No en todas las semanas se estrena una buena película


El detective está en el piso. Puede ser que sean las once de la noche de un día en mitad de la semana, seguro en invierno. Siempre es más lastimera una escena en invierno, donde lo que sucede suele doler mucho. El detective está en el piso frío y húmedo, porque hay niebla, obvio. En toda escena de este tipo debe haber niebla y oscuridad, y una brasa de cigarrillo encendiendo una pequeña porción del rostro de quien está pegando patadas desde arriba. Esa persona fuma y solamente se le ve una expresión dura e impiadosa en los labios. El resto de su cuerpo se mueve para hacerle daño al detective que intenta cubrirse el rostro y lo que puede, porque los puntapiés le llegan de todas direcciones. Entonces entiende que no es solo esa persona la que lo está golpeando, sino que hay dos más, o tal vez tres o cuatro, no alcanza a distinguir entre la oscuridad y la niebla. Solo pudo ver esa brasa de cigarro encendida, después, al cubrirse el rostro para no ser golpeado ahí, dejó de prestar atención al resto de la escena. Su prioridad es que no lo maten, pero sabe que es una misión muy difícil de cumplir. Por lo menos más difícil que la que sí pudo hacer, que era por la que lo habían contratado. Exacto, pudo encontrar esos documentos probatorios que enviarían a la cárcel a ese despreciable ser humano, que sería alguien con poder, con dinero, tal vez con un cargo importante. Uno de esos peces gordos que existen para que su trabajo tenga un sentido, un buen sentido. Cuidado que es un encargo muy peligroso, le habían advertido. No se trataba de espiar a un esposo infiel o encontrar un gato extraviado. Y por eso había aceptado el encargo. Se tenía que meter en un determinado lugar, supongamos que uno de esos despachos que acá les decimos oficinas, con muebles de roble y una biblioteca llena de libros que nadie leyó, porque se ve que están demasiado bien ordenados en los estantes. El techo del despacho está a una altura poco común, bien arriba, lo que denota que el dueño es alguien poderoso, tan importante que se puede dar ese tipo de lujos, usar mucho espacio para nada. También habría un escritorio, con un par de cajones bien cerrados con llave. Y ahí el detective debe haber sacado un clip o un abre cartas, de esos que todavía existen en algún museo, para poder falsear el cajón y así encontrar esos papeles tan importantes que están impresos, porque lo que se imprime es porque fue borrado de cualquier otro formato, y de seguro que son las pruebas de los crímenes más atroces que puede cometer una persona hoy día. ¿Para qué imprimirlos entonces? ¿Para qué guardarlos en un cajón bajo llave? Calculo que para que sea posible contar una historia, porque los personajes “malos” tienen que hacer su parte también, se tienen que comprometer, deben darle una oportunidad al héroe, una chance de ganar, de descubrir la verdad. Pero como es un policial negro, de nada va a servir que el detective descubra la verdad, porque este personaje malvado ya sabía que eso iba a suceder, estaba preparado. Su plan B, que en verdad es el plan A, porque “alguien me tiene que descubrir, sino qué sentido tiene”. Y ahí estaba él, detrás de sus tres hombres, en esa noche de un día a mitad de semana, sobre las once de la noche, una muy oscura y neblinosa. Él también fumaba, pero de lejos. Era el director de la escena, el que indicaba quién le pegaba y dónde al pobre detective que estaba en suelo, en la vereda, fuera del despacho donde había descubierto esos documentos que lo incriminaban. El detective jadea, los golpes en el estómago lo han dejado sin aire, no puede hablar. El hombre detrás de la escena hace un ademán con su mano derecha, los otros tres interpretan que deben parar con el castigo, que lo deben dejar decir algo. El hombre descubierto se acerca al cuerpo abatido del detective, que sigue buscando recomponerse, sin conseguirlo del todo. El hombre malvado se agacha, acerca su rostro al del detective, lo escupe. Luego, vuelve a alejarse de la escena y los otros tres interpretan que deben continuar con su trabajo. Los golpes vuelven a reiterarse, el detective grita algo, pero no se entiende. Luego de unos minutos - y el tiempo para el detective en verdad se estira como si fuera una maldita eternidad- dejan de torturarlo, y el hombre descubierto se vuelve a  acercar. Luego de arrojarle el cigarrillo al cuerpo magullado, toma un arma de su saco y le apunta a la cabeza. El detective intenta levantar su mirada, y aunque no puede terminar de ver con claridad, intuye que su hora ha llegado. Y a todos nos suele llegar el momento del final, y no hay nada que hacer al respecto. Siempre lo supo, siempre lo esperó, en cada esquina, en cada noche, cuando las brasas de los cigarrillos destellaban entre la oscuridad y la neblina. Había una tapa de un libro, de una novela, una muy mala de Ray Bradbury, de la que se acordó en ese momento, porque en todo policial malo el detective empieza a recordar cosas sin sentido práctico en el momento más crítico. Entonces ya no es el detective, es el narrador el que interviene en la escena. Se rompe la magia, ya no tienen peso ninguno de los personajes. El narrador es el que está editando la escena, es quien está recordando lo que quiere, es el verdadero torturador. Su despacho no es más que un mono ambiente en el barrio Rivadavia, de una ciudad del sur del mundo. Una ciudad donde es muy común que las noches sean frías y haya niebla. Una ciudad donde es muy probable que alguien con poder sea una persona de mierda, que cuente con un despacho con muebles de roble y cajones con llave, donde guarda esos papeles que prueban su hijaputez. Una ciudad donde un detective con sentido de justicia será torturado, esta o cualquier otra noche, mientras todos duermen o hacen que duermen detrás de una pantalla. Y el escritor sigue editando, sigue manipulando, pero nunca llega a entender el dilema central. ¿Qué dirán esos documentos? ¿Por qué está tan perdido? ¿Por qué hay tanta niebla? ¿Quiénes son todos esos personajes? ¿Por qué no termina de escucharse, de una vez por todas, ese disparo sobre la medianoche? La muerte es un asunto solitario, ¿así se llamaba esa novela? ¿O era la vida? Como sea, la escena del final no está clara, y esta semana no hay nada bueno en el cine. Calculo que lo mejor que se puede hacer es poner la siguiente palabra al final, cualquier final: Continuará…


*Sí, bueno, era obvio el acompañamiento musical:

                      

*/*******/*/*/*****humil-demente,******************************************************** Juan****************************************************bastante literal*********************bastante poco...............


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