¡Al fin
llegó la primavera! Y ni tanto, con tan poco. Como suele suceder cada año, el
comienzo de una nueva estación resulta todo un fraude, un engaño pichanga. Como
si el calendario nos quisiera demostrar, una vez más, que lo hicimos mal, que
fracasamos o que tal vez lo copiamos demasiado de los pueblos del norte, que
experimentan el clima de otra manera, muy distinta a la nuestra. Ni siquiera de
forma antagónica, que sería lo que la lógica meteoróloga nos mete en la cabeza
todo el tiempo. Ese razonamiento nos llevaría a la siguiente conclusión muy
discutible y hoy fácil de refutar: Cuando en el norte arranca el invierno acá
en el sur empieza el verano, y viceversa. Nada que ver. Para explicar el clima
del sur hay que vivir al sur del Ecuador, pero bien al sur, como dice el tema
de Las Pelotas. Entre las oraciones anteriores había una palabra que tenía
ganas de escribir, que hace mucho que no escribo, no la voy a repetir, pero
creo que es obvia por cómo sobresalta, lo dejo para el lector/la lectora
atenta/o. Tal vez no la usé tan correctamente, pero todo este texto fue
planeado para su aparición…¡Como la primavera! Un plan que a lo mejor salió
medio para el orto, porque hace frío, hay un viento del demonio y encima
llueve. Parece más el comienzo de un otoño de película, como esa escena en la
que un joven Hugh Grant camina en soledad por las otoñales calles de un lugar
llamado –inadecuadamente- Notting Hill, sin Julia Roberts y con una bufanda que
subraya lo que ya nos quedó claro como espectadores: empieza el mal tiempo y la
soledad viene con él. Por supuesto, la primavera es el renacer de las
esperanzas, el reverdecer de todo lo que murió durante tanto invierno. Como
dice la letra del Beatle tímido y con sabiduría de viejo, acá viene el sol
después de un largo tiempo de invierno y las sonrisas vuelven a los rostros, o
algo por el estilo. Nos vamos descongelando de apoco, aunque no precisamente
hoy, digo, la idea empieza a resurgir de sus propias cenizas, los días comenzarán
a ser más largos y eso no va a modificarse, el agua va a ir tomando la
temperatura adecuada para que esos torsos valientes no salgan todos morados de
frío, y para que los niños y las niñas puedan jugar, etcétera, no tengo la
paciencia ni las ganas ni el potencial poético para ese tipo de textos, lo que
quedó es esta especie de verborragia literaria que un día me contagió una novela
que leí de un irlandés que hace hablar consigo misma a una mujer sin poner
puntos hasta que se llega al final casi sin aliento y la cabeza vuela en mil
pedazos y se parte, y qué bueno que es cuando pasa eso porque te hace pensar en
que no importa el momento del año sino que lo que tiene relevancia es eso que
se está leyendo, de alguien que escribió hace más de un siglo y que viaja hasta
hoy y tiene la misma magia que entonces y uno puede proyectar que ese mismo
texto va a seguir generando el mismo efecto partidor de bochos en cualquiera de
los futuros que le esperen al barrio Rivadavia y alrededores, aunque nosotros como
generación ya no estemos porque hayamos terminado por destruir lo que queda de
la naturaleza que todavía se copa y nos sirve para vivir, y también porque
hayamos elegido a los líderes más descabellados para manejar la paz en el mundo,
porque ¡hey! Si no tengo problemas con mi vecino y llego a fin de mes más o
menos, que el resto se acomode como pueda, al final terminamos viviendo en un
tiempo donde el egoísmo no está tan mal visto, basta con auspiciar alguna buena
acción para que quede todo perdonado y nos digamos a nosotros antes de apoyar
la cabeza en la almohada: “al final, la vida no es tan jodida, mañana será otro
día, y hasta por ahí en una de esas sale el sol por el barrio y que el resto
del mundo haga como pueda o le parezca, esas son las reglas generales y no
podemos hacer nada por cambiarlas, ¿podríamos haber hecho algo más? Probablemente,
pero ya saben, pasó lo de las Torres Gemelas y a partir de ahí es un sálvese
quien pueda, acomódense como puedan y lo lamento mucho por las generaciones que
vienen detrás, llegaron tarde al reparto de ruinas, les queda por ahí seguir
viendo esa película súper boluda de Hugh Grant, seguirlo en las escenas hasta
que el verano vuelva a esa ciudad horrible de Inglaterra, Julia Roberts le
sonría y vivan felices por siempre jamás, hasta que ella se canse de la
estupidez de él y él se canse de las malas películas que hace ella, y ahí sí
que vivirán felices por siempre pero separados”. Por desgracia, la historia
termina con este día de primavera sin buen tiempo, teniendo a disposición una
página pirata que pasa las últimas películas de estos dos actores nombrados. Y
sí, no son para nada buenas, el pronóstico nos engañó, una vez más. Igual habrá
que seguir esperando, intentando, como nos dice esa buena tía que todavía no
pierde la fe en la humanidad, aunque ya sospecha que sus sobrinos no son nada
especial, y hay que aprovechar esa liberación, hay que saber verse al espejo y
no largarse a llorar, mejor mearse de risa y seguir con lo que tenga que pasar
en la escena siguiente, poniendo cara de boludo como Hugh, o riendo con todos
los dientes al aire como Julia. Y mucho mejor que sea septiembre, en este lado
del mundo, al sur, bien al sur. Todavía tenemos alfajores, creo, y los lobos
marinos la piel bien curtida, de ellos será el futuro.
*Dije septiembre, y solo hay una música que nos puede consolar:
********************humildemente, Juan*/******************************oh septiembre**********************
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