Supongo que la mejor manera de morir es cayendo de un puente, hacia una cantidad enorme de rocas grandes y puntiagudas. No, mentira, esa debe ser una manera muy dolorosa y horrible de morir, pero el punto está claro. Ninguna muerte duele más o menos que otras, sino que lo que más se sufre es ese último tramo de vida, el prólogo a la muerte. Puede ser fugaz, de apenas unos segundos, o puede durar meses, años, hasta toda una vida. Pero hay quien sufre todo el tiempo de dolores imposibles de curar, como aquella persona que pierde algo o a alguien y ya nunca puede llenar ese vacío. Entonces llega un día determinado, y muere. Pongamos por caso que está cruzando un puente, y que ese puente por debajo tiene unos charcos de un lago seco hace años, con unas rocas puntiagudas que se fueron acumulando en el fondo, eras atrás, cuando en la Tierra los anfibios tenían los ojos más grandes. Esta persona Doliente / Sufriente no va con la idea de morir, porque su dolor es tan grande que no puede separarse de él ni siquiera para pensar en terminar con su vida en un sencillo y corto acto. Digamos que su dolor lo consume todo, hasta su deseo de morir. Sin la idea fija, el universo hace un movimiento en su favor y, con mucha piedad, produce un leve temblor en la tierra, en ese sector en el que justo el Doliente está cruzando la parte más elevada del puente. Es ahí cuando esta persona con la cabeza gacha y las manos metidas en los bolsillos de un pantalón tipo vaquero, cae hacia un costado y rueda por debajo de las barandas de dicho puente asesino. La historia podría titularse así: El puente asesino. O, tal vez, El puente piadoso, o El temblor de tu vida o El temblor de tu muerte. Tenemos que creer en que el puente pertenece a un distrito o pueblo muy abandonado por sus autoridades de turno, porque las barandas están mal diseñadas, o apenas puestas así nomás para apoyarse y sacarse una selfie mirando el horizonte, que siempre es el mismo, una planicie bien planchada, con algo de verde pero mucho más de amarillo, unos pastizales poco fotográficos pero que en un cuadro surrealista podrían funcionar capaz que con un filtro de esos que vienen gratis con la aplicación del celular tal o cual. Como sea, el Doliente cae debajo de la baranda posa-selfie, y se rompe todo el cuerpo contra las piedras puntiagudas, como si estuviese participando del capítulo más sangriento de una de esas series de mundos fantásticos donde elfos, enanos y dragones coinciden en que el único invento que vale la pena de los humanos es la guerra. Así que traición a la vida y caída en la muerte con dolor….y tal vez no tanto. La caída sin prever, la sorpresa y lo rápido del impacto contra las piedras, atenúan el sufrimiento del Doliente. No lo sabemos, pero podemos mentir con palabras: el pobre sufridor profesional casi no se dio cuenta que se había muerto, no sintió dolor alguno. Pero sí, claro que se debe haber dado cuenta, y que hasta pudo maldecir su suerte por:
1) Haber caminado por el puente asesino justo cuando se produjo el único temblor que experimentó en su vida.
2) Haber nacido y vivido en ese pueblucho donde ninguna autoridad estuvo a la altura, por lo menos para asegurar mejor las barandas del puente. Claro que eso podría haber pasado en cualquier otro lugar. Nunca las autoridades de turno están a la altura, pensó.
3) Haber caído con las manos en los bolsillos, cosa que siempre cuidaba. Cada tropiezo en su vida había sido con las manos al aire libre, listas para atenuar cualquier posible accidente mortal. Qué desgraciado, se lamentó.
4) Haber caído encima de las piedras más filosas, ya que a pocos centímetros había un charco que hubiese evitado la muerte instantánea. A lo mejor hubiese tenido tiempo de ser rescatado y llevado a una salita de urgencias donde de seguro le salvarían la vida. Aunque nunca se sabe, habría que ver qué pasaba con su cobertura médica y si había cobrado el sueldo entero el plantel del establecimiento.
5) Y había una última cosa que maldecir, algo muy desafortunado que le había pasado pero hacía mucho tiempo atrás. Aunque no estaba muy seguro, ya no se acordaba.
¿Se había curado de su dolor? ¿Había sanado al fin?
Poco
importó porque ya no estaba ahí, ya no era más que los restos muertos de un ex
Doliente y ahora Fallecido Para Siempre. Y qué lástima, porque se le había
pasado todo, y no justo en la muerte, sino en ese pequeño momento anterior, que
a veces dura demasiado poco, y que es el que cura todo.

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