazo de tierra que les pertenecía porque sí, y que para defenderla era justo asesinar y escribir papeles firmados por amigos que indicaban que eso les daba un derecho a ellos y a nadie más. 5) Inventar leyes absurdas para justificar tremendas injusticias. 6) Pensar, siempre, que el futuro era un lugar al que nunca iban a llegar, entonces no tomar como necesario reflexionar en sus acciones dañinas. Pobre esta degenerada generación, pobre este adivinador, un especialista en ficciones distópicas, que anticipan lo que increíblemente nadie más podía prever. ¿El adivinador es Dios? También es complejo de entender qué tipo de humanidad con dos dedos de frente se puede haber inventado un Dios con mayúsculas y solitario, o varios dioses complementarios, solamente por la pereza que da seguir un pensamiento cada vez más atrás y a la distancia. Si los pensamientos se vuelven muy complejos, pues ahí aparece un Dios para explicarlo todo, el final de la discusión: Dios lo dijo, Dios lo quiso, Dios lo dispuso, Dios lo creó, Dios decidió no crearlo. Pero siempre se puede imaginar, como ese adivinador, a quien un día de estos se colgará en la plaza del pueblo. Hay que quemar al adivinador, hay que callarlo de alguna forma. Es una molestia siquiera que esté ahí, que respire. Es el referente del caos, el encargado del desorden, el que con su sola presencia pone en duda la existencia toda. Una humanidad tan errada que prefiere eliminar a la generación que dude, a la generación que piense distinto a lo que ya se había dejado pensado y enterrado para el resto de la eternidad. ¿Eternidad? Esa es la pregunta que conduce al pasillo de los ejecutados al adivinador. Ese único espécimen que se dio cuenta de que no hay eternidad, de que nada va a quedar, de que aquello que se imaginó divino e inmortal, es en verdad feo y perecedero, como una manzana caída del árbol y atrapada por la enfermedad del tiempo. Un breve brillo y luego la oscuridad, y luego el próximo brillo, y así hasta que el universo entero se apague. ¿Pero qué sentido puede tener pensar así, adivinador? No se trata de que tenga sentido o no, ese es otro mal invento. Pasa, y es así. Tanto como va a pasar que el adivinador será sacrificado, para que la humanidad pueda seguir con lo suyo, para que la humanidad llegue a su apogeo, y luego se retire a una distancia tan lejana, que ya no pueda volver más. Y después la nada. Tal como afirmó el Adivinador – ahora que está condenado y se va a morir, puesto con honorífica mayúscula- antes de ser correctamente fusilado.
**Y claro, todo viene de la mano de un recuerdo musical de la infancia, que hoy tiene otra resonancia, otro significado. Mucha nostalgia, algo de tristeza, una casi alegría al final. Pero la Historia es triste, siempre:
*********************humildemente, Juan***********************************************************la historia del adivinador no tiene nada que ver con nada de la real realidad que nos acompaña diariamente*******pero calculo que en un futuro sí, tendrá algo que ver+++++++++++?¿
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