en esta época, pero si Salman Rushdie lo hace, no queda más que confiar. En el relato al que refiero, la aparición es bastante copada, y solamente quiere (piensa que quiere) cobrarse venganza. Un clásico. Pero no de manera violenta, sino mucho mejor una disculpa pública por mal trato. Dejando eso de lado, lo que más me quedó fue lo siguiente: la posibilidad de que la muerte sea un nacimiento de otra manera de vivir. No reencarnación, sino la vida – muerte – como fantasma, con todas las percepciones trastocadas, con la tonalidad temporal perdida, sin varios de los sentidos, pero con la memoria y la razón intactas. Una de fantasmas, no mucho más. Casi como uno de esos rocanroles básicos de Camionero, banda que vi en vivo por primera vez en la madrugada del domingo, demasiado tarde como para pogo, pero no había otra. No se me mal interprete, me gustaron las dos cosas, el relato de Salman y el recital, pero tampoco es que me volaron la cabeza. La vida tiene mucho de esto, cosas copadas que pasan pero que no van a ser super memorables, no van a aparecer en el “grandes éxitos” compilatorio anterior al suspiro final, ese momento que todos tenemos que pasar. Me quedo con el fantasma del relato, despidiéndose de la joven estudiante, que era la única que lo podía ver, alejándose en el horizonte a bordo de una barca que vaya a saber si llega a algún lado, y vaya a saber si con eso basta para que un fantasma finalmente muera. La muerte al cuadrado, un asado, vino tinto y un amigo que se siente vacío. ¿Cómo sigue esto? Mañana es lunes, simplemente eso.
Y sigue.
Lunes…. Ahora el relato sugerido tiene la imagen de un cuadro…esperen, eso
suena redundante, porque un cuadro obviamente tiene una imagen. Seguimos con la
edición en tiempo real y a cielo abierto. Como decía, el cuadro referido en
esta historia es uno de El Bosco, que se llama Extracción de la piedra de la locura. En el relato viene a hacer
referencia al estado del narrador, que de a poco se va volviendo un narrador
esquizofrénico, hasta estrepitarse al final en el que se encuentra con su
propio yo del futuro, ya viejo. Pero es un encuentro imposible, ficcional,
porque el escritor ya se había suicidado mucho antes. Es un final sin final, o
con final anterior. Sería la penúltima hora, justamente como se titula este
libro con relatos que son todos bastante crepusculares, y que no pienso reseñar
porque para qué. Pero hay ideas que quedan flotando, y está ese cuadro que
visto ahora lo podría ubicar como de los terroríficos de El Bosco, pero de su
etapa con título. ¿Acaso no son terroríficos todos los cuadros de El Bosco?
Tampoco pienso ir respondiendo las preguntas que dejo flotando, es lunes, un
día que carece de ese ejercicio. Ese escritor del que se encuentra esa
historia, que termina con ese encuentro consigo mismo, pero que es imposible
concretar por su propia muerte joven, hace referencia a dos escritores
argentinos, que son significativos porque prácticamente ya habían escrito esta
historia: Uno es Borges y la otra es Pizarnik. Uno se encuentra consigo mismo
en alguno de sus relatos, la otra se suicida joven. De las dos cosas se toma
este escritor que es leído por alguien que no sabemos quién cornos es. Cajas
chinas, el relato dentro del relato, dentro del relato, y así hasta el infinito
y otra vez Borges. Más escritores latinoamericanos que aparecen en el relato:
Juan Rulfo y su Comala fantasmal, tal vez también por obvias razones. Y hasta
ahí con la literatura dentro de la literatura, etc. Acá cortamos con aquello
porque sino uno nunca sabe si se suicidó sin darse cuenta, o si desapareció en
ese lugar de América que es en verdad una suerte de abismo……¡Kafka! El último
escritor que nombro y que está bien impregnado en este relato que Rushdie
escribió, que alguien lee y que yo leo. Kafka y su primera novela inconclusa,
no por muerte prematura sino porque no le encontró cierre al último capítulo, como
si no quisiera terminar la historia, para que pueda proyectarse sobre todos los
demás mortales que aparecemos luego de él completamente desnudos e
incapacitados para tal empresa, la de darle un final feliz o un final a secas.
Y ahí está flotando ese personaje también, perdido en un viaje eterno hacia un
lugar que no le aparecerá nunca, y tampoco se le referirá a los lectores.
Pobres ellos, afortunados ellos. Porque todas las historias que terminan lo
hacen mal, simplemente porque terminan. Y de ahí ya no podremos salir. Un salto
que se cree hacia el vacío, pero que en realidad se llena de significados
mudos, esos ecos de vida que nos hacen seguir adelante con la lectura / con la
escritura / con este juego en el que se nos va la vida, personajes que son más
reales que la realidad, que para su desgracia está muy mal escrita, se le notan
las costuras y sus héroes trágicos no son ni trágicos ni heroicos, pero están
ahí pululando para contrapesar todo eso que no debería estar sucediendo pero
sí, y uno sigue leyendo frenéticamente, yo, tu, nosotros y ellos, todos tirando
de la soga de la ficción para que un buen día se enrosque tanto que no haya
manera de salir más que arrojándose desde el puente hacia la nada, hasta que la
soga haga lo suyo y nos demos cuenta de que no hacía falta, nada hacía falta,
el final estaba escrito y ya había sido leído millones de veces…….
Y el martes
llega la última hora, y el final se lo lleva Salman Rushdie: “No está claro qué
debemos hacer ahora. ¿Qué va a ser de nosotros? No tenemos medios para saber
cómo van a continuar las cosas.
Nuestras
palabras nos fallan”.
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